VIII ÚLTIMAS AVENTURAS Y MUERTE DE GAHMURET NACIMIENTO DE SU HIJO PARSIFAL

VIII ÚLTIMAS AVENTURAS Y MUERTE DE GAHMURET NACIMIENTO DE SU HIJO PARSIFAL

Según cuenta la aventura, llegado Gahmuret a la tierra de Valois, vió a lo lejos la ciudad de Kanvoleis, rodeada por un campamento de extranjeros, que habían levantado infinidad de pabellones ostentando insignia real.

Nuestro héroe ordenó hacer alto a sus escuderos, mandando al más avisado y prudente, con la misión de buscar lugar donde poder sentar sus reales, sin que sea vana imaginación afirmar, según el decir de las gentes, que presentóse a la ciudad con tal magnificencia guerrera, montado en un arrogante corcel, que todos quedaron admirados: y aún la mismísima reina Erzaloide sintió tal curiosidad, que mandó un fiel emisario para que indagara la procedencia y rasgos del ilustre Caballero recién llegado a sus dominios, que tales embajadores llevaba.

Pronto fueron satisfechos los deseos de la impaciente Reina, y por boca de su mensajero pudo saber que el extranjero era desconocido, y debía llegar de lejanas tierras. Añadió: «sus acompañantes son espejo de cortesía, andan marcialmente, y a juzgar por el lenguaje son del Anjevien. Interrogué a sus irreprochables escuderos, y si he de creer cuanto me dijeron, su Señor es magnánimo con el necesitado, de abolengo ilustre, y Rey de Zaramanco».

No fué poca la sorpresa y extrañeza de Gahmuret ver aquel campamento tan singular, y mandando allá sus informadores, bien pronto supo que el amor había congregado en Kanvoleis a gran número de nobles héroes, llegados de tierras remotas.

Allí estaba el insolente rey Hardeis; Gauchier de Normandía, Guillirique el hermoso; el rey Utepandragon, seco como una espina, y en cuyo semblante leíase «dolor» por haberle arrebatado la bella esposa Zuriana un encantador hechicero que poseía las malas artes de la magia.

Estaba también el invicto Gauvain de Noruega, lento a la felonía, pronto en el honor: ni podía faltar el terrible Rey de Portugal; el de Badrigaud, Rivalen, el orgulloso Mhoroldo de Irlanda y Brandeleis; los soberbios alemanes, Gurnemauz de Grahazz, los duques de Brabante y otros infinitos que dejo por nombrar.

Eran todos caballeros de combate, probados en cien batallas, y que a la llamada de la reina Erzeloide habían corrido a la ciudad de Kanvoleis, aspirando a vencer en el gran torneo, a cuyo victorioso guerrero dábase como galardón la Mano de la bella Reina y sus Estados.

En el día señalado, la ciudad vistió sus mejores galas y la impaciencia era inmensa en el corazón de los vasallos, deseosos de conocer la suerte que estaba reservada a su soberana, y que debía darle el esposo, nuevo Señor del Reino.

Bajo la mansión de Erzeloide se efectuó el bello desfile de aquel curioso cortejo de caballeros reales, seguidos de sus escuderos, pajes y gentes asalariadas. iCuántas riquezas en gualdrapas, armaduras, coseletes, cascos ornamentados de oro y piedras las más preciadas; plumajes de cándidos colores, estandartes, insignias, alabardas y lanzas, formando un conjunto deslumbrador que avanzaba hacia el lugar de la contienda!

Cuéntase que al pasar el digno Gahmuret por delante de Erzeloide, sintióse penetrado hasta lo más hondo de sus huesos por dos rayos dulcisimos de luz, que emanaban de la belleza de la Reina; irguiese sobre su hermoso caballo, como un falcón cuando corta el viento, y la joven Soberana armonizó en su alma la impresión del héroe con la suya. Grande era la expectación, y sin relatar los infinitos detalles de aquella encarnizada lucha de Reyes, en la que, despreciando los más las reglas de caballería, que son leyes del honor, atacábanse con felonía, odio y furor como en innoble batalla de bandidos, os diré que sólo Gahmuret supo conservar el prestigio de su raza, haciendo prodigios de valor, de admirable destreza y caballerosidad, causando tal asombro a sus mismos contendientes, que, olvidando las humillaciones y destrozos que les causó su lanza, le proclamaron vencedor.

La Reina siguió con interés aterrador las fases de aquella cruenta contienda, pero miraba extasiada las hazañas de nuestro héroe y parecía que la pasión naciente iba avasallando su corazón, a tal punto que, finalizado el combate feroz, y otorgada la palma de la victoria a Gahmuret, mandóle un paje con esta salutación: «A tí, héroe invicto, toda la ternura y los votos de mi ser, que no se ha eximido de pena, desde que te vió, y empezó a amarte. Tu amor me causa ya mortal desfallecimiento y será la llave de mi alma como de mi felicidad, y si se alejara de Erzeloide, en su corazón solo albergaría la eterna amargura. "Yo soy bella, poderosa y capaz de sentir todos los favores del amor que te dará la felicidad".

El ilustre Rey de Zaramanco acogió las ardientes palabras de Erzeloide con todo el favor que su linaje y la nueva pasión imponían a su juvenil ardor; luego mandóle como prenda de su complacencia la armadura destrozada, acribillada de lanzadas y que le sirvió en el funoso combate.

No tardó el héroe en recibir en su pabellón la agradable visita de la Reina, y en aquel regio recinto, después de haber recibido la bendición, pidió a Gahmuret todos los derechos de esposa de que se sentía revestida, olvidó sus tristezas, abandonándose a las delicias del amor triunfante, desposeyéndose del título de virgen que había llevado siempre, puro e inmaculado.

Pasados los días de júbilo por aquel grande advenimiento, recibió Gahmuret una embajada que colmó de aflicción a la dulce Erzeloide.

Era el poderoso Señor de Bagdad, el rey Baruc, que, cercado por los babilonios y a punto de perecer, pedíale que fuera a prestarle su brazo invencible.

Ni el amor ni las lágrimas de la dama Erzeloide pudieron arrestar sus ímpetus guerreros; y embarcado hacia la meta de nuevas luchas, allá se fué, sin dar nuevas de cuanto le acaecía de próspero o adverso.

Contemplemos a la esposa afligida, radiante como el sol, nacida para inspirar el amor, uniendo a los tesoros de su belleza la juventud y las delicias todas de la tierra. Su corazón aplicado al bien y a la prudencia levantaba entre sus vasallos un concierto de elogios, que proclamaban su conducta y pureza ejemplar. Así reinaba con sabiduría infinita en Valvis, Anjou y Norgals.

El amor a su esposo parecía crecer con la ausencia, porque jamás dama alguna poseyó hombre más digno; y cuando hubo pasado ya medio año, la espera volvióse pena cruel y la única preocupación de su vida. Repetía sin cesar: "el arma de mi felicidad. Se rompe en mil trozos, en el puño de la mano. ¡Desventurada de mí! ¡ Oh desventurada! ¡Como pesa la desdicha fugaz sobre mi virtud! ¡Oh cuánta amargura engendra la fidelidad! Así anda la humanidad, en fiesta hoy, y mañana en duelo".

Un día, durante su sueño agitado, en las horas meridianas, Erzeloide fué cogida de horrible espanto. Le pareció que se elevaba como un meteoro en el espacio, envuelta por una violenta tempestad en la que era ella el punto de concentración de infinitos y terribles rayos, que como un torrente de llamas inflamaban su dorada cabellera.

Aturdida por el espantoso bacanal celeste, lloraba amargas lágrimas, cuando de pronto volvió a la vida y parecible que una mano de hierro la tenía sujeta.

Todo cambió en un momento; un nuevo espectáculo no menos prodigioso se presentó a sus ojos; vió que daba a luz a un monstruoso reptil que devoraba sus entrañas; era un terrible dragón, que se cogía y destrozaba sus pechos, huyendo luego de su vista.

Desfallecida por la horrible visión, su corazón quedó hecho pedazos, y raramente mujer dormida probó semejante terror.

Desde entonces su melancolía no tuvo límites, y en aquel fantástico sueño veía el triste presagio de una catástrofe que por su desventura no se hizo esperar; pues a los pocos días recibió en audiencia al fiel escudero de Gahmuret, llamado Tampaneis, que con algunos pajes había dejado la tierra de Bagdad, llevando a la Reina el golpe fatal: el anuncio de la muerte de su esposo y Señor.

La emoción de la afligida Soberana fué tan intensa, que cayóse desplomada; y el viejo escudero, bañado en lágrimas, corrió a ella, le separó los dientes con gran fuerza, y dándole un cordial, logró hacerla recobrar los sentidos. "iOh desdichada de mi! ¡Oh infinita tristeza mía!" y así diciendo, cogióse el vientre con las manos, y vuelta, la mirada al cielo; gritaba con la voz del dolor:
"¡Oh Dios que todo lo puedes, autor de lo creado, oye mi llanto; consérvame al hijo de mi amor!" Y sin reparar en la presencia de cuantos los rodeaban, rasgaba las vestiduras que cubrían su seno, y como mujer experimentada cogíalo tiernamente, exclamando: "¡Oh tú que guardas el alimento del hijo de Gahmuret, yo te bendigo!"

Catorce días pasaron y la dama Erzeloide dió a luz a un hijo de incomparable belleza. La madre apretábalo sobre su corazón, llenándole de besos, de ternura infinita, creyendo por un momento que la plegaria le había devuelto a Gahmuret; y evitando el error de muchas madres, ella misma crió aquél ser de sus entrañas a quien llamaba «hijo bueno, hijo amado, hijo bello», y como este nacido es el héroe inmortal de nuestro poema, Wolfram quiere revelaros su nombre, que es el de «Parsifal».