Londres y Nueva York, 1898.
El perfecto wagneriano
Por George B. Shaw
Digitalizado por Verónica Noemí Gombach

 

[ El oro del RínLas walkyrias | Sigfrido | El crepúsculo de los dioses | La música del Anillo ]

 

George Bernard Shaw

George Bernard Shaw, este hombre flaco, magro, que con sus ojos inquisitivos y burlones al par parece escudriñar y adentrarse hasta lo más profundo del alma humana, nació en Dublín, el 26 de julio de 1856. Temperamento paradójico y sincero, en uno de esos sus artículos egolátricos que tanta sensación y resquemores levantan en los círculos conservadores de la tranquila Inglaterra, él mismo ha confesado que en los años nada, absolutamente nada, aprendió. Hijo de padres modestos, este rebelde, fustigador de la sociedad actual, desempeñó no muy altos ni envidiables menesteres en una oficina de esas donde se atiende toda clase e índole de negocios. A los veinte años, decidido a correr la gran aventura, acompañado por su madre, -mujer enérgica, de una carácter harto independiente y una regular cultura musical,- trasladóse a Londres, dispuesto a conquistar un puesto en la literatura. Conoció, así, en su mocedad, la miseria de Londres, esa miseria que es la más trágica y sórdida de todas. Su pluma rebelde, empero, enhiesta e indemne se mantuvo, que los sólidos principios puritanos de Bernard Shaw no eran de los que vacilar podían en medio de las tremendas tempestades económicas, ni las dificultades inherentes a la iniciación. El mismo, burlonamente, ha pintado aquellos años de su mocedad: “No puedo decir que poseo mucha experiencia de la verdadera pobreza; al contrario. Antes de que pudiera ganar nada con mi pluma disponía de una magnífica biblioteca en “Bloomsbury” (la del Museo Británico) y de otra en “Hampton Court”; sin criados que cuidar ni sostener. En cuanto a la música, más tarde me pagaban porque me saturase con la mejor que se produce en Londres a Bayreuth, -se refiere a sus días de crítico musical.- ¿Amigos? Gracias a Dios, la lista de mis visitantes siempre ha sido inestimable. ¿Qué podía haber adquirido con más dinero del necesario para vestirme y alimentarme? ¿Cigarros? No fumo. ¿Champagne? No bebo alcohol. ¿Treinta trajes de la última moda? No, porque me convidaría a cenar la gente que yo más rehuyo si me decidiera a usar tales cosas. ¿Caballos? Son peligrosos. ¿Coches? Son sedentarios y fatigosos. Además, tengo imaginación. Desde que guardo memoria sólo he necesitado ir a la cama y cerrar los ojos para ser y hacer lo que más me agradase. El lujo de relumbrón de la “Bond Street” ¿qué significa para mí, George Bernard Sardanápalo?”

En 1882, después de fracasar con algunas novelas y antes de que “Cashel Byron’s Profesión” llamara la atención del público, dedicóse a la crítica musical y teatral, particularmente en la “Saturday Review”. Allí, todas las manifestaciones del arte más avanzado fueron acogidas y defendidas por Bernard Shaw. Y, de entonces data su predilección por Ibsen en literatura, Wagner en música y el impresionismo en pintura.

En 1884, con la fundación de la famosa “The Fabian Society”, culmina la exaltación socialista de Bernard Shaw, y en “Our Corner”, la revista oficial de la institución, publicó “Love among the Artists” (El amor entre los Artistas) y “The Irrational Knot” (Los vínculos irracionales).

En 1885, en el “Star”, bajo el pseudónimo de “Corno di Basseto” comenzó sus campañas de defensa de Wagner y de su escuela. De 1896 a 1898 tornó a la crítica teatral y, posteriormente, en el “Independent Theatre”, primero, y luego en todos los de Londres, fue dando a conocer sus obras revolucionarias, valientes y atrevidas.

Tal el autor de este manual de “El perfecto wagneriano”; tal el escritor que, con Chesterton, Wells y Arnold Bennett, como los cuatro evangelistas, salvará a las letras inglesas contemporáneas.

 

Prefacio de la primera edición de Londres

Este libro es un comentario de “El Anillo de los Nibelungos”, la obra maestra de Ricardo Wagner. Lo ofrezco a los entusiastas admiradores de Wagner que no son capaces de seguir sus ideas ni de comprender en último término el dilema de Wotan, pero que se indignan contras los filisteos que declaran francamente que no comprenden nada de los gestos de se dios y aún le encuentran pesado y desprovisto de toda trascendencia y significado. Ser devoto de Wagner como lo es un perro de su amo, percibiendo sólo algunas ideas elementales, motivos y emociones del autor, guardando por todo lo demás que no se entiende una reverencia como la que se siente por todo lo que es superior, eso, no es el verdadero wagnerismo. Y, por otra parte, nada mejor puede existir que una gran comunión de ideas entre el maestro y sus discípulos. Desgraciadamente, las ideas del revolucionario Wagner de 1848, no las aprendieron ni de los maestros, ni de la experiencia, los elegantes ingleses y norteamericanos aficionados a esas obras, que en política son siempre gente tortuosa y solapada y casi nunca afecta a los revolucionarios. Los primeros intentos de traducir al inglés los numerosos folletos y ensayos del músico-poeta, resultaron un compuesto híbrido, falto de todo sentido común y un absurdo esfuerzo para adaptar las ideas del autor a las de los traductores. Ahora, disponemos de una traducción que es una obra maestra de interpretación y un aporte cuantioso, eminente, para el acervo de nuestra literatura. Pero es así, no porque el autor de esa traducción, el Sr. Ashton Ellis, conozca mejor que los anteriores traductores, el diccionario alemán, sino porque conoce, domina, posee las ideas de Wagner que eran inconcebibles para aquellos otros.

Lo único que me propongo con este libro es añadir al corto bagaje de cultura wagneriana que poseen los ingleses algunas ideas que son de todo punto más apropiadas que las comúnmente conocidas. Con ellas he llegado tan lejos como fue Wagner, pues en mi juventud estudió la música mucho más que otras materias y formé luego, mis quimeras políticas en la escuela revolucionaria. Esa combinación educativa, no es muy común en Inglaterra, y como según parece, soy yo el único publicista que haya salido de ella, me aventuro a añadir mis comentarios a los que ya se han escrito por músicos que no eran revolucionarios y por revolucionarios que no era músicos.

Prefacio de la segunda edición de Londres

Preparar la segunda edición de este modesto librito me resulta el trabajo más inesperado que darse puede para mí. Cuando apareció por primera vez hube de sostener más de una polémica con sus editores pues parecía que se habían hecho más ejemplares de los que los wagnerianos más entusiastas podrían comprar. Pero los hechos han probado que cada día, alguna persona compraba un ejemplar -incluso los domingos- y así, al pasar de los días ha sido necesario reimprimir la obra.

Exceptuando algunos detalles de expresión, no he encontrado nada en estas páginas que merezca ser alterado. Como sucede, por lo general, las inicuas protestas que el libro ha suscitado, no se dirigen ya contra las opiniones que en él se sustentan, sino contra los hechos que sienta. Hay gentes que no pueden oír decir que su héroe, ha tenido concomitancias con una famoso anarquista a propósito de un movimiento revolucionario; que escribió folletos y proclamas revolucionarias y que su descripción de los Nibelungos bajo el reinado de Alberico es una visión poética del desbarajuste capitalista e industrial de las clases trabajadoras inglesas tal como se conoció en Alemania, en la primera mitad del siglo XIX, a través de los escritos de Engels. Esas gentes, anatematizan esos hechos y afirman que les he dado a conocer un Wagner, o les he puesto en contacto con él, por un medio que podría llamarse el paroxismo de la perversidad del buen sentido. Lamento haber perturbado a esas gentes con mis afirmaciones y requiero a los caritativos editores de la vida de Wagner que publiquen otra vida donde éste aparezca como un músico mediocre fiel a la tradición y a la ortodoxia del arte y siendo a la vez una de las columnas salomónicas de los círculos exclusivistas de Dresden. Una obra así, tengo la seguridad de que se vendería mucho y que sería leída con satisfacción por muchos aficionados a la música de Wagner.

Respecto a mi afirmación de que “El Crepúsculo de los Dioses” no sale de su categoría de ópera, afirmación que ha sido atacada en demasía, nada tengo que añadir ni quitar. Esa afirmación tiene para mí la misma importancia que la insurrección de Dresden o que la persecución policíaca de que fue objeto el autor; pero no pretendo que sea una afirmación que todo el mundo -o cualquiera- pueda asimilársela. La gente que prefiere la “gran ópera” al drama musical serio, se resiente de esa clasificación que yo hago la decir que no es más que una ópera lo que siempre se ha creído que era un drama musical de los más serios. De igual modo el entusiasta de Shakespeare encontraría mal hecho si conociera la definición que yo he hecho de las obras de ese autor incluyendo entre sus obras superficiales y sin ningún valor, de entre las cuales la más conocida es “Cómo gustéis”, otras, como por ejemplo, “Ojo por ojo, diente por diente”. Yo no puedo hacer que sea de otro modo. Los dramas populares y las óperas tienen siempre un abrumador sentido o apariencia de cosa fingida, artificiosa y falsa, y la visión de un poeta que quiera ser tenido por sincero ha de corresponder en absoluto a la visión del mundo imaginario que todos los necios tomas por la verdadera visión de un paraíso.

Como hay muchos ingleses que parecen vivir en la creencia de que Wagner compuso su “Rienzi” en su juventud, “Tannhäuser” y “Lohengrin” cuando arribaba a la mitad de la vida y “El Anillo de los Nibelungos” en los últimos años, debo decirles a los que tal creen que “El Anillo” es el resultado de una convulsión política que ocurrió cuando Wagner no tenía más que 36 años y que el poema se acabó cuando tenía 40, y se prolongó 30 años más. La obra es un ensayo de filosofía política, como “Las Hadas” es otro primer ensayo de ópera romántica. El intento de volver a encontrar su espíritu 20 años después, cuando le fue añadida al “Anillo” la música del “Crepúsculo de los Dioses”, es como si se intentase reedificar las barricadas de Dresden en el templo del Santo Graal. Solamente los que nunca tuvieron entusiasmos políticos que poder evocar un día, son capaces de creer que tal cosa podía realizarse.

G. B. S.

Londres, 1901.

Prólogo de la tercera edición de Londres

En 1907 El Perfecto Wagneriano fue traducido al alemán por mi amigo Sigfredo Trebisch. Al leer la traducción a través del manuscrito de mi amigo me chocó lo inadecuado de la explicación somera que yo daba de lo desatinado que encontraba “El Crepúsculo de los Dioses”, con relación al esquema filosófico del Anillo. Esa explicación era tan correcta como podía serlo; pero tal como aparecía en ese momento, me parecía que podía insinuar que el carácter operístico del “Crepúsculo de los Dioses” era el producto de la indiferencia o del olvido que se hubieran producido en el lapso de tiempo de veinticinco años, que fueron los que transcurrieron entre los primeros esbozos del “Anillo” y su remate final. Se ve, ahora, claramente, que Wagner, en cualquier orden o aspecto que se le estudie, no cambió nunca, ni nunca fue indiferente. Además, en aquella primera edición alemana agregué un nuevo estudio en el cual demostraba de qué manera la historia revolucionaria de Europa Occidental, desde la explosión liberal de 1848 hasta el confuso intento de una popular (y cuasi militar y municipal) administración, con que soñara la Comuna de París en 1871 (es decir, desde los comienzos literarios de Wagner con “El Anillo de los Nibelungos” hasta el complemento ampliado de “El Crepúsculo de los Dioses”) había demostrado prácticamente que la transición operada en el presente orden capitalista significa un problema mucho más complicado que lo parece a través de las obras dramáticas de Wagner.

Así pues, desde 1907, la edición alemana, era mucho más completa que la misma edición inglesa. Y al cabo de seis años, de continuos aplazamientos que, después de todo, no podrían tener otra excusa que el haber estado preocupado por otros trabajos, he decidido ahora añadir a la edición inglesa todo lo que había puesto en la alemana. Este añadido comprende el estudio “Porqué cambió Wagner de pensamiento”. Por lo demás, el texto era el mismo que el original inglés.

En algunas ocasiones me han preguntado para qué se necesitaría leer un tratado de filosofía par encontrar el sentido del “Anillo”. Aprovecho esta oportunidad para contestar públicamente que, según yo entiendo, no hay para que nadie se preocupe por un asunto que al fin sólo interesa en la medida que uno desee que le preocupe y que la intensidad de la preocupación está determinada por la intensidad con que se sienta la necesidad de conocer o por la capacidad de satisfacer esa necesidad. Me explicaré. Aun para los desocupados turistas de Bayreuth, les es necesario conocer la historia del “Anillo” y saber que es la obra maestra, la obra principal de Wagner, amén de otras indicaciones sin las cuales el visitante no sabrá qué es lo que cantan los actores en la escena. Cualquiera puede, sin conocer a fondo el asunto, descifrar los sucesos que van desarrollándose en escena y, añadiendo a eso los nombres de los “dramatis personae” y una descripción de las escenas, ofrecer el resultado de ese trabajo como una guía para interpretar el “Anillo”. Pero semejante expediente, puramente mecánico, más que ayudar o facilitar la solución, la entorpecerá. Se pasarán por alto como insignificantes -si no se pasan completamente inadvertidos- infinidad de detalles a los cuales Wagner adjudicó la mayor importancia y trascendencia; asuntos cuya amplitud o intensidad musical y técnica tienen absoluta relación con los demás o cuyo énfasis literario o extensión hablada escapan a la atención del espectador (y a veces permanecen amortiguados), bajo la estructura de la obra musical. Con argumentos servidos de esa manera mecánica, el ingenuo espectador se apercibe para ver salir el oso, el dragón, el arco iris, o la transformación de Alberico en una serpiente o en un sapo o para ver los mágicos destellos de las idas y venidas en las iluminadas ondas de la Hijas del Rhin. Y el espectador se siente defraudado porque tales hechos se ven tan incongruentemente explicados a través de Wotan, de Fricka, de Brunilda, Erda, Alberico y Loge, como están relatados en la “sinopsis” que le servía de guía.

Ahora bien: la historia de ese poema del Rhin, tal como se explica en este libro, reposa en lo que el mismo Wagner hizo base y centro de gravedad de su concepción teatral. Todo cuanto Wagner concibió en ese sentido, es lo que yo he explicado y he explicado como llegó a realizarlo tanto como pudo. Sobre todo aquello que el autor pasó por alto, por algo también lo he pasado yo. Hay una cosa que resalta en toda esta obra: nadie, oyéndola y viéndola, puede negar la conclusión de que, en conjunto, es algo realmente grande e importante. Pero esa importancia es lo que precisamente estaba muy por debajo del pensamiento capital de Wagner y ella determina lo que hemos llamado el “centro de gravedad” de toda la obra; y eso, es decir el “centro de gravedad” que no se encuentra en el texto del libreto, ni en la acción escénica que fue alcanzada por Wagner en una culminación del pensamiento humano, es lo que me he esforzado en tratar. Para llegar a eso es necesario, como lo fue para Wagner y como lo es para cualquiera que desee reflejar en la historia humana un completo conocimiento de la moderna civilización capitalista, tener el conocimiento absoluto de ésta, lo que precisamente desconocer por completo infinidad de personas que son precisamente susceptibles a las cualidades poéticas y musicales de Wagner, pero que nunca se han hecho eco de los destinos humanos y han demostrado siempre una cortés ignorancia respecto de los abismos en los cuales cayó la sociedad en el siglo XIX. Ninguna de esas sinopsis, ninguna de esas guías populares o reseñas de temas, arrojarán la menor luz sobre ese aspecto de la obra, después de quince años que hace que se viene solicitando. Y lo he hecho añadiendo un capítulo no para que se refiera a la música y a la poesía, sino a la historia de Europa. Porque fue en esos pesados estudios, y no en caprichos y canciones, donde Wagner halló los materiales para su obra maestra.

G. B. S.

St. Lawrence, 1913.

Exhortaciones preliminares

Algunas de estas exhortaciones serán bien recibidas por aquellos que generalmente visitan el teatro sólo para satisfacer su curiosidad o su deseo de asistir a una representación aprovechando el espectáculo de la famosa tetralogía de Ricardo Wagner: “El Anillo de los Nibelungos”.

Antes que nada, el “Anillo”, con todos sus dioses y gigantes, enanos, ninfas y Walkyrias, sus filtros, su anillo mágico, su espada encantada y su milagroso tesoro, es una drama de hoy y no un asunto de una remota y fabulosa antigüedad. Ese drama no hubiera podido ser escrito antes de la segunda mitad del siglo XIX, porque los ideales que contiene con los sucesos que sirven de nexo para aquéllos no se produjeron antes y sólo entonces llegan a su consumación definitiva. Visto de otra manera, el espectador no puede por menos de reconocer en esa obra una imagen de la propia vida suya, en la que lucha él mismo y aún, necesariamente, se le aparecerá como un monstruoso desenvolvimiento de las pantomimas de Navidad hilvanado aquí y allá por las largas tiradas del barítono principal. Afortunadamente, aún desde este punto de vista, el “Anillo” está lleno de extraordinarios y atractivos episodios que se mezclan con los de la orquesta y del drama propiamente dicho. Sólo la naturaleza de la música -música interpretativa del río, del arco-iris, del fuego y del bosque- basta para despertar en cada uno el amor al campo y para borrar completamente los temas o asuntos de carácter filosófico y político, en la espera de otra página más bella que está por venir. Cualquiera puede gozar con los motivos musicales del amor, del martillo y del yunque, de la pesadez de los gigantes, el canto del cuerno del joven leñador, los trinos de las aves, el motivo del dragón, de los truenos, relámpagos y pesadillas, con la profusión de simples melodías, con todo el encanto sensual de la orquesta: en una palabra, con todo aquello que es común o nexo de unión entre el “Anillo” y la música corriente que se emplea para las representaciones de puro entretenimiento. Y he aquí que se trata de cuatro piezas musicales representables que, tales como son, se han hecho populares en Europa como óperas propiamente dichas. Pronto veremos cómo una de ellas “El crepúsculo de los Dioses” resulta en la actualidad una ópera.

Está generalmente admitido que existe un escogido círculo de personas superiores para quienes esa obra tiene una indeclinable y alta significación filosófica y social. Yo tengo la convicción de ser una de esas personas superiores y escribo esta obra con el deseo de ayudar, en su intento, a cuantos deseen penetrar en ese círculo secreto de iniciados.

Mi segundo exordio se dirige a los modestos ciudadanos que se creen descalificados para juzgar y gozar del “Anillo” por su ignorancia técnica de la música. Los tales pueden estar confiados y pueden también desechar en el acto semejantes recelos. Si al oír la música se sienten conmovidos por ella, pensarán seguramente que Wagner es el primer músico. Y, en efecto, en el “Anillo” no hay un ápice de música clásica ni una nota que no sirva para expresar el sentido musical del drama. En la música clásica se puede ver, según lo detallan los análisis de sus programas, primeros y segundos motivos, fantasías libres, recapitulaciones y codas; hay fugas, racontos y “strettos” y efectos de pedal; hay pasa-calles y otras ingenuidades por el estilo que han perdurado o han desaparecido según que su belleza haya estado o no de acuerdo con la canción popular. Wagner nunca se ha mantenido dentro de esos procedimientos, como Shakespeare no se valió nunca para sus obras de los sonetos, quintillas, etc. Y por eso Wagner, resulta siempre tan fácil para todo músico que no haya tenido estudios académicos. Los profesores, cuando oyen ejecutar la música de Wagner, exclaman: “¿Qué es eso? ¿Es un aire o un recitativo? No es una “cabaleta” ni un período completo. ¿Por qué esa discordancia que no venía preparada? ¿Y por qué no la resolvió correctamente? ¿Qué atrevimiento es ese, de pasar con una ilícita y escandalosa clave, a otra siguiente, sin ninguna nota que sirva de nexo, de común denominador, con la anterior, que acaba de dejar? ¡Cómo oír esas falsas relaciones! ¿Para qué necesita seis tambores y ocho cuernos, cuando Mozart hizo milagros con sólo dos cuernos y dos tambores? ¡Este hombre no es músico!” Y el lego tampoco entiende ni se preocupa por estas cuestiones. Si Wagner hubiese querido dejar a un lados sus rectos propósitos dramáticos para encauzar su producción dentro de las clásicas formas de la sonata, por ejemplo, su música hubiese resultado ininteligible para el sencillo espectador para quien la familiar y temible “sensación” de los clásicos vendría a ser como un ataque de influenza. Nada de esto hay que temer con Wagner. El aficionado más inexperto y más ignorante puede acercarse a Wagner sin miedo alguno. Entre éste y aquél, no puede haber lugar a ningún desacuerdo: la música del “Anillo” es perfectamente sencilla y comprensible. Solamente el aficionado o el músico de la antigua escuela es el que no comprenderá ni aprenderá nada; y, yo, sin la menor piedad lo dejo abandonado a su suerte.

El anillo de los nibelungos

El Anillo consiste en cuatro obras escritas con el propósito de que cada una de ellas forme una sucesión de hechos cuyo conjunto simboliza el título anotado. Esas cuatro obras son: “El Oro del Rhin” (que es a la manera de prólogo de las tres restantes); “Las Walkyrias”, “Sigfrido” y “El Crepúsculo de los Dioses”. En el original alemán se llaman así: Das Rheingold; Die Walküre; Siegfried y Die Götterdämmerung.

 

El oro del Rín

Dejadme pensar o creer por un momento, que tú, amable lectora, eres una mujer joven y bella. Piénsalo tú misma e imagínate, además, que te encontrases, cinco años atrás, en Klondyke. El lugar rebosa de oro, sin tener ninguna otra cosa más, ni siquiera las flores para embellecer tu morada con su color y su perfume de inocencia. Ningún ser humano sabe de tu existencia. Nada te conturba y por lo tanto tu vida de encantamiento ha de durar seguramente todo el tiempo que permanezcas así.

Ahora, supón, lectora, que de pronto aparece en ese lugar un hombre que no tiene la menor idea de la edad de oro, ni ninguna manera de vivir y triunfar en el presente. Un hombre con todos los deseos, los vicios y ambiciones que tienen la mayor parte de los hombres que tú conoces. Suponte que le revelas a ese hombre que si llega a apoderarse de todo el oro que hay allí y transformarlo en dinero, millones de hombres, impelidos por la envidia y el apetito de poseerlo, trabajarán afanosamente en toda la tierra y hasta en el fondo de ella, noche y día, amasando más y más oro para él, hasta hacerlo dueño del mundo entero! En cuanto le hayas dicho eso, verás que ese hombre ni experimenta, como tú habías pensado algo equivocadamente, la conmoción que esperabas por el mágico anuncio, y que, al contrario, sigue deseando algo que le apasiona mucho más que todo: y ese algo, eres tú misma. Tanto como siga preocupado contigo y con el amor que siente nacer por ti, el oro, y cuando éste da, se le escapará de entre las manos y la edad de oro no pasará. No pasará, hasta que siendo perjuro a su amor, extenderá su mano sobre el oro y encontrará para sí el imperio de Plutón. Pero es que no le será concedido el escoger entre el oro y el amor. Se trata de un hombre mal parecido, deforme, antipático, repulsivo -todo eso te lo parecerá a ti- y cuyas afecciones tú sólo verás a través de lo ridículo, siéndolo por lo tanto repulsivas. Y en virtud de eso, le rechazarás causándole así un doloroso desengaño y una amarguísima humillación. Qué le quedará entonces a ese infeliz, a quien se le ha negado el amor, sino volverse sin miramiento alguno, con avidez y lleno de rencor reconcentrado hacia el oro? Pero al decidirse a ello, atenta con el mismo golpe contra la edad de oro en la cual tú vives y te dejará en la mayor desolación, lamentándote de la pérdida de tanta belleza y dulzura, por una tan gran ligereza.

A su debido tiempo, el oro de Klondyke encontrará el camino de las grandes ciudades del mundo y a ellas irá a parar. Pero el viejo dilema permanecerá siendo siempre el mismo. El hombre que se vuelve de espaldas al amor, abandonando todos sus goces, todo cuanto con él se puede crear y desarrollar con relación a la energía humana, y cifra toda su ilusión en soñar cómo ha de manejar las fuerzas plutónicas que lo domeñan, se encontrará dueño de él, tan pronto como lo intente. Sólo que, muy pocos hombres serán capaces de hacer, por su voluntad semejante sacrificio. Y tan pronto como el poder de Plutón alcanza el vigor necesario para exteriorizarse e imponerse, los más altos impulsos humanos se transforman en rebelión y al punto que los meros apetitos son denegados, perseguidos y vejados, sin poder satisfacerse por el oro, aquellas fuerzas espirituales sienten el ímpetu de vivir sus vidas como los ricos. Lo fatal, lo inevitable de ese fenómeno se demuestra suficientemente a aquellos que saben mirar con ojos de verdad a las sociedades plutócratas de nuestras modernas capitales.

Escena I

Tal es, pues, el argumento de la Escena I de “El Oro del Rhin”. Mientras estáis sentados, esperando que se descorra la cortina, oís de pronto el rumor de un río caudaloso. Cada vez se oye más claro; os sentís cerca de la corriente y hasta se puede percibir la luz verde que parece atravesar las ondas y hasta el rumor que éstas producen. En eso se descorre la cortina y os encontráis frente a lo que el oído ha hecho ver a la imaginación, o sea el fondo del Rhin, entre cuyas aguas tres peces mágicos, tres ninfas cantan y retozan alegremente. No cantan barcarolas ni baladas, acerca de los amores fatídicos de Loreley, sino simplemente aires sin ningún sentido y que sólo ritman con sus cabriolas y con los gestos que hacen al nadar. Estamos en la edad de oro; y lo que hace encantador ese lugar para las ninfas es el Oro del Rhin al que ellas atribuyen un valor fabuloso no desde el punto de vista monetario, sino como cosa preciosa y de gran estima. Precisamente en ese momento no se columbra el rico metal, porque la luz del sol no ha atravesado todavía las aguas del río.

En ese momento, aparece un pobre diablo o enano, trepando por las resbaladizas rocas del río . Se trata de un hombre con bastante energía, con valor para en cualquier momento realizar sus pasiones, pero completamente brutal, sin inteligencia ni poder imaginativo de ninguna clase, lo suficientemente estúpido para creer que todo su bienestar y su felicidad sólo pueden existir como una parte del bienestar y de la felicidad del mundo, y lo sobradamente bruto para no ver que por sí mismo puede alcanzar su propio bien. Pobres diablos de esa categoría, los hay en abundancia en Londres. El tal sujeto se siente fuertemente impelido hacia todo aquello que no tiene: belleza, pasiones, imaginación y placeres. Todo eso significan para él las ninfas del Rhin y al verlas concibe sobre ellas toda clase de esperanzas sin pensar siquiera que por lo que es no puede ofrecer en cambio nada que tenga el menor valor, desde ningún punto de vista. Con perfecta simplicidad les ofrece su corazón rebosando de ternura. Pero ellas, las ninfas, son algo incomprensible, elemental, algo que no es del todo nada, como son en realidad muchas mujeres de nuestros días. El pobre diablo aparece ante los ojos de las ninfas como algo repulsivo para su sentido de la belleza, para su romántica concepción del heroísmo, les parece un tipo deforme, desgarbado, codicioso, lleno de concupiscencias, ridículo, incapaz de realizar el ideal de vida y amor que ellas ansían. Y se burlan de él atrozmente, fingiendo por momentos que le escuchan, que van a dejarse amar, acercándose a él ladinamente para escaparse luego riendo con crueles carcajadas, hasta que le hace caer en una honda desesperación y en un acceso de furor. Se olvidan de él cuando las aguas comienzan a reflejar el sol, cuyo color de gloria se realza con el del oro. Se quedan extasiadas adorando su tesoro y piensan, lo mismo que en la parábola de Klondyke, que no tienen que temer que aquel pobre diablo se lleve el oro, pues éste de nada ha de servir al que no lo quiera por sí solo... y el pobre diablo, vino hacia ellas en busca de amor. Olvidan que han envenenado ese deseo burlándose de él y que éste acaba de comprender que la vida no le dará nada más que aquello que pueda arrancarle por medio de la fuerza “plutónica”. Es lo mismo que si a un pobre infeliz cualquiera, a un pobre, un espíritu vulgar, que quisiera participar sin más ni más en la vida aristocrática, le dijesen que sólo cuando fuese millonario podría participar de aquélla comprando, por así decirlo, el derecho de darse una existencia refinada y llena de esplendores. La elección no es libre; y en cuanto el pobre diablo comprende su posición, su suerte está echada. El adora en el amor como adoramos miles de nosotros todos los días. Y en un momento, cuando las ninfas se creen más confiadas, el hombre aquel se precipita sobre el oro, se apodera de él y con él se sumerge en el fondo donde desaparece, seguido por las ninfas que gritan pidiendo socorro y mientras se oye resonar a lo lejos la risa del ladrón. Cuáles serán ahora las fuerzas que se opondrán a Alberico, nuestro pobre diablo, en su nuevo carácter de plutócrata a porfía? Por lo pronto tiene que buscar la manera de adueñarse y aprender a manejar la misma fuerza que da la posesión del oro. Sólo para su provecho y para que él se enriquezca, verdaderas hordas de compañeros suyos se verán condenados al yugo más miserable, trabajando por él día y noche, en la tierra y aún dentro de ella, entregados a su dura tarea en medio de todas las miserias y azuzados por el hambre. Y éstos no verán en su amo nada peor que lo que ven los que se agotan en nuestras fábricas en sus dueños que también trabajan para su propia destrucción. La verdadera salud que ellos producen con su trabajo, viene a ser como una nueva fuerza que los empobrece todavía más, y cuanto más la aumentan, más se les desliza de entre las manos para aumentar cada vez más el poder de su dueño. Tal fenómeno lo puede observar cualquiera en todas las ciudades civilizadas del día, donde millones de hombres trabajan en medio de todas las necesidades y miserias para aumentar las riquezas de nuestros Albericos, sin quedarse nada para sí, a no ser horribles y mortíferas enfermedades y la certidumbre de una muerte prematura. Toda esta parte del argumento de la obra que nos ocupa, es absolutamente real; absolutamente presente, absolutamente moderna; y sus efectos en nuestra vida social son tan disolventes y ruinosos que ya no esperamos conocer siquiera la felicidad para compensar tanto sufrimiento. Solamente al poeta está reservado el tener una visión de cómo debería ser la vida. Si nosotros fuéramos una raza de poetas pondríamos fin a ese estado de cosas antes de que finalizase la presente centuria. Siendo como somos una raza de pobres diablos, pensamos de todos los Albericos que son altamente respetables, dignos y apreciables y así les permitimos que realicen y multipliquen al infinito todas sus maldades. Y el fin del mundo sería un hecho si no existiese un más alto poder que lucha contra Alberico.

Esa fuerza existe, en efecto, y se llama la Divinidad. El todo misterioso que llamamos vida, organiza su propia existencia en todos los órdenes y en todas las manifestaciones, en las aves, en los animales, en los insectos y en los peces, para culminar en la maravilla humana con unos pobres diablos, deformes, astutos y contradictorios y con unos laboriosos gigantes musculares, capaces después de todo de sufrir el trabajo, deseando conquistar un amor y una vida propia, no por medios suicidas ni por renunciaciones, sino por el trabajo paciente y cruel, puesto al servicio de un más alto poder. Y esos altos poderes, vienen a la existencia por su propia organización particular, por su manera de ser, que se encarnan en raras personas que, por comparación, se llaman dioses, -criaturas capaces de pensar,- cuyos deseos y aspiraciones van muy lejos, más allá de la satisfacción de sus groseros apetitos y de sus afecciones personales, llegando a concebir que solamente fundando el mundo sobre bases de un común bienestar y moralidad, es como se puede salir de tal estado de salvajismo. Pero cuál ha de ser ese orden establecido, en todo caso por una divinidad, en un mundo de estúpidos gigantes, en el que cada cual no persigue más que los propios y limitados fines, sin poder llegar a comprender nunca las ansiedades de ese dios? La Divinidad, puesta frente a frente con la Estupidez, no tiene salida alguna. No pudiendo implantar en el mundo las puras leyes de la razón, no tiene más remedio que poner en juego los resortes de la obediencia mecánica, imponiéndose por la fuerza, castigando con verdaderas brutalidades y aún yendo a la destrucción de los desobedientes. Cuidadosamente todas esas leyes se componen de manera que sean una verdadera representación de los que las dieron y de sus altos pensamientos. Antes que hayan transcurrido un solo día ese pensamiento ha evolucionado y se siente impelido por la eterna transformación de la vida y entonces la ley de ayer ya no sirve para el pensamiento de hoy. Y tan pronto como los altos legisladores quieran por sí mismos romper esa ley, destruirán también, al mismo tiempo, la autoridad que tenían sobre sus súbditos y romperán igualmente la espada con la cual guardaban aquéllos para su propio bienestar. Por lo tanto, necesitan mantener a toda costa la santidad, la intangibilidad de sus leyes, aun cuando éstas hayan dejado ya de responder a sus propios pensamientos y entonces se ven impelidos a recurrir a un verdadero lío de ordenanzas y reglamentos en los que no creen poco ni mucho y que la costumbre hace sagrados y los castigos transforman en terribles, pues no es posible escapar a ellos. De esta suerte la transformación de los resortes de la Divinidad, en ley, le cuesta a aquella la mitad de su integridad -lo mismo que si un rey espiritual, para obtener el poder temporal, perdiese un ojo- hasta que, con el tiempo y secretamente, un poder mayor se levanta contra ella y es el que destruirá el imperio artificial de la ley y establecerá una verdadera república de pensamiento libre.

Esta es, sin ninguna duda, la única dificultad que surge en el dominio de la Ley. La fuerza bruta que obliga a su cumplimiento debe ser desechada; y la masa de sus súbditos es persuadida de que ha de respetar la autoridad que mueve esta fuerza. Pero, qué respeto es ese que hay que imponerles, si ninguno de ellos es capaz de comprender el pensamiento del legislador? Esa imposición ha de realizarse indudablemente, asociando el poder legislativo con todo el esplendor de las violencias mayestáticas, de donde resultarán impresos sus sentido y la comprensión de su trascendencia. El dios se transforma en legislador, en una palabra, ha de ser coronado Pontífice y Rey. Y cuando éste no puede ser reconocido por el pueblo como su superior intelectual o espiritual, es reconocido como superior por sus riquezas, señor de vidas y haciendas, magnate del oro y de la púrpura, anfitrión de las comidas orgiásticas, caudillo de ejércitos y armadas, el dueño de repartir la vida y la muerte donde quiera y el que después de la muerte es dueño de salvar o perder por toda la eternidad. Y mientras dura la edad de oro, algo de todo eso hay que ir realizando, sin mediar ninguna corruptela. Vuestros dioses no pueden prevalecer sobre los pobres diablos, sobre los enanos y deformes; pero no tienen más remedio que recurrir a ellos ofreciéndoles una soldada por un día de trabajo e induciéndoles a que construyan para la Divinidad una potente fortaleza, con su patio de armas y su capilla, con sus torres y almenas, todo en honor del amo cuya seguridad crecerá e irá fortaleciéndose en torno a esa iglesia-castillo. Esto desde luego será hasta los últimos tiempos de la edad de oro. Y en ese momento el poder de Plutón se desata, el egoísta Alberico aparece llevando a cuestas sus millones de corrupción y los dioses se encuentran frente a frente con el aniquilamiento, pues Alberico, despertando el hambre y los sordos apetitos de los pobres diablos, puede obligarlos a que se arrojen al instante al trabajo, puede alquilar a los gigantes y emplear la fuerza de éstos en lo quiera y puede también deslumbrar todos los esplendores de la tierra y aún los de la edad de oro y hacerse dueño absoluto del mundo ya que los dioses con su pesado entendimiento no podrán nunca apoderarse de su oro. Todo esto, que es el dilema de la Iglesia, en nuestros días, es la situación creada por la hazaña que Alberico realiza en el fondo del Rhin.

Escena II

Desde el fondo del Rhin henos transportados, primero a una región nebulosa, donde todo parece estar envuelto en nieblas, hasta que al fin aparece una pradera sonriente, llena de luz, a orillas mismo del legendario río. Allí vemos a Wotan, el dios de los dioses y su esposa Fricka. Los dos están durmiendo, Wotan, como observaréis, ha perdido un ojo y, como él mismo nos lo contará, resulta que lo perdió voluntariamente como precio de su unión con Fricka quien, a su vez, le trajo en correspondencia, como dote, todo el poder de la Ley. Desde la pradera, y salvando el ancho río, se divisa en la otra margen, a lo lejos, sobre un alto peñasco, el castillo de los dioses, recientemente construido, con brillantes almenas, grande e imponente, donde han de tener su albergue el dios tuerto y su esposa, la señora y ama de la Ley. Por lo demás, Wotan, no ha visto nunca ese castillo más que en sus sueños; dos gigantes lo construyeron expresamente para él mientras dormía y ahora contempla la realidad, cuando Fricka lo despierta . En esa majestuosa mansión y en compañía de aquélla -y aún valiéndose de ella- tiene que preocuparse de los humildes gigantes que tienen ojos para quedarse encantados mirando el castillo que han construido, pero que no tienen cerebro capaz de comprender que ese castillo puede ser para ellos mismos, ni comprender tampoco a la divinidad. El castillo es, como para un dios, inmenso, seguro, imponente; pero también carece de pasión, de afectos, es impasible e imparcial, como que ha de vivir la divinidad con arreglo a la Ley, no ha de tener afectos ni respetos para nadie. Todas las dulces pequeñeces se quedan para los humildes gigantes, que son lo suficientemente estúpidos para hacer dulce su arduo trabajo; los dioses, después de todo, han de pagar por poseer el Olimpo, lo que los pobres diablos pagaron por poseer la fuerza y el poder de Plutón.

Wotan olvidó eso en sus sueños de grandeza. Pero no Fricka, que piensa en el precio que ha tenido que pagar Wotan, recordando que hoy mismo ha de satisfacerlo y que consiste en entregar a los gigantes, la hermana de Fricka, Freia, la diosa de las auríferas manzanas de amor. Cuando Fricka reprocha a Wotan el haber olvidado semejante compromiso, él mismo se da cuenta de que como ella, no está muy dispuesto a cumplirlo. Y ya empieza a preparar en su ayuda, otra de las grandes fuerzas del mundo: La Mentira (que es una fuerza europea como dijo Lassalle) con la cual espera escapar al cumplimiento de su compromiso. Pero esa fuerza no reside en él mismo, en Wotan, sino en otro, en un dios sobre el cual ha triunfado, un tal Loge que es el dios del Intelecto, de la Argumentación, de la Imaginación, de la Ilusión, de la Razón. Loge ha prometido desembarazarle de los gigantes y de su compromiso engañando a aquéllos por sus procedimientos y a sus costas; pero por lo que parece no es puntual para cumplir con su palabra. Y como Fricka le reprocha amargamente todo ese proceder, ¿cómo va a poder Wotan dejar de lado esa mentira, cuando ella constituye, por así decirlo, la esencia de su propio ser?

Los gigantes llegan prestamente y Freia corre al lado de Wotan para pedirle protección contra aquéllos. El propósito que guía a aquéllos, es completamente honesto y no tienen la menor duda respecto a la conducta de los dioses. Esperan en efecto que se acabe de cumplir el contrato concertado y cuya parte, correspondiente a ellos, ejecutaron sin faltar nada, piedra por piedra, desde los cimientos hasta las cúpulas, según el designio de Wotan. Vienen para cobrar el precio estipulado. Y entonces sucede algo que para ellos es increíble, algo inconcebible. Los dioses tratan de eludir y entorpecer el cumplimiento del compromiso. Y en la vida no hay ningún momento más trágico que aquel en que el hombre humilde, el trabajador manual, que ha abandonado los más altos intereses de la experiencia en manos de los mejores, reverenciando a éstos como los más dignos y correctos y encargándoles que vigilen contra toda falsedad y engaño, se encuentra con que ha sido precisamente engañado y traicionado arteramente. El choque arroja en la mente de uno de los gigantes un rayo de luz profética, prestándole una elocuencia repentina. En el momento recapacita sobre su estúpida grandiosidad y advierte enérgicamente al Hijo de la Luz que todo su poderío, su preeminencia, como piedra angular de la iglesia, como rey y amo de todo, tiene que subsistir o desaparecer con la intolerable y fría grandeza y poder del incorruptible legislador. Pero Wotan que aunque asume el carácter de legislador no deja de tener menos falseado su carácter de tal, desprecia el reproche que se le hace y el destello de indignación de los gigantes se pierde en el sordo rumor de su honrada indignación.

Por fin, y cuando aún dura la disputa, llega Loge y da mil excusas por haber llegado tarde, pero manifestando que asuntos de gran interés le retuvieron, teniendo que evacuarlos antes de venir a ver a Wotan. Se le interpela para que emita su opinión sobre el asunto que se está discutiendo y sobre todo, para que saque a Wotan del dilema en que se halla colocado y a todo responde que, por lo pronto, los gigantes tienen toda la razón. El castillo ha sido construido debidamente; él lo ha inspeccionado piedra por piedra y lo encuentra perfecto: por lo tanto, no queda más remedio que pagar el precio estipulado o sea entregar a Freia a los gigantes. Los dioses montan en cólera al oir eso y Wotan declara, con gran pasión, que accederá a cumplir con su compromiso si Loge encuentra otro medio que lo saque del que primeramente concertó, pero Loge manifiesta que prometió sacar a Wotan del atolladero si había modo de hacerlo correctamente, pero no mediante un procedimiento que no lo sea. Iba recorriendo todo el mundo, toda la tierra, buscando un tesoro para poder rescatar a Freia de los gigantes, pero no ha podido encontrarlo; no ha podido encontrar nada que baste para comprar la Mujer al Hombre. Y esto fue lo que le entretuvo antes de venir al lado de Wotan. Agrega que las ninfas del Rhin se le han quejado de que Alberico les ha robado el oro y hace notar que ese hecho constituye una rara excepción en la ley universal que ha comprobado existente en la imposible lucha por comprar el amor: ese ladrón de oro ha preferido despreciar el amor por la posesión de las riquezas de Plutón y con ellas hacerse dueño del mundo.

No bien ha terminado de contar eso Loge, los gigantes se empequeñecen mucho más que un enano. Alberico desprecia el amor, cuando éste le es negado constituyendo para su amor propio una tortura cruel, y transformándose en el instrumento de toda clase de males. Pero los gigantes, que no desean más que llegar a obtener el amor que es Freia con sus manzanas de oro, ofrecen abandonar a ésta por el tesoro de Alberico. Obsérvese aquí, que lo que ellos desean no es más que el tesoro. No tienen ninguna ambición de dominio sobre sus superiores, ni piensan tampoco organizar el mundo según su manera de pensar. No son ni hábiles ni ambiciosos; no codician más que el dinero. El oro de Alberico: eso es lo que ahora piden, o de lo contrario se quedarán con Freia, como se había convenido antes y a lo cual se llevan en rehenes, dejando a Wotan la oportunidad de que piense lo que ha de hacer ante este ultimátum.

Una vez que Freia se ha ido, los dioses envejecen llenos de tristeza; sus manzanas de oro, comprometidas por ellos tan a la ligera, son un motivo de vida o muerte para ellos, y ya no pueden ir a vivir, ni la Ley ni la Divinidad tampoco, al espléndido castillo. El único que no está afectado es Loge: la Mentira, con sus extrañas sorpresas, sus sutilezas y engaños y sus espejismos, es una pura apariencia: no tiene cuerpo y no se alimenta en nada. ¿Qué va a hacer Wotan? Loge ve la respuesta bien clara: No le queda más remedio que robar a Alberico. No le cuesta tampoco nada, acallar sus escrúpulos morales. Al fin y al cabo Alberico es un pobre diablo ignorante y confiado al cual un dios puede engañar fácilmente.

Y en efecto, Wotan acompañado por Loge descienden hasta la mina donde los esclavos de Alberico se ocupan en amasar riquezas para éste.

Escena III

Estamos en un lugar sombrío, triste, lóbrego, que no es precisamente una mina : es más bien una fábrica de fósforos, donde hay muchos vapores sulfurosos, mucho engaño, espléndidos dividendos y clérigos accionistas. También puede ser una fábrica de albayalde, de productos químicos, una alfarería, una casa constructora de locomotoras, una sastrería, un lavadero, una panadería con sus hornos encendidos, una gran tienda de novedades, o cualquier otro lugar donde la vida y la felicidad humanas se sacrifican diariamente porque unos pobres diablos avaros y miserables, mientras realizan su ardua labor, todavía tienen fuerzas para dar gracias a su ídolo plutónico.

“Tu me das de comer, mientras los otros miserables se mueren de hambre -Y dejas que yo cante mientras los otros se lamentan: -Tu bendición desciende hasta mi -Porque toda mi voluntad la tengo puesta en Ti.”

En la mina, pues, resuenan los yunques y los metales en el afanoso trabajar de los enanos produciendo y amontonando riquezas -en medio de la mayor miseria- para Alberico, su amo y señor. Este aparece trayendo de una oreja a su hermano Mime -llamado familiarmente Mimmy- a quién ha encargado un yelmo. Mime, comprende muy vagamente, que este yelmo tiene algo de milagroso e intenta quedarse con él. Pero Alberico se lo quita y le enseña -haciendo ante él la experiencia- que sirve para transformarse y esconderse con él y que cualquiera que se lo ponga, desaparecerá en el acto de la vista, y puede volver a aparecer al instante si quiere. Este yelmo es muy común en nuestras calles, donde generalmente toma la forma del sombrero de copa. Con este, un accionista pasa desapercibido, se hace invisible y se da aires de ver las cosas muy distintas: un cristiano piadoso, un protector de hospitales, un padre de los pobres, un padre y un esposo modelo, un inglés astuto y sagaz, práctico e independiente, cuando en realidad no es más que un parásito del común bienestar, que consume enormemente sin producir nada, sin sentir ni saber nada, sin creer en nada, sin hacer nada, excepto lo que hacen los demás y esto porque siente, no el tener que hacerlo, sino porque aunque poco, quiere pretenderlo.

Llegan Wotan y Loge y, éste, desde el primer momento, le habla como si fueran dos antiguos amigos. Pero el enano no tiene fe en aquellos dos extranjeros: mentalmente, desconfía de la inteligencia que se presenta así con las vestiduras de la Poesía y en la compañía de la Divinidad, aunque envidiando la brillantez de la una y la dignidad de la otra. Por fin Alberico prorrumpe en una audaz arenga, enalteciendo el fiero poder que ahora tiene en sus manos. Les asegura que el mundo será como él quiere que sea, pues lo domina por completo; amenaza con convertir el aire fresco y suave en negro humo; las verdes y musgosas praderas en desiertos de escorias e inmundicias; entonces los esclavos, los pobres, los miserables, ebrios con todas embriagueces, sostenidos todavía por la misma policía, serán la base de la sociedad. Todo lo actual desaparecerá; todo, excepto algunos rincones preciosos y algunas mujeres hermosas que comprará para pagar sus instintos lujuriosos. En ese reino del mal, no podrá haber otro poder más que el suyo. Los dioses, con sus moralidades y sus legalidades, con su sutileza intelectual tendrán que desaparecer de la vida. Y con esto se despide de Wotan y de Loge y su “Hab’ Acht”, ronco y profundo, causa una sensación horrible, siniestra. Wotan se siente indignado oyendo todo eso que le va a suceder y a penas puede contener la ira de que se siente rebosando. Loge, en cambio, permanece impertérrito: no tiene ninguna pasión moral y en él la indignación es tan absurda como el entusiasmo. Cuando más encuentra en ello un motivo de diversión, de mofa -pues no le faltan sus ribetes de ironista- sobre todo al considerar que el enano subvertiendo todo el fervor moral de Wotan le lleva al mismo tiempo, y por eso, a convertirse en un ladrón; a partir de ese momento Wotan robará al enano sin ningún remordimiento. ¿Dudará acaso, en efecto, en arrebatar el poder ilimitado de semejantes manos malvadas, cuando eso ha de redundar en beneficio de la Divinidad?.

Mentalmente y hundido ya en lo más bajo de su sentido moral, dejará que Loge se las arregle para llevar a cabo su siniestra determinación.

Una breve farsa, disfrazada con algo de halagos, daría pronto cuenta del infeliz Alberico. Loge pretende hacer ver que tiene miedo de éste, y éste se lo cree con la mejor buena fe y sin dudar un instante. No obstante, Loge pregunta: ¿pero cómo harás para guardarte de que te puedan robar esa joya tan preciada, tus millones de esclavos? ¿No podrán llegarse hasta ti, mientras estés durmiendo y robarte el anillo, símbolo de tu fuerza, y que forjaste con el oro del Rhin? “Tu te imaginas ser demasiado listo” -le contesta irónicamente Alberico: Y le cuenta que con el yelmo puede transformarse cuando quiera en mil formas distintas. Loge se niega a creerlo sin verlo. Alberico, que no desea más que mostrar su habilidad y lo maravilloso de su poderío, se coloca el yelmo y se transforma en una gigantesca serpiente. Loge parece demostrar que le domina un gran miedo, que está asustado por tal maravilla, pero se atreve a preguntar a Alberico si no podría transformarse en otro ser más pequeño que fácilmente pudiera disimularse en cualquier rendija. En el acto Alberico se transforma en un sapo. En ese mismo momento, Loge le dice a Wotan: -“¿Ves ese sapo? ¡atrápalo al punto!” Wotan le echa un pie encima y lo aprieta fuertemente. Loge arrebata prestamente el yelmo: entre los dos atan a Alberico y se lo llevan prisionero, desapareciendo por la hendidura por donde han bajado.

Escena IV

En la misma pradera de la Escena II, a la vista del castillo de los dioses. Wotan y Loge traen a Alberico atado. Los tres surgen de la hendidura por donde desaparecieron en la Escena II. Allí, Alberico sabe que para rescatar su libertad tiene que mandar a sus esclavos que traigan todo el oro que amasaron para él y que ha de ser de los que ahora le tienen atado. Y así lo hace. Pero Wotan se fija en el anillo que lleva el enano y también lo exige. Y en este punto el enano, como antes lo hiciera uno de los gigantes, siente que los fundamentos del mundo vacilan bajo sus pies al comprender que aquellos y su alto poder se basan en la concupiscencia. Esta fuerza horrible, en su total carencia de amor y en su despecho y desesperación, ha llegado a crear otras fuerzas malignas que a él le han podido parecer como dimanando de la más pura justicia, fuerzas que no hubiera podido crear la Divinidad por sí sola. Pero esta, si no las creó, las maneja y emplea en su provecho, lo que es una monstruosa perversión. Y su clamor pidiendo a Wotan que lo deje marchar es terrible porque casi da la sensación de que es culpable. Ello no va sin ventaja: Wotan, a su vez, es presa de una terrible indignación de honor y virtud, recordando a Alberico que robó el oro a las hijas del Rhin y toma la actitud de un juez rectísimo que quisiera obligar a restituir el oro robado a los dioses. Alberico, sabiendo muy bien que el juez se guardará en su bolsillo el objeto robado, se deja arrebatar el anillo que lleva y he ahí como se queda más pobre que cuando llegó, saltando entre las rocas, hasta las rumorosas aguas del Rhin.

Ese es también el camino que ha seguido el mundo. En los tiempos antiguos, el trabajador cristiano era expoliado por el caballero despilfarrador y generoso, este era esquilmado por el usurero judío, y la Iglesia y el Estado, la religión y la ley, esquilmaban al judío, creyendo cumplir así una obligación, un deber perfectamente cristiano. El odio y la avaricia han producido nuestros sistemas capitalistas, propulsados por la turbamulta de ricos y propietarios de la tierra, repartiéndose esta según sus necesidades, sus gustos o su fuerza, robando al pobre, arrastrándose todos en un impulso inhumano y egoísta. Entonces, la religión, la ley y el intelecto, que no habían creado esas fuerzas ni esos sistemas, se indignaron por la misma naturaleza de las cosas hacia aquéllas, ansiando el bienestar, la felicidad y la holganza, llegando por el hartazgo de todo eso a su propia destrucción y sin tener ya ningún escrúpulo de enriquecerse por el fraude y hasta obligando a aquellas fuerzas a enriquecerse cada vez más. Y ha sucedido inevitablemente, que cuando la Iglesia, la Ley, y todos los talentos han hecho causa común para robar al pueblo, la Iglesia se ha encontrado mucho mejor armada con todas esas infidelidades contra sí misma, que ninguno de sus otros secuaces, quienes a su vez, se alían para desacreditarla y robarla, con la jovial cooperación de Loge, como sucede por ejemplo en Italia.

Llegan los dos gigantes gemelos trayendo a Freia y, al ver a ésta, los dioses se sienten rejuvenecer y experimentan una gran alegría. El oro es todo para los gigantes, pero ahora, en el momento de ir a entregar a Freia, les parece que el oro no es tan tentador como antes y sienten alguna tristeza en tener que abandonarla a ella. Y por eso al ver como crece su deseo por ésta, quieren avalorarlo mucho más y piden como precio para entregarla que con todo el oro se haga un montón enorme que la tape a ella completamente, que no se la pueda ver por ninguna rendija, o de lo contrario se la volverán a llevar otra vez para siempre. Parece que no va a haber bastante oro para hacer un tan grande montón y por eso Loge al ir apilando las riquezas lo hace astutamente, desparramándolas de manera que se extiendan mucho. Pero el Gigante Fafner ve todavía por una rendija el brillo del cabello de Freia y para tapar ese hueco, el yelmo milagroso va a parar también al montón. Después, Fasolt, el hermano de Fafner, descubre otra rendija, al través de la cual se ven los ojos de la divina Freia y dice que se tape esa rendija, pues mientras pueda ver aquellos ojos no se separará de la mujer aquella. Y ya no queda nada más para echar en el montón a no ser el anillo que lleva Wotan, el cual quiere conservarlo con tanto empeño como Alberico y que se desentiende de los otros dioses cuando le advierten que Freia vale todo eso y que, aún para el más alto dios, el amor no es solamente lo mejor, sino el gozo principal que impulsa todo lo que vive en la contínua renovación de la vida. Y la vida, con todas sus maravillas y sus infinitas fuerzas, es lo único de lo cual puede disfrutar la Divinidad. Wotan no se deja convencer hasta que no oye la voz de la ubérrima tierra que antes de existir él, ni los enanos, ni los gigantes, ni la Ley, ni la Mentira, ni ninguna de esas otras cosas que existen, ya tenía en su seno la semilla de todo y aún quizá los gérmenes de algo más grande, más fuerte y más elevado que el mismo Wotan, y que un día podrá substituirlo a él y destruir por completo los compromisos y alianzas que a él le han costado un ojo. Cuando Erda, la Primera Madre de la Vida, sale, pues, del corazón de la tierra donde dormía y le aconseja que abandone el anillo, Wotan la obedece. El anillo va a parar al montón de oro y Freia es rescatada para siempre de las manos de los gigantes.

Ahora bien: ¿qué Ley regirá entre esos dos estúpidos trabajadores repartirse el tesoro que cada uno por su lado ha conquistado al abandonar a Freia? En la duda y en el ansia del botín, acuden a los dioses para que hagan el reparto; pero los dioses se sienten abandonar por sus fuerzas y se vuelven de espaldas ante la disputa legal, dejándolos pelearse como dos lobos. Fafner da un terrible garrotazo a Fasolt y lo tiende muerto en el suelo. Y aquí se puede considerar que es algo horrible ver y oír de que modo se derrama por el mundo la sangre de los mejores trabajadores, que son entre sí honrados compañeros, hasta que los mejores los venden y traicionan. Fafner, dueño ya de su botín, aunque no le sirva para nada, se marcha. No piensa servirse de él para establecer en el mundo el imperio de Plutón, pues le falta ambición para ello. Lo único que le preocupa es guardarlo bien para que nadie se lo pueda quitar. Lo apila en una cueva; por medio del yelmo encantado se transforma en un dragón y dedica su vida a guardar el tesoro de igual manera que un carcelero vigila un preso. ¡Cuánto mejor no le hubiera sido arrojar todos sus tesoros al fondo del Rhin y haberse transformado en uno de esos diminutos insectos que pululan bajo el sol! Por lo demás es demasiado vulgar para que pueda asombrar a nadie. El mundo está lleno de personas que sacrifican todos sus afectos y aún traicionan y venden a sus mejores compañeros para obtener riquezas, con las cuales una vez obtenidas, no son capaces de hacer el menor uso beneficioso y de las cuales son miserables esclavos.

Los dioses olvidan presto a Fafner, abandonándose a la alegría de volver a tener a Freia a su lado. Donner, el dios de la tempestad, asciende a una roca y golpeando en ella con su martillo llama a las nubes como un pastor llama a su rebaño. Las nubes obedecen a ese llamamiento y él mismo y el castillo aparecen envueltos en ellas. Froh, el dios del Arco-Iris, acude también apresurado al lado de su hermano. Los martillazos del Donner resuenan a lo lejos como truenos, y las chispas que hacen saltar de la roca son como relámpagos. La nube de la tempestad se desvanece al fin; delante de ellos se extiende ahora, sobre el valle y hasta el castillo, un arco iris que iluminado por el crepúsculo vespertino, brilla con vívido esplendor. En ese momento glorioso, Wotan tiene un gran pensamiento, que consiste en crear con todas sus aspiraciones un reino de nobleza moral, de rectitud, de orden, de justicia, como lo encontró en el día en que el mundo no existía el género humano que espontáneamente, naturalmente e inconscientemente, podía realizar ese ideal. Por su propia experiencia sabe cuan prestamente la Divinidad fracasa en las cosas que concibe. Él, el más fuerte de los dioses, no ha podido contener su propio destino: contra su misma voluntad se ha visto obligado a escoger entre varios males, a contraer compromisos desgraciados y a romperlos más desgraciadamente todavía y siempre, siempre, a ver como el precio de su propia desgracia se le ha escapado por entre los dedos. Su consorte le ha costado la mitad de su vista, su castillo le ha costado sus afectos, y el deseo de retener a su consorte y al castillo le ha costado el honor. Por cualquier lado que se vuelve se siente ligado por las leyes de Fricka y por las mentiras de Loge, obligado a traficar con el trabajo de unos enanos y con unos gigantes para construir su propia casa, y siempre, siempre, teniendo que pagar con moneda falsa. Después de todo, ser dios, es algo muy triste. Pero la fertilidad de la Primera Madre no se ha agotado. La vida que nace de ella tiende siempre a alcanzar una organización más elevada: desde el sapo y la serpiente hasta el enano; desde el oso y el elefante hasta el gigante; y, desde el enano y el gigante hasta el dios, con pensamientos, con inteligencia para comprender el mundo, con ideales. ¿Por qué esa vida habría de detenerse ahí? ¿Por qué, partiendo del dios, no ha de llegar hasta el Héroe, el ser en el cual el incontenible pensar del dios, se transformase en verdadera voluntad, en verdadera vida, viviendo su propia vida en derechura hacia la verdad y la realidad, por encima de las leyes de Fricka y de las mentiras de Loge, con una fuerza mayor que la de los gigantes y una astucia mayor que la de los enanos? Sí, Erda, la Madre Primitiva, tiene que hacerlo posible y producir una raza de héroes que liberte al mundo y a él mismo de su limitado poder y de sus desgraciados compromisos. Tal es la visión que columbra cuando se vuelve hacia el arco iris y llama a su esposa y la invita a entrar en Walhalla, la casa de los dioses.

Los dioses se dirigen hacia la nueva mansión, excepto Loge que se aparta para no convivir en ese reino de lo Divino y lo Legal. Loge desprecia a esos dioses y a sus ideales y a sus manzanas de oro.- “Me siento avergonzado -dice- de tener nada que ver con esos seres tan superficiales.” Y eso diciendo les sigue en dirección al puente, bajo el Arco Iris. Cuando está a punto de poner sus plantas en el puente, asciende del río el canto de las hijas del Rhin, lamentándose del oro que les han robado. Y Loge les grita con brutal ironía: -“¡Vosotras siempre en el agua!” Y añade: -“Antes teníais la costumbre de bañaros en el resplandor de vuestro oro; en adelante os podéis bañar en el resplandor de los dioses.” Y ellas contestan que la verdad está en la profundidad de las aguas y en sus tinieblas y que todo lo de allá arriba no es más que falsedad. Y con esto, los dioses penetran en su gloriosa fortaleza.

El Wagner revolucionario

Antes de cerrar esta explicación del Oro del Rhin, tengo que decir al lector unas palabras más sobre ese asunto.

El “Oro del Rhin”, es la parte, del “Anillo de los Nibelungos”, menos popular y menos estimada. La razón de eso reside en que sus momentos dramáticos escapan a la comprensión del pueblo cuyas alegrías y tristezas son puramente domésticas y personales, cuyas ideas políticas y religiosas son del todo convencionales y supersticiosas. Para esas gentes todo se reduce a un pugilato entre media docena de personajes de cuentos de hadas por la posesión de un anillo, con largas querellas, con engaños y falsedades de todas clases, amén de una larga escena en una mina tenebrosa y horrible, con una música triste y extraña, en fin, nada que sea la figura arrogante de un buen mozo o de una mujer bonita. Solamente los que están dotados de la suficiente amplitud de miras, pueden seguir esa obra, sin perder un solo ápice como que en ella se desarrolla toda entera la tragedia de la historia humana y todo el horror de sus dilemas entre los cuales el mundo se debate y se limita actualmente. En Bayreuth he visto a algunos turistas ingleses levantarse de su asiento en la mitad de la Escena III, después de la ridícula agonía de Alberico y, aprovechando la oscuridad que en aquel momento reinaba en la sala de espectáculos, buscando sin duda la luz y el sol del campo libre. He visto también que otros espectadores demostraban su enojo por verse molestados y distraída su atención pendiente ansiosamente de lo que pasa en escena, por esos espectadores que salían, otros, en fin, no se iban, pero no manifestaban menos su impaciencia. Pero hay que reconocer que esos desdichados turistas no podían dejar de hacer eso, toda vez que la obra, que como ya queda dicho es el prólogo del poema general del Rhin, no tiene entre-actos que permitan abandonar la sala a los espectadores. Hablando con entera franqueza hay que convenir en que la gente que no tenga una cultura general sobre ideas fundamentales, que no conozca nada de las relaciones existentes entre los filósofos y estadistas, con la raza, no podrá nunca gozar de la emoción dramática del “Oro del Rhin”, ni ver en esa obra la vida intensa del drama. Esa gente necesariamente tiene que buscar una compensación estética en el goce de otra música alegre, airosa, con pasajes grandilocuentes y ruidosos en los cuales hallarán un paréntesis para descansar de las luchas entre Alberico y Wotan. Pero si la capacidad musical de esa gente está en relación con su comprensión intelectual, es decir, que es tan limitada como ésta, esa gente haría mucho mejor quedándose fuera de la sala de espectáculos.

Y con esto, amable y atento lector, hemos llegado al punto en el cual algunos necios nos interrumpirán seguramente, diciendo que el “Oro del Rhin” es únicamente lo que ellos llaman una “obra de arte” pura y simple y que Wagner nunca pensó en accionistas, ni en sombreros de copa, ni en fábricas de albayalde, ni en industrias, ni en ninguna otra cuestión que tenga nada que ver con el punto de vista socialista y humanitario. No tenemos porqué discutir semejantes tonterías: pero haremos callar a esos charlatanes con los mismo hechos de la vida de Wagner. En 1843, éste obtuvo la dirección de la Opera de Dresden con el sueldo de 225 libras esterlinas anuales y una pensión. Esta era la primera plaza dependiente del Estado sajón, que permitía a un profesional una posición asegurada y un relativo bienestar económico. En 1848, el año de las revoluciones, la descontentadiza clase media, que no pudo librar al gobierno de la Iglesia y del Estado, de aquél entonces, de su esclavitud a las costumbres, a la razón de casta y a la fuerza de la ley, empleando enérgicos llamamientos a la moralidad y promoviendo una agitación constitucional a favor de una reforma liberal, se reunió a los trabajadores hambrientos y desesperados y de eso brotó la revolución que estalló en Dresden en 1849. Si Wagner hubiese sido el simple músico creador del arte por el arte solo, y un indiferente o un individualista en política, como pretenden algunos críticos y aficionados -cosa que se parece a pereza intelectual- hubiera tomado tanta parte en las luchas políticas y obreras de su tiempo, como la que tomaron los obispos en la reforma inglesa de 1832 o la que tomó Sterndale Benuett en el chartismo o en la campaña en pro del libre-cambio. Pero, a Wagner, lo primero que se le ocurrió fue hacer un altisonante llamamiento dirigido al Rey para que rompiese con todos sus compromisos y consultase las necesidades de su tiempo, conquistando una verdadera majestad por sí mismo, cuidando principalmente de que su pueblo se levantase en la postración y de sus errores actuales, (¡qué capricho a imponer a los pobres monarcas!) y cuando se produjo el estallido, Wagner se alista con la razón, al lado de los pobres, contra los ricos y la injusticia. Y, cuando el movimiento fracasa, tres son las personas señaladas por la policía: Augusto Roeckel, un viejo camarada de Wagner, al cual éste ha dirigido una serie de cartas bien reconocidas, Miguel Bakounine, que había de ser después uno de los apóstoles del anarquismo y el mismo Wagner. Este huyó a Suiza, mientras Roeckel y Bakounine tuvieron que sufrir en la prisión por largo espacio de tiempo. Wagner estaba en aquella época completamente arruinado y sin ninguna relación social y como él mismo lo ha dicho, se encontraba satisfecho de ese estado. Su destierro duró doce años. Al principio, su primer pensamiento fue lanzar su Tannhauser que había escrito en París. Con el fin de explicar esa obra a los parisienses, escribió un folleto titulado “El Arte y la Revolución” en el cual, con una sola mirada se echa de ver qué lugar preponderante ocupaba en su espíritu la tendencia socialista y con cuánta simpatía miraba esta tendencia de la revolución, al mismo tiempo que se ve de qué manera más completa se había libertado por sí mismo de todas las Iglesias establecidas en su tiempo. Durante tres años estuvo produciendo con enorme fertilidad folletos, libros, artículos, etc., (muchos de ellos abarcando puntos puramente especiales o intelectuales, pero otros llegando hasta la forma del folleto y el manifiesto donde asomaba el espíritu del agitador de por vida), en los que trataba la evolución social, la religión, la vida, el arte y las influencias de los ricos en la sociedad. En 1853 se hizo una impresión particular del “Anillo” y en 1854, o sea cinco años después de la fracasada insurrección de Dresden, la partitura del “Oro del Rhin” quedó terminada hasta el último redoble de tambor.

Estos hechos se recuerdan muy bien en Alemania -sobre todo en el mundo oficial- donde el calificativo de Wagner, como “sujeto político muy peligroso” se podía comprobar en aquel entonces. Toda esa producción es accesible ahora al público inglés en la traducción de Mr. Ashton Elis. Siendo esto así no faltará quien, habiendo oído decir o sabiendo que yo soy socialista, pretenda hacer creer que esta interpretación mía del “Oro del Rhin”,es “mi mismo socialismo” visto al través de los escritos de un aficionado que tomó prestado el asunto y el libreto de sus óperas de la vieja conseja de una saga; todo lo cual debe ser realizado por ser propio de ignorantes.

Si habeis quedado convencidos ahora de que el “Oro del Rhin” es una alegoría, no olvideis que una alegoría es sólo consistente cuando el que la escribe posee facultad dramática, sin lo cual no se puede leer ni comprender. Ese es el único medio de dramatizar una vida y ello se consigue desarrollando en la escena una aspiración humana poseída por esa idea, pues nada como una aspiración humana con todos sus impulsos, puede hacer homogénea la presentación de una idea e interesarnos en todo su desarrollo. No de otro modo llega Bunyan en su Viaje del Peregrino -lo que no han sabido hacer sus imitadores- a personificar la Cristiandad y el Valor, dramatizando para que el espectador lo pueda sentir la vida del cristiano y del hombre de valor. Exactamente igual, yo he demostrado que Wotan es la Divinidad y la Majestad, que Loge es la Imaginación y la Lógica sin la Voluntad (el cerebro sin corazón, para decirlo vulgarmente) y que en el drama Wotan es un chistoso y un ocurrente imaginativo. De igual manera que Fricka, que encarna el Estado-Ley, no acaba de desarrollar por completo esta significación en el “Oro del Rhin”, sino que no es más que la esposa de Wotan y la hermana de Freia y aún contradice el simbolismo que encarna tolerando todas las trapacerías de Wotan. Por lo demás, eso mismo es lo que haría el propio Estado-Ley, pero no vamos a malograr el prestigio de ese simbolismo por una fruslería más o menos. Solamente cuando ella -Fricka- reaparece en la obra siguiente- “Las Walkyrias” es cuando se completa todo el sentido alegórico de su figura que hasta ahora no hemos visto más que en esquema.

Un prejuicio vendrá a perturbar al desesperado espectador, a no ser que esté prevenido contra él o esté de antemano libre completamente de él. En las antiguas obras de arte fantásticas, los personajes sobrenaturales están invariablemente concebidos mucho mayores que el hombre. En el moderno y humanitario procedimiento adoptado por Wagner, el Hombre es lo más alto. En el “Oro del Rhin” se pretende que, en el momento de la ocurrencia de los hechos que allí se ven, no hay en la tierra hombres; solamente había enanos, gigantes y dioses. El peligro consiste en llegar a la conclusión de que los dioses pertenecen a un orden más elevado que el humano. Al contrario, el mundo espera al Hombre para que lo redima del dominio torpe y brutal de los dioses. Antes que nada, retened bien eso, y veréis cómo el símbolo o la alegoría es fácilmente comprensible. En rigor de verdad y sin ir muy lejos en ese terreno, se puede ver en los enanos, gigantes y dioses la dramatización de tres órdenes distintos de hombres, a saber: la gente rapaz, astuta, instintiva, lujuriosa y lasciva; la gente paciente, trabajadora, miserable, llena de respetos, ansiedades y de ambiciones monetarias; los intelectuales, los talentosos, los moralistas, que administran y dirigen la Iglesia y el Estado. La historia sólo nos muestra un orden más elevado que el que lo sea más de entre esos tres y ese orden se llama comúnmente el Héroe.

Se comprenderá bien claramente ahora -y fijaos en que es posible que hasta ahora no lo hubieseis pensado- que si la próxima inmediata generación inglesa culminase en Julio César, todas nuestras instituciones políticas, eclesiásticas y morales serían destruidas y todo lo que de ellas queda, los monumentos antiquísimos y las torres redondas, serían reliquias inexplicables de un orden social ya pasado. Julio César no se preocuparía mucho por la organización de nuestros códigos y nuestras iglesias, de igual manera que un miembro de la Real Sociedad Científica de Londres, no se preocupa mucho por le hacendado o por oír el sermón de un modesto cura de pueblo. Y eso es lo que precisamente tiene que suceder algún día si la vida continúa produciendo una organización cada vez más elevada, como ha sucedido hasta ahora. Y, si siguen nuestro profesionales ingleses en su inclinación hacia los igualitarios australianos, se llegará a un día en que el término medio del hombre será un Julio César. Elevando el plano de esa perspectiva ponéos en el caso de un hombre cualquiera de la Edad Media y considerad qué es lo que ha sucedido en cada generación posterior con los artículos de fe, que para los antepasados eran eternos como no lo eran para las blasfemias y escepticismos de nuestra juventud, (como por ejemplo la crítica del Pentateuco del Obispo Colenso), y empezaréis a comprender de qué manera el hombre de mañana vivirá sin nuestra bárbara Teología y sin nuestras bárbaras Leyes. Bakounine, el agitador revolucionario de Dresden que actuó con Wagner en 1849, estipuló un programa comentado repetidamente con verdadero horror, la abolición de todas las instituciones religiosas, políticas, jurídicas, financieras, legales y académicas, dejando a cada cual en completa libertad para desarrollar su propia voluntad y organizar su existencia. Todos los espíritus elevados de ese tiempo sintieron con ardor la necesidad de elevar cada vez más al hombre, de hacerlo respetable ante sí mismo y para sí mismo, de manumitirlo de sus hábitos miserables y rastreros, antes que de los ideales creados por su propia imaginación, afirmando que lo bueno brota de la incesante energía de la vida y con ella misma, creando un poder superior que culmina en las multitudes y haciendo un objeto de adoración del propio sacrificio para justificar así la propia cobardía.

Después del “Oro del Rhin”, veremos elevar al Héroe y poner fin a los enanos, a los gigantes y a los dioses. Entre tanto no olvidemos que para Wagner lo divino significa debilidad y esclavitud y lo humano, fortaleza e integridad. Antes que nada debemos comprender -pues ello es la clave de la mayor parte de las cuestiones que tratamos- que el dios, desde el momento que su voluntad se inclina hacia una vida más elevada y más completa, ha de reconcentrar en lo más íntimo de su espíritu ese deseo para llegar a conquistar el gran poder, la suma potencia, cuyo primer resultado, no bien aparece, es su propia destrucción.

En medio de esas ideas de tan enorme trascendencia, es divertido encontrar a Wagner completamente entregado a su profesionalismo teatral, introduciendo efectos que ahora parecen anticuados y mandados retirar de la escena con tanta mayor energía y prontitud cuanto que pertenecen a las primeras inspiraciones del maestro. Cuando Wotan arrebata el anillo a Alberico, el enano prorrumpe en espeluznantes y terribles maldiciones contra el nuevo dueño del anillo, pidiendo para aquél la desgracia, el castigo y la muerte. La frase musical que acompaña todos esos exabruptos es un motivo perfectamente armónico y melódico sobre el carácter y naturaleza de los duendes y trasgos para un oído de la Edad Media, con todo lo que de su sensación de terror ha podido quitar el tiempo transcurrido. Esa frase o motivo repite cuando Fafner mata a Fasolt y en todas las ocasiones posteriores en que el anillo acarrea la muerte de su poseedor. Esta circunstancia basta y sobra para justificar el título de sensacional que se le aplica a esa obra escénica. Descender de ese plano es superfluo y propicio a las confusiones. Como el camino de ruinas que van dejando los ricos no necesita explicación alguna, ni es necesario investir a Alberico en tal circunstancia con un poder providencial para que se cumplan sus maldiciones.


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