IV EL SACRO CATINO DE GÉNOVA

En vísperas de expirar el plazo fatal en que el Divino Parsifal pasará a viva fuerza los umbrales del Santuario Bühnenfestipielhaus de Bayreuth, no pocos han vuelto a remover documentos empolvados, relegados al olvido desde tiempo lejano, y en modo especial se han impuesto esta tarea indagatoria allá donde se vanaglorian de poseer algún recuerdo del cual la tradición popular cuenta hechos singulares que con el nombre del Graal dieron origen a infinidad de leyendas fantásticas de las que dimanan las primitivas historias del Parsifal:
Así, entre otras, la ciudad de Génova contiende el privilegio de poseer el Graal de la tradición, bajo el nombre del "Sacro Catino de piedra esmeralda", especie de vaso de dimensiones irregulares, y que, según leemos en las crónicas de aquella ciudad, fué creencia antiquísima que era obra prodigiosa, labrada con el diamante por algún artista insigne.

Fué llamado en otros tiempos Sagradale, derivación seguramente de la palabra San Graal, y del que se cuenta sirvió a Jesús en su última cena.

Añaden que Nicodemus, príncipe ilustre de los fariseos y discípulo oculto del Redentor, recogió en aquel vaso sagrado la preciosa sangre que, agonizando en la cruz, manaba de sus heridas; creencia que ofrece toda suerte de dudas y que ni aun los más fervientes sostenedores de ella pueden explicar cómo pudo serle posible al oculto discípulo llegarse a la cruz, sin llamar la atención, y acercarse a ella con el famoso Catino de esmeralda, que por la descripción que de él se hace vemos tiene una circunferencia de cinco palmos menos una onza genovesa, que en la medida de hoyes exactamente un metro y veinte centímetros. Además, hay que tener en cuenta la dificultad de aquel momento trágico, en que los creyentes en el Divino Maestro, y aun los mismos apóstoles, huían llenos de terror; alguno de ellos hasta llegó a negarlo ante el temor de ser envuelto en aquella orgía de odio contra el Nazareno.

Sin ninguna malquerencia contra la fe de los genoveses, por esta y otras razones que ya se verán en el curso de nuestra narración, hemos de convenir en que mucho más verosímil se nos presenta la leyenda de nuestro Santo Graal que posee la ciudad de Valencia y sobre la cual hemos discurrido largamente en el capítulo que precede; leyenda cuyo factor principal es José de Arimatea, ya que de él arranca; y aun la recogida de la sangre con el cáliz en que bebió el Señor en la última cena, que se le atribuye, aparece más lógica y más convincente, puesto que, por ser el de Arimatea varón de elevada estirpe y de gran influencia, pudo lograr de Poncio Pilatos la cesión del cuerpo del Gran Mártir para poder darle digna sepultura, cosa jamás permitida con los infelices condenados al suplicio de la cruz, que eran echados a la Cloaca Máxima como única tumba, mezclados con los detritus inmundos de aquella inmensa urbe de Jerusalén, que entonces contaba tres millones de habitantes.

Sin embargo, el Graal de los genoveses, llamado el Sacro Catino de esmeralda, va rodeado de tal aureola de gloria que hace su historia sobradamente interesante. Cuéntanos fray Cayetano de Santa Teresa en su libro dedicado al dux Girolamo Veneroso de la Serenísima República, que estando Salomón edificando el gran templo, mandó magnates de su corte a varios lugares de la tierra en busca de los más preciados tesoros con que poder ornar la que quería fuera digna morada del Dios de Israel.

Los ecos del anhelado deseo del gran rey llegaron hasta Arabia, y la reina de aquellos lugares, Saba la bella, célebre por el fausto y riqueza de su corte, decidió armar sus naves, llenarlas de oro y piedras preciosas e irse con ellas a ofrecerlas a Salomón, de quien quería aprender la verdadera ciencia, y además deseaba conquistar su corazón.

Ya en viaje la bella reina, hizo escala en la ciudad de Tiro, en donde adquirió nuevas riquezas, y Herodoto, en su historia, afirma que vió por sus propios ojos el famoso Catino de esmeralda en el templo de Hércules, que Saba, prendada de aquella joya sin igual, quiso llevarse a Jerusalén para hacer más estimable el caudal de sus presentes. Dícese que Salomón, extasiado ante la maravillosa piedra, conoció por su ciencia que era obra de un milagro.

En la gran solemnidad de la Pascua se servía de ella para poner la sangre del cordero simbólico, sangre que luego esparcía, según el rito, en el umbral de la puerta con un ramo de hisopo y lana encarnada en memoria de la inmunidad de que gozó cuando la justicia divina mandó al ángel exterminador sobre los enemigos de Israel.

Destruido el templo, salvóse el Sacro Catino y-fué celosamente custodiado por un descendiente de real prosapia, que en tiempo de Jesús era favorito del tetrarca de Galilea, senador de Jerusalén, doctor en leyes y creyente de la nueva fe. Por tal razón, queriendo el Redentor dar toda la solemnidad requerida a la celebración de su última Pascua y no teniendo casa ni hogar a propósito, aceptó la de aquel ilustre discípulo, quien puso a disposición del Divino Huésped todo cuanto de más valor poseía, entre cuyos objetos había el Sacro Catino de esmeralda y el cáliz de piedra ágata que posee hoy Valencia.

Podría parecer extraño que el Hombre Dios, ejemplo de humildad y modestia, aceptara ir a la casa de un grande para celebrar aquella que podemos llamar mística cena, pero hay que saber que la Pascua hebraica, según la ley, era como un banquete solemne espiritual, que tanto los poderosos como los humildes de condición celebraban de igual manera. No podían llevarse a la mesa, como en otras fiestas, confusión de viandas gustosas, y sólo se comía una pequeña parte del Cordero Pascual, cocido cortado y distribuido según el rito. Luego, un condimento de hierbas de achicoria y lechugas agrestes (especie de gazpacho), y además el pan ázimo, que el padre de familia debía romper con los dedos y en tantos trozos cuantos eran los comensales. Hecha esta ceremonia, bendecía a los presentes, diciendo: "Este es el pan de amargura que comieron nuestros padres en la tierra de Egipto; el que tenga hambre, acérquese a mí y coma la Pascua"

Al finalizar, tomaba el cáliz lleno de vino, bebía un sorbo y pasándolo de uno a otro, bendecía nuevamente, augurando días de ventura para los hijos de Israel con la venida del esperado Mesías; exhortábales a vivir unidos con aquella unión que hace de dos amantes una carne y un espíritu.

Dice Francisco Ronco, lib. 2, cap. 4 de "Gemmis", ponderando el incalculable valor del Sacro Catino, "el Graal de los genoveses", que el Redentor quiso bendecir el pan de la Eucaristía en aquel vaso de esmeralda para significar la pureza inmaculada de su doctrina, de la que es símbolo aquella piedra. Otro historiador, el beato Alberto Magno, afirmándose en esta suposición, refiere que un rey de Hungría celebró matrimonio con una gran princesa; llegada la noche, y al acercarse a la reina, su esposa, sintióse un estrépido formidable que llenó de espanto a los cónyuges. Era la esmeralda que la reina llevaba en el dedo, que se había roto en infinidad de partículas.

Examinada la causa, se descubrió que la esmeralda es amiga de la virginidad y enemiga de la lujuria. En otros tiempos se creyó que dicha piedra tenia la virtud, de atemperar los ardores de la concupiscencia y de influir en el amor honesto.

Los astrónomos gentiles dedicaron esta preciosa piedra a la Venus Celeste, a fin de obtener del cielo el influjo benigno y el don de la continencia. Quizás influido por tales fantásticas virtudes, Wolfram Eschembach se inspiró en unas de ellas para sus admirables invenciones poéticas relacionadas con el Graal.

Estas y otras cosas nos cuentan los cronistas genoveses para evidenciar el tesoro incomparable que representa su reliquia; ya veremos en su día con qué fundamento.

Por ahora haremos notar que, después de la muerte de Jesús, la historia del Sacro Catino enmudece durante más de diez siglos; se supone, sin que haya nada que lo justifique, que en este tiempo estuvo en poder de los apóstoles, luego de los cristianos que huían del imperio romano de los griegos mal nacidos de Tierra Santa, y que cayó en manos de los persas, sarracenos y turcos; de donde fue rescatada por los genoveses en el año 1101.


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