XIII PARSIFAL EN EL CASTILLO ENCANTADO DE KLINGSOR

XIII PARSIFAL EN EL CASTILLO ENCANTADO DE KLINGSOR

Echado por Gurnemanz del templo excelso, nuestro héroe iba vagando solitario, hasta que al dejar el límite del burgo sagrado, penetró en otro recinto que los caballeros del Graal llamaban Reino de perdición. Era un hermoso valle fronterizo al Monsalvat, en medio del cual había un castillo encantado, adonde los piadosos caballeros eran atraídos para perderles, envueltos en las redes pecaminosas de la concupiscencia. El señor de aquel dominio era un terrible mago llamado Klingsor, quien se había propuesto exterminar la venerable comunidad, para vengarse de odios añejos contra Titurel. Unos dicen que era duque de Capua, descendiente del famoso hechicero Virgilius de Nápoles, y según las crónicas de la maledicencia, parece ser que un día fué sorprendido por el Rey de Sicilia mientras usurpaba ciertos derechos pertinentes al esposo.

Guárdeme el cielo de caer en la tentación de describir la formidable batalla que se entabló entre ofensor y ofendido, pero si hemos de juzgar por las cruentas burlas de que fué objeto luego, bien podemos asegurar que Klingsor debió salir muy mal parado de la refriega, pues desde entonces fué apellidado el Duque-Capón. Otros aseguran que ello es pura fábula, y por el contrario, fué él mismo el autor de tan ignominiosa mutilación. Quería entrar a formar parte de la comunidad del Graal, pero su instinto perverso y la lujuria que le dominaba hacían imposible su admisión. Pensó entonces en hacer penitencia, purificarse, vivir solitario cerca de Monsalvat hasta ser digno de entrar en él; pero, irritado por no saberse reprimir, cometió el horrible crimen sobre sí mismo.

El Graal nególe entonces y para siempre la divina luz; y Titurel lo echó de sus dominios. Perdida toda esperanza, dióse en estudiar las artes mágicas de brujería y nigromancia. Pactó con el infierno, y logró tanta ciencia diabólica, que transformaba a su placer casas y lugares, según su perfidia le sugería. Por virtud de un espejo mágico que le donó el demonio, conocía todos los actos de hombres, mujeres y cuadrúpedos, fueran ellos extranjeros o indígenas, si entraban en su radio luminoso, que era de seis leguas y media. Transformó el castillo en un edén perfumado, embriagador de los sentidos. Las flores eran más bien bellas hijas de perdición, armas poderosas que Klingsor aguzaba contra los caballeros de la montaña santa, a quienes quería destruir haciéndoles perder la pureza inmaculada. Muchos de ellos habían ya sucumbido en las garras, de la voluptuosidad, que mil ninfas les ofrecían, y vivían en el recinto encantado bajo el poder satánico del hechicero.

El rey Amfortas, ante la perfidia de Klingsor, armó sus leales, empuñó la lanza del Redentor y fué a darle batalla para aniquilarle. Pero ioh desventura! las terribles armas del mago eran de seducción refinada de la carne que la débil naturaleza humana es incapaz de resistir. A Amfortas, el más santo de los caballeros, púsole enfrente la flor más bella, rosa del infierno, portento incomparable de hermosura. Era Kundry, aquel ser extraño, original, que nadie supo de dónde vino, y si estando despierta era la bienhechora mensajera del Graal, cuando caía en letargo, el mago la atraía con hechizos y transformaba la haraposa mujer en mortal enemiga de aquellos píos caballeros, compendio seductor de todos los encantos de la mujer voluptuosa, la tentadora eterna, a la que el hombre se ablanda irresistiblemente.

En los brazos de Kundry perdió Amfortas la pureza inmaculada, y Klingsor, triunfante, le arrebataba la lanza sagrada, hiriéndole además en un costado con la misma arma. El rey pecador huye humillado y vencido: desde entonces llora su desgracia, la herida es incurable y le dará tormento para que expíe su culpa, hasta que un ser cándido y puro le redima, destruyendo el maleficio de Klingsor, rescatando la lanza santa, y dé nueva gloria, purificándola, a la Orden del Santo Graal. Por las artes diabólicas sabe el hechicero que un predestinado ha de salvar de la ruina total la venerable comunidad. El espejo mágico le anuncia que el cándido y purísimo redentor del Graal, caminando a la ventura ,ha entrado en sus dominios. Así redobla sus esfuerzos, transforma y prepara todos los elementos de perfidia y seducción. Klingsor se cree invencible; como cayeron otros tantos caballeros; caerá el doncel.

Llama a Kundry, la sorprende en su sueño, se ampara de ella, quiere transformarla; la diosa se resiste, pero él la encadena con sus hechizos hasta hacer de ella su mayor aliada. Parsifal ha entrado en el primer círculo en él encuentra gran resistencia. Otros caballeros allí recluidos le contienden el paso, pero el héroe se hace cargo y les vence con sus mismas armas, hasta llegar al jardín mágico. Las flores se desprenden, toman la forma de ninfas divinas seductoras; son las bellas hijas del Edén. Le rodean, quieren encantarle, seducirle, perderle, según mandato de Klingsor; pero la inocencia de Parsifal sale triunfante de la primera batalla. El cándido Parsifal decide irse, mas al intentarlo oye una voz dulcísima, que llena toda su alma.

«Parsifal», le dice, y el bendito recuerda entonces por primera vez que su madre, cuando soñaba, pronunciaba este nombre, y se conmueve. La seductora, para abrir brecha en el corazón del doncel inocente, le habla sólo de ella, y como la tierna alma de Parsifal está llena de aquel santo recuerdo materno, se enternece profundamente. «Tú ignorabas su gran dolor, le dice; noche y día te esperaba, pero el hijo incauto a ella no volvía y Erzeloide murió».

Parsifal cae abatido a los pies de Kundry. El llora amargamente, y en su dolor exclama: "!Oh, madre mía!".Madre dulce, madre querida, ¿ cómo pude olvidarte?» Kundry avanza en su perfidia; finge infinita y maternal ternura por el adolescente.

«Tú no conocías el dolor; expiar debes la culpa, y si quieres encontrar consuelo a tu pena, debes buscarlo en aquel grande amor, que ya Gahmuret sintió por Erzeloide, aquella que te revistió de su carne y de su sangre y al morir mandaba a ti el saludo extremo de su corazón y el beso del amor.» Kundry envuelve a Parsifal en sus redes; le coge en brazos, acerca sus labios a los del adolescente y estampa en ellos un largo beso con el arte maligno de la sensualidad. iOh prodigio! Parsifal se siente de pronto transformado, su inocencia se ilumina y le hace comprender toda la maldad de Kundry. Se deshace de aquellas garras; ve ante sus ojos la visión,,amarga del sufrimiento de Amfortas, llorando su pecado.

El piadoso Parsifal sufre del mismo dolor a tal punto, que cree que él también tiene en su costado la llaga incurable. Fué el beso de Kundry que hizo caer al casto Rey, pero el iluminado hijo de Erzeloide no caerá. Ya no es el cándido e inocente; desde hoy será el héroe de la piedad, consciente de su misión redentora sobre la tierra. Cae de rodillas, invoca al cielo, y ve aparecer el cáliz divino, cuya sangre se enciende; en su exaltación parece oir la voz del Salvador, y sus quejas por haber contaminado el templo augusto con el pecado.

«iSálvame, oh Dios de amor! Y guía mis pasos hacia la mansión santa, para que yo la redima.» El héroe quiere huir, pero Kundry no se da por vencida, se acerca a él, y le tiende nuevas insidias. Le pide piedad, pues también ella busca su salvación.- «sólo una hora de tu amor y yo seré redimida. Tú tan compasivo, ¿por qué me huyes? Deja que en tu seno desahogue mi llanto. Fué el beso mío el que te iluminó, ¿querrás que me consuma en mi condenación? ¿Por qué no quieres, unirte a mí para salvarme? Deja que yo te ame, ioh ser divino!, y te mostraré el camino que en vano buscarás. ¡ Si supieras mi tormento, que viva o muerta jamás me abandona! Yo fui culpable y mi vida es de expiación. Busco a El, que vituperé cuando llevaba la cruz a cuestas camino del Calvario; bañado en sangre inocente, yo le burlé y escarnecí, riéndome de su dolor. Sus ojos dulces se clavaron entonces en los míos: los veo desde siglos, me atormentan sin cesar, y le busco para postrarme a sus pies, sin que me sea dado encontrarle en parte alguna. Si eres como él, un ser divino, deja que en tus brazos encuentre la expiación de mi pecado».

Luego le asalta furiosa; quiere cogerse a su cuerpo, pero Parsifal, impuesto de su divina misión, resiste a toda tentación, y la rechaza, llamándola demonio pérfido y cruel.
-Huye de mí, y deja que yo corra a redimir a mis hermanos de Monsalvat que sufren por tu culpa; enséñame el camino que conduce a ellos y te salvarás.

Kundry grita salvajemente, su desesperación no tiene limites, por creer que va a ser vencida. Invoca entonces la potencia maléfica para que arreste al insensato; «i cerradle el paso, para que sea mío!» Parsifa intenta huir, pero sale a su encuentro Klingsor empuñando la lanza del Señor robada a Amfortas.

«Con esta arma yo te domaré.» Y furiosamente echa el sagrado acero sobre el cuerpo de Parsifal para atravesarle, pero prodigiosa mente queda suspendido sobre la cabeza del casto y purísimo héroe, quien se ampara de la lanza trazando en el espacio, con ella, la señal de la cruz. «Con este signo de redención, rompo todos los encantos del infierno y destruyo tu maléfico poder.» Seguidamente un ruido infernal se deja oír, y todo se derrumba sin que quede piedra sobre piedra. Las artes del mal quedan vencidas, Klingsor sepultado bajo su poder en ruinas; se transforma aquel lugar en un triste desierto.

Kundry, incorporada, sigue con los ojos a Parsifal, y éste le dice: «Si quieres la salvación, ya sabes en donde podrás encontrarme».