XII. Parsifal en el Monsalvat

XII. PARSIFAL EN EL MONSALVAT

Cuantos narradores nos hablaron de la verídica historia, jamás pudieron acordarse del camino que siguió Parsifal y que le condujo a la montaña santa de Monsalvat, situada en los confines de la España árabe, en Aragón, muy cerca de los Pirineos; y ya sea Wolfram de Eschenbach, Cristiano de Troyes o Diu Crom, que son los que más crédito nos merecen, estamos tan lejos de aceptar sin reparo sus conclusiones, que preferimos, para nuestro objeto, entrar de lleno en la leyenda del divino vate de Bayreuth, más conforme a nuestras convicciones.

Dice la narración que Parsifal siguió caminando hacia donde veía el portentoso templo. Su admiración iba creciendo a medida que vencía la distancia, acabando por creer que no podía ser obra de hechizo cosa tan bella, más bien algún milagro del Santo Rey Artús.

Mientras iba caminando, una veces cantaba trovas impregnadas de inmensa ternura al recuerdo de su madre, otras corría a la caza de algún animal feroz, y atravesando montes o valles, llegó a la orilla de un lago. De pronto vió volar un cisne salvaje, pero a él parecióle un águila voraz. Apuntó su arco y el pobre animal cayó mortalmente herido. A los gritos de la víctima, vióse llegar infinidad de gente hacia donde acaeció el suceso. Eran escuderos y caballeros del lugar, que, llenos de indignación, apresaron a nuestro héroe, llevándolo a la presencia de un venerable anciano, llamado Gurnemanz, hombre justo y de preclara virtud.

«Juzgadle,-le decían-; dadle el castigo que merece». Gurnemanz acercóse a Parsifal, diciéndole: «¿Eres tú el que quitaste la vida al cisne fiel?¿qué daño te hacía?¿no son sagradas las aves de este recinto?». Luego cogióle por la mano, y llevado adonde estaba la víctima, decíale : «¿No ves la sangre inocente que mana de la herida mortal?» Sus ojos perdieron ya su brillo: «¿qué hará su compañera? Doncel, ¿confiesas tu culpa y tu crueldad?». Las palabras de Gurnemanz le conmovieron de tal manera, que echóse a llorar, e impetuosamente cogió su arco v flechas, haciendo añicos de ellas, tirándolas a lo lejos.

El anciano siguió preguntándole:
- ¿Quién es tu padre?
- Yo no lo sé- contestaba.
- ¿Cómo veniste aquí?
- Tampoco lo sé.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Yo tuve muchos, pero no recuerdo ahora ninguno.
- Cuenta, pues, lo que sepas.
- Yo sé solamente que mi madre se llama Erzeloide, y que así el bosque como la virgen pradera eran nuestro hogar.

Nada pudo deducir Gurnemanz de las palabras de Parsifal, viniendo en la conclusión de que el adolescente debía ser el mayor de los idiotas. Una mujer extraña, de aspecto salvaje, vestida haraposamente, ceñida con pieles de serpiente, estaba al lado del noble anciano. Había llegado de luengas tierras, de la Arabia quizás, montada sobre un mulo blanco. Movida por un instinto de compasión, había ido en busca de hierbas medicinales, cuya virtud curativa debía sanar una grave herida que tenía el Soberano de aquel reino. Era un ser incomprensible, enigmático y misterioso, símbolo de la mujer eterna, compendio de todas las virtudes y maldades. Estando despierta, era la mensajera de paz entre aquellos caballeros: el influjo del bien predominaba en su alma; pero, cuando dormía, el espíritu del mal la sujetaba durante su letargo, y transformaba su ser en instrumento de perfidia y de terrible maldad. Ella en sus correrías encontró a Erzeloide, cuando exhalaba el último suspiro, por el dolor que le causó la partida de su hijo amado.

«Decidle, si algún día lo veis, que su madre, al morir le bendice con toda la ternura de su alma.» Kundry, que así se llamaba la misteriosa mujer, reveló a Parsifal cuanto Erzeloide habíale encomendado, pero el simplote no podía admitir que su madre hubiese muerto. Pensó él que debía ser una invención engañosa de Kundry para hacerle sufrir; y sin meditar lo que hacía, saltó a su cuello como una fiera para estrangularla. La intervención oportuna de Gurnémanz evitó una nueva tragedia.

Luego Parsifal fué preso de tal desfallecimiento, que cayó sin sentido en brazos del venerable anciano. Kundry corre a socorrerle. ¿En dónde se encontraba el hijo de Erzeloide? En el lago de los Cisnes, territorio del Graal; en el burgo de Monsalvat. Demoraban allí los caballeros guardadores del Cáliz Sagrado, de la última cena, que llaman Graal, y en el cual José de Arimatea recogió la preciosa sangre del Redentor. Además, tienen en custodia la lanza que hirió su Divino Costado. Titurel es el nombre del fundador de aquel Reino y los que allí viven, hombres de costumbres inmaculadas, alimentan su espíritu con heroicas virtudes, prontos a correr por el mundo en donde haya una injusticia que combatir, un débil que proteger, o una santa causa que defender. Ellos son invencibles, porque el vaso milagroso les infunde un poder sobrenatural. ¡Cada año, en el día del Viernes Santo, una cándida paloma desciende del cielo, renovando el pacto de amor, dando a los caballeros nueva gracia celeste.

Pero desde hace tiempo que en la mansión augusta del Graal reina la desolación, Titurel yace postrado por los años, y casi al borde de la tumba, ha pasado el trono a su hijo Amfortas. Mas el nuevo rey cayó en pecado, y dejóse arrebatar la lanza del Señor en un duelo feroz con el mago Klingsor, que se ha propuesto destruir aquella santa comunidad. Con el mismo sagrado acero le infiere una tremenda herida qué ningún bálsamo es capaz de sanar. Amfortas está en desgracia, y su reino con él.

Un día, los piadosos caballeros estaban orando derramando lágrimas ante el Graal; de pronto les pareció oir una voz del cielo que decía: «Sólo un ser puro y cándido, de alma piadosa, devolverá la salud al Rey pecador, renovando los esplendores Y milagros del Santo Graal. ¿Será Parsifal, este doncel inocente, el libertador y redentor?

El príncipe Gurnemanz, el viejo caballero, así lo cree, desde el momento que ha descubierto en el adolescente los signos de la piedad y timidez predichas en la profecía. El venerable anciano quiere tentar la prueba llevando a Parsifal al templo a que tome parte en el ágape sagrado y observar si la gracia divina le ilumina. Le abraza paternalmente y encaminase con él, desde la orilla del lago, al sombrío bosque, siguiendo el lejano cortejo del Rey enfermo, que dirigirse nuevamente a Monsalvat, después de tomado el baño matutino, en donde busca inútilmente alivio a su dolor. Iban siguiendo por el angosto camino tallado en la misma roca, y el buen Parsifal, en su ingenuidad, decía a Gumemanz:
-Toma consejo de quien lleve los cabellos blancos, díjome mi madre. Por obtener el vuestro, yo estoy dispuesto a serviros en todo lo que me mandéis, como ella me prescribió.
-Oye, doncel; tú hablas siempre de tu madre-díjole el anciano,- sin ocuparte de otras cosas. ¿Por qué la nombras constantemente y tan fuera de lugar? Discurres como un niño, y ya que deseas mis consejos, pon atención a lo que voy a decirte. Jamás seas imprudente. El hombre desvergonzado, ¿es que tiene el menor valor? Despojado por una mutación perpetua, pierde las plumas de su honor y desciende a los infiernos.
Tu aire gentil y majestuoso me anuncia que un día remarás. Cuando seas poderoso, practicarás la inquebrantable resolución de tratar misericordiosamente al necesitado. Tu largueza y magnanimidad deben defenderle contra la miseria. Jamás transigirás con lo que puede manchar tu honor. Sé humilde y ten buen cuidado en inclinarte ante, el hombre de bien, que a veces es perseguido por el infortunio. Tú debes socorrerle, y cada vez que harás acción tan meritoria, la gracia divina entrará en ti. Con moderación -deberás ser económico o generoso; y acuérdate que el hombre fácilmente pródigo no es apto para gobernar, así como el que vive sólo para acumular riquezas se vuelve vil. Observa la medida de la justicia, y ejercerás el oído, la vista, el gusto y el olfato, a fin de perfeccionarte para que tu juicio sea justo. Deberás asociar la clemencia al valor, y cualesquiera que sean las culpas del enemigo, si te pide perdón, envainarás seguidamente la espada.

Le dió consejo también de ser siempre sincero con la damas, «y si el cielo te une a la escogida de tu corazón, no olvides que marido y mujer son una cosa sola, como el sol que nos ilumina y que llamamos día. Ellos son inseparables como dos flores nacidas de un mismo grano.»
Nuestro doncel dió las gracias al venerable Gurnemanz, prometiéndole seguir aquellas sabias enseñanzas. Procuró no nombrar más a su madre, pero del corazón del bendito nunca se borró aquella imagen. Otros consejos siguió dándole hasta que llegaron a la cima del monte.

Allí oíase el triste toque de ¡as campanas Y el sonido marcial de las trompas de oro que llamaban al templo a los piadosos caballeros; e iban entrando en él, graves, uniformados, con paso lento y cadencioso; cubiertos de manto de púrpura, llevando sobre sus espaldas la blanca paloma, insignia simbólica de la pureza de los caballeros de Graal.

Gurnemanz designa sitio a Parsifal, mas en nuestro adolescente no ha penetrado aún la luz purísima del saber, y queda como atónito, estático.

Todos toman asiento; Amfortas sufre atrozmente, su voz se hace dolorosa, reconoce su indignidad, Y se niega a mostrar la santa copa a los píós caballeros.
-¡Hijo mío!-grita Titurel, desde su lecho-¿por qué no descubres el Graal?
El rey moribundo manda al hijo rebelde a oficiar y éste por fin muestra el Sagrado Cáliz. ¡Oh celestial visión! Todos se postran; Amfortas sostiene en sus manos el Santo Graal ; el templo se obscurece, mientras un rayo de luz vivísima desciende del cielo y la sangre del amor divino se inflama. Los caballeros cantan fervorosamente himnos santos e invocan la divina gracia en su ferviente plegaria. Unos dicen: «¡Al ágape de amor prepárate, caballero, como si fuera tu última hora!» Otros contestan con verdadera unción: «Su sangre derramó por nosotros, derrámese la mía con noble gozo por el Redentór!» y de lo alto desciende el cántico ideal conmovedor de los ángeles que dicen a los caballeros: «¡Gustad con el favor divino el pan de vida y de amor!».

Todos toman el alimento espiritual eucarístico, y mientras Amfortas, pálido, ensangrentado, llora su pecado, el templo nuevamente se ilumina.

Los caballeros se dan el beso fraternal, Y cumplida la ceremonia del rito, los bronces anuncian a los congregados que ha llegado la hora del retiro y recogimiento.

Parsifal ha asistido, mudo de estupor, a la extraña ceremonia. Nada comprende, pero en el fondo de su alma siente crecer el sentimiento de la piedad, y lo que ha visto le ha conmovido profundamente.

Gurnemanz, que ansiosamente le había observado, no sabe adivinar la impresión de terrible dolor que causaron a Parsifal los gritos lamentosos del infortunado Amfortas, y convencido de que se había engañado, cuando creyó que aquel bendito podría ser el cándido predestinado anunciado en la Profecía, se vuelve airadamente contra el pobre doncel, que continuaba inmóvil y como extasiado a un lado del templo.
-Vete de aquí-le grita,-ganso imbécil; ve en busca de tu oca y deja en paz a los cisnes del lago sagrado.
De mala manera y a empujones le echa de allí, pero el compasivo Parsifal no se da cuenta de nada. Sólo un gran dolor profundo le oprime y encadena su corazón.

Nuevamente siguió errante hacia donde el destino le encaminaba; de vez en cuando parecíale oir aún el eco del canto angélico, que alababa a Dios e invocaba la paz, la fe, amor y esperanza para la humanidad.

Contáctanos