Wagneriana, nº1. 1977
Apéndice a «Religión y arte»: «¿A qué contribuye este conocimiento?» y «Conócete a ti mismo»
Por Richard Wagner

 

Religión y arte | Apéndice a «Religión y arte»: «¿A qué contribuye este conocimiento?» y «Conócete a ti mismo» ]

 

¿A qué contribuye este conocimiento?

Si preguntáis para qué puede servir el conocimiento de la decadencia del hombre, dado que todos nos hemos convertido, en virtud de este desarrollo histórico, en lo que somos, se podría en primer lugar con una cierta y reservada distancia rebatir: preguntádselo a los que hicieron, en los más diversos tiempos, verdadera y completamente propio tal conocimiento, y aprended de ellos a compenetrarse con uno mismo. Esto no es nuevo; porque todo gran espíritu ha sido en realidad únicamente guiado por él; interrogad a los grandes poetas de todos los tiempos; interrogad a los auténticos fundadores de las verdaderas religiones. De buena gana, quisiéramos también dirigirnos a los poderosos jefes de estado, si pudiesen darnos garantías de estar verdadera y completamente en posesión de tal conocimiento, lo que es imposible, por la sencilla razón de que los asuntos de que debieron ocuparse les obligaron siempre a situaciones y experiencias de hecho, sin que les fuese concedido dirigir una mirada libre por encima de tales elementos puramente empíricos y sobre sus razones originarias. Precisamente, el jefe de estado es, por contra, aquel que, señalando sus errores, se puede demostrar de modo claro que quiere decir el no haber llegado a aquél conocimiento.

Incluso un Marco Aurelio consiguió sólo llegar a la noción de la nulidad del mundo, pero no a admitir su propia y real decadencia de su mundo, que es otra cosa, y mucho menos llegar a la razón de tal decadencia; sobre esta noción se fundó siempre la concepción pesimista del mundo; la misma concepción, si bien con un cierto criterio de comodidad, por la que se dejan guiar gustosos los hombres de estado y los soberanos déspotas: un conocimiento completo, y de gran amplitud de la razón de nuestra decadencia conduciría a la posibilidad de una completa regeneración, pero esto precisamente dice bien poco de los hombres de estado, dado que un conocimiento tal va más allá del terreno de su violenta pero siempre estéril actividad.

Para darnos, por consiguiente, cuenta de a quien no hay que interrogar para obtener claridad a propósito del conocimiento del mundo, será suficiente considerar las líneas generales de la llamada situación política actual. Se percibirá en seguida el carácter de la misma, echando mano al primer periódico que se nos ponga al alcance, y releyéndolo con el ánimo orientado como si las cosas que en él están impresas no nos interesasen personalmente: no encontraremos sino obligaciones sin bienes, voluntad sin representación, con desmedidas exigencias de poder, que incluso el poderoso dice no poseer, sino que exige un poder aún mayor. Lo qué se quiere hacer con todo este poder, sería vano preguntárselo. Nos viene siempre a la mente la figura de Robespierre, quien, después de que la guillotina le hubo quitado de en medio todos los obstáculos que se oponían a sus ideas precursoras de felicidad, no supo ya qué hacer, e intentó salir de apuros con vagas recomendaciones de virtud, del tipo de aquellas que se obtienen mucho más simplemente en una logia masónica. Pero, a lo que parece, hoy, todos los dirigentes de estado tratan de obtener el resultado de Robespierre.

Aún, en el siglo pasado, ésto era menos evidente, pues entonces se combatía abiertamente por los intereses de las dinastías, bajo la esmerada vigilancia de los jesuitas, que, desgraciadamente, incluso últimamente, han conducido a la ruina al último monarca de los franceses. Este creía, para seguridad de su dinastía, y en interés de la civilización, frustrar a Rusia sus propósitos; pero en vista de que Prusia no le ha dejado actuar, ha surgido una guerra por la unidad germánica. La unidad germánica ha sido lograda y firmada contractualmente: lo qué quiera significar sería, sin embargo, difícil decirlo. Naturalmente terminaremos por comprenderlo apenas hallamos alcanzado una mayor potencia. La unidad germánica tiene, efectivamente, el deber de mostrar los dientes a todos, aún cuando nada haya que masticar. Parece encontrarse frente a Robespierre, en medio del Comité de Salud Pública, con un serio semblante encaminado, con su orgullosa soledad, a procurarse los medios para ampliar su poder. Prestamos, con todo, gustosos, fe a sus aseveraciones acerca de su amor por la paz; lo triste es, desgraciadamente, que la paz no se puede obtener sino por la guerra, y si bien nosotros no hemos renunciado a la esperanza de ver alguna vez realizada una auténtica paz por medios pacíficos, el poderoso hombre político, que ha destruido al último obstaculizador de la paz, habría podido intuir que, a la guerra, malvada y horrenda, que fue desencadenada, habría debido seguir un otro tipo de paz, distinto del pacto Frankfurt am Main, el cual no hace sino preparar los elementos de una nueva guerra. Un conocimiento de las necesidades y posibilidades de una propia y auténtica regeneración del género humano, víctima de la civilización de la guerra, habría podido inducir a extender un tratado de paz, en virtud del cual, la paz mundial hubiese sido realmente algo positivo: no tratar de conquistar fortalezas sino de derribarlas por los suelos, ni de echar mano a garantías como prenda de una futura seguridad en caso de guerra: Solo de habló de derechos históricos contra pretensiones asimismo históricas, todas fundadas, mesuradas y modeladas sobre el derecho de conquista. Hay que reconocer precisamente que el hombre de estado no puede ver, con su mejor voluntad, nada más de lo que se ha visto en este caso. Todos elaboran fantasías de paz mundial; también Napoleón III pensaba en ello, sólo que debía arreglar las cuentas con Francia: que los poderosos no saben conseguir la paz, sino protegida por una enorme cantidad de cañones.

De cualquier modo, aun cuando nuestro conocimiento debiese parecer inútil, no hay- duda de que el que tienen del mundo los grandes hombres de estado es, sin más, fuente de desdichas.

He constatado, desde hace tiempo, que mis observaciones sobre la decadencia del arte no han encontrado mucha oposición, mientras mis ideas en tomo a una regeneración del mismo han suscitado, por el contrario, violentas discusiones. Dejando aparte, sin embargo, a los optimistas y esperanzados pupilos de Abraham, podemos también pensar que la concepción de la decadencia del mundo, de la degeneración y maldad de los hombres en general, no despertara demasiados resentimientos: todos saben que piensan los unos de los otros; y la misma ciencia no recapacita en ello, porque ha aprendido a arreglar cuentas con el "constante progreso". Pero, ¿la religión? La indignación de Lutero estalló por las sacrílegas indulgencias de la Iglesia romana que, como es sabido, se podían ganar en anticipo de los pecados venideros: sólo que su celo llegó demasiado tarde; el mundo aprendió bien pronto a subestimar el pecado y ahora se espera la redención de los males en base a la física y la química.

Digámoslo francamente: no es difícil conseguir que el mundo reconozca el beneficio de nuestro conocimiento, incluso si está perfectamente convencido de la inutilidad del común conocimiento del mundo. No nos dejemos, sin embargo, desviar por ésto del indagar más de cerca la sustancia de aquel beneficio. A tal fin no nos dirigiremos a las masas obtusas, sino a los espíritus mejores, a través de cuya oscuridad, en la que están todos envueltos, no pasa desgraciadamente aún para las masas el rayo liberador del conocimiento verdadero. Tal falta de claridad, aún en estos mejores espíritus, es tan grande, que es realmente sorprendente ver cómo las mismas mentes más altas de todo tiempo han estado confundidas e inducidas a juicios superficiales. Piénsese, por ejemplo, en Goethe, que afirmaba que Cristo era una figura problemática, y el buen Dios estaba ya completamente pasado de moda, reservándose no obstante el derecho de reencontrarle a su modo en la naturaleza; lo que acabó por conducir a toda clase de intentos de experimentos físicos, cuya práctica continua ha arrastrado a la inteligencia actual a la conclusión de que no hay ningún Dios, sino sólo "materia y energía". Debía corresponder a un gran espíritu - ¡pero qué tarde!- la misión de dar luz en la confusión más que milenaria por la cual el concepto hebraico de Dios había alcanzado a todo el mundo cristiano: y no hay duda de que sólo gracias al iluminado continuador de Kant, Arthur Schopenhauer, el inquieto pensamiento ha podido al fin poner pie sobre el terreno de un propia y auténtica ética.

Quien quiera hacerse una idea de la confusión del pensamiento moderno, y de en qué medida el intelecto de nuestro tiempo está paralizado, considere tan sólo las singulares dificultades que encuentra la comprensión del más claro de todos los sistemas filosóficos, es decir, el de Schopenhauer. La razón de ello resulta evidente apenas se reflexione que la verdadera comprensión de esta filosofía incita a una transformación radical de nuestro tradicional modo de ver las cosas, no distinta de la que se produjo cuando los paganos abrazaron el cristianismo. Y aún es espantosamente deplorable - que los resultados de una filosofía que se funda en una ética perfecta, sean considerados de naturaleza pesimista; de lo que se deduce que aspiramos en realidad a ser optimistas sin una verdadera eticidad. El hecho de que la despiadada renuncia de Schopenahuer al mundo, tal y como se nos muestra únicamente en su aspecto histórico, tenga su razón en la maldad de los corazones, asusta solamente a los que no se toman la molestia de aprender precisamente los únicos caminos que Schopenhauer señala para llegar la transformación de la desviada virtud mundana. Estos caminos, que verdaderamente pueden conducir a una esperanza, están sin embargo indicados con gran claridad y precisión por nuestro filósofo, en un sentido que corresponde al de la más sublime de las religiones; y no es culpa suya el que la preocupación de trazar una exacta representación del mundo, que sólo él consiguió percibir ocupe de modo tan exclusivo su mente, que lo induzca a dejarnos después a nosotros la tarea de indagar más de cerca y seguir aquellos senderos que, por otra parte no se pueden recorrer sino con nuestros propios pies.

En este sentido, y como encaminamiento a un recorrido autónomo de los senderos de la verdadera esperanza, no se puede menos que, según la situación de nuestra educación actual, recomendar fundamentalmente colocar la filosofía de Schopenhauer en la base de todo paso ulterior de nuestra cultura espiritual y moral; y no tendremos que pensar ya en otra cosa. Si tuviésemos éxito en esto, las ventajas de una benéfica y real regeneración serían incalculables considerando a qué deficiencias morales y espirituales nos ha conducido la carencia de un verdadero conocimiento fundamental de la esencia del mundo.

Los papas sabían muy bien lo que hacían cuando sustraían al pueblo la Biblia, ya que el Viejo Testamento, en concreto, unido a los Evangelios, podía llegar a desviar el puro pensamiento cristiano, hasta el punto de hacer posible la justificación de toda violencia e insensatez, por lo que el empleo de tales instrumentos pareció sabio reservarlo a la Iglesia, que no dejarlo al dominio del pueblo. Hay que considerar precisamente como una particular desgracia el hecho de que Lutero no haya tenido, contra la degeneración de la Iglesia romana, ninguna otra arma de autoridad a su disposición que precisamente la Biblia, de la que no pudo omitir ni una línea, porque de otro modo se le habría escapado de las manos su misma arma. Esta le sirvió para recopilar un catecismo destinado a la masa popular, que había quedado sin guía; con que desesperación, no obstante, se aprestó a ello, se puede intuir de la conmovedora introducción que precede a aquel pequeño libro. ¡Escuchamos y entendemos el sentido del grito de dolor y de compasión que se elevó del pecho del reformador con el apresuramiento de quien está salvando a un ahogado, cuando, en el momento del mayor peligro, echó una mano a su pueblo ofreciéndole el alimento espiritual y la vestimenta que encontró disponible! Entonces encontraremos también el valor de sustituir en adelante aquel alimento, hoy ya inadecuado, por algo más sólido, para encontrar el camino de salida, recordemos las bellas palabras escritas por Schiller en una de sus cartas a Goethe:"El verdadero carácter del cristianismo, que los distingue de todas las religiones monoteistas, no consiste en otra cosa que en la suspensión de la ley, del imperativo kantiano, cuyo puesto es sustituido por la libre elección; es, pues, en su forma pura, expresión de una noble eticidad y de la humanización de lo sacro, y en este sentido, la única religión verdaderamente estética". Si de lo alto de este concepto echamos una mirada a los diez mandamientos de la ley mosaica, a los que también Lutero creyó que debía obligarse a un pueblo completamente embrutecido espiritual y moralmente por la señoría de la Iglesia romana y del brazo secular germánico, no encontramos en ellos nada de verdaderamente cristiano; mirando bien en el fondo, son moralmente prohibiciones, a las cuales sólo las explicaciones y comentarios de Lutero confieren el carácter de mandamientos. No nos corresponde aquí a nosotros la tarea de hacer una crítica de los mismos, ya que acabaríamos sólo en nuestra legislación penal y de policía, a la cual aquellos mandamientos han pasado en herencia con finalidad de bienestar burgués; se llega, incluso, al castigo del ateismo, con un cierto respeto humano para "los otros dioses junto a mí".

Dejemos, pues, estos mandamientos, por demás bien custodiados, fuera de discusión, y miremos al mandamiento cristiano - suponiendo que se pueda hablar aún de mandamiento- en el panorama de las tres llamadas virtudes teológicas. Estas son, generalmente, citadas en un orden que no nos parece del todo idóneo a fin de expresar el verdadero sentido cristiano, que nos parece mejor precisado diciendo "amor, fe y esperanza" antes que "fe, amor y esperanza". Hacer de esta redentora y serenadora trinidad un complejo de virtudes por antonomasia, y prescribir su ejercicio como mandamientos puede parecer lógico, dado que son consideradas como dones de la gracia. Qué frutos produce en quienes se compenetran con ellas podemos intuirlo rápidamente, si primero nos ponemos a considerar bien qué extraordinaria exigencia implica para el hombre natural el mandamiento del “amor" en el sublime sentido cristiano. ¿Por qué naufraga toda nuestra civilización sino por falta de amor? .

Los jóvenes a quienes se les va descubriendo con creciente claridad el mundo actual ¿cómo puede amarlo, sino se les recomienda más que prudencia y recelo en los contactos con el mismo?. Podría existir sólo un camino en la dirección exacta: ni más ni menos que el de entender la aridez del mundo bajo la forma del dolor: la compasión que surgiría de ello nos daría la fuerza necesaria para sustraernos a las causas del mismo, esto es, al deseo de las pasiones, calmando el dolor de los otros. ¿Pero cómo despertar en el hombre natural el conocimiento necesario, dado que es precisamente el prójimo el elemento más incomprensible del mundo? Es imposible despertar en este sentido un conocimiento únicamente mediante mandamientos; sólo puede ser suscitado mediante un justo encaminamiento a la comprensión del origen natural de todo lo que vive. Lo único que, en nuestra opinión, puede conducir del modo más seguro, o mejor dicho, del único modo seguro, a una comprensión verdadera, es la doctrina de Schopenhauer, cuyo resultado final, para vergüenza de todos los sistemas filosóficos precedentes, es el reconocimiento del significado moral del mundo, resultante, en la cima del conocimiento, de la propia ética de Schopenhauer. Sólo el amor que surge de la compasión, hasta la total anulación del egoísmo es el amor cristiano que redime: en él están comprendidas automáticamente, también, la fe y la esperanza, la fe como conocimiento infalible, confirmada por la norma divina, de ese significado moral del mundo; la esperanza, como el saber beatificante de la imposibilidad de un engaño de aquel conocimiento.

¿De dónde podremos sacar una indicación más clara que dirigir al ánimo angustiado por el engaño de la apariencia material del mundo, sino de nuestro filósofo, cuya palabra, en nuestra opinión, puede ser comprendida incluso por el intelecto del hombre más en ayunas de ciencia? En tal sentido, se podría intentar un compendio para uso popular de la excelente disertación titulada: "Especulación trascendente a la aparente determinación en el destino del individuo"; ¡Qué fácil sería entonces entender en su verdadero significado esa "Providencia Eterna" de la que tanto uso se hace en el habla vulgar, con el resultado que el contrasentido contenido en su expresión literal acaba por inducir al que desespera al más craso ateísmo!. Los que se dejan intimidar por la arrogancia de nuestros físicos y químicos, y temen parecer deficientes, al costarles aceptar la explicación del mundo en base al dogma de la "materia y energía", harían bien en dirigirse a nuestro filósofo, con lo que, en nuestro parecer, advertiría pronto qué clase de grosería se halla bajo los esquemas de los "átomos" y de las "moléculas". Por otra parte, ¡qué enorme ganancia obtendrían, por un lado, los que están asustados ante las amenazas de la Iglesia, por otro, los que se ven ya inducidos a la desesperación a causa de las afirmaciones de nuestro físicos, una vez que la noble estructura de la trinidad "del amor, de la fe, y de la esperanza" uniesen un claro conocimiento de la idealidad del mundo, determinada por las leyes del espacio y el tiempo, que son las únicas cosas que están en la base de nuestra percepción Con esto, terminarían de parecer dignas sólo de serena sonrisa las preguntas que suele hacerse al espíritu íntimo del hombre en tomo al "dónde" y "cuándo" del "otro mundo". Porque si hay una respuesta a estos problemas tan importantes, sin duda nos la ha dado nuestro filósofo, con insuperable precisión y belleza, cuando ha definido así la idealidad del tiempo y del espacio: "Paz, calma y serenidad, hay sólo allí donde no existen ya ni un dónde ni un cuándo".

El pueblo, del cual por desgracia, estamos temerosamente alejados, pretende una representación sensible y realista de la eternidad divina en sentido afirmativo, que puede serle proporcionada, por la propia teología, sólo en el sentido negativo de la "extemporaneidad". Incluso la religión sólo ha conseguido satisfacer esta necesidad mediante mitos e imágenes alegóricas, de donde después derivó la Iglesia su construcción dogmática, la cual está ya en ruinas. Cómo, sin embargo, sus piedras dispersas han servido de base a un nuevo arte, que el mundo antiguo no había conocido jamás, es lo que he intentado demostrar en mi artículo precedente sobre "Religión y Arte". Qué significado, con todo, podría adquirir este mismo, arte incluso para el "pueblo", una vez liberado de las exigencias inmorales que le abruman es algo que debemos considerar seriamente. A este fin, podría de nuevo orientamos nuestro filósofo, abriendo un horizonte enormemente rico de promesas, una vez que nos tomemos la molestia de profundizar en el contenido de la profunda observación debida a su pluma: "La perfecta satisfacción, la condición verdaderamente deseable de la existencia, se nos manifiesta sólo bajo la forma de imagen, es decir, en la obra de arte, en la poesía, en la música. Parece casi que todo esté realmente presente en algún mundo ideal". Lo que en el contexto de un discurso estrictamente filosófico, parece casi dicho como diversión, puede servir muy bien como punto de partida de serias deducciones ulteriores. El símbolo de Ia obra de arte puede, con el arrobamiento que provoca sobre el espíritu, conducimos al claro reencuentro de aquel arquetipo, cuyo "lugar" puede aparecer únicamente a nuestra interioridad, repleta, más allá de todo tiempo y espacio, de amor, de fe y esperanza.

Pero la más grandes de las artes no puede encontrar la energía necesaria para una tal revelación, si le falta el fundamento del símbolo religioso, es decir, la imagen de un orden moral del mundo, mediante el que el pueblo puede llegar a comprenderla: extrayendo de la misma vida los símbolos de lo divino, sólo la obra de arte puede conducirlo cerca de la vida, incitándolo a la paz y a la liberación del mundo.

Con esto podremos considerar definido un campo de indagaciones cuyos límites no son fáciles de percibir, por su misma lejanía de la vida común, pero cuya búsqueda es, sin embargo, extremadamente importante. Que para esto no puede servir de guía el hombre político creemos haberlo expuesto claramente, y es por ello importante mantenemos lejos del terreno político, el cual no puede dar ningún fruto a nuestras indagaciones. Por el contrario, debemos acercamos a todo sector humano que pueda conducirnos a la conformación de un verdadera eticidad. Nada más puede animarnos sino el ganar compañeros y colaboradores. Ya tenemos muchos; así, por ejemplo, nuestra participación en el movimiento contra la vivisección nos ha hecho conocer espíritus afines en el campo de la fisiología, que con sus conocimientos especializados han estado a nuestro lado en la lucha contra la malvada ceremonia de esos malhechores autorizados por la ciencia, si bien - ¡Como no podía ser de otro modo!- sin resultado práctico por ahora. Las asociaciones, a las cuales parece casi naturalmente restituida la actuación práctica de nuestras ideas, las hemos nombrado ya otras veces, y ahora no nos queda sino desear ver venir a nosotros a colaboradores capaces de encontrar sus particulares intereses en otro más grande, que puede expresarse poco más o menos de este modo: reconocemos el principio de la decadencia de la humanidad histórica y la necesidad de una regeneración; creemos en la posibilidad de esta regeneración y nos dedicamos a su pomoción en todos los sentidos.

Es dudoso si la colaboración de un tal asociación podrá extenderse mucho más allá de los fines próximos de las comunicaciones a un patronato de festivales teatrales. Sin embargo, queremos esperar que los honorables miembros de este patronato dediquen, de ahora en adelante, y de buena gana, su atención a estos temas. Por lo que respecta al autor de las presentes líneas, él, de cualquier modo que sea, declara que de ahora en adelante no se ocupará más de comunicaciones de tal género.

Bayreuther Blätter, diciembre de 1880

Conócete a ti mismo

El gran Kant nos ha enseñado a posponer la exigencia del conocimiento del mundo a la crítica de nuestra facultad de conocer. Y como consecuencia de esto, hemos llegado a una completa inseguridad en lo que respecta a la realidad del mundo, Schopenhauer nos ha enseñado, con una crítica de más amplia envergadura, no ya de nuestra facultad de conocer, sino de la voluntad que precede en nosotros a todo conocimiento- a sacar conclusiones más seguras en tomo al "en sí" del mundo. " ¡Conócete a ti mismo y conocerás al mundo!", exclama el Pizia; "Mira a tu alrededor; todo eso eres tú", afirma el brahmán.

Hasta qué punto se han perdido estas enseñanzas de la antiquísima sabiduría podemos verlo en el hecho de que fueron reencontradas sólo después de milenios, a través de la genial desviación que sobre Kant hizo Schopenhauer. Si dirigirnos la mirada a la actual condición de nuestra ciencia y arte de gobierno, vemos que, privadas de toda verdadera médula religiosa, se pierden solamente en bárbaras frivolidades, con las cuales, por hábito secular, aparecen casi venerables a los ojos atontados del pueblo.

¿Dónde se puede ver empleada, en los juicios del mundo, la máxima "Conócete a ti mismo"?.

No nos consta ningún acto histórico, donde se reconozca el efecto de una tal enseñanza. Y de lo que no se conoce es difícil que se acierte. ¿Quién no se percata de ello, si, por ejemplo, aplicando aquella máxima, se pone a considerar el actual problema del antisemitismo?. Quién haya dado a los hebreos ese poder que a nosotros nos parece tan nocivo que tengan entre nosotros y sobre nosotros, es un misterio que nadie intenta o parece sopesar; o bien, si incluso se hacen investigaciones, éstas se limitan a los hechos y las situaciones del último decenio, o sólo algunos años antes: pero no se percibe en parte alguna la propensión a mirar en el fondo de nosotros mismos, es decir, a someter el espíritu y la voluntad de toda nuestra cultura y civilización que por ejemplo llamamos "germánica", a una crítica precisa.

El proceso en cuestión, es, sin embargo, quizá más que cualquier otro, apto para hacer maravillas en nosotros mismos. Nos parece que en él se manifiesta el despertar de un instinto que parecía en nosotros completamente consumido. Quien, hace unos 30 años, se hubiese puesto a discutir sobre la incapacidad de los hebreos de una participación fecunda en nuestro arte, y 18 años después se hubiese sentido impelido a renovar la misma discusión (10), se habría encontrado con la mayor agitación de protesta por parte tanto de los hebreos como de los alemanes; era peligroso hasta pronunciar la palabra "judío", aunque sólo fuese en voz baja.

Lo que suscitaba entonces la más rápida oposición en el campo de la moral artística, lo vemos acaecer hoy, por completo, espontáneamente, con caracteres más toscos y populares en el terreno del comercio burgués y de la política estatal. Entre este y aquel período ha tenido lugar el reconocimiento concedido a los hebreos del derecho de considerarse en todo y para todo iguales a los alemanes; del mismo modo, poco más o menos, como los negros de Mexico fueron autorizados, por medio de un edicto, a considerarse blancos. Quien medite detenidamente sobre este suceso, no puede, con todo, aun cuando se le escape lo ridículo del asunto, no maravillarse, del modo más extraordinario, por la ligereza, o mejor la frivolidad, de nuestras autoridades gubernativas, quienes provocaron una transformación tan enorme, y de imprevisibles consecuencias, de nuestra estructura nacional, sin el más mínimo sentido de lo que hacían.

La fórmula inventada fue la "igualdad de todos los ciudadanos alemanes sin consideración de la diversidad de confesión". ¿Cómo es posible que en tiempo alguno haya habido alemanes que hayan creído reducir todo lo que mantiene a los hebreos a una enorme distancia de nosotros, bajo el concepto de "confesión" religiosa, si ya en la historia germánica se produjeron divisiones de la Iglesia cristiana, que condujeron a un reconocimiento jurídico público de confesiones diversas? Como fuere, podemos reconocer, en esta forma tan pésimamente usada, uno de los puntos aptos para esclarecer los que parecen oscuros, apenas intentemos obedecer de veras el imperativo "Conócete a ti mismo". A este respecto recordamos la experiencia, hecha reciente y personalmente por nosotros, de como nuestras religiones se paran de repente en sus objeciones contra los judíos, apenas se toque la sustancia del hebraísmo y se someten, por ejemplo, a la crítica de los patriarcas santos, particularmente el gran Abraham, querellándose con los textos genuinos de los libros mosaicos. Parece inmediatamente que se vea disminuido el terreno sobre el que se asienta la Iglesia cristiana, es decir, la religión “positiva"; y he aquí que aparece el reconocimiento de una "confesión mosaica", con el derecho reconocido al creyente en ella de colocarse en nuestro mismo terreno, a discutir, en todo caso, la posibilidad de admitir una renovada renovación por parte de Jesucristo, cuando los judíos, aun según la opinión del ex-premier inglés, lo consideran sólo como uno de. tantos de sus pequeños profetas, de los que nosotros hemos hecho demasiado caso. Y será ciertamente difícil, precisamente en virtud del carácter asumido por el mundo cristiano y del fundamento cultural a él ofrecido por una Iglesia tan rápidamente degenerada, demostrar la excelencia de la revelación de Jesús frente a la de Abraham y de Moises: las estirpes hebraicas han permanecido en realidad, a pesar de toda la diáspora, hasta el día de hoy, unidas con las leyes mosaicas, mientras nuestra cultura y civilización están en la más estrepitosa contradicción con la doctrina de Cristo y he aquí que, como resultado de esta cultura, aparece clara a los judíos, que saben hacer bien sus cálculos, la necesidad de hacer guerras, así como la de obtener ventajas económicas. Consecuentemente consideran la estructura de nuestra civilización, tal y como se les presenta, dividida en las dos categorías militar y civil, y puesto que desde hace un par de milenios han perdido toda su actitud militar, dedican sus experiencias y conocimientos de preferencia al sector civil, pues éste, el que debe proporcionar el dinero al sector militar: pero es precisamente en este campo en el que poseen un alto grado de virtuosismo.

Los sorprendentes éxitos de los judíos, establecidos entre nosotros, en el ganar y amasar inmensas riquezas, han llenado siempre a nuestras autoridades de admiración y respeto; pero, ¿nos equivocamos, o nos parece que el actual movimiento contra los judíos significa la intención de abrirles los ojos sobre la cuestión de donde sacan su propio dinero?. Se trata, en último análisis, de la posesión, o más bien, como parece, de la propiedad de las cuales de repente no nos sentimos ya seguros, mientras por el otro lado toda la energía del estado parece orientada a garantizar la propiedad antes que otra cosa.

Si, aplicando el "Conócete a ti mismo" a nuestros orígenes religiosos, no surge de ello una ventaja para nosotros en comparación con los judíos, las conclusiones podrían ser aún peores, cuando buscando la naturaleza de la posesión, en la única forma que la entienden nuestras instituciones públicas, creyésemos ponerla a salvo contra las intervenciones judías.

La "propiedad" tiene en nuestra conciencia pública un carácter casi más sagrado que la misma religión: para las ofensas cometidas contra esta última hay comprensión, pero por los daños inferidos a aquella se es castigado sin piedad. Dado que la propiedad está considerada fundamento de nuestra consistencia social, se presenta tanto más dañino el hecho, en cuanto que no todos la poseen, y que, no sólo eso, sino que la mayor parte de los hombres vienen al mundo privados de todo. Es manifiesto que nuestra sociedad, como consecuencia del principio sobre el que se basa va degenerando en una inquietud peligrosa, y se encuentra obligada a orientar todas sus leyes al fin único de un imposible arreglo del conflicto; mientras la protección de la propiedad, a cuyo fin es también conservada una fuerza armada, en realidad no puede querer decir otra cosa que protección de los propietarios contra los que nada tienen. A pesar de que sus mentes agudas se han dedicado a la búsqueda de una solución del problema, no ha surgido jamás una solución consistente, por ejemplo, en dividir toda la propiedad en partes iguales: parece realmente que, con el concepto aparentemente tan simple de la propiedad, y su comprensión pública, se ha clavado como una flecha en el costado de la humanidad, que la hace sufrir de una enfermedad que la lleva cada vez más a la ruina.

Dado que para juzgar el carácter de nuestras naciones es necesario ver su evolución y formación, y es sólo así como se explican los derechos y las situaciones de derecho, es tal vez ocasión de explicamos, y en caso necesario de justificar, la completa indigencia de una gran parte de los ciudadanos dependientes del Estado, como resultado de la última conquista de un país, como ha ocurrido con la conquista normanda de Inglaterra, o la de Irlanda por parte de los ingleses. Está lejos de nosotros, sin embargo, el propósito de dejarnos llevar a indagaciones de semejante dificultad; tan sólo queremos aclarar aquí la transformación, claramente en curso actualmente, del originario concepto de propiedad derivado del carácter sagrado reconocido al acto de tomar posesión de la propiedad de otro, por el cual el título de compra ha sustituido a la adquisición, a través de una fase transitoria de conquista de la posesión mediante la fuerza.

A pesar de todo lo que se haya dicho, escrito y pensado, en torno al descubrimiento del dinero y de su valor como potencia omnipresente en nuestra cultura, no se debería, sin embargo, al esbozar el elogio del mismo, olvidar la maldición a la que estuvo siempre sujeto, en la leyenda y en la poesía, Si el Oro aparece allí como el demonio estrangulador de la inocencia de la humanidad, nuestro mayor poeta, delinea la invención de la moneda-papel como una traza del diablo, el fatal anillo del Nibelungo, transformado en billetero, puede perfeccionar la imagen repugnante del fantasmagórico dominador del mundo. Pero lo cierto es que este señorío del Dinero es considerado por los paladines de nuestra avanzada civilización como una potencia espiritual y, aún más, moral, habiendo sido sustituida la fe desaparecida por el crédito, es decir, por la ficción mantenida con las garantías más severas y refinadas contra el engaño o la pérdida de la recíproca honestidad. Lo qué ocurre bajo la bendición del crédito, podemos percibirlo, y no parece que nos desagrade echar la culpa, con ligereza de corazón, sobre los judíos. Ellos son especialistas en la materia en la que nosotros somos simples aficionados: el arte de hacer dinero, pese a que éste es un descubrimiento de nuestra civilización; y a un cuando los judíos tuvieran la culpa, esto ha ocurrido porque toda nuestra civilización es un verdadero embrollo de judaísmo y de barbarie, pero no ciertamente una creación cristiana. Sobre este punto, consideremos que sería conveniente que los representantes de nuestras iglesias hicieran examen de conciencia, canto más cuanto que se ponen a combatir la semilla de Abraham, en cuyo nombre, no obstante, intentan coger los frutos de ciertas promesas de Jahvé. Un cristianismo que ha sabido adaptarse a la crueldad y a la tiranía de todos los poderes dominadores del mundo, no puede - habiendo pasado de las garras del animal feroz a las manos calculadoras del animal de rapiña- sostenerse mediante la astucia y la sagacidad de su enemigo; razón ésta por la cual no esperamos ninguna ayuda de nuestras autoridades civiles y religiosas.

Con todo, en la base del movimiento actual, existe de forma manifiesta, un motivo interior, aun cuando no se vea en la conducta de los que han estado hasta ahora a su cabeza. Nos parece reconocer el despertar de un instinto que se había ido perdiendo entre el pueblo alemán. Se habla del antagonismo de las razas. En este sentido sería conveniente hacer un examen de conciencia, ya que habríamos de esclarecemos a nosotros mismos en que relación mutua se encuentran determinadas las estirpes humanas. A este respecto habría que comenzar por reconocer que, si queremos hablar de una “raza" alemana, no se puede definirla ni especificarla en la misma medida que la judía, la cual se ha sabido conservar tan netamente inmutada a través de los tiempos. Si los doctos discuten hoy en tomo al problema de si tienen mayor valor para la evolución de la humanidad razas puras o mezcladas, la primera cosa que hay que preguntarse es: Qué entendemos nosotros por progreso de la humanidad. Se aprecian los llamados pueblos románicos, así como los ingleses en cuanto razas mixtas, que fueron precursoras en el progreso cultural de los pueblos puros de raza germánica. Quien, sin embargo, no se deje engañar por las apariencias de nuestra cultura y civilización, sino que busque la salud de la humanidad antes en la grandeza del carácter, está obligado a su vez a admitir que este carácter se encuentra preferentemente, y aún es más, casi solamente en las razas que se han conservado relativamente puras, en las que la energía genética, aún intacta, sustituye con la arrogancia, las virtudes humanas más elevadas, aún no surgidas, aptas para desarrollarse tan sólo a través de las duras pruebas de la vida. Aquel singular orgullo de raza, que nos dio, incluso en el Medievo, caracteres tan relevantes de príncipes, reyes y emperadores, debería poderse encontrar todavía hoy en los puros linajes nobles de origen germánico, si bien bajo innegables decadencias, de las cuales deberemos darnos cuenta seriamente, cuando quisiésemos explicar la decadencia del pueblo alemán, expuesto ya sin defensa alguna a la penetración judaica. Quizá nos encontremos en el buen camino, cuando nos pongamos a considerar el depauperamiento humano sufrido por Alemania a través de la guerra de los Treinta Años, el cual hizo estragos en la población masculina de los campos y de las ciudades, y sometió a la femenina a las violencias de los varones, de los croatas, de los españoles, de los franceses y de los suecos. En tal caso, sería difícil considerar sin embargo, la nobleza, relativamente menos dañada entonces en su elemento humano, como íntimamente afín por la sangre, al resto del pueblo germánico. Este sentimiento de recíproca pertenencia estaba, no obstante, vivo en épocas históricas, cuando eran las estirpes nobles las que, en caso de debilitamiento de la sustancia nacional, sabían siempre revivificar el espíritu de la misma. Lo vemos en el reflorecimiento de las estirpes alemanas en nuevos brotes de viejas generaciones después del período de invasiones bárbaras, que había sustraído, a los que habían permanecido en la patria, los linajes de los héroes; lo vemos en el reflorecimiento de la lengua alemana gracias a los nobles poetas de la época de los Hohenstaufen, cuando ya sólo el latín claustral era considerado lengua noble, mientras el espíritu de la poesía penetraba hasta en las casas rurales, dando lugar a una lengua común al pueblo y a la nobleza; lo vemos, en fin, en la resistencia contra la afrenta religiosa que Roma trató de inflingir al pueblo alemán, cuando la intervención de la nobleza y de los príncipes lanzó a una valiente defensa. Otra cosa ocurrió, por el contrario, después de la guerra de los Treinta Años; la nobleza no se encontró ya ante el pueblo, al que podía sentirse afín: las grandes relaciones de fuerzas entre las monarquías se apartaron del propio y auténtico territorio alemán hacia el Oriente eslavo; eslavos degenerados, alemanes en fase de decadencia, constituyen el terreno de la historia del siglo XVIII, sobre el cual, hasta nuestros tiempos, emigrando de las exhaustas tierras polacas y húngaras, el judío ha sabido establecer, confiado, su domicilio, ahora que los príncipes y la nobleza no desdeñan ya el establecer relaciones comerciales con él, pues también la arrogancia antigua se ha perdido, y se ha convertido sólo en altanería y codicia.

Si después, en los últimos tiempos, estos dos rasgos del carácter han pasado a ser también característica del pueblo - ¡los suizos, por ejemplo, que son tan afines a nosotros, no creen poder reconocernos bajo otro aspecto!- y si la palabra "alemán" parece renacida, hay que reconocer que a este renacimiento le falta mucho de lo que debería ser un verdadero resurgimiento del sentimiento de la estirpe, el cual se expresa, ante todo, a través de un instinto seguro. Nuestro pueblo, se puede decir con todo derecho, no posee un instinto natural de lo que se le ajusta, le conviene, y le es provechoso o fecundo; extraño a sí mismo, se revuelca en modos extranjeros; a nadie como a él le tocaron en suerte espíritus grandes y originales, que no supo, sin embargo, apreciar en el momento oportuno; pero si periodistas sin espíritu, e intrigantes de la política le lanzan como alimento frases mentirosas, está dispuesto a nombrarles representantes de sus principales intereses, y si el judío le hace sonar al oído la campana del papel de la bolsa, he aquí que le deposita en su mano todo su dinero, para hacerle millonario de hoy a mañana.

Los judíos constituyen, desde luego, el más admirable ejemplo de consistencia racial que conozca la historia del mundo. Sin patria, ya casi sin lengua materna, este pueblo se arrastra, en virtud de la seguridad de su instinto, gracias al cual tienen la singular cualidad de saber encontrarse a gusto en cualquier lugar, a través de todos los pueblos, los países y las lenguas: incluso la mezcla no le perturba; aún mezclándose con las razas a él extrañas en línea masculina o femenina, vuelve a surgir siempre el judío. Ni siquiera un contacto, aun siendo lejano, corre el riesgo de llevarle a la colisión comprometedora con la religión de algún pueblo, ya que él no tiene en realidad una religión, sino sólo una fe en ciertas promesas de su Dios, que no corresponden en absoluto a una vida sobrenatural más allá de la vida material, sino que se refieren a esta vida presente, sobre la tierra, donde fue asegurada a la estirpe de David el señorío sobre todo lo que vive. Por lo tanto, el judío no tiene necesidad alguna de pensar ni fantasear, y ni siquiera de calcular, pues el cálculo más difícil está ya listo, sin falta, en su instinto, cerrado a todo idealismo. Maravilloso, incomparable fenómeno; demonio plástico de la decadencia de la humanidad en triunfante seguridad, y, además de ésto, ciudadano alemán de confesión mosaica, benjamín de principios liberales, y garante de nuestra unidad nacional.

A pesar de la inferioridad (en este tema económico) en que se encuentra la raza alemana (si puede llamársele así) frente a la hebraica, creemos, sin embargo, poder explicar el actual movimiento como un despertar, si bien confuso, del. instinto germánico. Haciendo abstracción, como nos parece necesario, de eventuales signos de un puro instinto racial, podemos, no obstante, permitirnos indagar si hay debajo algo altamente instintivo, puesto que se trata, desde luego de algo que al pueblo actual no puede serle conocido, sino oscura y vagamente, esto es, por ahora, sólo de un instinto, si bien de más noble origen y más altos fines; de algo, pues, afín a un arrojo puramente humano.

De las tendencias cosmopolitas, si es que realmente existen, podemos esperar bien poco en cuanto concierne a la solución del problema que nos ocupa. No es poca cosa recorrer la historia del mundo y conservar todavía amor hacia el género humano. Sólo el sentimiento indestructible del parentesco con el pueblo del que hemos nacido, puede servirnos para reanudar el hilo del amor quebrado por la mirada lanzada sobre el mundo: a este respecto asume valor sólo lo que nosotros advertimos en nosotros mismos; y la compasión que tenemos, y la esperanza que nutrimos, por el destino de nuestra propia familia. Patria, lengua materna: ¡Desgraciado del que carece de ella! ¡Gran felicidad poder reconocer, en el propio idioma, el lenguaje de los abuelos! A través de ésto, nuestro sentir e intuir profundiza hasta la humanidad originaria; ningún linde de propiedad delimitará ya nuestra nobleza esencial, y, a través de la patria que últimamente nos fue dada en suerte, a través de las piedras milenarias de nuestro conocimiento histórico y de las razones exteriores que éste nos proporciona de nuestra vida actual, nos sentimos ligados en la sangre a la primera belleza creadora del hombre. Aquella lengua materna es nuestra lengua alemana. La única herencia verdaderamente genuina que nos ha quedado de nuestros padres. Cuando sentimos, bajo el peso de una civilización extranjera, que nos falta la respiración, hasta dudar de nosotros mismos, entonces es el momento preciso para ponemos a ahondar en el verdadero terreno paterno de nuestra lengua, para buscar las raíces de la misma, y obtener así, de inmediato, sentido de paz, en un renovado conocimiento de nosotros mismos y de la verdadera sustancia universal del hombre. Esta posibilidad de descubrir siempre de nuevo el manantial originario de nuestra propia naturaleza, que no se da a conocer ya a nosotros ni siquiera como raza, lino de tantos tipos de la humanidad, sino como tronco original mismo del gran árbol humano, fue la que nos dió a los grandes hombres y los héroes del espíritu, a propósito de los cuales no nos debe importar lo más mínimo si los hacedores de civilizaciones extranjeras y sin patria están en situación de comprenderlos y de apreciarlos, desde el momento en que estamos en condiciones, una vez llenos de la gesta y de los dones de nuestros antepasados, de reconocerlos, con clara intuición espiritual, en su verdadera substancia, y de apreciarlos según el espíritu puramente humano que respiran en sus obras. Así sucede que el genuino instinto germánico busca e indaga sólo este puro elemento humano, y es a través de esta indagación como podrá resultar verdaderamente útil y fecundo, no sólo para sí mismo sino para toda criatura que se encuentre desviada, pero que sea en sí pura y genuina.

¿Quién no verá entonces que este noble instinto, que no pudo expresarse plenamente ni en la vida nacional ni en la religiosa, consiguió, sin embargo conservarse fecundo bajo el peso de las desventuras a él asignadas por el destino, pero sólo en una medida muy débil, confusa, insuficiente y fácil de ser mal comprendida? A nosotros nos parece que tal instinto no se manifiesta desgraciadamente en ninguno de los partidos que, de modo particular hoy, se arrogan el derecho de guiar los procesos de nuestra vida política, espiritual y nacional; ya las denominaciones que se atribuyen dicen por sí mismas que no se inspiran en principios

germánicos, y que, por tanto, tampoco están animados por instintos germánicos. Lo que los “conservadores", los "liberales" y los "conservadores-liberales", los "demócratas", los "socialistas" y "socialdemócratas", etc. han hecho actualmente a propósito de la cuestión judía nos parece cosa un tanto vana, debido a que el "Conócete a ti mismo" no lo ha puesto ninguno de ellos en práctica haciéndose examen de conciencia; ni siquiera el partido menos claro, y por tanto el único verdaderamente alemán, que se llama partido "progresista". Solamente se descubren en ellos conflictos de intereses, cuyo objeto es común a todos los partidos en pugna, y que no es precisamente algo noble: es claro que de todo esto sacará ventaja el movimiento que esté más fuertemente organizado para perseguir sus intereses, lo que equivale a decir el más descarado. En cuanto a toda nuestra economía estatal y nacional en su conjunto, parece encontrarse casi en un sueño seductor, ahora temeroso, pero, en resumen, sofocante: todos tienden a evadirse de ello; pero su singularidad estriba en que, en tanto nos tenga en su encanto lo cambiamos por la vida real y tenemos miedo de despertar, al igual que de la muerte. Como siempre ocurre, es el mayor pavor lo que confiere a la postre a quien se encuentra cerca de la última angustia la debida energía: éste se despierta y se da cuenta que lo que había creído algo realísimo era sólo imagen engañadora del demonio de la humanidad que sufre.

Nosotros, que no pertenecemos a ninguno de esos partidos, sino que buscamos nuestra salud en un despertar de la humanidad a su dignidad simple y sagrada, excluidos de esos partidos como elementos inútiles, no podemos, sin embargo, atrapados por resonancia simpática, por los mismos temores, dejar de volver los ojos a las congojas de quien sueña, aun cuando éste no pueda oir nuestras llamadas. Ahorremos entretanto, cultivemos y consolidemos nuestras mejores energías, para estar en condiciones de ofrecer a quien se despierte al final un noble alivio. Solamente, no obstante, cuando el demonio que apremia a esos locos a la locura de la lucha partidista, no tenga ya amparo ni en tiempo ni en lugar alguno, habrá desaparecido del mismo modo, el judío.

Nosotros, alemanes, precisamente en virtud del actual movimiento que parece sólo posible entre nosotros, deberemos lograr encontrar la gran solución aún antes que cualquier otra nación, una vez que excitáramos, sin vergüenza, hasta la más íntima médula de nuestro ser, el interrogante del "Conócete a ti mismo". Que posteriormente, con tal de que vayamos suficientemente al fondo, y una vez superado todo falso recato, no debemos tener miedo del conocimiento supremo, debería ser algo pacífico, con todo lo que hemos dicho, para quien ha sentido e intuido.

Bayreuther Blätter, febrero-marzo de 1881

NOTAS

(10) Aquí alude a su escrito "El Judaísmo en la Música" del que nos dice el mismo Wagner en "Mi Vida": "El escándalo y el espanto que causó este artículo fueron indescriptibles. La increíble hostilidad con que hasta hoy día me han tratado todos los periódicos de Europa, sólo puede ser comprendida por quien haya sido testigo del alboroto provocado por mi escrito y por quién sepa que la prensa europea está casi exclusivamente en manos de los judíos".


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