V EL SACRO CATINO DE GÉNOVA (continuación)

In Cristo re, o Genova t'invoco
avvampá, odo il tuo Cintraco, e fiel caldo
vento, gridarti eche tu guardi il fuoco.
Ecco il vaso di vita, ecco il Catino
ove Gesú fiel vespro pasquale
ai dodici versó l'ultimo vino.
E lor disse « quest' é il mío sangue ; il quale
e il sangue del nostro patto ed é sparsó
per mopti". E s'insidiava sopra il maleo
Quando chiamó «Eloi» dal cor riarso
nell'ora nona, un uom d' Arimatea
venne; e in quel vaso accolse il sangue sparso.
Quindi per alta grazia un'assemblea
di puri, s'ebbe lo smeraldo sculto
in custodia; e di loro il mondo ardea.
L'anima era visible; la croce
era senz'ombra; il pianto era rugiada;
il silenzio era un'inno senza voceo
O mistero del sangue!

Así canta la gloria del Graal de los genoveses el divo Gabriel D' Annunzio, el más moderno y mundano entre los grandes poetas de Italia contemporánea; lo que prueba que la creencia en la veracidad de la primitiva leyenda del "Sacro Catino di Smeraldo" sigue aún fecundando el espíritu de los trovadores de nuestra época, como ya alimentó la fantasía de los de la Edad media.

En gracia a la belleza de las rimas que hemos extractado de la inspiradísima "Canzone del Sangue" del insigne poeta, bien podemos perdonarle que haya querido mantener el error de hacer creer que el Sacro Catino pudo servir a Jesús para beber el último vino.

Ya dijimos que después de la muerte del Redentor la historia de esta famosa taza de esmeralda enmudece durante más de diez siglos; si bien dícese que en los primeros tiempos de la Era naciente, destruída Jerusalén por Tito, emperador de los romanos, lleváronla a la ciudad de Cesarea, creada entonces capital de la Palestina, dando origen a graves disputas entre los iniciadores a la fe del nuevo Verbo y los que continuaban fieles a la ley mosaica, que luchaban encarnizadamente para asegurar su posesión; los unos por la codicia que inspiraba el inmenso valor supuesto de aquella piedra, y los otros por el recuerdo sagrado de la Pasión de Cristo.

Además era creencia entre los dos bandos que aquella esmeralda poseía virtudes misteriosas ultraterrenas, que irradiaban sobre sus afortunados poseedores.

Cuenta Jean Baptiste l'Eremite de Sulvius, dit Tristan chevalier dell' ordre Roy, que los genoveses, a la llamada del Papa Pascual II organizaron una cruzada santa, mandada por el famoso capitán Guillermo Embriago, gran inventor de artefactos y máquinas de guerra. En mayo del año 1101 llegaron a Jerusalén para socorrer a Balduino, que estaba cercado por los turcos, y habiendo la armada ligur vencido y ahuyentado a los infieles de los lugares santos, aquel rey dió a los genoveses, como recompensa de su victoria, todo el inmenso botín caído en manos de los vencedores y entre cuyos objetos había una taza de piedra esmeralda que la creyeron joya maravillosa no tan sólo por su inestimable valor, sino también por la leyenda harto misteriosa en que, según se decía, iba envuelta, expresión de los deseos populares que el cielo sancionó, revelados por un ángel a un santo ermitaño alistado entre los cruzados, quien, afirmaba que la taza de esmeralda ganada a los turcos era la misma que la reina Saba donó a Salomón cuando de luengas tierras fué a rendirle homenaje, deseando aprender de él la verdadera sabiduría para regir los destinos de su nación; añadía el ermitaño que el ángel revelador le dijo también que la famosa taza sirvió a Jesús en su última cena.

Los genoveses la llamaron Catino, que significa Plato del rey, cuya forma es hexágona porque tiene seis caras y seis cantos.

Su medida es la de un gomar hebraico, capaz de contener el maná para alimento de un hombre durante un día.

Trevaux, en su Diccionario, hablando del Santo Graal de los genoveses, dice que a más del nombre Sagradale se le llamó también Gratiale, palabras etimológicas de "Sangre real" o "Royal", "Sang agreable", a causa del misterio de la Redención.

El culto que los genoveses le prestaron fue inmensa durante muchos siglos, y sobre él se escribieron leyendas portentosas, libros de caballería que nos hablan de los templarios de la corte del rey Artus y de la tabla redonda, relacionada con la historia del Parsifal en busca del Graal.

La fama de poseer una esmeralda tan portentosa y llena de supuestas virtudes atrajo a Génova inmensidad de creyentes de todas partes de la tierra.

A Petrarca le inspiraba tal fe y devoción la sacra reliquia, que en su "Itinerario Siriaco" dice al viandante:
Ne pria di salpare di Genova, obblierai di ammirare il
Catino di smeraldo, prezioso vaso, ed insigne, usato dal
Salvatore nella sua ultima cena; monumento di per se memorabile.

En 1507 fue visitado por el rey Fernando el Católico y San Vicente Ferrer, hijo de Valencia, predicando en la ciudad de Génova, decía a los ligures que Dios les había enriquecido donándoles el más grande de los tesoros, la taza de esmeralda, única en el mundo, cuyo valor era mayor que el de un reino.

Pero vemos ya en aquel entonces el primer cronista historiador de las cruzadas, Guillermo de Tyro, burlarse de la credulidad de los genoveses, y tantas dudas infundieron sus escritos sobre si era o no un vaso de piedra tan preciada, que cuando en la gran solemnidad del año se exponía el Sacro Catino a la adoración de los fieles, todos querían acercarse a él para comprobar su autenticidad, y los abusos llegaron a tanto, que la Serenísima estimó necesario decretar la prohibición de tocar la sacra reliquia ni tentar pruebas con piedras de fuego, oro, plata, coral, diamante y de hierro, que por la incredulidad de las gentes se daban a ello con gran violencia.

Dice el decreto: "Para salud de la República, a fin de evitar que caiga en descrédito y deshonra, como sería exponer el Sacro Catino a ser robado o a probables roturas, queda prohibido acercarse a él, tocarlo o faltar a su veneración, bajo pena de cien ducados de oro hasta mil; demás, el transgresor sufrirá penas corporales hasta el último suplicio, según el daño que hiciere".

Fabricaron luego un sagrario en los mismos muros del templo, armado de puertas de hierro, con nueve cerraduras distintas, e instituyeron la congregación de los llaveros, que eran nueve varones escogidos entre los diferentes grupos que constituyen la gran familia de una ciudad.

Cada año; en el día de la conmemoración, estando presentes todos los cofrades, cada uno con su llave, abrían el sagrario, y el obispo o primer canónigo, únicos que podían tocar la sagrada reliquia, mostrábanla a la veneración de los fieles desde un púlpito muy elevado adonde nadie podía llegar ni acercarse.

Tan ciegamente creyeron algunos en el inmenso valor de la esmeralda portentosa, que en tiempos de calamidades se pignoraba secretamente para allegar recursos según la necesidad imperiosa que el momento demandaba.

Un acto público estipulado en 16 de octubre de 1218 dice: que durante la guerra civil entre güelfos y gibelinos fue empeñada por 9.500 libras de oro, que en aquellos tiempos representaba una suma fabulosa, con juramento, sin embargo, de que la maravillosa piedra no podía salir de su sagrario, por "temor a una grave revuelta popular.

En el curso de los tiempos, y especialmente en el siglo XVIII, fue varias veces hipotecada por los hebreos, que prestaban dinero a la ciudad, hasta que Génova cayó en poder de Napoleón, "l''immortel voleur", que creyendo él también que el Sacro catino era una colosal esmeralda despojó a los genoveses de la venerada reliquia para ser llevada a enriquecer el tesoro de Francia, que en sus razzias por el mundo iba acumulando.

La desgracia quiso que durante aquel viaje, sea por maldad, sea por descuido, se rompiera en varios trozos; sabedor de ello Napoleón, llamó a los hombres más eminentes del Instituto de Francia, peritos en la materia, para que examinaran aquéllos. Del análisis que hicieron i oh desencanto¡ vinieron a la conclusión de que el Sacro Catino, creído de piedra esmeralda, era sólo de vidrio colorado.

Se unieron los trozos y restaurado por un artista célebre, que añadió adornos de oro para sostenerlo, fué restituído, a petición de la ciudad de Génova, al tesoro de aquella Basílica de San Lorenzo, en donde se conserva como reliquia de interés puramente histórico.

Tal es la principal y más interesante leyenda del Graal de los genoveses.


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