X. ADOLESCENCIA DE PARSIFAL

X. El hijo de Gahmuret, sin preocuparse de la congoja mortal que causaba a la afligida madre, dábale un último beso, y montado sobre su caballo echó a correr, dirigiéndose hacia la floresta de Brocelianda, en donde pasó la noche de la peor manera. Al nacer el nuevo día, siguió por un camino recto que le llevó a una llanura, en la que divisó a un lado un gran pabellón señorial, extremadamente lujoso, formado con telas de tres colores. Nuestro indiscreto mancebo, guiado por su inconsciencia, entró en él, y en lo que llaman recinto sagrado vió a una dama tendida, que dormía dulcemente. Era Jeschute, que con su esposo Orilus, duque de Lande, se habían refugiado allí, huyendo de la persecución del fiero Galoes. El rostro de la matrona, como sus labios de rosa diáfana, eran armas poderosas de amor, capaces de encender la llama en el corazón más consumado. Su boca a medio abrir ostentaba con soberana soberbia dos cándidas líneas de dientes brillantes y blancos como el marfil o la nieve. Un manto de seda oriental se replegaba hacia el cuerpo de la dama, con tan natural abandono, creyéndose sola en la ausencia de su esposo, que descubría la perfección de sus líneas que me es vedado describir; pero sí os diré que en ellas resplandecía con todos sus encantos el arte supremo del Creador. La seductora dama dejaba caer graciosamente su brazo escultural, en cuya mano llevaba un anillo como ornamento que es prenda de desposada. Nuestro inocentón vió aquel símbolo de fidelidad, y acordándose de pronto del consejo materno, le pareció en su cándida imaginación que había llegado el momento de ponerlo en práctica. Sintióse como atraído hacia la prenda, y de un salto cayó sobre la dormida para quitársela. La púdica belleza despertóse desagradablemente sorprendida por la inesperada acometida del impetuoso adolescente tan extrañamente vestido, y acostumbrada a todas las galanterías que la buena crianza impone, le apostrofaba indignada y avergonzada.«¿Quién viene a ultrajarme? i Oh temerario insensato!, alejaos de aquí; pero sin preocuparse de la exaltación de la dama, ni de los gritos desesperados, se cogía con toda la fuerza a los labios de la bella Jeschute, y procurando inmovilizarla con su poderosa fuerza, le quitaba el anillo. Vióle luego un broche de oro en el pecho, que sujetaba la débil vestimenta, y arrancóselo sin sentir el menor escrúpulo ni vergüenza. La pobre Jeschute opuso gran resistencia, pero la suya era fuerza de mujer y la del agresor de diez gigantes. De repente dejó su presa, quejándose de sufrir hambre, y la dama, que había recobrado su libertad, llena de espanto, calculando las consecuencias que podía acarrearle aquel inesperado suceso, temerosa de nuevas arremetidas le decía: -Si sois bueno, yo os daré de comer; basta que no me comáis a mí; ahí tenéis dos perdices, pan y vino con que saciaros, pero huid. La presencia del inconsciente desvergonzado pesaba cada vez sobre el corazón de la dama. Ella le suponía falto de razón, bien lo decía su vestidura de loco y aun cuando rugía de terror, díjole estas discretísimas palabras: "Doncel, restituidme mi anillo como el broche de oro que me habéis arrancado, y dejad pronto este lugar, si no queréis que la cólera de mi esposo haga presa de vuestra maldad. -¿ Por qué he de temer a vuestro esposo ? -contestó el inocentón-; pero si creéis que mi presencia puede dañar vuestro honor, yo me iré seguidamente. Acercóse otra vez adonde ella reposaba, y con gran disgusto e indignación de la duquesa, le hurtó otro beso antes de saltar a su caballo. Desconociendo las buenas reglas, despidióse de mala manera, contentándose con decir: ¡Que Dios os guarde! Es el consejo que me dió mi madre. Encantado por el botín, se precipitó a gran carrera, y fué sabia providencia, porque no tardó en llegar el 'duque Orilus, a quien la esposa, no repuesta aún de su trastorno, hubo de contarle seguidamente el ultraje de que había sido víctima. El celoso Orilus fué presa de tal rabia, que después de descargar toda, su cólera, contra la pobre esposa por creer que podía ser culpable, corrió detrás del insensato, que, perdido en la selva, le fué imposible dar con él, lo que aumentó más y más su furor. Ella protestaba con los ojos bañados en lágrimas, y cuanto más se esforzaba en querer demostrar su inocencia detallando las acometidas del indiscreto adolescente, más crecía la indignaci6n de Orilus y subió de punto cuando con la mayor naturalidad decíale la bella esposa que el mancebo era muy joven, pero que debía estar loco; luego, por su malaventura, añadió que jamás había visto hombre tan bello. - Ah! i ah! ¿su cuerpo os gustó tanto ?» -Dios me preserve de pensarlo, respondía ella; mis fuerzas eran débiles y nada podían con las del insensato. Vos sois dueño de mi persona, haced de mí lo que queráis; pero os ruego me concedáis vuestra gracia, y si con la vida pudiera convenceros de mi pureza, i oh! ; cómo me sería dulce morir! Yo bendeciría este momento en que me hacéis sentir vuestro odio.» Nada pudo aplacar el ímpetu furioso de Orilus, que se esforzaba con excesos de indecible crueldad en amargar la existencia de la víctima. Le gritaba: "Ya no vendré nunca más a buscar el calor de vuestros cándidos brazos; ni en ellos quiero encontrar las delicia", del amor que aprisionó mi corazón. Ya miraré desde hoy indiferente la palidez de vuestra boca rosada, como la radiante luz que emana de vuestros ojos inflamados por el deseo; en ellos he de mezclar el veneno para que sea el tormento constante de vuestra alma hasta que no me sea dado vengar la afrenta.» Estas y otras desdichas más dolorosas aún causó a la pobre Jeschute la primera hazaña del cándido hijo de Erzeloide, que, atravesando prados y bosques, iba caminando sin norma ni guía hacia donde el destino le llevaba. A cuantas personas encontraba repetía la misma salutación: "Que Dios os guarde!» Y añadía: "Es mi madre que me ha dado este consejo.» Bajaba por una pendiente y oyó gritos enternecedores de mujer; guiado por el eco de aquellos lamentos, a ella se fué. ¿Qué es lo que vió? Escuchad: En la cima de una roca, una noble dama estaba cogida a un cadáver, y en su desesperación arrancábase los bucles de su negra cabellera. Era Sigunda, que tenía en brazos al príncipe Zonadulande, su enamorado esposo, que, herido mortalmente por un traidor enemigo, allí había exhalado el último suspiro. "Mi madre me ordenó saludar a los afligidos y a los que gozan de felicidad" dijo el dócil hijo de Gahmuret.-i Que Dios os guarde! Y acercándose más, preguntóle: «¿Qué peso triste tenéis en brazos? ¿ quién quitóle la vida? Si yo lo supiera, iría a vengarle. La afligida mujer conmovióse a tales palabras; levantó los ojos hacia el desconocido, y díjole en tono casi profético: -Tu te muestras virtuoso; honor a tu dulce juventud y a tu gentil belleza; en verdad, tú serás un día lleno de beatitud. Y antes que el infante se alejara, la dama pidióle su nombre, jurándole que Dios le había escogido y marcado con signos especiales. -¿ Mi nombre? No lo sé-dijo- el adolescente-; en mi mansión llamábanme hijo bueno, hijo amado, hijo bello y nada más. A las palabras del doncel, la dama Sigunda abrió los ojos como aturdida, y reconcentrándose en sus recuerdos, parecióle reconocer al hijo de Erzeloide, exclamando: -Seguramente tú eres Parsifal, celui qui perce de part a part. El amor y la constancia dejaron huellas profundas en el corazón de tu madre; ¡qué dolor le causó la muerte de Gahmuret! Tú eres Valesien por el linaje materno, Angevien por el de tu padre, y un día serás coronado rey. Después de otras cosas que no es del caso contar, despidióse de Sigunda, prosiguiendo su camino, que le condujo a Bretania. Llegada la noche; nuestro bendito sintió cansancio, y habiendo visto una venta, a ella encaminó sus pasos. Un avaro brutal e inhumano era el dueño de la posada, y al decirle Parsifal que sentía hambre violenta y que quería comer, contestóle: -¿Yo daros, medio pan? nenni, ni dentro tres años: quien pretende gratis mi generosidad, pierde el tiempo; si no lleváis buena moneda, podéis morir de hambre a la puerta de mi posada; ya os comerán los lobos. El gentil mancebo enseñóle el broche arrancado a la desdichada Jeschute, y a la vista del oro el villano avariento alargó la boca, cambiando el tono de su voz, diciéndole: -Ya que lleváis talego, podéis entrar, mi dulce infante, y todos los de la posada os honrarán. -Si te comprometes a alimentarme bien hoy, y me enseñas mañana el camino que lleva a la Corte del rey Artús, este oro será tuyo-díjole Parsifal. -A vuestras órdenes, señor-y decíase para sí el ventero-: Como no se ha visto nunca cuerpo tan perfecto, yo llevaré a la Tabla Redonda una verdadera maravilla. Pasada la noche en el mesón del avaro, a la hora del alba encamináronse con paso rápido por caminos diferentes, y ala vista de la ciudad de Nantes el villano pecador díjole: -Hijo mío, que Dios guíe tus pasos y te preserve del mal. Mira, allí está la entrada por donde debes encaminarte.-Hay que guiarme más lejos-,-dijo nuestro héroe. Pero el avaro contestó: -Dios preserve mi piel del contacto de cortesanos y de su noble humor: cuando un villano se frota con ellos, sale siempre ensangrentado. Solo quedóse el inocentón, y como no tuvo un Kurvenal por maestro, ignoraba la cortesía, y si encontraba a algún viandante, a todos, por igual decía: -¡Que Dios os guarde! Es mi madre que me lo aconsejó. Uno de los pasantes, al parecer gran caballero, considerándole simplote, contestóle: -Que te guarde a ti también y a ella. Enhorabuena por tu belleza, que seguramente eres hijo de algún engendro feliz de noble dama, pues yo no he visto hombre igual a ti. ¿Adónde te guía tu estrella? -A la Corte del rey Artús. En nombre de la Caballería, yo te ruego que, si entras en ella, adviertas al Rey, como a su dama, que el noble Javonet, su pariente, les manda albricias. -Yo haré tu mensaje-contestó Parsifal. y siguiendo su camino, llegó al jardín que daba entrada a la Corte del rey Artús.