XIV. Parsifal a la conquista del Graal

XIV. PARSIFAL A LA CONQUISTA DEL GRAAL

Destruida la potencia infernal de Klingsor y su maravilloso castillo encantado, el héroe Parsifal va en busca del Graal. Ya lo intentaron otros ilustres próceres, como Gauvain y Gaalhaz, cuyas estupendas hazañas llenaron las crónicas de otros tiempos por la temeridad y grandeza de sus actos, propias de aquellas épocas caballerescas. Duelos, amores, encantamientos, batallas con gigantes, monstruos, etc., es el corolario de su vida; pero el Graal no puede conquistarse por las armas, y sólo llegará a él el hombre predestinado, escogido por Dios, predispuesto a la piedad.

Este es Parsifal, el inocente doncel, cuya alma purísima y cándida ha ido iluminándose al doloroso contacto con la realidad hasta elevarle a la grandeza divina. Consciente de su misión, quiere correr a redimir a Amfortas, que sufre por la horrenda herida que el Mago le infirió cuando le arrebató la sagrada lanza; aquella que ya un día abrió el costado del Divino Maestro. A Parsifal le ha parecido oír una voz celeste; ella le ha revelado que la llaga del Rey pecador sólo se curará tocándola con el mismo hierro que la produjo. Pero el héroe ha perdido la noción de lo pasado, cuando inconsciente iba errante por el mundo, corriendo a la ventura, sin norma alguna hacia donde le guiaba el destino. En vano busca ahora el camino que debe conducirle a la morada augusta, deseoso de llevarle consuelo; es designio del cielo que su peregrinación dure largos años; así su obra redentora, será más meritoria, cuanto más haya sufrido para realizarla.

En su largo errar, corre mil aventuras, y sostiene cien combates feroces para defenderse de las insidias de sus enemigos. Aterra a unos, otros le hieren, pero la lanza Sagrada ha de devolverla inmaculada al Santuario; con ella jamás se defenderá; desde lo alto velan por él, y le preservarán de todo mal. Al final de una lucha sangrienta reconoce a su hermano Vairefiel, "el León de Zaramanco", fruto de los amores de Gahmuret con la reina negra Palagane, muerta de dolor por la huída de su esposo. Se abrazan y cuéntanse sus cuitas. Vuelve a la Corte de Artús, y es armado Caballero, pero él llevará en su armadura el color que simboliza el dolor, hasta que no haya cumplido su misión redentora. Así es llamado por donde pasa, el Negro Caballero. En la Corte de Bretania, una purísima doncella llamada Blancaflor le ofrece su castísimo amor, pero el héroe ha de buscar el Graal; mientras no lo encuentre, no habrá paz en su alma, y prosigue su camino atravesando montes y valles.

Una mañana de primavera, cuando mayor era su desaliento, divisó a lo lejos una triste choza, al lado de una fuente. Parsifal se acerca a ella con paso lento y meditabundo y ve a un anciano venerable encorvado por el peso de la extrema vejez. Una mujer de aspecto humilde y triste parece atender a los menesteres de aquel pobre hogar.

El anciano es Gurnemanz, que, no pudiendo soportar el grado de miseria en que cayó la comunidad Santa del Graal, se ha retirado a aquella choza esperando tranquilamente la muerte. Hace vida de ermitaño, orando día y noche, e invocando la piedad del Altísimo para la desventurada grey.

La mujer de aquel austero hogar es Kundry, refugiada allí empujada por el remordimiento después que fué libertada del poder maléfico del Mago. Ella se acuerda de las palabras de Parsifal al arrebatar la lanza a Klingsor, y busca la salvación. Servir siempre, es cuanto desea; hacer el bien que pueda para que le sea perdonado todo el mal que causó bajo el influjo del hechicero. El anciano la acoge con la ternura de otros tiempos, cuando era la bienhechora mensajera del Graal. Estaban los dos cerca del manantial de la pradera cuando ven aparecer al Negro Caballero Parsifal.

Gurnemanz va a él, y le dice: «Salve, guerrero; si perdiste el camino, ¿quieres que yo te lo muestre?» Nada contesta el viandante, y el anciano cree que ha hecho voto de silencio. «Mi deber me prescribe que yo te diga que este lugar es sagrado, en donde jamás pudo entrar hombre armado y menos hoy que es el día Augusto del Viernes Santo, en el que el Divino Redentor, murió en la cruz para salud de los hombres. Quien lleva armas en este día le ofende; si no eres pagano, despójate de ellas».

A las palabras de Gurnemanz, Parsifal se levanta del ribazo en donde había buscado descanso; su corazón palpita de mística ternura. Coge devotamente la lanza y la clava en tierra. A los pies de ella depone todas sus armas, descubre su cabeza, y cae de rodillas, los, ojos fijos en el sagrado acero, orando fervorosamente. El venerable anciano queda atónito, la conmoción invade su alma, cree que lo que ve es, un milagro, llama a Kundry para decirle que reconoce la Lanza Santa, y en el guerrero parécele ver a aquel adolescente que en otro tiempo mató al cisne en el Lago Sagrado, y por la candidez que entonces demostraba, había creído por un momento que podía ser el futuro redentor del Graal anunciado en la Profecía.

Parsifal, después de su plegaria, se levanta, saluda al anciano, que también reconoce en él a Gurnemanz que un día le echó del templo. Luego el buen viejo se acerca a la lanza y se exalta de sublime fervor. Si ella fué por fin rescatada del poder infernal de Klingsor, es que el cielo ha escuchado sus ayes de dolor.

Le cuenta a Parsifal la triste historia de los tormentos de Anifortas y la postración en que vive la comunidad desde que les fué arrebatada. El héroe se conmueve y siente un dolor tan profundo por no haber sabido encontrar antes el camino que debía conducirle a la mansión augusta, que casi desfallece. Gurnemanz le socorre y le lleva al borde de la fuente, diciendo a Kundry: Purifiquémosle, que El es el enviado del Señor. Le quitan la vestidura guerrera, y Kundry, cual otra María de Magdala, le descalza, derramando lágrimas y lavándole los pies. Luego saca de su seno una pequeña ánfora de oro y los unge con perfumes, enjugándolos con sus cabellos. Parsifal mira tiernamente a la pecadora, la bendice, y dirigiéndose a Gurnemanz le dice: Úngeme tú, fiel amigo de Titurel. Este toma la anforita y vierte lo restante del contenido sobre la cabeza del predestinado, diciéndole : A ti, héroe purísimo y consciente del bien, a ti, Piadoso y sufrido, yo te consagro Rey de Monsavat. Parsifal, lleno de unción, coge agua de la fuente, bautiza a Kundry y le dice: «Quiero empezar mi reinado purificándote».

Ella llora amargamente. Parsifal le besa la frente, la consuela y le recuerda que, si cree en el Redentor, su salvación es segura. Es mediodía, y de lejos se oye la lúgubre voz de las campanas del Templo Santo. Llaman a los caballeros para que rindan el último tributo de veneración al Augusto Titurel, que ha muerto de dolor porque el Graal, que él recibió de los ángeles como premio a su virtud, ya no resplandece ni fortalece a los píos caballeros, a causa del pecado de Amfortas.
-Vamos al templo-le dice Gurnemanz.

Le viste con el manto de púrpura de los caballeros, y seguido de Kundry, se encaminan los tres hacia el sagrado hogar. Mientras iban caminando, allá en el templo reuníanse los caballeros, rodeando el cadáver de Titurel, y pedían a Amfortas que les concediese la gracia de mostrar les el Cáliz del amor Divino; pero se niega a ello, porque cada día siente más fuertemente el peso de su pecado; se cree indigno y vive consumiéndose en su tormento; rasga sus vestiduras invocando la muerte para él, a fin de que pueda librarse de tanta esclavitud.

Se acerca al cadáver de Titurel y le dice: «Padre mío, tú que en la luz celestial ves al mismo Salvador, implórale para que su Sangre divina sea nuestro consuelo: pídele perdón para tu hijo».

Los caballeros le ruegan con más fervor a que descubra el Graal, pero Amfortas contesta: «¡Jamás, jamás! Ya el velo de la muerte me envuelve y vosotros, hombres sin piedad, ¿ queréis que viva en mi dolor? Héroes, si sois compasivos, apuntad vuestras espadas, metedlas hasta la empuñadura y atravesad mi cuerpo: entonces veréis resplandecer la luz de la divina gracia que os es negada por mi culpa».

En aquel momento entra en el templo Parsifal, seguido de Kundry y Gurnemanz. Avanza hacia donde está Amfortas, diciéndole: «Esta lanza que un día te hirió, te curará hoy». El rostro del Rey Pecador se ilumina de celestial fervor. Parsifal toca la herida con la punta del sagrado acero y queda milagrosamente sanado.
-Yo bendigo tus penas, que me dieron la sublime piedad y el purísimo saber. La lanza del Señor os es devuelta. Mirad como resplandece en señal de perdón.
Parsifal descubre el Graal y una luz del cielo ilumina nuevamente la Santa reliquia, y la sangre del Redentor se inflama.

Todos se postran orando. El nuevo Rey del Graal, Parsifal, levanta el Cáliz y bendice a la piadosa comunidad. Una cándida paloma desciende de lo alto renovando el pacto de amor. Kundry, de rodillas, pone los ojos sobre los de Parsifal, implorando su salvación. Los del héroe le dicen: «Estás perdonada», y ella muere.

Óyense a lo lejos voces angélicas, que parece acompañan su alma hacia los cielos. Otros cantos llenan el espacio con dulcísima melodía glorificando al Criador.
¡Oh encanto primaveral de este Viernes Santo!, día de universal arrepentimiento, de perdón y de infinita alegría, en que las flores, las hierbas del prado y la naturaleza toda, presintiendo el divino misterio de la redención, sonríen de felicidad ante el espectáculo del hombre arrepentido y purificado
¡Salve, Redentor!

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