IX. INFANCIA DE PARSIFAL y MUERTE DE SU MADRE ERZELOIDE

IX. INFANCIA DE PARSIFAL y MUERTE DE SU MADRE ERZELOIDE

Erzeloide, la poderosa dama, tomó la grave determinación de vivir como extranjera en sus tres reinos; renunció a todos los placeres del mundo, despojándose completamente de las imperfecciones que ni aun el más pequeño vestigio pudiera ser perceptible a los ojos ni a los oídos de las gentes.

Indiferente hasta a la radiante luz del sol, evitaba el goce de la vida, ocupándose día y noche en alimentar su dolor.

Con la pesada carga de sus sufrimientos, refugióse en una floresta, en el desierto de Sultane, queriendo sobre todo guardar en lugar seguro al hijo adorado del noble Gahmuret, imponiendo a sus servidores el severo mandato, bajo pena de muerte, de no pronunciar jamás delante de él el nombre de Caballero. Decía: «Si el encanto de mi alma supiera lo que es la vida de caballero, mi extrema aflicción habría llegado a su cúspide. Aplicaos, pues, a guardar el secreto.

La orden severa fué escrupulosamente seguida, y el joven infante fué criándose en el desierto ignorando todo lo de la vida y creciendo sin otra guía que el natural instinto de la humanidad primitiva, según los deseos de su madre.

Un ejercicio sólo le estaba permitido: fabricar con sus propias manos arcos y flechas para poder cazar a los pájaros que encontraba; pero a veces, cuando cazaba alguno que antes había alegrado su espíritu con el dulce canto, entonces rompía en amargas lágrimas, enternecíase hasta lo más hondo de su alma y arrancábase los cabellos furiosamente como castigo de su maldad.

Poco a poco iban inspirándole tanta ternura aquellos inocentes seres, delicia de la selva, que se pasaba largo tiempo debajo de los árboles escuchando al ruiseñor o las trovas de otras avecillas.

Luego se iba al hogar tan lleno de emoci6n y tristeza, que a veces, al ver a su madre, prorrumpía en llanto.

«¿Qué es lo que te ha dado pena?-decíale ella-. ¿Ha sido en el bosque?» Y el cándido niño nada sabía qué contestar.

Largo tiempo la reina Erzeloide había buscado la causa de aquella emoción que no acertaba a comprender, cuando una mañana, espiando los pasos del hijo amado, vióle extasiado y con la boca abierta, sonriente, delante de un árbol en donde algunas avecillas que allí habían formado nido cantaban llenas de felicidad la gloria del Criador.

El corazón del inocentón palpitaba fuertemente, de acuerdo con la melodía Erzeloide no quiso saber más, y desde entonces tomó tal odio a los pájaros, sin saber por qué, que resolvió suprimir aquellos conciertos.

A pastores y vasallos mandóles que dieran guerra y estrangularan a cuantas avecillas encontraran, objetos de su antipatía; pero como tenían alas, rápidas eludían a sus perseguidores y muchas pudieron salvar su vida, continuando gallardamente lanzando por los aires el encanto de sus tiernas melodías.

El niño decíale: «Madre, ¿ qué crimen cometieron ?» Y suplicaba por ellos paz y protección. Sus razonamientos eran a veces tan profundos, que la celosa madre cogíale en brazos, besaba sus labios, y le repetía: « Bien dices, alma mía! Hijo amado, hijo bello, hijo bueno. ¿Es que tengo yo derecho a perseguir los pajaritos? ¿No es violar la Ley de Dios?» « Oh, madre mía.l ¿ Y qué es Dios?» «Hijo amado, mis palabras son muy graves. Dios es más brillante que ,la luz del día; es El que se digna revestir de la nada la figura humana; es la misma sabiduría: implórale siempre y su bondad te prestará ayuda en este mundo. Hay otro ser que le llaman Señor de los Infiernos, es negro y lleno de maldad.»

Así Erzeloide le enseñaba a distinguir entre el principio de la luz y el de las tinieblas. Después de esta lección íbase otra vez al bosque a adiestrarse en arrojar dardos a los animales feroces y a cazar ciervos para alimento del hogar.

Con tal ejercicio iba creciendo bello y gallardo, distinguiéndose por la blancura de sus miembros, de fuerza muscular tan grande que; si cazaba alguna pieza, aunque fuera carga de mulo, sin la menor violencia la llevaba a su mansión sobre sus espaldas.

Una vez la correría llevóle lejos, e iba caminando distraído, cortando una varita con que poder fabricar un instrumento, queriendo imitar el canto de alguna avecilla de su predilección, cuando de pronto oyó el galopar de un fogoso caballo. «¿ Qué será este rumor? ¿Me anuncia quizás el diablo con sus muecas y su furor? A fe mía yo he de esperarlo, pues si mi madre me cuenta de él cosas espantosas es porque le falta coraje.»

Así diciendo, púsose en actitud de combate, dardo en mano, y con gran estupor vió descender por la pendiente de la cordillera a un grupo de caballeros con armaduras relucientes, que a todo correr se le acercaban.

Nuestro cándido doncel los tomó por divinidades, y no atreviéndose a permanecer de pie, arrodillóse en medio del camino, gritando con todas sus fuerzas: «¡Ayúdame, Dios mío.! Tú tienes este poder; mi madre me lo ha dicho.»

El primer paladín, irritado por aquel obstáculo, gritó contra el imbécil que interceptaba el paso: «¿Quién se atreve a obstruir mi camino?» Y el pobre infante, extasiado, no oía aquellas palabras, creyendo que era a Dios a quien veía; y continuaba postrado implorando su protección.

Otro acercóse más, y con aire impaciente preguntóle si había visto pasar a dos caballeros que no supieron uniformarse a las reglas de caballería. Dos que se comportaron como villanos, abjurando las leyes del honor, raptando una doncella; y mientras el caballero hablaba, el hijo del rey Gahmuret más y más se imaginaba reconocer a Dios, del cual la madre le había dicho que resplandecía de inmensa luz, y bajando la frente repetía: « Oh, Señor de bondad, ayúdame tú que eres poderoso y lleno de piedad!»

El caballero, que era el príncipe Garnacan, del condado de Autrelec, viendo aquella simplicidad incomprensible del adolescente y reconociendo en él facciones que revelaban su alto linaje, contestóle en tono benévolo:
« Yo no soy Dios; si lo fuera, primero hubiera escuchado tus ruegos; lo que ves son cuatro caballeros.» «¿Caballeros? ¿ y qué es esto? Puesto que no poseéis el divino poder, decidme: ¿ quién da la caballería?». «El rey Artús-contestáronle-, y si tú vas a su corte, te concederá este título, y no harás mal papel, pues por el aspecto debes ser de noble raza».

Los caballeros contemplaron admirados la belleza viril que el arte del Criador había derramado sobre él; y si hemos de creer cuanto nos dijeron, no existió hombre más bello ,después de Adán; el sufragio de las damas confirmó este elogio.

Nuestro gentil infante quiso aún discutir con ellos, lo que provocó la mayor risa a los nobles oyentes, y dirigiéndose al que tenía más cerca, decíale : «Oh, buen caballero, tú tienes en la vestidura millares de anillos relucientes pegados a tu cuerpo; las doncellas de mi madre llevan anillos en sus trenzas, pero no de esta manera, ¿ para qué sirven?» «Mira -díjole el príncipe mostrándole la espada, cuando algún enemigo me ataca con arma semejante o con una lanza, estas mallas me defienden. »

Cansados los caballeros de los cándidos razonamientos del adolescente, pusiéronse otra vez en camino, diciéndole: «Que el poder del Cielo te guarde y preserve de todo mal. Y si te hubiese dado la inteligencia proporcionada, te habría hecho el más escogido de los hombres.»

Largo rato estuvo contemplándolos, y desaparecidos ya de su vista, fuése corriendo a contar el suceso de aquel encuentro a dama Erzeloide, y la impresión que recibió la afligida madre fué tan inmensa, que quedó sin sentido.

Luego, algo repuesta, procuraba reprimir su dolor, y le decía: «Hijo bueno, hijo bello, hijo amado, ¿quién pudo hablarte de la Orden de Caballería?» Y no sabiendo ya qué engaño inventar para disuadirle de correr aventuras en busca de Artús, y a pesar de la aflicción que la dominaba, determinó no negarle nada de lo que el hijo de Gahmuret le pedía.

Ella se decía "Yo quiero que sea malo con los hombres, y como el mundo es perverso y propenso a la burla, haré que su hermoso cuerpo vaya envuelto en traje vil; que la gente lo injurie; que lo tomen por loco, y si le baten, al fin no tendrá más remedio que volver a mí.» i Pobre estratagema del amor materno, que nada resolvió!

En una ruda tela de saco, cortó la dama una ridícula camisa sin mangas, amada con un extraño capuchón. Luego cogió la piel fresca de un buey y con ella hízole el calzado para una tal vestimenta, que era la que llevaban los que perdían la luz de la razón.

Trajeado con tan miserable indumentaria, sens serjent ni senecha, sin más bagaje que su infinita inconsciencia, cogido un rocín y su dardo, queríase partir al instante, sin hacer caso de las lágrimas y desesperados ruegos de la atribulada madre. «A lo menos, hijo amado, permite que yo te enseñe las precauciones que debes tomar y que no puedes olvidar nunca en tu viaje. Evita los sitios obscuros y caminos poco frecuentados. Como signo de buena educación, saludarás a las gentes que encuentres a tu paso. Si algún sabio viejo se digna instruirte de lo que la experiencia le enseñó, escucha con placer sus lecciones y no te muestres con él rebelde. iHijo mío!, un consejo importante he de darte: cuando puedas obtener el anillo y los favores de alguna dama, tómalos: ello te compensará de muchas penas. Tú te apresurarás a besarla y estrecharla fuertemente en tus brazos; será como un primer testimonio de tu fidelidad. Debes saber también que el malvado Hellin, a pesar de la resistencia de tus vasallos, te ha robado los Estados De Valois y Norgah; con su propia mano ha dado muerte a Dorjental, tu capitán, y hecho prisioneros a tus soldados.» «Yo me vengaré, madre, con la ayuda de Dios; con un dardo le mataré.» Dicho esto, nuestro cándido infante quiso separarse de Erzeloide, poniéndose en camino hacia la corte de Artús.

La dama le llenó de besos, le dijo palabras de infinita ternura que un raudal de lágrimas entrecortaban, y en aquel instante de supremo dolor, viendo alejarse al hijo de sus entrañas, la virtuosa madre cayó al suelo, en donde la muerte puso término a su existencia y a su martirio.