LOS PERROS DE WAGNER
Por Henri Perrier
 

Richard Wagner vivió la existencia serena de un patriarca en los últimos años de su vida, instalado en su bella casa de Wahnfried en Bayreuth, ciudad que él escogió para edificar su Teatro para los Festivales wagnerianos. La gloria y la opulencia coronaron una vida agitada y difícil cuyas peripecias amorosas y tribulaciones financieras, no lograron alterar el motivo conductor: el cumplimiento de su obra. Incluso la tranquilidad y la felicidad de una vida sentimental y familiar calmada y bienhechora después de tantos contratiempos, hicieron acto de presencia por fin en la intimidad de la vejez del Maestro.

Cuando Wagner compuso el Parsifal, sabía que estaba escribiendo el último de sus dramas líricos, y no por el hecho de que tuviese el presentimiento de un fin brutal, sino por la convicción de haber creado y escrito todo su mensaje artístico. Sin embargo, para un hombre de una vitalidad tan prodigiosa, tampoco su vejez puede tacharse de una completa armonía. El tenía aún proyectos lejanos que concernían a la configuración de ciertas óperas o a la composición de sinfonías. Pero la pesada responsabilidad de la organización de los festivales no le permitieron encontrar demasiados períodos de calma. Además restaban aún todos los ensayos y artículos en los cuales él expresaba su opinión sobre las cuestiones más variadas. También se había propuesto un día el retomar de nuevo el hilo de su autobiografía e incluso añadir una serie de suplementos que él habría titulado “Historia de mis perros”.

La muerte le sorprendió en Venecia, el 13 de febrero de 1883; tenía 70 años. Mientras, en Bayreuth, le esperaba su tumba en el jardín de Wahnfried; una gran piedra de granito sin ningún adorno, la cual estaba preparada desde hacía mucho tiempo. Al pie de su tumba, está enterrado uno de sus perros más queridos, un terranova, con la siguiente inscripción: “Hier ruht und wacht Wagner’s Russ” (Aquí descansa y vigila el perro Russ de Wagner). En su “casa del último reposo” Richard había querido tener cerca de él a un compañero de cuatro patas, tal y como lo había tenido durante toda su vida.

Este no fue, sin embargo, el caso de su infancia. Sin duda su madre debió juzgar que no era necesario tener animales en casa. Pocos meses después del nacimiento de Richard, el noveno hijo que ella puso al mundo, perdió a su marido. Al año siguiente se volvió a casar, esta vez con el actor Ludwig Geyer que se convirtió en el segundo papá de Richard y le dió además una pequeña hermana. Geyer murió a su vez en 1821 y el joven Wagner pasó el resto de su infancia en un entorno exclusivamente femenino. Y aunque se viera privado de un animal de compañía, su amor por los animales era muy vivo, en particular por los caballos de los carros a los cuales gustaba de acariciar y con los cuales compartía a veces sus pasteles. Un día, él quiso acoger en su casa un cachorro de perro y lo escondió en la cama de su hermana. Desgraciadamente la pobre bestia no duró allí mucho tiempo, al igual que los conejos que tenía en el pupitre de su clase, a los cuales Richard había instalado como si se tratase de una pequeña granja.

Una vez pasada ya la época de ser un chico turbulento, un adolescente fantasioso y un estudiante alegre y divagador, Wagner se volvió al fin un alumno serio y muy aplicado en composición musical, al mismo tiempo que un joven atractivo que atraía a las chicas, a pesar de su pequeña estatura, pero compensado por un entusiasmo exhuberante y unos profundos ojos azules.

Su primera historia de perros se remonta a su adolescencia. Una amiga de su hermana Louise tenía como animal de compañía un bello gran danés de nombre Yago. El joven Wagner hizo en seguida amistad con Yago al mismo tiempo que se enamoró de la bella y coqueta Léa. No osando nunca declararle su pasión por ella, simplemente manifestaba su cariño por el perro. Un día, en casa del padre de Léa, apareció un joven holandés que tocaba admirablemente el piano. Wagner, celoso, declaró que al virtuoso le faltaba sentimiento. Se le rogó, entonces a Wagner, de hacer una demostración, pero dada su falta de experiencia al piano, provocó la risa de los asistentes. Terriblemente humillado, el joven Richard se fue de allí airado, despidiéndose tan sólo del perro. Algunos días más tarde, recibió una carta de Léa anunciándole su noviazgo con el detestable holandés. Wagner, algunos años más tarde, comentaba esta historia diciendo: “Fue mi primera decepción amorosa y creo que no la olvidaré jamás. Pero creo que, pese a todo, eché de menos más al perro que a la chica”.

A la edad de veinte años, Wagner estaba lo suficientemente seguro de símismo como para componer su primera ópera, “Las Hadas”,  al mismo tiempo que dirigía los coros del teatro de Wurzburg. Al año siguiente, en 1834, se lanza verdaderamente a la carrera musical tomando el puesto de jefe de orquesta en el teatro de Madgeburg; tenía veintiún años. Y para marcar bien su independencia del círculo familiar, tiene su primer romance, Minna Planer, y un pequeño caniche marrón, RüpeI. ¡Todo un símbolo! En aquella época Wagner replicaba a una actriz conocida que le importunaba mucho, de la siguiente manera, justo después de haberse comprado un reloj de plata: “Para mí no existe nada en este mundo aparte de mi perro, mi reloj y de la Planer”. Sin embargo, dejaría el caniche en Magdebourg, pero no a la Planer que se convertiría en su esposa dos años más tarde en Koenigsberg. 
  
 

ROBBER

En agosto de 1837, los esposos Wagner desembarcan en Riga donde Richard es el director de orquesta. ¿Y qué mejor que un cachorro de perro para reemplazar un hogar sin niños y cuyos miembros no viven siempre en perfecta armonía? Y qué mejor que una especie de perro-lobo, se dijo Wagner cuando le propusieron a ese animal. Aunque bien pronto lo iba a sustituir por un enorme terranova que respondía al nombre de Robber. Este perro iba a estar muy unido a su nuevo amo, incluso cuando llegó el verano de 1839, momento en que debieron dejar Riga, de una forma lo más discreta posible para no alertar a los acreedores. Por supuesto de ninguna manera iba a separarse de su perro. Wagner había decidido Ir a Paris, para conquistarla. Ciudad de las esperanzas, bastión de la fortuna y renombre para todos los compositores. La Gran Opera. Tan sólo era cuestión de subirse al pedestal donde campaba el ilustre Meyerbeer esperando que este venerable maestro diese un mal paso. Sin embargo nuestro ingenuo sajón era aún demasiado joven para saber que un Meyerbeer aceptaba todo salvo ceder su puesto y que, además, era suficiente con un Meyerbeer en la historia del arte.

Así pues, Wagner emprendió muy animosamente este viaje con el corazón lleno de esperanza, con su esposa y el inevitable Robber. Pero era necesario antes pasar clandestinamente la frontera entre Rusia y la Prusia oriental, para desde allí embarcarse en un pequeño velero mercante en dirección a Londres. La travesía fue larga y difícil en medio de tormentas y de sufrimientos marinos sin fin. En medio de la tormenta, Minna y Richard se mantenían abrazados salvo cuando tenían que coger a Robber, el cual se lanzaba con furor contra los marinos ebrios de aguardiente. La ventaja de llamarse Wagner y que uno se encuentre en medio de una tormenta de este tipo, es que ello puede inspirar, por ejemplo, una obra basada en la leyenda del Holandés Errante y de su buque fantasma.

Afortunadamente a salvo, nuestro trio desembarcó en el puerto de Londres y para aprovechar el tiempo dieron una rápida visita por toda la ciudad en un carromato tan pequeño que la cabeza de Robber salía por la ventana derecha y su cola por la Izquierda. Con otras dificultades del mismo género, los Wagner llegan finalmente a Paris en el mes de septiembre. Llegan a Paris totalmente desapercibidos y van a parar a un hotel muy modesto del barrio de Les Halles. Su moral decae rapidamente ante la indiferencia de la gran ciudad. Demasiado a menudo tuvo Richard que esperar ante los despachos de innumerables personajes supuestamente influyentes, mientras que el buen Robber que siempre le seguía, tenía que esperar fuera, en la calle, bajo la inquisitorial mirada del portero de turno.

El bello terranova juega con los niños y trae todos los objetos que le tiran estos por los jardines del Palacio Real, a las orillas del Sena,  ante la mirada atónita de los paseantes de los muelles de Pont-Neuf. Pero un día, no volvería más de un solitario paseo por las calles de Paris.

Los esposos Wagner se vieron gravemente amenazados por la miseria. 
Quizás por ello Robber quiso dispensarles de la pesada carga de tener que alimentarle. Una año más tarde, la situación de miseria seguía; Wagner había terminado su gran ópera Rienzi aunque con la certeza de que nunca sería aceptada por el público. Una mañana de invierno triste y fría, saliendo Wagner de su casa para visitar a uno de los numerosos acreedores, intuyó entre la niebla la forma de su perro perdido; el animal le reconoció, se acercó pero luego huyó. Richard se puso presuroso a correr detrás de Robber, pero desapareció para siempre por las nebulosas calles de la capital. Curiosa coincidencia el que esta vana persecución se acabara justo delante de la iglesia dedicada a San Roque.

En esta época tuvo Wagner que hacer arreglos de arias de ópera famosas, para lograr subsistir, así como pequeñas colaboraciones para algunos diarios. No tuvo que forzar mucho su imaginación para escribir una narración sobre la miseria de un músico extranjero en Paris. incluso aprovecha para rendir un último homenaje a Robber: al igual que él, este músico tenía un magnífico perro terranova que se bañaba en el Palacio Real; se lo robaron, un día lo volvió a ver, pero el animal huyó; sin embargo, el animal estará presente en el cementerio, el día del entierro del pobre músico.

Afortunadamente, Wagner no tuvo el mismo final triste que su personaje, víctima de la tisis; ya que al menos su salud era excelente. Estaría aún un año en Paris, donde perdió toda esperanza de alcanzar el éxito, ya que nadie le hace caso. Es en esta época cuando compondría la primera obra que llevaría el incomparable sello de su genio: el Holandés Errante. Viviendo entonces en Meudon, él había comprado un pequeño perro por tres francos. No sabiendo como llamarle, le pidió consejo a su propietario, el señor Jadin, el cual le respondió: “Llámele pues: tres francos!” 
  
 

PEPS

La llamada de su patria alemana resonó al fin en la primavera de 1842, bajo el aspecto de la aceptación de Rienzi en la Opera de Dresde. Wagner volvió, pues, a reencontrarse la ciudad a orillas del Elba donde había pasado su infancia. Durante las representaciones de Rienzi, su vecino le regala un pequeño perro de caza de seis semanas de edad. Este perro, que recibe el nombre de Peps, llegaría a ser su compañero durante 13 años, camarada querido en todo momento, encantador, inteligente, dócil, afectuoso y fiel.

Después del triunfo de Rienzi y a pesar del relativo fracaso del Holandés Errante, Wagner es propuesto para el puesto de maestro de capilla de la Corte de Sajonia. Acepta y se instala en un apartamento confortable y burgués donde el pequeño Peps y Papo, un loro azul que silba temas wagnerianos, aportan una gran animación y reemplazan a los niños que faltan. Cuando su amo se sienta en su mesa de trabajo, ocupado en componer la música de Tannhäuser o de Lohengrin, Peps se estira tranquilamente detrás de su silla. Frecuentemente, le acompaña en sus paseos y el domingo al mediodía, cuando Richard se dirige a la Hofkirche, tal cual su cargo le obliga, para dirigir el concierto de Vísperas, Peps le espera tranquilamente bajo el porche de la iglesia. Cada verano, en el momento de la partida hacia Teplitz o Marienbad o a algún pueblo rústico, Peps y Papo forman parte de la expedición.

Pero esta apacible existencia no había de durar mucho pues sucedieron en seguida los grandes acontecimientos revolucionarios en Dresde, en mayo de 1849. Wagner, un poco ya harto de ver como su ardor artístico era mediatizado en sus funciones oficiales por la prudencia de sus superiores, se vio asimismo sumergido por la efervescencia que agitaba Europa en 1848. El creyó de una manera sincera, incluso realista, en el rol social del artista, en el poder redentor de la obra de arte y se adscribió de todo corazón en ello. Peps no le acornpañó en las barricadas y se quedó con Minna hasta que Richard tomó el camino del exilio para escapar a la prisión después de la victoria de la reacción.

Refugiado en Zurich, Wagner esperó hasta el mes de septiembre hasta que su mujer, que no había digerido demasiado bien su conducta desastrosa, viniera a su lado. “Me embargó una verdadera emoción viendo en el puerto de Rorschach a mi singular familia compuesta en su mitad por animales domésticos. Reconozco que el efecto más agradable me lo produjeron el perro cachorro y el papagayo”. (Wagner comentó más bien la mitad de una singular familia, y si uno está interesado en el rigor aritmético, habremos de hallar el cuarto personaje en Natalia, a quien Minna hacía pasar por su hermana, pero que en realidad era su hija, fruto de una desgraciada juventud). Olvidados los rencores pasados, una nueva vida comenzaba entonces. Wagner ya no quería trabajar más como director de orquesta. Quería tan sólo ser un creador libre y piensa que, dada la alta calidad de sus producciones, el mundo debe asegurar su confort y su subsistencia, pensamientos un tanto ingenuos. Y lo cierto es que es una verdad como un templo, pero no acababa de encajar en el mundo burgués. Es por ello que Wagner debe componer (!) de acuerdo al mundo, mendigar el lujo que él ama: es así como el impudor y la impudicia se volverán con el tiempo una especialidad para este hombre bueno y afable.

Durante esta intempestiva disyuntiva, Peps tuvo, pues, tiempo de estar 
sentado a la vera de su amo quien después de haber preparado numerosas obras teórIcas, llevó a cabo la gran obra de su vida, la Tetralogía del Anillo del Nibelungo. La llevó a cabo en un ambiente de total soledad artística y afectiva, no siendo las dificultades financIeras más que una preocupación a añadir a la taciturnidad cotidiana, junto a una esposa por la que había perdido toda atracción. Wagner encuentra de nuevo el consuelo en la apasionada correspondencia que mantiene con su muy querido Franz Liszt con el cual no puede encontrarse demasiado a menudo debido al múltiple 
trabajo de éste en Weimar. Sin embargo, en julio de 1853 Liszt puede por fin librarse de él y se va a pasar una semana a Zurich, una semana de una infinita alegría. El buen Franz llega incluso a tener el derecho de ser llamado el “segundo Peps”.

Al mismo tiempo, el pobre Peps se va haciendo viejo: ya Papo murió en 1851 causando una inmensa pena al dulce Richard. El Oro del Rhin y La Walkiria estaban ya acabadas cuando Wagner aceptó, en 1855, ir a Londres a dirigir una serie de conciertos. Durante esos largos meses de ausencia, pedía él a menudo novedades de su querido Peps en las cartas que dirigía a su mujer. En las revistas londinenses se anuncian perros en venta, pero nunca se le pasó por la imaginación comprar uno: sería una infidelidad para el viejo amigo enfemo. Cuando Wagner volvió a Zurich, la pobre bestia estaba ya muy mal. “Al cabo de unos pocos días, agonizaba. Con la inteligencia paralizada, sufría convulsiones frecuentes; el único signo de vida que daba aún era salir de su agónico puesto en el dormitorio de mi esposa para llegar a duras penas hasta mi escritorio al lado del cual se tumbaba agotado. Por la noche, dormía como de costumbre al pie de mi cama, en su cesta, de donde se levantaba regularmente por la mañana para despertarme rascándome con su pata. De súbito, escuché los gemidos que provocaba uno de sus violentos accesos de convulsiones; después, sin un grito, el enfermo se hundió en su cojín y ese momento me produjo un efecto tan extraño y solemne que miré el reloj. Fue a la una y diez de la madrugada, el 10 de julio, y ese día mi pequeño compañero me dejó, después de tantas horas juntos. Lo enterramos al día siguiente llorando amargamente. Nuestro propietario, la señora Stockar-Escher nos cedió un precioso rincón de su jardín; fue allí donde le enterramos, recostado sobre su cojín, en su cesta. Muchos años después me han vuelto a mostrar su tumba; pero la última vez que visité ese rincón para echar un vistazo, sin avisar a nadie, vi que todo había sido transformado de la manera más elegante sin que quedara vestigio alguno de Peps”. 
 

FIPS

En septiembre del mismo año, una pareja de amigos, Otto y Mathilde Wesendonck ofrecieron a los Wagner un perrito muy parecido a Peps, para intentar hacerles olvidar al amigo desaparecido. Fue Minna la que escogió 
el nombre de Fips para ese pequeño animal bien cuidado y alimentado. Pero, a pesar de sus cualidades, el amable Fips nunca borraría en el corazón de Richard el recuerdo de su predecesor y por ello se debió contentar con no ser más que el sucesor de Peps.

Pese a ello, Fips se comportó muy bien en el viaje que Wagner hiciera al año siguIente a Mornex en la Saboya para someter su reincidente erisipela a la prueba de una cura hidroterápica. El viaje fue sin embargo muy duro para el pobre animal a quien unos embrutecidos empleados quisieron inflIgir inadmisibles vejaciones como viajar aparte en el vagón de las maletas o incluso atado sobre el techo de la diligencia. Afortunadamente, el indomable Richard Wagner pudo hacer valer sus derechos y enternecer el duro corazón de aquellos rudos hombres, apelando a la compasión universal y obtener el permiso para llevar consigo al perrito, el cual se comportó de maravilla.

He aquí una historia conmovedora; pero en la vida, y en la vida de Wagner también, no sólo hubieron perritos, sino también mujeres. Por ejemplo, justamente aquella mujer que le regaló Fips a Richard, Mathlide Wesendonck, fue durante dos años aproximadamente, el objeto principal en la vida del Maestro, fue una amistad que devengó en algo muy romántico. Todo ello inmerso en un ambiente dulce y entre gente muy afable, en un círculo de la más alta burguesía. (Esto es lo que el lector de nuestro último cuarto de siglo debe tener bien cierto, antes de imaginar que el amor entre Richard y Mathllde fuera una unión simplista y arrogante como se pretende hacer ver en las películas). Otto Wesendonck que era un hombre de negocios muy listo y rico, se ocupaba de los intereses materiales de Wagner. Mathilde, poeta y escritora, espíritu selecto aunque no brillante, ni profundo, incluso un poco habladora, pero poseedora de unos bellos ojos desea convertirse en la musa del Maestro. El vacío corazón de Wagner se muestra dispuesto a entregarse; especialmente para ofrecerse a sí mismo el espectáculo del amor, llenarse de la suficiente pasión para escribir Tristan e Isolda, una nueva obra por la cual Wagner interrumpió la composición de Sigfrido.

La más dulce, la más suntuosa, la más apasionada de las músicas de amor jamás compuesta, fue escrita por Wagner en el “Asilo”, una pequeña casa sobre una colina dominando el lago de Zurich y cercana a la magnífica mansión que los Wesendonck habían hecho construir al estilo del Renacimiento italiano. Mathilde y Richard se aman, con dulces palabras, con largas miradas, con apretones de manos tiernamente besadas y después... Y 
después de todo yo no sé nada, eso es otra historia y yo me ocupo tan sólo del pequeño Fips que juguetea en el parque.

De forma inevitable, llega el día en que la tensa situación creada entre los Wagner y los Wesendonck estalla. En agosto de 1858, Richard marcha en solitario a Venecia donde acabará el segundo acto de Tristan sumergido en la tristeza y en la nostalgia. Su mujer Minna regresó a su Sajonia natal llevándose a los animales, a Fips y al nuevo papagayo. En las cartas que Wagner le escribe, nunca olvida un saludo para su querido perro: “Dile a Fips que aquí también hay perros, e incluso muy buenos, pequeños perros de caza y caniches. Se encuentra uno por todas partes pequeños cuencos de mármol a especie de abrevaderos para ellos y me encanta ver a estos buenos compañeros por doquier”. Al llegar la primavera, Wagner regresa a Lucerna donde acaba el tercer acto de Tristan y, después, en septiembre de 1859, se dirige a Paris. Desea vivir de forma agradable y reposar de un periodo de composición musical que había durado seis años; espera también encontrar el éxito en esta ciudad que antaño le había rechazado. Minna se reunió con él para reemprender una vida en común no del todo regularizada; así es como Fips se convirtió en un parisino. Después de muchas idas y venidas, se decidió, por orden imperial, que Tannhaüser se representaría en la Gran Opera de la calle Lepeletier. Wagner llega a extenuarse en medio de las inquietudes y nerviosismo de los ensayos que se suceden de manera interminable. No se han escatimado los medios y así, por ejemplo, en la única escena wagneriana en la que figuran perros, la escena del regreso de la caza al final del primer acto del Tannhäuser, la Opera suministró una jauría completa. Pero una jauría de la que Wagner habría prescindido con gusto, es la de los sobreexcitados energúmenos, antes y después refinados aristócratas, que silban y abuchean las representaciones de marzo de 1861. Una vez más, Wagner ha fracasado en Paris. Volverá a tierras alemanas, ahora que la amnistía se lo permite y allí, como reacción frente a la actitud parisina que era más antialemana que antiwagneniana, se beneficiará de una acogida agradable. Antes de abandonar Paris, Richard sufre el dolor provocado por la muerte súbita e inopinada del pobre Fips, víctima probablemente de algún veneno que comió en la calle. Su cuerpo fue enterrado en el Pequeño jardín trasero de la casa de un amigo, en la calle Tour des Dames. Este acontecimiento coincide además con la total e irremisible disolución de la pareja formada por Richard y Minna. “Los animales domésticos habían tenido siempre gran importancia en nuestra relación sin niños: la muerte repentina de nuestro alegre y amable Fips pareció administrar el golpe mortal a nuestra vida común que ya desde hacía tiempo era insostenible”. 
  
 

POHL

Empezó entonces el periodo más inestable de la vida de Wagner. Primero reside en Viena donde Tristan será quizás representado. La mente del Maestro vuelve a pensar en el proyecto de componer una comedia lírica, “Los Maestros Cantores de Nuremberg”, cuyo libreto escribe en Paris, donde se halla de regreso a finales de año. Poco más tarde Wagner se lnstala en Biebrich, cerca de Maguncia, la ciudad de su editor Schott, y allí comienza la composición del primer acto de los Maestros Cantores. Un accidente interrumpe su trabajo: la mordedura de un perro. Se tratado Leo, un bulldog, maltratado por su amo, el propietario de la casa en que Wagner se alojaba. Un día, nuestro Richard de gran corazón quiso ayudar a aguantar al animal mientras le lavaban la mugre que le cubría; y el muy ingrato hincó el diente en el pulgar de la mano derecha de nuestro Maestro: con ello se acababa la composición y Schott (lo que quiere decir que el editor se negó a continuar ofreciendo adelantos para una obra que se iba ya retrasando).

De regreso a Viena, Wagner parte en seguida hacia Rusia para ofrecer una serie de conciertos que, curiosamente, dieron muy buenos resultados financieros. Alquila una bella casa cerca de Schönbrunn y la aregIa con un lujo muy refinado. En esta casa iba a encontrar un compañero de cuatro patas, el perro del propietario que se lo cede: un gran perro de caza que no es demasiado joven y que responde al nombre de Pohl, “uno de los animales más fieles y gentiles que jamás haya yo tenido”. Wagner, que se ha enredado en una serie de gastos suntuosos que sobrepasan ampliamente las hipotéticas ganancias futuras, se ve arrastrado a un círculo infernal que acabará en la bancarrota. En la primavera de 1864, huye discretamente de Viena, abandonando a los criados y a su perro para encontrar refugio en Suiza en casa de sus amigos Wille.

En ese mismo momento, un joven rey subía al trono de Baviera, y este rey poseía la cualidad suprema: ser wagneriano. Llama junto a sí al artista que venera para protegerle y preservarle de las vulgares miserias de la existencia humana: el eterno errante, antaño revolucionario, se convierte en favorito de un rey. Wagner pudo sentirse exaltado, pero el perro que escogió para vivir en su lujosa mansión de Munich no fue otro que el viejo Pohl. Pero Munich no le aporta la calma que esperaba: no encuentra más que la envidia de los cortesanos, existe, sobretodo, el terrible conflicto íntimo entre Wagner y su joven discípulo Hans von Bülow, marido de Cosima, hija de Franz Liszt. Cosima ama a Richard, Richard ama a Cosima; con valor, deciden hacer frente a la reprobación pública. Pero, como los cisnes no están hechos para combatir contra los cuervos, Richard debe abandonar Baviera y separarse de su bien amado rey. El 10 de diciembre de 1865 Wagner, muy pálido, muy afectado, sube al tren con destino a Suiza, llevándose consigo a su criado y al pobre Pohl que se encuentra muy enfermo.

Intenta encontrar la calma en Ginebra. De allí parte al Mediodía francés a la búsqueda de un rincón solitario donde poder reemprender la composición de sus obras. En Marsella, el 25 de enero, un telegrama le anuncia la muerte de su mujer, Minna, a la cual no había vuelto a ver desde hacía más de tres años. Siente más vacío que pena: treinta años de su vida desfilan de repente ante sus ojos y se esfuman; no asistirá a los funerales. Vuelve pausadamente a Ginebra donde, en el parque de la casa de campo “Les Artichauts” en que vive, entierra con solemnidad y lágrimas a un nuevo difunto, el fiel PohI, muerto durante su ausencia. Una vez más, la muerte de un perro ha sobrevenido en un momento crítico de la vida de Wagner. Richard, que ahora está viudo, pedirá a Cosima que venga a vivir con él. 
  
 

RUSS

Para disipar la enorme pena que le causa la muerte de Pohl, ofrecen a Wagner un soberbio y joven terranova. Le repugna comprar este perro, por otra parte muy caro; preferiría que se tratase del regalo de un amigo. Wagner es un mago que sabe obtener lo que quiere y como quiere: alguien se lo regala, se trata de su fiel sirvienta que invierte en ello sus ahorros. ¿No es una bella historia?

En la primavera de 1866 Wagner se establece en Tribschen, barrio de Lucerna, en una gran y bella mansión, noble y rústica a la vez, rodeada de un gran parque al borde del lago de los Cuatro Cantones. Aquí, durante seis años, se montará una vida retirada, consagrada al trabajo y a la felicidad.

Aquí vuelve a coger y finaliza los Maestros Cantores y el Sigfrido y compone gran parte del Crepúsculo de los Dioses. Es también la época más difícil, sino escabrosa, de su vida privada, junto con la baronesa von Bülow a quien da varios hijos, mientras que el señor barón sigue siendo su primer colaborador en la ejecución de sus obras. Pero la tenacidad y la fuerza del amor de Richard y Cosima pueden con toda clase de obstáculos: tienen un hijo Siegfried y se casan. Feliz Richard, que porfin saborea las alegrías de la vida familiar junto a una esposa veinticuatro años más joven que él y que le venera como a un dios, rodeado del alegre alboroto de los niños y aislado de un mundo que le odia pero que no podrá negarle la gloria triunfal.

Los animales iban a tener gran importancia también en el idílico ambiente de Tribschen: un viejo caballo, una pareja de pavos reales, corderos, gallinas, faisanes, un gato y, por supuesto, los perros: Con Russ y más tarde Kos, el perro faldero de Cosima. Con ellos, y cuando el tiempo lo permitiría, Wagner da su cotidiano paseo. Estas salidas son a veces especialmente movidas a causa de Russ, cuando le da por armar barullo con los perros de los lecheros o cuando la toma con un pobre cordero, hasta el punto de que Wagner acaba por comprar un látigo (todavía hoy podemos contemplar este látigo en una pequeña vitrina de la casa de Tribschen convertida hoy en museo Richard Wagner). Un día, el terrible Russ atacó al pavo real, lo cogió por la cola y no lo soltaba. El pavo pudo al fin liberarse, pero Russ se quedó con las grandes plumas en la boca; ya podemos imaginamos el horror que esto causaría en el Maestro. Otra pequeña historia espantosa es la que sucedió un día en que toda la familia fue de excursión por el lago hasta Brunnen. En el momento en que el barco se dispone a partir, Russ no responde a la llamada, está bañándose. El instante es horrible. Wagner, enloquecido, quiere tirarse también al agua pero consiguen retenerle a duras penas. Todo el mundo grita llamando a Russ mientras el barco se pone en marcha. Finalmente el gran perro aparece nadando en dirección a la orilla y Richard corre a recibirle entre sollozos; los niños sí que se rieron a gusto.

La feliz estancia en Tribschen llega a su fin en 1872. Wagner se ha propuesto construir un teatro especialmente concebido para la representación de su Tetralogía y ha escogido para ello la pequeña ciudad de Bayreuth, en el centro de Alemania. Es en esta ciudad donde va a residir desde entonces, en la casa que hace construir según sus deseos, gracias a la generosidad del rey de Baviera. Durante cuatró años trabaja Wagner incansablemente para la realización de su proyecto. Termina la partitura del Ocaso de los Dioses, acabando de esta manera este Anillo del Nibelungo empezado hace más de veinte años. A partir de entonces realiza numerosos viajes a través de Alemania recogiendo los fondos necesarios, animando a los suscriptores, dando conciertos a beneficio de la construcción del teatro, escogiendo y contratando a los cantantes que interpretarán la obra.

Pero, lo más a menudo posible, permanece tranquilo en su amada Bayreuth. Como en Tribschen, encontramos en el parque de la villa Wahnfried un auténtico pequeño zoológico compuesto por pavos reales blancos, cisnes negros e Incluso peces en el estanque. Un pequeño caniche, llamado Putz, le es ofrecido a Wagner como regalo en su 61 aniversario. Pero su eterno compañero sigue siendo Russ que le sigue en sus paseos por la colina donde se está levantando el teatro o por las calles de Bayreuth hasta la cervecería donde Wagner, como simple cliente, se sienta confortablemente ante su jarra. Un día, corre Russ alocadamente detrás del coche de su amo que sube hacia el teatro. Al día siguiente, 2 de mayo de 1875, muere y Wagner le llora como a uno de sus amigos más queridos. Russ es enterrado en el jardín de Wahnfried, muy cerca del lugar en que su amo lo será también un día para descansar eternamente. 
  
 

...Y EL RESTO

El probre Russ murió tan sólo unos días antes de que llegase la hembra que Wagner le había buscado. Así, pues, es necesario comprar una pareja de terranovas: Marco y Bianca, bautizados Marke y Brange, nombres del rey y de la sirvienta en Tristan e Isolda. A partir de este momento, Wagner toma la costumbre de poner nombres wagnerianos a sus perros; son bastante numerosos, especialmente debido a la corta vida de las hembras que fueron sucediéndose.

Marke y Brange forrnaban una magnífica pareja y tuvieron el honorde acoger (a veces de forma un tanto brusca y no siempre bien apreciada) a todos los Invitados que pasaron por Wahnfried en el verano de 1876. El primer festival de Bayreuth, con tres ciclos de representaciones de la Tetralogía, gozó de gran éxito y prestigio. Sin embargo, Wagner se sentía decepcionado y amargado, no solamente a causa del déficit que necesitará años enteros para ser superado, sinto también en el plano artístico. Junto a la cohorte de sus incondicionales, una gran parte del público había hecho como el emperador, que también había estado presente: habían venido, habían visto, pero no habían comprendido gran cosa. El Maestro, que pretendía que renaciesen las celebraciones artísticas de comunión popular del tiempo de los griegos, había visto llegar grandes masas de gente ricamente ataviada y cargada de abanicos y anteojos. De este modo, el teatro permaneció cerrado durante seis largos años, bien guardado por dos grandes sanbernardos: Fafner, con un nombre muy bien escogido, ysus hembras, la huraña Kundry y más tarde la dulce Freia.

Durante los últimos años de su vida Wagner, desilusionado, se desentiende del mundo y menosprecia su siglo. Sueña con la regeneración del género humano en la que el amor por los animales sería uno de los fundamentos. Escribe artículos de un idealismo generoso, pero con un fondo quizás un tanto simplista, combatiendo con fuerza la vivisección, “el especulativo martirio de los animales”. Esta filosofía, esta moral de la piedad universal impregnaron profundamente su última obra, Parsifal.

Mientras componía esta obra, sus perros continuaban jugando en el jardín, cruzando a veces la frontera del vecino Hofgarten y suscitando frecuentes conflictos con el jardinero. Brange murió en 1880 mientras Wagner y su familia estaban en Nápoles; se le escondió la noticia durante largo tiempo para ahorrarle la pena. Molly sucedió a Brange para consolar al pobre viudo de Marke; tuvieron muchos cachorros y fueron felices hasta la súbita muerte de Molly en 1882 poco antes de las representaciones de Parsifal.

Después del inmenso triunfo, el completo éxito de su segundo festival, Wagner se fue a Venecia en el mes de septiembre. Se despidió solemnemente de su viejo Marke por temor a no volver a verlo más. Su presentimiento se cumplió esta vez de manera diferente a la que él imaginaba. El fiel Marke y Froh, un san bernardo, formaron parte del cortejo fúnebre que condujo el féretro del Maestro por las calles de Bayreuth desde la estación hasta Wahnfried. Más tarde, también Marke tendría el honor de poseer un pequeño monumento funerario, no lejos de la tumba donde vienen a recogerse los fieles del Viejo Encantador.

Así, durante toda su vida, a Wagner le había gustado tener a su alrededor algo que ladrase, que se lanzase a su encuentro para tirarle al suelo, que le 
lamiera la mano y cuya piel poder acariciar. En la mirada de un perro contemplaba la belleza, la nobleza, el amor y la fidelidad en su estado natural. 
  
  
  
 

APÉNDICE

PERROS EN LA OBRA DE WAGNER

En el texto de las óperas de Wagner, encontramos algunas veces la palabra “perro” (Hund), ya sea como insulto (Alberich a Mime en el segundo acto del Siegfried), ya sea como evocación de una escena de caza (aria de Arindal en el tercer acto de Las Hadas). En la última escena del primer acto de Tannhäuser, es todo un equipo de caza el que ha de estar presente en la escena, donde necesariamente deben aparecer perros. Además, las indicaciones escénicas precisan que unos ladridos respondan a la llamada de la trompa del Landgrave; no creo haberlos escuchado jamás personalmente, ni en el teatro, ni en disco.

En La Walkirla, muy logicamente, podrían verse perros en el segundo acto. Sieglinde los evoca con toda precisión en sus alucinaciones. Hunding, como su nombre indica, vive con unos perros; es por ello que Sieglinde exclama:

Reúne a su gente y a sus perros;

Sobreexcitada aúlla la jauría.

¡Ladra salvajemente al cielo

Por el juramento conyugal roto!

Más tarde tiene la visión de Siegmund atacado por la jauría enfurecida.

Wagner, muy sabiamente, se abstuvo de poner en escena la jauría de Hunding; lo que quizás habría resultado extraordinariamente pintoresco pero, sin lugar a dudas, hubiera creado desastrosos inconvenientes en una 
situación tan crítica. Señalemos que el Maestro compensó esta indiferencia en Siegfrled, donde nos presenta diversos animales muy divertidos.

También hubiera podido hacer intervenir perros en Tristan (recordemos que en la leyenda, Tristan posee un fiel compañero de cuatro patas a quien ha dado su propio nombre). En el segundo acto, Marke, Melot y los cortesanos regresan de la caza, de una caza nocturna en las que los perros debieran haber sido indispensables siguiendo la lógica de un relato del tipo “episodios de la vida real”. Quizás me repliquen que el propósito de Wagner en sus dramas líricos se halla algo alejado de este punto de vista naturalista. Es cierto que Tristan es por excelencia la obra puramente humana con la que Wagner soñó, cuyos principios expuso y que realizó para transmitirla a la humanidad como mensaje sublime. ¡Y es muy cierto que esta obra no esta compuesta para los perros! C.Q.F.D. 
 

Traducción directa del francés de Javier Nicolás

Contáctanos