Nuevo comentario sobre el "Parsifal"

Por Felipe Pedrell 

 

Para don Miguel Doménech

[autor de "L' Apothéose musicale de la Religion Catholique. Parsifal de Wagner". Barcelona, 1902]

¿La crítica musical será acaso otra de las formas destinadas también á desaparecer? Conviene preguntar reiteradamente este, porque si ni ha desaparecido del todo el juicio sereno é imparcial de esta manifestación de arte, sufre el parecer un eclipse total, causado por la obsesión literaria que experimentan así los músicos como los que de música escriben ante la búsqueda de intenciones recónditas y de simbolismos trashumantes en la obra musical, obsesión y búsqueda que han sustituído desgraciadamente á la crítica musical ejercida como Dios manda y el buen sentido obliga.

Esta monomanía de literatismo crítico musical de intenciones, monomanía momentánea quizá, pero que rebasa ya los límites de lo prudente y de lo racional, trae cariacontecidos y de pésimo humor á mucha gente estudiosa, y de mí sé decir que cuando algún amigo oficioso deja sobre la mesa de mi despacho algún libro sugerido por esa poco divertida endemia crítico-musical, que siempre es la inacabable de "otro comentario" á las obras de Wagner, sonrío "ticianescamente", como cualquier personaje de uno de los cuadros del famoso Vecelli, no lo leo ni lo abro siquiera, y sobre la mesa permanece el libro, si de allí á pocos días no lo recoge el amigo obsequioso, convencido de que lo he leído, cryendo acaso que el autor del mismo tiene en mí un rendidísimo admirador de sus flamantes lucubraciones. Y puesto que con mi habitual franqueza afirmo que no leo tal clase de libros, dicho se está que, fatigado y sin ganas de echar más series de bostezos, no he de adquirir, como no adquiero, los últimos y novísimos comentarios que sobre el mismo tema salen todos los días, ni leo tampoco, ¡Dios me libre! los que me envían de fuera amigos contagiados de la endemia crítica reinante, para quienes la única manifestación de música de ayer, de hoy y de mañana se sintetiza en Wagner, sólo en Wagner, el gran Alá, digno de mejores profetas que no los que le han tocado en suerte al músico sajón.

Mas llegó no ha muchos días su libro, mi querido Doménech, y como usted es persona á quien estimo, como entre usted y yo han mediado aquellas comunicaciones de estudio y de enseñanzas íntimas que engendran un parentesco intelectual artístico que no pueden borrar los lazos de otras comunicaciones y tendencias, he de confesar sin ambages que sentí pena, honda pena, al fijarme en seguida en el atrevido avance que, sin leer el libro, deja adivinar el epígrafe puesto al frente del mismo.

No paso, no, por el atrevido supuesto de que el Parsifal de Wagner sea la apoteosis de la religión católica. ¿Apoteosis, en absoluto, que sólo se realiza en la obra de Wagner? No paso por ello, repito; pues si de esas apoteosis anduviera necesitada la religión católica, más encumbrada y excelsa apoteosis podría contener un treno de Jeremías cantado por Palestrina ó por Victoria, pongo por caso, más en una conmovedora y secuencia gregoriana, más y más en un simple oratorio de Carissimi, en el de Jefté, por ejemplo, más y más en una honda plegaria del resignado Bach, que en todo el Parsifal y en todas las obras juntas de Wagner que precedieron á la creación de esta magna obra de arte. Magna la llamo, porque así lo siento y así lo afirmo plenamente convencido; magna, todo lo que se quiera, pero no apoteosis de la religión católica, ni mucho menos; porque magna es aquella consecuencia de progreso humano de subyugamientos de técnica artística y de estilos domeñados, que van á parar en la personalidad del maestro sajón, y en él se funden; pues sin Palestrina (el inspirador técnico directo del elemento polifónico místico de la última obra de Wagner) y sin Beethoven (el creador del sinfonismo de la orquesta de Wagner) y sin Weber (el modelo del teutonismo musical alemán, no superado, dígase lo que quiera, por Wagner) no habría sido posible la obra de ese gran resumidor, refundidor, como se quiera, no revolucionario, ni siquiera reformador, sino continuador progresivo, por desdoblamientos que se hallaban en estado difuso y como en germen fecundante, desde la época en que apareció en la práctica de arte este género de espectáculos,dramma per musica, que ellos llamaron, y nosotros drama lírico.

Pero usted, mi buen amigo, quiere más. Pretende, nada menos, que "Wagner ha escrito Parsifal por inspiración del Espíritu Santo"; que "el mismo Wagner no ha sabido jamás lo que significaban los motivos de su Parsifal, ni conoció la trascendencia y el carácter divino de su obra"; que el libro de usted "es un conjunto de revelaciones que le han sido inspiradas sin trabajo, en forma inesperada, independientes de la voluntad, etcétera" y, en fin, "que para comprender de una manera preciosa el sentido de los motivos de esta obra... es preciso una inspiración especial de Dios, ni más ni menos que para interpretar las Santas Escrituras".

Me merece usted demasiado respeto y siento por usted el entrañable cariño de sobra, para que eche á mala parte ó á la chacota todas esas atrevidísimas afirmaciones que dejan á mil leguas, como cosas ñoñas, las teorías de losmediums, las chifladuras de los grandes priores, arcontas y estetas del divertidísimo maestro Sar Merodak Peladan y sus caballeros de Rosa Cruz, las peregrinas bromas del quakerismo y el ejército de salvación, y las no menos peregrinas bufonadas de esos saladísimos y morrocotudos grafómanos, y tolstoístas, y prerrafaelistas, y puntillistas, y los istas que sufrimos ahora y hacen verdaderamente, si no buenos, no reprobables del todo los escritos de Lombroso sobre el genio y la locura, y los de Max Nordau sobre la degeneración. De nuevo insisto en que me merece usted demasiado entrañable afecto para que eche á broma todo esto. Pero de esto á que yo acepte todo cuanto usted avanza, no sé si con más temeridad que heterodoxia real y verdadera, hay mucha distancia.

Me rebelo contra tales avances y me rebelaría con igual ardor diciendo con toda entereza: No creo, ni sé, ni puedo, ni quiero creer en todo esto, ni que viniesen á ordenármelo los padres definidores. No creo, repetiría, y abriendo de par en par la partitura de la obra de Wagner, por la fe del carbonero juraría y perjuraría que, humana y musicalmente hablando, no hay en la partitura más que solfas, música, digámoslo con respeto, música lírico-dramática de un estilo superior, cuyos prodomos se acentúan progresivamente desde las primeras obras de su autor: música de color convencional místico que cuadra al mito elegido por su autor para dar significado, también convencional, á las intenciones rectas que se desprenden del asunto: música para un asunto mítico emblemático de Cristo y la Cena, que pudo ser aplicada ( á ciencia cierta no lo sabía el mismo Wagner, pues no lo afirmó jamás en redondo) lo mismo á Cristo que á Buda, lo mismo á Buda que á cualquier teogonía de redención egipcia, teutona, escandinava, etc.; música, en fin, sin intenciones per accidens vel temporaliter niessencialiter vel constanter, música sin distingos escolástico-musicales, música sin afijos ni segolados semíticos, en una palabra, música musical, y nada más quemúsica musical. Si así no fuera, de aquí un paso al caos de los simbolismos y dos á una casa de orates.

Porque, en realidad de verdad, con la mitad menos de ingenio del que usted ha derrochado para probar todas estas cosas improbables, podría salirnos cualquiera al paso intentando convencernos, no de que elParsifalsignifique una apoteosis de la religión católica, sino de lo que realmente se trata allí es de un símbolo del sistema astronómico de Copérnico, de la pluralidad de los mundos, de la telegrafía sin hilos, en cuyo caso Bartrina y Marconi serían, vamos al decir, los leit-motiv del Parsifal telegráfico sin hilos, etc. Admito un significado simbólico, no sé por qué no hayan de aceptarse las simbólicas significaciones que pueda inventar cada hijo de vecino.

Compadezco de veras á los simbolistas. Las manías de este grupo de ciudadanos de la crítica son tan divertidas como las que sufren algunos filólogos buscando etimologías, por ejemplo, la de aquel hebraísta que traducía en estosclarísimos términos el principio del Génesis: "Con anticipación aparó Dios á los sumos y á la tierra: mas la tierra era estupor y vacío hosco á vueltas de abismo, y viento terrible rafagueando á vueltas de las moles. Dijo, pues, Dios: habrá luz; y hubo luz: y vió Dios á la luz que de bueno, é hizo bardar Dios entre la luz y entre lo hosco, y gritó Dios á la luz fomes, y á lo hosco gritó: lelo" (¡ojo, cajista, ponga usted lelo!): "y hubo claroobscuro, y hubo destello, fomento uno"... y hubo bardas, y hasta albardas para este filólogo de mis pecados.

Los simbolistas músicos, cuando traducen críticamente las intenciones recónditas de las partituras, son á la música en general lo que á la filología en particular la traducción tan llana, tan lisa y tan sin ambigüedades que acabo de citar.

Que se me dispense esta disgresión, y que se me dispense, especialmente, el lenguaje crudo y un si es no es indignado, que he debido emplear en este escrito. Me habría resistido á publicarlo si en el libro de usted, mi querido Doménech [ y ahora suplico á usted lea bien y medite cuanto quiero decirle], no existiera una parte, para mí la mejor [tan es así que la pongo sobre mi cabeza], en la cual están todas sus futuras aptitudes, si usted cultiva el talento que Dios le ha dado. Me refiero á esa parte mínima de su libro, al apéndice ó a lo que usted llama, modestamente, notas ó explicaciones musicales.

Quien así domina la técnica de la música y explica sus leyes con tan envidiable claridad de exposición; quien así da muestras de rara percepción crítica, cuando no se ve cohibido por los malhadados simbolismos á ultranza, dejando muy atrás, por sus puntos de mira nuevos, á todos los comentadores de Wagner; quien así procede, amigo Doménech, como usted ha procedido, tiene dos caminos que seguir, perfectamente trazados: el de la crítica musical recta, sin simbolismos, que se asimila la misma manifestación de arte, pudiendo en casos dados, reconstituirla, ó el de la creación de la misma obra artística, sin prestar oídos á las sugestiones de una falsa modestia, que en usted sería más culpable que en otros.

¿Qué camino eligiría yo de los dos que usted tiene perfectamente bien trazados?

Los dos.

Predicaría con la doctrina y con el ejemplo. Bastante mermados andamos en España de artistas de este género, hoy más necesarios que ayer, abundando tanto como abundan los malos obreros de la solfa.

29  Noviembre 1902

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["Musicalerías. Selección de artículos escogidos de crítica musical". F. Sempere y Compañía, Editores. Valencia-Madrid, s.a.]


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