Wagneriana, nº1. 1977
Religión y arte
Por Richard Wagner

 

[ Religión y arte | Apéndice a «Religión y arte»: «¿A qué contribuye este conocimiento?» y «Conócete a ti mismo» ]

 

“Virtualmente encuentro en la religión cristiana todas las tendencias a cuanto hay de más sublime y noble; en cuanto a las diferentes formas que asume en la vida, me parecen tan repelentes y de mal gusto sólo porque no constituyen sino erróneas representaciones de lo que en ella hay de sublime”.

Schiller a Goethe

I

Se podría decir que allí donde la religión se hace artificiosa, está reservado al arte el salvar el núcleo sustancial, penetrando los símbolos míticos - que ésta pretende que sean creídos como verdaderos en el sentido literal del término- según sus valores simbólicos, en los que reconoce, a través de su representación ideal, la verdad ideal que en ellos se esconde.

Mientras que para el sacerdote es importante que la alegorías religiosas sean consideradas realidad de hecho, esto no importa en modo alguno al artista, el cual, sin ambages, presenta libremente su propia obra como su invención. La religión sobrevive sólo como artificio cuando se encuentra en la necesidad de desarrollar cada vez más sus símbolos dogmáticos, protegiendo con esto la Unidad, la Verdad y la Divinidad que vive en ella con un cúmulo siempre creciente de elementos en sí increíbles que se encomiendan sólo a la Fe. Advirtiendo esto la religión ha pedido siempre el auxilio del arte, que a su vez fue incapaz de su más alto desarrollo en tanto que se limitó a proponer a la devoción de los sentidos aquellas pretendidas verdades reales de los símbolos, produciendo solamente imágenes idólatras de fetiches, mientras que cumplió su verdadero cometido cuando, mediante la representación ideal de la imagen simbólica, contribuyó a la comprensión de su íntima sustancia, es decir, de la verdad divina inexpresable.

Para ver claro todo esto haría falta averiguar muy cuidadosamente el modo como surgieron las religiones. Ciertamente, deben parecernos tanto más divinas cuanto más simple es su sustancia. La base más profunda de toda religión verdadera se reconoce en realidad en la conciencia que la misma tiene de la caducidad del mundo, y en la medida en que de este conocimiento pueda extraerse su impulso liberador. Hay que reconocer, evidentemente, que en todos los tiempos fue necesario un esfuerzo sobrehumano para conseguir revelar al pueblo, al hombre enraizado en la naturaleza, este conocimiento liberador, y que, por tanto, la obra de mayor éxito del fundador de una religión ha consistido siempre en la invención de aquellas míticas alegorías por las cuales el pueblo, a través de la fe, podía ser inducido a seguir realmente la enseñanza fundamental. A este respecto, hay que considerar como una característica de la religión cristiana el hecho de que su verdad más profunda estuvo siempre abierta y determinantemente destinada a confortar y ayudar a los pobres de espíritu.

En cambio la enseñanza de los brahmanes estaba destinada solamente a los que seguían los caminos del conocimiento, de modo que los ricos de espíritu consideraron a la masa humana, enraizada en la naturaleza, como excluida de la posibilidad del conocimiento, de forma que sólo era capaz de llegar a la conciencia de la nulidad del mundo a través de numerosos renacimientos. El que existiese un camino más breve para alcanzar la salvación lo mostró a los pobres también el Iluminado, el Despertado: el sublime ejemplo del Budda no parecía suficiente a sus seguidores; la última gran enseñanza, la de la unidad de todos los vivientes, no podía en realidad hacerse accesible a los discípulos sino a través de una explicación mítica del mundo, en la que la riqueza de símbolos y la amplitud de alegorías estaba tomada de las bases metafísicas de la doctrina brahmánica y de su sorprendente riqueza y fecundidad espiritual. No había llegado jamás en este punto, a simbolizar los mitos y las alegorías el propio y verdadero arte indú, de forma que tal tarea fue asumida por la filosofía, que acompaño con sus refinadas elaboraciones la constitución de los dogmas religiosos.

De modo diferente ocurrió en la religión cristiana. Su fundador no fue un sabio, sino un ser divino; su doctrina consistió en la voluntad del dolor: creer en él significó imitarlo, y esperar la salvación quiso decir, sencillamente, reunirse con él. A los pobres de espíritu no les fue necesario poseer una explicación metafísica del mundo; el conocimiento de su dolor estaba íntimamente presente en su sensibilidad, y lo único que les fue pedido por el divino fundador fue que no cerrasen sus corazones a tal conocimiento. Está claro que si la fe de Jesús hubiese quedado como patrimonio de los pobres, el dogma cristiano hubiera llegado a nosotros como la más simple de las religiones; en realidad era algo demasiado simple para los inteligentes y ricos de espíritu, y todas las confusiones increíbles, producidas por el espíritu de las sectas en los tres primeros siglos de vida del cristianismo, no fueron más que luchas sin fin, entendidas por los ricos de espíritu para hacer propia la fe de los pobres de espíritu, desviando y torciendo la verdadera sustancia de las cosas con la violencia de los conceptos.

La Iglesia no se decidió al fin a rechazar la elaboración filosófica de los artículos de una fe destinada a la acogida por el sentimiento; lo que le habría debido conferir, en virtud de su origen, una dignidad sobrehumana, y acabó por tomarlo prestado del resultado de las competencias entre las sectas, sacando de ellos toda aquella complicada masa de mitos, para los cuales pretendió finalmente imponer una fe incondicionada, con despiadado rigor, como si se hubiese tratado de verdades de hecho.

Para juzgar la fe en los milagros, la mejor vía es la de tomar en consideración la mutación que se pretende del hombre natural, el cual en primer lugar considera al mundo y sus manifestaciones como lo único verdaderamente real; porque precisamente se exige en este caso que, por el contrario, reconozca el mundo como pura apariencia y como nada, buscando la propia y auténtica verdad fuera de él. Si a pesar de ello se define como milagro un proceso en virtud del cual se suspenden las leyes de la naturaleza, y después de madura reflexión se percata de que estas leyes están en realidad fundadas tan solo en nuestra actividad representativa, y ligadas indisolublemente a nuestras funciones cerebrales, la fe en el milagro pasa a ser claramente un corolario casi necesario en la transformación que se opera en la voluntad de la vida contra las aspiraciones de la naturaleza. El mayor milagro es, en todo caso, para el hombre natural, esta transformación de la voluntad, en la cual se contiene ya la suspensión de las leyes de la naturaleza; mientras que lo que produce tal conversión debe estar necesariamente muy por encima de la Naturaleza y poseer potencia sobrehumana, de forma que la unión con esa potencia sobrehumana es la única cosa deseable y digna de ser perseguida. A sus pobres, Jesús les significó este mundo divino llamándolo Reino de Dios, y contraponiéndolo al Reino de este mundo; aquél que llamaba a sí a los fatigados y oprimidos, a los que sufren y a los perseguidos, a los pacíficos y a los benignos, a los que aman a sus enemigos y al universo entero, era su Padre celeste, y él era el Hijo enviado a aquéllos sus hermanos.

Aquí hay que ver el mayor de los milagros, y lo llamamos, por eso, Revelación. Cómo haya sido posible después sacar una religión de Estado para emperadores romanos y verdugos de herejes, lo veremos mejor más adelante; lo que aquí nos interesa, es el modo en que se han venido formando, casi por necesidad, aquellos mitos, cuyo excesivo desarrollo acabó por quitar prestigio, debido a las superfluas artificiosidades, al dogma, pero que sin embargo trajo al arte nuevos contenidos ideales.

Lo que generalmente entendemos por eficacia artística es sustancialmente la elaboración de la imagen; el arte, así pues, intuye la imagen del concepto, en la cual este último se manifiesta exteriormente a la fantasía; y lo eleva, mediante la elaboración de las alegorías en perfectas imágenes que encierran en sí la sustancia, al rango de una revelación. Muy bien se expresa nuestro gran filósofo a propósito de la imagen ideal de la estatua griega. En ella el artista casi mostró a la naturaleza lo que ella habría querido pero no había podido ser plenamente; por lo cual, el ideal artístico superó a la naturaleza. De la fe de los griegos en los dioses podría decirse se atuvo siempre al antropomorfismo, según la tendencia artística helénica.

Sus dioses fueron imágenes claramente individualizadas y definidas; sus nombres servían para determinados conceptos generales, del mismo modo que los nombres de los objetos coloreados servían para definir los mismos distintos colores, para los cuales los griegos no tenían denominaciones abstractas como las nuestras; y los llamaban dioses para indicar su naturaleza divina; en cuanto a lo divino en sí lo llamaban "el Dios".

Jamás pasó por la mente de los griegos el pensar en Dios como persona y conferirle una figura, como hicieron, sin embargo, con sus dioses; ‘Dios’ quedó como un concepto confiado a la definición de los filósofos, en torno a cuya clara determinación en vano se afanó por largo tiempo el espíritu helénico, hasta que ocurrió que, de una masa de pobre gente entusiasta, llegó la increíble nueva de que el Hijo de Dios se había sacrificado en la Cruz por la liberación del mundo de las ataduras del pecado y del engaño. En este punto no hay nada que hacer ya con las magníficas y diversas elucubraciones de la razón humana, la cual, sin embargo, intentó percibir la naturaleza de este Hijo de Dios que había pasado sobre la tierra y había sufrido hasta la infamia: una vez manifestado, con su aparición, el gran milagro de la Transformación de la voluntad de vida, que los creyentes advertían en sí mismos, ya en esto estaba comprendido el otro milagro de la divinidad del Salvador. Pero con esto se admitía también, automáticamente, que Dios se había manifestado en forma humana: el cuerpo puesto sobre la cruz en el doloroso martirio era la misma imagen del infinito amor misericordioso. ¿Era, quizás, también, un símbolo apto para suscitar la más alta compasión, la adoración del dolor, y la imitación a través del aniquilamiento de todo querer egocéntrico y egoista?. No, era una imagen, una verdadera y presente realidad humana. En ella y en su eficacia sobre el sentimiento humano reposa todo el encanto en virtud del cual la Iglesia acabó por asimilar el mundo greco-romano. Lo que, al contrario, debía hacerle nocivo, y conducir al fín al ateísmo cada vez más pronunciado de nuestros tiempos, fue la unión, impuesta con tiránica violencia, de esta divinidad en cruz con el Creador del cielo y de la tierra hebraico, Dios iracundo y vengativo, el cual parece que tuvo mejor fortuna que el misericordioso Salvador de los pobres, ofrecido en sacrificio a los hombres. Pero aquél Dios fue en realidad repudiado por los artistas: Jahvé en la zarza ardiendo, o incluso el digno anciano de la barba blanca, que surge de las nubes como Padre que bendice al propio Hijo no podía decir mucho al ánimo del creyente, aunque fuese ofrecido con todas las elegancias del arte; mientras el Dios que sufre en la cruz, con el rostro cubierto de sangre y de heridas, aun cuando fuese representado artísticamente de modo tosco, conmueve en todos los tiempos.

Como empujada por una necesidad de carácter artístico, la fe, aun dejando en su sitio al Padre Jahvé, se deslizó hacia el necesario milagro del nacimiento del Salvador del seno de una Madre que, dado que no era Ella misma divina, se hacía divina por el hecho de que, Virgen, procreaba, contra toda ley de la naturaleza al Hijo, sin concepción humana. Un concepto infinitamente profundo expresado en forma milagrosa. Con todo, encontramos más veces en el curso de la historia del cristianismo el fenómeno de la capacidad de realizar milagros en virtud de la pureza virginal, en lo cual se mezcla una explicación metafísica con una explicación fisiológica, reforzando la una a la otra, propiamente en el sentido de ‘Causa finalis’ de acuerdo con una ‘Causa efficiens’; el milagro de la maternidad sin concepción natural resulta, como fuere, plausible sólo en virtud del mayor milagro que es el mismo nacimiento de Dios: puesto que en éste se manifiesta la negación del mundo, como vida ejemplar sacrificada al fin de la Salvación. Dado que el Salvador no tiene pecado, ni siquiera la capacidad de pecar, ya antes de su nacimiento debía estar en El completamente anulada la voluntad para quien no podía propiamente padecer, sino sólo compadecer; y la raíz de esto debía manifestarse necesariamente en su nacimiento, producida no por voluntad de vida, sino por la voluntad de liberación de la vida. Pero esto, que, naturalmente, podía intuirse solamente en el entusiasmo de la iluminación religiosa, estuvo, como artículo de fe, expuesto a las más graves deformaciones por parte de la concepción realista popular. Era fácil decirle: Inmaculada Concepción de María; más difícil pensarla y más aún imaginaria. La Iglesia, que en el Medioevo confiaba las pruebas de sus artículos a la filosofía escolástica, trató al fin de recurrir a las representaciones sensibles: sobre el portal de la Iglesia de San Ciliano en Würzburg, se ve en un bajo relieve la dulce imagen de Dios, que, surgiendo de una nube, insufla, mediante una caña, el embrión del Salvador en el cuerpo de María. Es un ejemplo que vale para todos.

Hemos señalado desde el principio la decadencia de los dogmas religiosos, los cuales caen en el artificio, expresando nuestra contrariedad al respecto; pero este mismo ejemplo puede servir para mostrar de la forma más clara el papel que asume el verdadero arte con su poder idealizador, sólo con que- pensemos en las imágenes de los divinos artistas, como por ejemplo la llamada Madonna Sistina, de Rafael. Aun en cierto sentido realista a la manera eclesiástica, se trata de la representación adoptada por los grandes artistas del milagro de la Concepción de María, cuya Anunciación es realizada por un ángel que se le aparece; sin embargo, aparece ya la belleza espiritual, despojada de toda sensualidad de las figuras, y que sugiere el presagio del divino misterio. El cuadro de Rafael, por el contrario, muestra la realización del divino milagro operado en la Virgen Madre, la cual tiene en brazos, en una luz de revelación, al hijo nacido de su seno. Y hay en esto una belleza que el mundo antiguo, pese a estar tan dotado artísticamente, no había ni siquiera presagiado: puesto que no se trata ya de la severa castidad que hace intocable a Artémide, sino del mismo Amor divino alejado de toda posibilidad de conocimiento de un defecto de castidad, lo que produce, desde lo más íntimo de la negación del mundo, la afirmación de la liberación y de la salvación. Y he aquí que es precisamente este inexpresable milagro el que vemos ante nosotros, con nuestros ojos, noble y claro, completamente ligado a la más escogida experiencia de nuestro ser profundo, y distante aún de toda pensabilidad de experiencia real; de modo que, si la representación griega de la naturaleza ponía ante los ojos el ideal no alcanzado por ella, ahora es el artista quien ofrece finalmente el secreto, intangible e indeterminable conceptualmente, del dogma religioso en una especie de abierta revelación, que no se realiza ya en el ámbito de la razón razonable, sino en el de la intuición extasiada.

Otro dogma se ofrecía asimismo a la imaginación del artista, precisamente aquel que la Iglesia pareció tener en más que el otro de la salvación mediante el amor. El vencedor del mundo había sido también el juez del mundo. El divino niño había lanzado desde lo alto de los brazos de la Virgen Madre su mirada sobre el mundo, reconociéndolo, más allá de la multiplicidad de las apariencias excitantes de los deseos, tal y como es en su verdadera esencia, presa de la muerte y envuelto por el terror de la muerte. Ante la potencia del Redentor, este mundo de odio y de codicia no podía resistir; él llamaba al desamparado cargado de penas a la redención, a través de la pasión y de la compasión, en el reino de Dios, mostrándole el naufragio del mundo, pesado sobre la balanza de la justicia, en la charca de sus pecados. Desde las amenas colinas soleadas, desde las que con un amor predilecto anunciaba la salvación al pueblo, siempre en forma clara y comprensible, mediante imágenes y parábolas, El indicaba a sus pobres el desierto y triste valle de la Geenna, donde el día del juicio habrían acabado la avaricia y la voluntad homicida. El Tártaro, el Infierno, Hela, todos los lugares del castigo postmortal de los viles y malvados, se encontraron en la Geenna; y hasta hoy, la Iglesia ha continuado espantando con el Infierno a las almas, mientras el Reino de Dios se ha ido alejando cada vez más. Y he aquí el Juicio Universal, esperanza para unos y terror para otros. No hubo nada de horrible y repugnante que no fuese empleado con escalofriante artificio por la Iglesia, para suministrar a la fantasía aterrorizada de los pueblos imágenes del lugar de eterna condonación, llamando a tal fin a recopilación a todas las representaciones mitológicas de las religiones ligadas a la creencia de penas infernales.

En la piedad de tanto horror, un sobrehumano artista sintió la vocación de representar del mismo modo este tremendo suceso, como si al cumplimiento de la idea cristiana no le debiese faltar la pintura del Juicio Final. Si a Rafael le plugo mostrar a Dios nacido en el vientre del más sublime amor, Miguel Angel representó su extraordinario fresco a Dios llevando a cabo su terrible tarea, en el acto alejar, repeliéndole del bienaventurado Reino de los llamados a la vida, lo que pertenece al mundo de la muerte. Y, no obstante, a su lado, la Madre de la que ha nacido, que ha sufrido con él y por él los más divinos dolores lanza su mirada eterna de piadosa compasión hacia aquellos que han quedado fuera de la salvación liberadora. Allá estaba la fuente, aquí el bullente torrente de lo divino.

Aun cuando con estas indagaciones no se quiera trazar una historia de la evolución del arte a través de la idea religiosa, sino sólo indicar la afinidad de ambos, hay que subrayar, sin embargo, la circunstancia de que casi sólo el arte figurativo, y de modo particular la pintura, tuvieron la misión de proporcionar la representación ideal de los dogmas religiosos, ya por su naturaleza hechos de imágenes, confiriendo a los mismos forma sensible. Por el contrario, la poesía sufrió el influjo de la configuración sensible de los dogmas religiosos, en el sentido de que se vió obligada a permanecer adherida a los conceptos fijados canónicamente como formas que pretendían poseer veracidad real y credibilidad de hecho. Dado que los mismos dogmas constituían en sustancia conceptos sensibles, ni siquiera el más grande genio poético, que no puede operar de un modo u otro sino a través de conceptos sensibles, se le podía conceder el aportar alguna alteración a los mismos sin caer la herejía; como ocurrió de hecho a todos los espíritus poéticos filosóficamente dotados, que cayeron en tal recelo en los primeros siglos de la vida la Iglesia. Quizás fue Dante el que poseyó la más patente energía creadora poética que fuese jamás concedida a un mortal; en el enorme poema, sin embargo, su imaginación revela verdadera potencia creadora sólo allí donde consigue tratar los conceptos dogmáticos sino en el sentido de la credibilidad realista querida por la Iglesia, razón por la cual éstos permanecen en el poema en su crasa artificiosidad, que les hace aparecer, incluso en boca del gran poeta, inconstantes y absurdos.

En cuanto al arte figurativo, es notable el hecho de que su energía creadora ha ido menguando en la medida en que se ha ido alejando de la religión. Entre aquellas sublimes revelaciones artístico-religiosas, a que nos hemos referido, de la divina generación del Redentor, y de la celebración final del Juicio supremo, la más dolorosa de todas las imágenes, la del Salvador que sufre en la Cruz, había sido representada por los artistas con la mayor perfección, constituyendo después el tipo fundamental de las múltiples representaciones de los mártires y los santos, iluminados de voluptuosidad estática, en medio de los más tremendos sufrimientos. Pero la representación de las penas corporales, y de los instrumentos y autores de aquellas, indujo a los artistas a dirigir su atención al común mundo real, donde se encuentran en cantidad los ejemplos típicos de la crueldad y maldad humanas. Fue ahí donde el elemento característico acabó por atraer a los artistas con su misma atrayente multiplicidad: el retrato perfecto, aún del más bajo delincuente, de los que había tantos ejemplares en el ambientes de los príncipes mundanos y eclesiásticos de aquellos tiempos singulares, se convirtió en una agradable y fecunda tarea del pintor, quien por otra parte había sabido sacar siempre sus motivos para la representación de lo bello del encanto sensible femenino, por todas partes presente. En el último ocaso de la artística idealización del dogma cristiano relampagueó la aurora del retorno al ideal artístico griego; no obstante, no era la lección de aquel mundo antiguo, esto es, la unidad del arte helénico con la religión antigua, que había producido aquella su perfección, pero que. no podía ahora servir. Basta echar una mirada sobre una antigua estatua de Venere, comparándola con una pintura italiana con figura femenina, también llamada Venere, para comprender la diferencia que existe entre el ideal religioso antiguo y el moderno realismo humano. Del arte antiguo derivó sólo el sentido de las formas, mas no su contenido ideal; mientras, de este retorno huía ahora el ideal cristiano, y sólo el mundo real permanecía tangible para los nuevos artistas. Cómo acabó después por ser representado este mundo real, y qué motivos fuese ofreciendo al arte figurativo, es problema que queremos dejar de lado, limitándonos a constatar que el mismo arte, destinado a alcanzar las más altas cimas en su afinidad con la religión, cuando ve menoscabado este carácter, acaba, como ha ocurrido, por decaer completamente, como es difícil no admitir.

Pero para entrar en contacto, una vez más, con aquella afinidad a que nos hemos referido, buscando el núcleo más profundo, echemos ahora una mirada a la música.

Si la pintura consiguió hacer intuitivo el contenido ideal del dogma, que ofrecía bajo la forma de conceptos alegóricos, poniendo como objeto de las representaciones idealizadoras la misma imagen alegórica, sin verse obligada a poner polémicamente en duda la credibilidad real, el arte poético, por el contrario, debió dejar intacto, como hemos visto, en su intangibilidad, los dogmas de la religión cristiana, por el hecho de que, trabajando precisamente mediante conceptos, no podía hacer menos que tomar como carga la forma conceptual del dogma. Por ello, quedaba libre para la poesía sólo la expresión lírica del rezo o de la adoración estática, la cual, a su vez, dado que el concepto podía sólo ser tratado en el estilo fijado canónicamente, habría encontrado necesariamente su más libre desemboque en la a-conceptualidad de la expresión musical. Sólo en la música, la lírica cristiana llegó de hecho a un propio y verdadero arte. La música eclesiástica era cantada sobre las palabras de los conceptos dogmáticos; pero en su efecto fónico desenlazaba y diluía las palabras, junto con sus conceptos, hasta anular su inteligibilidad, ofreciendo a la sensibilidad extasiado de los oyentes el contenido emotivo. En términos rigurosos, la música es el único arte que corresponde perfectamente a la fe cristiana, de forma que la única música que, al menos hoy, conocemos como arte, es precisa y únicamente un producto del cristianismo. A su formación no contribuyó el resurgir del arte antiguo, cuyo aspecto universal nos es completamente desconocido, razón por la cual la música es también el arte más joven y más capaz de infinitos desarrollos y efectos. No es nuestra misión indagar la evolución que ella ha sufrido hasta hoy o sufrirá en el porvenir, dado que aquí debemos considerar solamente la afinidad que la liga con la religión. En este sentido, después de la alusión que hemos hecho del necesario disolverse, en el campo de la poesía lírica, del concepto verbal de la imagen sonora, es necesario reconocer que la música revela la verdadera sustancia de la religión cristiana, con incomparable plenitud. Y, por esto, querríamos ponerla en la misma relación con la religión, en la que percibimos la imagen del divino Niño frente a la de la Virgen Madre, en la pintura de Rafael; porque, en cuanto forma pura de un contenido divino completamente desenlazado del concepto, puede valer, para nosotros, como un renacer liberador del dogma divino operado por la constatación de la nulidad del mundo fenoménico. También la figura más ideal trazada por el pintor, que, debido a las atenciones por el dogma, determinada por el concepto; y aquella sublime figura virginal de la Madre de Dios nos eleva sólo por encima del concepto, hostil a la razón del milagro, mostrándonos sin embargo a la imagen. Por ello decimos: significa esto. Pero la música nos dice: es así, porque impide, de golpe, todo dualismo entre concepto y sensación, en virtud de la imagen sonora completamente lejana del mundo de las apariencias, incomparable con todo elemento real, penetrando en nuestro espíritu como por encanto.

Quedó, pues, como misión de la música, en virtud de esta sublime propiedad suya, el desembarazarse, por fin, completamente, del concepto verbal; la música más pura concretó esta liberación, contemporáneamente a la caída del dogma religioso, a vano juego de charlatanería racionalista o jesuítica.

Pero la completa mundanización de la Iglesia trajo consigo, como consecuencia, también, la mundanización de la música; en los países en donde ambas están todavía unidas, como, por ejemplo, en la Italia actual, no hay diferencia entre lo que sucede en la Iglesia y lo que ocurre en cualquier parada mundana. Sólo la definitiva separación de la decadente Iglesia hizo posible el arte de los sonidos conservarse como la más noble herencia de la idea cristiana, en la pureza innovadora de su supramundo; la sustancial afinidad de una sinfonía beethoveniana con una religión purísima, floreciente sobre el tronco de la revelación de Cristo, se nos aparecerá mejor en la continuación de nuestra exposición.

Para llegar, entretanto, debemos aún recorrer antes un fatigoso camino, que nos muestre el motivo de la decadencia de las más altas religiones, e, implícitamente del naufragio de todas las culturas por ellas suscitadas y de las artes por ellas fecundadas. Sólo éste puede ser, si bien a primera vista arduo, el verdadero camino para volver a encontrar las costas de una nueva esperanza de la humanidad.

II

Si nos ponemos a indagar la fase del desarrollo humano que, por estar fundada sobre la más alta tradición, llamamos historia, es fácil comprender que las religiones que se han manifestado en el curso de la historia se inclinaron hacia su propia decadencia interior precisamente en razón de su duración exterior. Las dos religiones más sublimes, el brahamanismo, con su derivado el budismo, y el cristianismo, enseñan, ambas el despego del mundo y de sus pasiones; y con ello se colocan directamente en oposición a la corriente normal del mundo que, sin embargo, no pueden detener. Su permanencia histórica en el mundo parece por lo tanto poder explicarse sólo con el hecho de que por un lado introdujeron en el mundo la noción del pecado, pero por el otro, sobre la base de esta noción, instauraron una tiranía sobre los espíritus, paralela a la que se llevó a cabo históricamente, a través de la evolución de los sistemas políticos, sobre los cuerpos; ésta rápidamente deformó, hasta hacerla irreconocible, la pureza de la idea religiosa, siguiendo la pendiente de la general decadencia del género humano.

La doctrina de la pecaminosidad de los hombres, que constituye el punto de partida de aquellas dos sublimes religiones, resulta incomprensible a los llamados "espíritus libres", porque no admiten ni el derecho de las iglesias existentes a hablar del pecado, ni del Estado a declarar delitos a ciertas acciones determinadas. Si en realidad es cierto que ambos derechos pueden considerarse problemáticos, no menos problemática es la objeción, si se dirige al mismo núcleo de la religión; puesto que, en líneas generales, hay que admitir que no son las mismas religiones las culpables de su decadencia, sino que más bien ha sido la decadencia la que se ha desarrollado con tal fatalidad natural que ha excluido toda posibilidad de oponérsela válidamente, evitando el ser arrastrado por la corriente.

Pero es precisamente de la infausta explotación de la doctrina del pecado donde se ve de modo más claro en qué modo se ha desarrollado este terrible proceso involutivo; y quizás se toma el justo punto si nos ponemos a considerar la doctrina brahmánica, la cual conceptúa pecado el asesinato de todo ser viviente, y el alimentarse con los cadáveres de los animales asesinados.

Considerando más de cerca el sentido de esta doctrina, y de la prohibición sobre ella fundada, se llega a tocar la raíz de toda verdadera convicción religiosa, y así, a asir el contenido más profundo de todo verdadero conocimiento del mundo según su esencia y su aspecto fenoménico. Porque aquella doctrina brotó de la premisa del reconocimiento de la unidad de todo ser viviente, y de la ilusión de nuestra concepción sensible, que nos muestra esa unidad bajo el aspecto de multiplicidad y diversidad sin fin. Era el resultado de un profundísimo conocimiento metafísico; y cuando el brahmán, frente a la interminable multiplicidad de las formas del mundo viviente, exclamaba: “¡Esto eres tú!", se despertaba instantáneamente, en el que escuchaba, el conocimiento de la verdad, según la cual, sacrificando una de las criaturas vivientes como nosotros, no se hace otra cosa sino matamos y devoramos a nosotros mismos. El animal se diferencia del hombre sólo por el grado de su desarrollo intelectual, y en todo lo que precede a tal grado, pero, sin embargo, sufre y desea, se manifiesta en él la misma voluntad de vida que aparece en el hombre dotado de razón, y esta voluntad de vida busca paz y liberación en este mundo de las mudables formas y de las fugaces apariciones; y, en fin, la paz del descompuesto deseo y de la tensión sin fin puede sólo obtenerse a través del más riguroso ejercicio de la benignidad y la compasión hacia los vivientes; ésta es la verdad religiosa, irrebatible que ha permanecido como patrimonio de los brahmanes y de los budistas, hasta el día de hoy. Hacia mediados del siglo pasado, por ejemplo, especuladores ingleses compraron toda la cosecha india de arroz, produciendo con esto una carestía en el país que costó millones de víctimas, que perecieron de inanición debido a sus amos. Testimonio patente de la pureza de una fe religiosa, con la cual todavía aquellos creyentes se excluían a sí mismos de la llamada historia.

Si nos dirigimos, sin embargo, más de cerca, a los éxitos conseguidos y documentados de nuestro género humano, no podemos menos de percibir la razón de su piadosa inconsistencia en la locura, que toma como ejemplo la bestia feroz, cuando, ni siquiera ya impelida por el hambre, se lanza sobre la presa por el puro placer de desencadenar la violencia de sus energías. Si los fisiólogos están todavía dudosos en tomo al problema de si el hombre está, por naturaleza, destinado a la alimentación animal o vegetal, la historia nos lo muestra, sin lugar a dudas, desde su primera aparición, ya avanzado en el camino del desarrollo como animal de presa. Conquista tierras, somete las especies que se nutren de frutos, funda - venciendo a otros vencedores grandes reinos, constituye estados y construye civilizaciones, para disfrutar en paz de los frutos de sus rapiñas.

Por muy deficientes que sean nuestros conocimientos científicos sobre el punto de partida de este desarrollo histórico, podemos, sin embargo, admitir que el nacimiento y la primitiva sede de las razas humanas debe establecerse en tierras cálidas, y cubiertas de rica vegetación; más difícil parece decidir qué grandiosas modificaciones del género humano, ya en pleno desarrollo, hayan impulsado a una gran parte de él a salir de sus lugares naturales de origen, y dirigirse a regiones más rudas e ingratas. Los aborígenes de la actual península india vivían quizás, en los primeros albores de la historia, en los valles más fríos de los altiplanos del Himalaya, y se nutrían mediante la cría de ganado y la agricultura. De allí emigraron, bajo el impulso de una región benigna, que correspondía a las necesidades de la vida pastoril, a los más, bajo valles del Indo, para volver, de nuevo, a la posesión de su tierra de origen, es decir, a las tierras del Ganges.

Grandes y- profundas deben haber sido las impresiones de este retomo sobre el espíritu de las estirpes humanas tan ricas ahora en experiencias: a las necesidades de la vida se les ofrecía, generosa, una opulenta naturaleza, generadora de toda clase de bienes; la contemplación y la recogida meditación indujeron probablemente a aquellas gentes, que ya no tenían preocupaciones por su sustento, a profundas consideraciones en tomo al mundo, del cual no habían conocido hasta entonces más que necesidades, preocupaciones, imposibilidad de rehuir el duro trabajo, la competencia y la lucha por la existencia. Al brahmán, que se sentía ahora como renacido, los guerreros debieron presentársela como tutores de la paz eterna, necesarios, y por tanto dignos de compasión; pero los cazadores se les presentaron ciertamente como seres horribles, y los carniceros de sus animales domésticos, francamente inconcebibles. En este pueblo, no se desarrollaron en las encías colmillos de jabalí, y, sin embargo, no fue menos valiente que los otros pueblos de la tierra, y supo soportar valerosamente todos los tormentos que le fueron inflingidos por sus tardíos perseguidores, por la pureza de su fe dulce y serena, de la que jamás un brahmán o un budista se dejó desviar por miedo o por cólera, como sucedió, por el contrario, entre los creyentes de todas las demás religiones.

En los mismos valles de las tierras del Indo, se verificó aun más esta separación por la cual estirpes consanguíneas se separaron de los que volvían a la antigua tierra natal del sur, para penetrar, hacia Occidente, en las amplias tierras de la Asia Menor, donde los vemos, en el transcurso del tiempo, como fundadores y conquistadores de poderosos reinos, erigiendo, cada vez con mayor determinación, monumentos históricos. Estos pueblos habían recorrido los desiertos que separan los extremos de Asia de la tierra del Indo; el animal de rapiña, fustigado por el hambre, les había enseñado a no servirse ya sólo de la leche como alimento, sino también de la carne de sus rebaños, hasta que, pronto, sólo la sangre pareció capaz de alimentar el valor de los conquistadores. Ya las rudas estepas de Asia, que se extienden al norte, sobre las montañas indias, donde la huida ante extraordinarios procesos naturales había expulsado a los habitantes a regiones más benignas, habían criado a la bestia humana feroz. Fue de allá de donde surgieron, en todos los tiempos antiguos y recientes, las oleadas de destrucción y asfixia de toda tendencia dulce, como narran las leyendas originarias de las estirpes iránicas, llenas de luchas continuas con los pueblos tiránicos de las estepas. Agresión y defensa, necesidad y lucha, victoria y derrota, señorío y esclavitud, todo siempre sellado con la sangre: he aquí lo que de ahora en adelante cuenta la historia de las estirpes humanas.

Y, sucediendo a las victorias de los fuertes, rápidos relajamientos debidos a culturas aportadas por los pueblos esclavizados; en fin eliminación de los degenerados por parte de nuevas energías rudas, ataques de espíritus sanguinarios, aún indómitos. En esta progresiva decadencia, la sangre y los Cadáveres parecen haberse convertido en el único alimento digno de los conquistadores: una cena de Tieste habría sido imposible entre los indios; y fue, así y todo, un mito, con el cual, como con otros, se deleitó la imaginación humana, una vez. que se le hizo familiar el asesinato de los hombres y de los animales. Por otra parte, ¿cómo puede ya la fantasía del hombre civil moderno volver la cabeza con disgusto ante semejantes imágenes, una vez que se ha acostumbrado a ver un matadero parisiense en pleno trabajo a primeras horas de la mañana, o un campo de batalla, por la tarde, tras una gloriosa victoria? Ciertamente hemos ido aún más allá de lo simbolizado en el banquete de Tieste, dado que a nosotros nos son posibles despiadadas ilusiones sobre una realidad que a nuestros antiquísimos antepasados se presentaba en todo su horror. Hasta aquellos pueblos. que, como conquistadores, avanzaron sobre Asia Menor, manifestaron un sentimiento de sorpresa por la corrupción, en la cual se hallaron sumidos a través de conceptos religiosos severos, como los que se encuentran. en el fondo de la religión de Zoroastro. El Bien y el Mal: Luz y Oscuridad, Orrnuzd y Arimani, lucha y acción, creación y destrucción. ¡Hijos de la Luz, tened horror de la noche, aplacad el Mal, y obrad el Bien!. En esta máxima se advierte aún un espíritu afín al del antiguo pueblo indio, pero envuelto ahora en el pecado, y en la duda acerca del éxito de la lucha que no se extinguirá jamás.

Otro camino de salida buscó la voluntad del hombre, cada vez más sapiente, entre tormentos y dolores de su pecaminosidad, sobre la ruina que iba desnaturalizado progresivamente su innata nobleza: estirpes altamente dotadas, a las que resultaba tan difícil volver al Bien, consiguieron, sin embargo, coger el fruto de la Belleza.

Inmersos en la plena afirmación de la voluntad de vida, los espíritus, helénicos no escaparon, desde luego, a la conciencia del semblante terrible de la existencia, pero consiguieron, sin embargo, hacer de esa misma conciencia una fuente de intuición estética: el Heleno miró, cara a cara, a lo horrendo en toda su autenticidad; ésta, no obstante, se hizo en él estímulo hacia una representación, que la autenticidad misma hacía bella. En el espíritu griego vemos, por así decirlo, obrarse una especie de cambio, de juego alternando entre la capacidad de crear formas y de conocer, en el que el gozo del formar busca dominar el terror del conocer.

Satisfecho con esto, contento del fenómeno, porque ya ha aprendido a aprisionar en él la realidad desnuda del conocimiento, no se hace preguntas acerca del fin de la existencia, y deja sin resolver el conflicto del bien y el mal, semejante en esto a los parsis, aceptando gustosamente la muerte por una vida bella, y dispuesto a hacer bella también a la muerte.

Hemos hablado, en sentido elevado, de juego, y, propiamente de un juego del intelecto en su liberación de la voluntad, a la cual sirve, de ahora en adelante, sólo como instrumento de la contemplación del propio yo, pero con esto hemos hablado en realidad de los ricos de espíritu. La desdicha, sin embargo, de la constitución mundana, es que todos los grados del desarrollo de las manifestaciones de la voluntad, empezando por los elementos primeros hasta llegar (a través de las más bajas organizaciones), al más rico de los intelectos humanos, están juntos el uno al lado del otro en el espacio y en el tiempo, por lo que la más alta organización está siempre presente y operante junto a las manifestaciones más bajas y groseras de la voluntad. También la florescencia del espíritu helénico estaba ligada a las condiciones de esta complicada existencia, la cual tiene por fundamento un planeta que se mueve según leyes fatales con todas sus criaturas que, vistas retrospectivamente, aparecen cada vez más rudas y despiadadas. Así se llegó a colmar el mundo, en toda su extensión, como un hermoso sueño de la humanidad, con su perfume engañoso del cual pudieron no obstante gozar sólo los espíritus liberados de las rudas necesidades del sobrevivir; ¿No constituía esto precisamente un juego, donde el momento en que la realidad no es nada mas que sangre y crimen, personajes indómitos, donde la fuerza es la que manda, y la misma liberación del espíritu parece alcanzable sólo a precio de esclavitud?. No podía dejar de revelarse, a la postre, como un juego despiadado, este ocuparse del arte y este placer que se obtenía al sentirse libres de las necesidades del sobrevivir, apenas en el arte no se lograse ya crear nada nuevo; porque el ideal y su logro había sido una cosa privada del genio individual; pero lo que dura por encima del genio no es más que el pasatiempo de las habilidades logradas por éste. Y así vemos de hecho al arte helénico sobrevivir, sin el genio helénico, en el imperio romano, donde no consiguió limpiar las lágrimas del ojo de un pobre, ni sacar una gota del corazón árido de un rico. Si un lejano rayo de Sol, que se extenderá sobre el sereno imperio de los Antoninos, logra aún ilusionarnos, ello fue debido a un breve triunfo del espíritu artístico y filosófico sobre el crudo movimiento de las incesantes fuerzas históricas en mútuo exterminio. No obstante, esto también es más una ilusión que otra cosa, un relajamiento que tiene sólo el aspecto de una pacificación. En vano se intentaba, con medidas de precaución contra la violencia, detener la violencia. Aquella paz mundial descansaba sólo sobre el derecho del más fuerte, y el género humano no había, en realidad, cesado jamás, desde que había caído en la codicia sangrienta de la rapiña, de creerse en el derecho de alcanzar, únicamente con la fuerza de aquel principio, la posesión y el goce de los bienes. Y esto fue ley tanto para el heleno artista como para el tosco bárbaro: no hubo culpa de sangre que aquel pueblo que sabía tan bien crear, no se atrajese sobre sí, en el desgarrador odio para con sus vecinos. Hasta que el más fuerte se acercó también a él, para caer a su vez víctima del más violento, y así, siglo tras siglo, poniendo en juego cada vez más rudas energías, han terminado por conducirnos hoy ante gigantescos cañones y murallas acorazadas, erigidas para nuestra defensa, que se multiplican cada vez más de año en año.

Siempre ha sucedido que, en medio de la locura de la sed de sangre y rapiña, hombres sabios llegasen al conocimiento de una enfermedad fundamental del género humano, que lo conduce fatalmente por el camino de la creciente degeneración. Algunos indicios provenientes de los hombres que viven en estado natural, y míticos recuerdos crepusculares, les permitieron entrever cual sería la condición natural del hombre, y, por contraste, su degeneración actual.

Un misterio intrigó a Pitágoras, el maestro de la alimentación vegetariana, pero ningún sabio después suyo especuló sobre la esencia del mundo ni refundir su doctrina. Se fueron formando paulatinamente sociedades secretas que, lejos de la mirada del mundo y de sus violencias, se ejercitaron en seguir la doctrina como un medio religioso de purificación del pecado y la miseria. Hasta que, entre los más míseros del mundo, apareció el Salvador, para mostrar el camino de la redención, no ya con la doctrina, sino con el ejemplo: dió su carne y su sangre, como última y más alta ofrenda de expiación de toda la sangre pecaminosamente vertida y toda la carne descuartizada; y por ella dió, como cotidiana, a sus discípulos, pan y vino: ‘Alimentaos sólo de esto de ahora en adelante en memoria mía’ (1). Es éste el único oficio de salvación de la fe cristiana: cultivando este banquete se ejercita hasta el fondo la doctrina del Salvador. Una doctrina que la Iglesia cristiana persigue siempre con angustiosos remordimientos de conciencia, sin conseguir jamás ponerla en práctica en toda su pureza, no obstante que, mirado seriamente, constituya el núcleo, perfectamente asimilable para todos, del cristianismo. Así, se ha convertido en una mera acción simbólica, ejercitada por el sacerdote, pero alterada en su espíritu, mientras su verdadero sentido se expresa sólo en los ayunos periódicos, practicados sin embargo en su más estricta observancia por parte de las solas órdenes religiosas, más en el sentido de una privación para incitar a la humildad, que en el de un verdadero y auténtico medio de salud corporal y espiritual.

Quizás fue precisamente la imposibilidad de llevar a las últimas consecuencias de observancia de este precepto del Redentor, mediante la abstención completa de comida animal por parte de todos los creyentes lo que constituyó la razón esencial del decaer tan rápido de la esencia de la religión cristiana. Reconocer esta imposibilidad es, de hecho, reconocer la decadencia inevitable del género humano. Llamada a recoger la herencia del estado fundado sobre la rapiña y la violencia, la Iglesia debía, según el espíritu de la historia, ver la mejor vía en el dominio sobre el imperio y sobre los estados. A este fin, para someter estirpes ya decaídas, tuvo necesidad del terror; la situación singular, por la que el cristianismo podía considerarse heredero del judaísmo, ofreció fácilmente los medios para ello. Entre los hebreos, el Dios de un pequeño pueblo había vaticinado a sus secuaces el futuro dominio sobre toda la tierra, con toda cosa que en ella vive y respira, con tal de que tuviesen fe en las leyes, observando cuidadosamente las cuales habrían debido mantenerse apartados de todos los otros pueblos de la tierra. Odiados y despreciado, en virtud de esta su particular situación por todos los otros pueblos, sin una propia capacidad creadora, alimentando sólo su existencia en el disfrute de la decadencia general, este pueblo habría muy probablemente desaparecido en el curso de violentas convulsiones de la historia, como se han extinguido muchas de las mayores y más nobles estirpes; y fue el Islam quien pareció particularmente destinado a realizar la obra de la completa extinción del judaísmo, habiendo él mismo hecho suyo el dios judaico, creador del cielo y de la tierra, al cual erigió, a hierro y fuego, como único Dios de todos los vivientes. Sólo que los hebreos no se tomaron a mal el repartir esta soberanía mundial de su Jahvé, dado que habían conseguido ya participar en el desarrollo de la religión cristiana, la cual, con todos sus éxitos de dominio mundial, cultura y civilización, era verdaderamente indicada para procurarles, en el curso de los tiempos, el más amplio de los señoríos. Todo comenzó con un hecho histórico extraordinario: en un ángulo de la apartada Judea había nacido Jesús de Nazareth. Sin embargo, no vieron en este origen tan humilde una prueba del hecho de que entre los pueblos dominantes y altamente civilizados de la época, no había habido lugar alguno apto para el nacimiento del Redentor de los pobres, y que sólo la Galilea, que se distinguía de las otras tierras de Palestina por ser objeto de desprecio por los mismos hebreos, había sido la cuna apropiada de la nueva fe, precisamente en virtud de su aparente modestia y humildad (de aquí que a los primeros creyentes, pobres pastores y campesinos, torpemente sometidos a la ley de Israel, pareció necesario buscar el origen de su Salvador en la estirpe real de David, casi para excusar la atrevida oposición a la ley hebraica. Es ya dudoso que el mismo Jesús haya pertenecido a la especie hebraica (2), dado que los habitantes de Galilea eran mal vistos por los hebreos precisamente por su origen impuro; esta cuestión sin embargo, como todas las que se refieren a la existencia histórica del Salvador, debe más bien ser dejada a los historiadores, los cuales a su vez declararon que no saben qué hacer con un Jesús sin pecado. En cuanto a nosotros, bastará constatar el decaer de la religión cristiana, precisamente, por haber recurrido a la religión hebraica para la creación de sus dogmas. Como ya hemos dicho, fue de esto, a pesar de todo, de donde la Iglesia sacó su fuerza y señorío. Porque es claro que allá donde vemos armadas de Cristo descender a la guerra bajo el signo de la Santa Cruz, para realizar rapiñas y baños de sangre, la verdadera guía no es el Misericordioso, sino Moisés, Josué, Gedeón, con los otros paladines de Jahvé; estos fueron los héroes de cuyo nombre se sirvió la Iglesia para encender los animales instintos en las batallas; y un ejemplo muy significativo de esto, al respecto de la evolución antiguo-estamentaria de la Iglesia en Inglaterra, lo encontramos en la historia inglesa de los tiempos de las guerras puritanas. ¿Cómo habría sido posible tener despiertas hasta hoy las pretensiones de la Iglesia sobre el mundo civil, cuyos pueblos, armados hasta los dientes para la recíproca destrucción, hacen derroche de su bienestar y su paz, para lanzarse los unos sobre los otros al primer signo de guerra, sin tal llamada al antiguo espíritu hebraico, puesto sobre el mismo plano que el del Evangelio de Jesús? Es claro que no es Jesucristo, el Redentor, el ejemplo que nuestros capellanes militares ponen ante los ojos de los batallones reunidos en torno a ellos antes de la batalla; incluso, en caso de que apelen a su nombre, quieren, en realidad, decir Jahvé, o aquellos Flchim, que odiaban todos los dioses, aparte del suyo, y por ello los querían ver a todos sometidos a su pueblo fiel.

Si vamos, pues, al fondo de nuestra tan alabada civilización, encontramos que ésta no puede vanagloriarse precisamente de representar el espíritu de la religión cristiana, el cual parece más bien haberse convertido en un pretexto para justificar subjetivamente el compromiso entre la crueldad y la vileza. Signo característico de esta civilización fue, por ejemplo, el hecho de que la Iglesia entregaba al brazo secular a los creyentes en otras fes condenados a muerte, con la recomendación de que en la ejecución de la sentencia no fuese derramada sangre; y con esto se justificaban las hogueras. Está probado que de esta manera incruenta fueron eliminados los espíritus más fuertes y nobles de los pueblos, los cuales, al quedar huérfanos de ellos, eran tomados bajo tutela y domesticados, por deber, por los civilizadores, quienes, imitando por su parte los procedimientos de la Iglesia, no supieron sino sustituir por balas de fusil y cañón, que herían al adversario - según expresión de recientes filósofos- de manera abstracta, las espadas y lanzas, que, por el contrario, producían heridas muy concretas. Así pues, si la vista del toro ofrecido a los dioses despierta ahora espanto, he aquí que, sin embargo, un diurno baño de sangre es sustraído en pulidos establecimientos de carnicerías ' bien lavados, a los ojos de todos aquellos que, luego, en la mesa, se encuentran, servidos y adulterados hasta la irreconocibilidad, los gustosos trozos de carne de los animales domésticos asesinados. Si todos nuestros estados han fundado asimismo su existencia sobre la conquista y la sumisión de sus habitantes, hasta que el último conquistador toma para sí y para los suyos tierra y capital del país como posesión personal -y de esto Inglaterra nos ofrece en todo momento un magnífico ejemplo -, el debilitamiento y la decadencia de las estirpes dominantes hizo también desaparecer gradualmente la apariencia bárbara de tales divisiones injustas de la propiedad: el dinero, con el cual acabó por ser arrebatado el terreno y la propiedad a los propietarios endeudados hasta los caballos, confirió al comprador el mismo derecho disfrutado antes por el conquistador, y en cuanto a la posesión del mundo hay ahora acuerdo entre el hebreo y el noble, mientras el jurista busca en general ponerse de acuerdo con el jesuita sobre las cuestiones generales de derecho.

Desgraciadamente, este idílico cuadro tiene su lado negativo en el hecho de que ninguno tiene confianza en el otro, porque cada uno hace uso sólo, en secreto, del derecho del más fuerte, mientras que toda cuestión que concierne a los intercambios entre los pueblos, parece remitida solamente a los hombres políticos, quienes siguen a rajatabla la doctrina de Maquiavelo: aquello que no quieras que te sea hecho a ti, hazlo a tu vecino.

Corresponde igualmente a la misma idea estatal el hecho de que nuestros regidores que la representan, cuando deben mostrarse en importantes manifestaciones en hábito de principios, visten el uniforme militar, feo e inexpresivo, dado sus fines prácticos, mientras que en otros tiempos se exhibían en los ropajes, ciertamente más nobles y dignos, de supremos jueces.

Constatado, pues, que nuestra complicada civilización no tiene precisamente éxito en el propósito de enmascarar su origen completamente no cristiano, y que no es posible extraer del Evangelio, en cuyo espíritu no obstante somos educados desde la más tierna infancia, los elementos que expliquen o justifiquen su existencia, no hace falta mucho para ver que nuestra condición es la de una victoria de los enemigos de la fe cristiana.

A quien ya haya llegado a un claro conocimiento de esto, no le resultará difícil percibir la razón por la que, incluso en los sectores pertenecientes a la cultura del espíritu, se manifiesta una decadencia cada vez más marcada: la violencia puede civilizar, pero la cultura debe florecer en el terreno de la paz, según el espíritu de su mismo nombre, que está extraído de la práctica del cultivo de los campos. Fue en este terreno, que sólo pertenece al pueblo productor y creador, de donde surgieron los conocimientos, las ciencias y las artes, alimentadas a su vez por las religiones correspondientes a los diversos espíritus de los pueblos. Pero he aquí que a estas ciencias y artes de la paz, se acerca la ruda violencia del conquistador diciéndoles: lo que sirve a fines de guerra puede desarrollarse; lo que no sirve, vaya pues a la ruina.

Así se ve como la ley de Mahoma se ha convertido en la verdadera ley fundamental de toda nuestra civilización, y se percibe en qué modo, bajo ella, florecen entre nosotros las ciencias y las artes. Si, por casualidad, surge una cabeza como es debido, que habla sinceramente desde el fondo de su propio corazón, estad seguros de que las ciencias y las artes de la civilización sabrán indicarle el camino a seguir. Es como si se le preguntase: ¿estás dispuesto a ser útil a una civilización malvada y sin corazón, o no? Las llamadas ciencias naturales, y particularmente la física y la química, se apresuran a demostrar, a los departamentos encargados de la defensa, cuántas energías y cuántos materiales destructivos pueden encontrarse por medio suyo en el mundo, incluso si desgraciadamente no consiguen aun inventar el modo de evitar los daños producidos por el hielo y el granizo. Por esto, estas ciencias resultan particularmente favorecidas; por otra parte, las enfermedades devastadoras de nuestra cultura inducen a la vergüenza de las operaciones de vivisección realizadas sobre los animales por los llamados fines especulativos, bajo la protección del Estado que, de este lado, adopta el punto de vista científico. En cuanto a la mina aportada a una posible evolución de una cultura popular cristiana por el renacimiento latino de las artes helénicas, se encarga de halagar de año en año, cada vez más, una filosofía obtusa y chapucera, que menea alegremente la cola en tomo a los tutores de la antigua ley del derecho del más fuerte. Todas las artes son, después, sin más, llamadas en ayuda y cultivadas, apenas parezcan útiles para encubrir la miseria y para evitar que nos sintamos inmersos en ella: Distracción, distracción. ¡Por amor de Dios, no os recojais para pensar: a lo más organizad vuestras colectas de dinero para los que han sufrido con las inundaciones o para las víctimas de los incendios, para los que, naturalmente, las cajas del Estado no tienen perras! Y es para este mundo para el que se continua pintando y creando música. En los museos continua admirándose y explicándose críticamente a Rafael, y su Madonna Sixtina queda para los entendidos, naturalmente, como una obra maestra. En las salas de concierto se escucha, desde luego, aún, a Beethoven; pero si nos preguntamos qué podría significar una Sinfonía Pastoral, por ejemplo, para nuestros públicos, el problema, bien mirado, nos induciría a pensamientos que muchas veces han hecho apremio en la mente del autor de este artículo, y que está ahora tentado de comunicar a su benévolo lector, suponiendo que la denuncia de la profunda decadencia en la que se ha precipitado el hombre histórico, no lo haya asustado ya, disuadiéndole de proseguir la lectura.

III

La hipótesis de una degeneración de la estirpe humana podría ser, a pesar de aparecer como contraria a la optimista confianza en un continuo progreso, sin embargo, la única que, considerada seriamente, estuviera en condiciones de abrimos el ánimo a una bien fundada esperanza. La llamada concepción pesimista del mundo puede aparecérsenos en realidad como justificada, con tal de que sea referida al hombre histórico; debería, no obstante, ser bastante modificada cuando el hombre histórico nos fuese tan claramente conocido que pudiésemos concluir, gracias a la constatación de sus efectivas disposiciones naturales, que ha habido una degeneración introducida posteriormente, pero no necesariamente fundada en aquellas disposiciones. Si encontrásemos, en particular, confirmación de la hipótesis de que la degeneración se ha producido en virtud de extra-potentes influencias externas, contra las cuales el hombre prehistórico, aún inexperto con respecto a ellas, no consiguió defenderse, entonces el cuadro de la historia del género humano hasta ahora conocida, podría presentársenos bajo el aspecto de un doloroso periodo de evolución de su conciencia, intento de dirigir los conocimientos adquiridos por este camino a la defensa de aquellas dañinas influencias.

Aun cuando a nuestros ojos se presenten oscuros, y hasta contradictorios, en el contorno de breve tiempo, los resultados de las investigaciones científicas, induciéndonos más bien a error que no procurándonos claridad, parece ya sin embargo sólida una teoría de nuestros geólogos, según la cual el género humano, surgido en el último instante del regazo de la población animal de la tierra, y al que aún pertenecemos, habría sido testigo, al menos en buena parte, de una violenta transformación de la superficie de nuestro planeta.

Suministraría prueba de esto un detenido examen de la forma de nuestro planeta, el cual revelaría como en una época cualquiera de su última constitución se hundió una gran parte de las tierras firmes, unidas unas a otras, mientras otras se elevaron, mientras enormes masas de agua se desviaron desde el Polo Sur, irrumpiendo, de manera semejante a rompehielos, contra los linajes y contrafuertes de la tierra firme de la mitad septentrional del globo, tras haber barrido, en espantosa fuga, a todos los supervivientes. Los documentos de la posibilidad de una tal fuga de la vida animal, desde el círculo de los trópicos hacia las más crudas zonas septentrionales, sacados a la luz por nuestros geólogos, con descubrimientos como esqueletos de elefantes en Siberia, son bien notorios. Importante para nuestras indagaciones es el hacer ahora una idea de las modificaciones necesariamente experimentadas en la vida animal y humana hasta entonces criada en el seno materno de sus tierras originarias, como consecuencia de tales violentas dislocaciones. Sin duda alguna, la formación de desiertos sin fin, del tipo del Sahara africano, debía precipitar a los habitantes de las que habían sido magníficas tierras costeras en tomo a los grandes lagos, a una carestía, de cuyo horror podemos hacemos una idea leyendo los relatos de las víctimas de los naufragios, a consecuencia de los cuales, hombres perfectamente civilizados de nuestras naciones actuales, fueron impulsados incluso al canibalismo. En las húmedas zonas costeras de los lagos canadienses viven aún especies animales afines a los tigres y las panteras, que todavía se nutren de frutas, mientras en las márgenes de estos desiertos el tigre y el león históricos han evolucionado a la forma de fieras feroces y sanguinarias.

Que originariamente ha sido sólo el hambre lo que ha impelido al hombre a la naturaleza de los animales y a la alimentación carnívora, sin que esto se debiese al traslado a climas más fríos (como querrían sostener los que creen un deber prescribir la alimentación animal a las tierras nórdicas, como un deber dictado por el propio principio de conservación) lo demuestra el claro hecho de que grandes pueblos, que tienen la posibilidad de alimentarse copiosamente de frutos, incluso en los climas más rudos, no pierden nada de su fuerza y de su capacidad de resistencia manteniendo la alimentación exclusivamente vegetal, como puede constatarse en los campesinos rusos, los cuales llegan a muy avanzadas edades; de muchos japoneses, que conocen igualmente sólo una alimentación vegetal, se enaltece el valor guerrero y el raciocinio agudo. Hay que pensar, por tanto, que han sido casos determinados, por completo anormales, como, por ejemplo, los de las estirpes malasias, empujadas hacia las estepas del Asia Septentrional, entre las que el hambre produjo también la sed de sangre, de la cual nos enseña la historia que no se puede aplacar, una vez surgida, por ningún medio, y que infunde en el hombre no ciertamente el valor, sino la furia de los impulsos destructores. Ni puede haber ciertamente otra razón de esto sino aquella por la que el animal armado de garras se hizo rey de los bosques, no menos de como la bestia humana se ha hecho dominadora de todo el mundo pacífico: un acontecimiento debido a precedentes revoluciones del globo terrestre, que sorprendió al hombre prehistórico, tanto más cuanto que él no se hallaba, preparado ante ello. Pero así como la bestia feroz no vive bien, así vemos disminuir poco a poco el bienestar de la bestia humana, convertida en dominadora. Como consecuencia de una dominación contraria a la Naturaleza, el hombre sufre de enfermedades, que se presentan sólo en el género humano, y no alcanza ni una muerte dulce, sino que es atormentada física y espiritualmente, llegando a través de una vida depauperada a una pavorosa muerte (3).

Si hemos dirigido desde el principio, la atención en general, a los resultados de esta fiera humana, tal y como nos son mostrados por la historia, nos parece ahora oportuno indagar más de cerca cuáles fueron las tentativas positivas en sentido contrario, para un reencuentro del "paraiso perdido", que se hallan en el curso de la historia, pero que se hacen cada vez más débiles a medida que se avanza en el tiempo, hasta hacerse hoy casi imperceptibles.

Entre estos últimos, en nuestro tiempo se pueden citar la constitución de asociaciones vegetarianas; sólo que incluso en medio de estos grupos de hombres, que parecen haber captado inmediatamente el punto focal de la cuestión de la regeneración de género humano, se suele oir, por parte de algunos miembros del más elevado sentir, el lamento de que sus compañeros practican la abstención de la alimentación cárnea a lo más sólo por razón de dietética personal, sin ninguna referencia a la gran idea regeneradora, que debe constituir el verdadero problema, si tales grupos quieren adquirir en algún, momento fuerza moral. Junto a ellos se encuentran, con una cierta eficacia práctica ya conquistada, las Sociedades Protectoras de Animales; en realidad éstas últimas, que igualmente buscan ganar el favor popular desterrando fines utilitarios, podrían en lugar, de eso, obtener éxitos verdaderamente notables una vez que elaborasen los argumentos de la piedad para con los animales, hasta encontrarse con la más profunda tendencia del vegetarían. Una fusión de ambos movimientos, fundada en esta interpretación debería ya desarrollar una fuerza de penetración considerable. No menos éxito debería obtener un llamamiento, por parte de ambos grupos, a motivos más altos de los hasta ahora salidos, a la luz entre las leyes antialcohólicas. La peste del alcoholismo, que. es la última que se ha derramado sobre los esclavos de la moderna civilización de la guerra, procura al Estado, mediante impuestos de todo género tales ganancias, que este último no muestra signo alguno de querer renunciar a ella; mientras, por otra parte, los grupos anti alcohólicos tienden sólo a fines prácticos, como el de obtener seguros baratos con respecto a los barcos, a sus cargamentos, etc., a fin de que sean vigilados los hombres de probada sobriedad. Nuestra sociedad mira con desprecio los efectos que obtienen estos tres tipos de asociaciones, que en realidad en su aislamiento no tienen eficacia alguna; hay que admirarse, por otra parte, de que el desprecio no degenere directamente en la burla abierta e, integral, cuando se ven a los apóstoles de las asociaciones pacifistas presentarse respetuosamente ante nuestros amos y profesionales de la guerra.

Respecto a esto, hemos tenido últimamente un ejemplo, y recordamos la respuesta de nuestro célebre Belicoso, según el cual un obstáculo para la paz, ya formado en realidad desde hace un par de siglos, sería la falta de religiosidad de los pueblos. Es difícil a este punto hacerse una idea clara de lo que haya podido entender por religión y religiosidad; y es particularmente un poco árduo pensar que sea precisamente la irreligiosidad de los pueblos y de las naciones, como tal, lo que obstaculiza la abolición de las guerras. Quizás nuestro Feldmariscal tenía alguna otra cosa en la cabeza cuando hablaba de aquel modo; y contemplando ciertas manifestaciones actuales de alianzas internacionales para la paz, no debería ser difícil explicar porque se ha hecho en ellas tan poco caso de la religiosidad (4).

El cuidado de la enseñanza religiosa ha sido dirigido, por el contrario, en los últimos tiempos, mediante intentos realizados aquí y allá a las grandes organizaciones de trabajadores; y la justificación de esto no debería pasar inadvertida a los verdaderos amigos de la humanidad, cuyas intervenciones, verdaderas o presentidas en el cuerpo de la sociedad nacional, se han presentado a los tutores de la misma más o menos peligrosos. Toda protesta, incluso de la apariencia más justa, presentada por el llamado socialismo (5) a la sociedad civil, pone efectivamente en cuestión, si se piensa con cuidado, la justificación misma de tal sociedad.

Así sucede que, dado que parece difícil esperar en un reconocimiento real de una disolución legal de lo que hoy legalmente subsiste, los postulados de los socialistas aparecen sino envueltos en una cierta oscuridad, apta para conducir a falsas consecuencias, cuyos errores los egregios calculadores de nuestra civilización se apresuran inmediatamente a denunciar.

Con todo podría suceder, por motivos interiores fuertemente fundados, que el socialismo de hoy fuese tomado finalmente en consideración por parte de nuestro mundo, una vez que entrase en una verdadera e íntima comunión con las tres sociedades de que hemos hablado, de los vegetarianos, de los protectores de animales y de los abstencionistas. Una vez que se pudiese esperar del hombre, educado por nuestra civilización sólo en la valorización de su calculador egoismo, que esta comunión entre todas esas asociaciones, con perfecta comprensión de las tendencias y de los fines de cada una, hoy sin fuerza en su desunión, pudiese ganar pie firme entre los hombres, entonces podría también estar justificada la esperanza de un retorno a una verdadera religión. Lo que hasta ahora pareció a los creadores de todas aquellas asociaciones justificable sólo en base a cálculos, se funda, por el contrario, en una raiz a ellos mismos ignota, que abiertamente declaramos tener asiento en una propia y verdadera conciencia religiosa; incluso en el fondo de la revuelta del trabajador, quien produce toda clase de cosas útiles para sacar de ellas relativamente lo mínimo, hay una conciencia de la inmoralidad de nuestra civilización, que en realidad puede ser impugnada por los paladines de esta última sólo mediante los más ridículos sofismas; puesto que, suponiendo incluso que el principio fácilmente demostrable según el cual la riqueza en sí no hace felices, fuese aclarado en todos sus puntos, sólo el hombre más despiadado negaría que la pobreza hace miserables. Nuestra Iglesia cristiana, fundada sobre el Antiguo Testamento, apela a tal propósito, para explicar la situación infeliz de todas las cosas humanas, al pecado original de los rimeros hombres, que se hace derivar - de modo verdaderamente singular -, según la tradición hebraica, no de un disfrute prohibido de carne animal sino de la fruta de un árbol; con ello está singularmente de acuerdo el hecho de que el dios de Israel encontró más grato el cordero bien cebado de Abel que la ofrenda de frutas del campo de Caín. De estas expresiones bastante discutibles del carácter de dios de la estirpe de Israel deriva un tipo de religión contra cuyo empleo para la regeneración del género humano, un vegetariano profundamente convencido podría tener diversas razones que objetar. Si suponemos que, poniéndose de acuerdo eventualmente con el vegetariano, un miembro de la sociedad protectora de animales intuyese consecuentemente el verdadero significado de la piedad que le guía y ambos se dirigiesen unidos al paria de nuestra civilización, que se está ahogando en los aguardientes, anunciándole una regeneración a través de la abstención de los venenos que absorbe con el fin de combatir su desesperación. de semejantes uniones podrían obtenerse resultados cuya probabilidad resulta excelente según los ensayos ya hechos en ciertas prisiones americanas, en virtud de los cuales, los peores delincuentes, mediante una sabia dieta vegetariana, se han transformado en los hombres más afables y felices. ¿A quién rendirían en realidad homenaje los miembros de una tal sociedad, cuando, después del trabajo del día, se reuniesen en un banquete, para reponerse con el pan y con el vino?.

Imaginémonos una fantasía que nada, aparte del pesimismo absoluto, nos impide pensar realizable según la razón. Quizás no esté fuera de lugar el tener confianza en una más amplia eficacia de esta imaginaria sociedad, desde el momento en que partimos del fundamento de que el determinante de la regeneración es la falta de un fundamento religioso, según el cual la decadencia del género humano ha sido causada por su alejamiento de la alimentación natural. La noción, resultante de una cuidadosa indagación del hecho de que sólo una parte (se opinó incluso que sólo un tercio) del género humano se encuentre en esta condición, debería reforzarse con el ejemplo de la innegable prestancia de la mayor parte de los que ha permanecido fiel a su alimentación natural, e indicar de manera convincente los caminos que habría que trazar con vistas a la regeneración de la otra parte degenerada, si bien dominante. En caso de que fuera fundada la hipótesis según la cual en los climas nórdicos la alimentación cárnea sería indispensable, ¿qué nos impediría emprender una razonable emigración de pueblos hacia otras tierras de nuestro planeta que, como ha sido afirmado a propósito de la península sudamericana, en virtud de su extraordinaria productividad, estarían en situación de nutrir a toda la actual población del mismo?. Las tierras super ricas de vegetación de Sudáfrica las dejan los amos de nuestros estados confiadas a la política de los intereses comerciales ingleses, mientras éstos, por su parte, junto con los más eminentes a ellos sujetos, no saben hacer otra cosa, en cuanto se presenta la ocasión de huir a la amenaza de una carestía, que retirarse de ellas, dejándolas, en el mejor de los casos, tranquilas, pero de cualquier modo sin guía y como presa para el disfrute ajeno. Dado que las cosas han llegado a este punto, las asociaciones auspiciadas por nosotros deberían encaminar sus cuidados y sus actividades a favorecer estas tendencias, canalizándolas quizás no sin buen éxito hacia la emigración; según las últimas experiencias, no parece imposible que pronto estas tierras nórdicas, queden abandonadas a los cazadores de jabalís y animales montaraces y a su completa disposición, una vez que hubiese desaparecido todo el peso de la población más baja que pide continuamente pan; en este caso, éstos podrían hacer verdaderamente bien destruyendo a los animales de rapiña, que de otro modo tomarían ventaja en las tierras abandonadas. No deberían damos vergüenza las palabras de Cristo: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", dejando a los cazadores sus reservas de caza y reservando para nosotros el cultivo de los campos; y en cuanto las panzas plutocráticas de nuestra civilización, hinchadas gracias a nuestro sudor, sonantes y masticantes, levanten escandalizados su griterío, nos los cargaremos como cerdos a nuestras espaldas, en espera de que ante la inesperada contemplación del cielo, que jamás han contemplado, se vean inducidos al silencio y la reflexión.

Al pintar sin escrúpulos este cuadro fantástico, que nos hace sonreír al mirarlo, de un intento de regeneración del género humano, no es necesario por ahora que nos detengamos a considerar todas las objeciones que podrían sernos puestas por los amigos de nuestra civilización. Por una parte, nuestra hipótesis se basa en conocimientos obtenidos a través de serias indagaciones científicas, mientras que nos ha sido aligerada la tarea de tomar nota de todo ello gracias a la generosidad de hombres elegidos, entre los que dirigimos, reconocidos el ánimo, en primer lugar, a los más meritorios. Mientras, por ese motivo, referimos toda posible objeción a ellos, nuestra tarea en este punto es sólo la de fortalecernos bien sobre el principio de base, según el cual, todo genuino impulso y toda energía verdaderamente activa orientada a los fines de la gran regeneración no podrán surgir sino sólo del sólido terreno de una verdadera religión. Después de que nuestra rápida exposición ha hecho relampaguear repetidas veces ante nuestros ojos, a este propósito, alusiones muy clarificadoras, no nos queda sino volvernos directamente hacia este punto fundamental de nuestra búsqueda porque desde él será posible dirigir también una mirada, para nosotros determinante, al arte, con suficiente seguridad.

Hemos partido de la hipótesis de una degeneración del hombre prehistórico; con este término no queremos, sin embargo, entender "el hombre primordial", del cual razonablemente no podemos tener ninguna noticia, sino de aquellas estirpes de las que no conocemos sus acciones, pero sí las obras. Tales obras son todos aquellos inventos de la cultura que después el hombre histórico ha disfrutado y adaptado a sus fines civilizadores, pero que en modo alguno ha renovado o acrecentado; ante todo, el lenguaje, el cual, desde el sánscrito hasta la última amalgama lingüística europea, no ha hecho sino sufrir una creciente degeneración.

Quien, en esta nuestra consideración general, sopese cuidadosamente las inclinaciones del género humano, que a nosotros, en nuestra actual decadencia no pueden dejar de presentársenos como singulares, deberá llegar a la conclusión de que el enorme impulso, que, de la destrucción a la reforma, pasando a través de todas las posibilidades de su satisfacción, nos muestra este inmundo mundo como obra suya, ya había llegado a su meta con la creación del hombre; puesto que, en él, aquél impulso cósmico le hizo finalmente consciente de sí mismo y de su profunda voluntad, de modo que, conociéndose a sí mismo y a su esencia,

podía ya decidir sobre sí mismo.

El hombre primitivo era ya capaz de comprobar en sí la sensación de terror necesaria para su última redención, redención precisamente posible en virtud de ese conocimiento del sufrimiento que le hacía posible el reencontrarse en todas las apariciones fenoménicas de su propia voluntad; y fue el encaminarse al desarrollo de esta facultad de sufrir lo que le dio conocimiento. Si nos es imposible no identificar en la imagen divina la cualidad de la imposibilidad de sufrir, hay que reconocer, sin embargo, que esta imagen se funda en el deseo de una situación, para la cual en realidad no poseemos ninguna expresión positiva, sino sólo negativa. En tanto que nos vemos obligados a proseguir la obra de esa voluntad, que somos nosotros mismos, nos encontramos vacíos en el espíritu de la negación, que es negación de éste nuestro mismo querer, el cual, ciego y haciendo presa solamente en el deseo, se manifiesta con claridad únicamente como negación de todo lo que se le pone delante como obstáculo o insatisfacción. Pero hay que reconocer que todo este afanarse suyo contra el objeto no es otra cosa que una auto negación, y de esto a la auto consciencia conocedora de la realidad efectiva del propio ser no hay más que un paso, que se produce cuando del sufrimiento propio brota la compasión. Compasión que, como momento en el que se suspende el querer, constituye la negación de una negación, que según las reglas de la lógica equivale a una afirmación.

Si ahora intentamos, bajo la guía del grandioso pensamiento de nuestro filósofo, representarnos con alguna claridad el inevitable problema metafísico de la finalidad del género humano, no podemos menos de reconocer en aquella caída, que ha arrastrado a toda la historia por nosotros conocida del género humano, una severa escuela del dolor impuesta a sí misma por la voluntad ciega, en la que uno se hace vidente, poco más o menos en el sentido de aquella potencia "que siempre el mal quiere y siempre el bien produce" (6). A tenor de los conocimientos que hoy tenemos entorno a la evolución. de nuestro planeta, éste produjo ya una vez sobre su superficie especies vivientes similares a la humana, que posteriormente sumergió en una nueva catástrofe producida por sus mismas fuerzas endógenas; del sucesivo género humano actual sabemos que, al menos en gran parte, fue expulsado de sus lugares originales por un último cataclismo, que modificó notablemente la superficie terrestre.

El retorno a una condición paradisíaca, pura y simple, no parece la última solución del enigma de este potente instinto impulsor que en todas sus manifestaciones está presente a nuestra conciencia en su pavoroso terror. Siempre nacerán o se renovarán las posibilidades de la destrucción y del anonadamiento, que son las manifestaciones a través de las que aquél revela su propia esencia, ni podrá desmentirse jamás nuestro mismo origen de aquellos gérmenes de vida, que siempre surgen de nuevo, en horrendas formas, de las profundidades de los mares.

Este mismo género humano, nacido para la contemplación y el conocimiento, en los que se aplaca finalmente la salvaje voluntad de la vida, ¿no muestra en el fondo, y contemporáneamente también, los grados más bajos de su desarrollo, detenidos en los insuficientes intentos de llegar a las más altas esferas, entretenidos y ligados a su propio obstinado querer, como espectáculos de vergüenza y de piedad?. Si, echando un vistazo a nuestro alrededor, ya todo esto no puede dejar de llenar de tristeza y angustia a las estirpes más generosas de los hombres, criados en el seno de una naturaleza afectuosa y maternal, y educados en la benignidad, ¿qué dolor no debe invadirles cuando deben permanecer mirando, impotentes, la propia decadencia, su degeneración que llega hasta los más bajos abortos de la especie?. La historia de esta caída, de la que hemos trazado las líneas más generales, puede, si se la considera bajo el perfil de una escuela del dolor del género humano, hacernos comprender la enseñanza contenida en ella: esto es, que estamos destinados a corregir, con pleno conocimiento, los estragos nacidos del ciego germen de la voluntad de la vida, letal para el alcance mismo del fin por ella inconscientemente perseguido, y después a restaurar la casa destruida por la tempestad, salvándola de una nueva destrucción. Que todas nuestras máquinas no sirven a tal fin, debería aparecer claro dentro de no mucho tiempo a las generaciones actuales, dado que el dominio sobre la naturaleza puede resultar un éxito sólo para los que la comprenden y saben actuar en conformidad con ella, como acaecería si tuviese lugar una distribución más racional de la población de la tierra sobre su superficie; en donde nuestra civilización se entretiene hasta lo imposible en una lucha casi infantil, valiéndose de sus insuficientes medios mecánicos y químicos, y del sacrificio de las mejores energías humanas para la supervivencia humana. Podemos declararnos, por el contrario, para siempre, contra toda posibilidad de recaída del género humano una vez alcanzada la más alta formación moral, incluso en la hipótesis de notables convulsiones de nuestras zonas terrestres, una vez que la experiencia histórica de esta decadencia produjese y fundase sólidamente en nosotros una conciencia profundamente religiosa, no distinta de la de aquellos tres millones de hindúes de que hemos hablado.

Pero ¿debería ser precisamente nueva por completo la religión que nos protegiera de una recaída a la dependencia del poder de la ciega voluntad? ¿No celebramos en nuestro alimento cotidiano al Salvador? ¿Tenemos acaso necesidad de todo el aparato alegórico con el que hasta ahora todas las religiones, y de modo particular la profunda religión brahamánica, han terminado por desnaturalizarse hasta ser unas contrahechas? ¿No tenemos en nuestra historia la vida en su verdad ante nosotros, que ya nos ofrece todas las enseñanzas, mediante la evidencia del ejemplo? Comprendámos la historia como es debido, esto es, en espíritu y en verdad y no en las palabras y mentiras de nuestros historiadores universitarios, que sólo

conocen hechos, entonan himnos al mayor conquistador, y no tienen ninguna palabra para los sufrimientos de la humanidad. Y reconozcamos, con el corazón vuelto hacia el Salvador, que no las acciones, sino los sufrimientos de la historia, nos revelan lo íntimo de los hombres del pasado, haciéndolos, a nuestros ojos, dignos de nuestra memoria y de nuestra atención, y que no a los héroes vencedores, sino a los vencidos, pertenece nuestra compasión. Aun cuando una regeneración del género humano pueda producirse pacíficamente, en virtud de la fuerza de una conciencia que finalmente ha llegado a su serenidad en la naturaleza que nos rodea se hará siempre sensible, sin embargo, la inaudita tragedia de esta existencia terrestre en la violencia de los primeros elementos, en la base de manifestaciones de la voluntad cósmica que se agita incesantemente bajo nosotros y junto a nosotros en los océanos y en los desiertos, en el insecto, incluso en el gusano que pisamos sin percatamos; y no habrá día en que no debamos elevar nuestra mirada al Redentor en la cruz, como última y suprema vía de salvación.

Felices nosotros si podemos tener la gracia de intuir el sentido del Mediador sublime del Reino con conocimiento puro, y dejarnos conducir por el Poeta-Artista de la tragedia del mundo hacia una intuición conciliadora, que dé serenidad a la esencia de nuestra humana vida.

Un sacerdote poeta, el único que no mintió, nació siempre en medio de la humanidad, en los peores períodos de sus tremendos errores; y volverá una vez más para conducirnos a la vida renovada, indicándonos, en la realidad ideal, el Símbolo de toda cosa fugaz, cuando la mentira materialista del historiador yazca ya desde mucho tiempo bajo el polvo de los legajos de nuestra civilización. Entonces no tendremos finalmente necesidad de todas aquellas triquiñuelas alegóricas, que hasta ahora han camuflado de tal modo el núcleo más noble de la religión, que lo han manchado, y nos han inducido a negar la credibilidad del mismo; y cesará por completo el teatralismo charlatán que todavía hoy vemos pervirtiendo tan fácilmente al pueblo pobre y lleno de fantasía, fácil de dejarse engañar, particularmente en los países del sur, decayendo de la verdadera religiosidad a un frívolo juego de lo divino; de todo este armatoste no tendremos ya entonces verdadera necesidad para conservar el culto religioso.

Hemos dicho en el comienzo cómo sólo un enorme genio artista podía salvar para nosotros, transfigurándolo en el ideal, el sublime sentido original de aquellas alegorías; y cómo, sin embargo, el mismo arte, harto de cumplir ese cometido ideal, orientándose poco a poco a los fenómenos reales de la vida, fue por así decirlo, arrastrado por la malignidad de lo real hasta su propia decadencia. Pero he aquí que ahora tenemos una nueva realidad ante nosotros; una estirpe que, del profundo conocimiento religioso de la razón de su caída, saca motivo para volver a elevarse y a darse una nueva forma de vida, teniendo en mano el verídico libro de una verídica historia, en la cual, finalmente, y sin ilusiones, percibe su verdadero semblante.

Lo que un tiempo desplegaron ante los ojos de los decadentes atenienses sus grandes trágicos en sus sublimes creaciones, sin conseguir, sin embargo, detener la progresiva caída de su pueblo; lo que Shakespeare hizo discurrir en el espejo de sus maravillosas improvisaciones dramáticas ante un mundo que se mecía en la ilusión de un renacimiento de las artes y de los espíritus libres, deslumbrado por una belleza en realidad no sentida, lo que le condujo a una amarga desilusión acerca de la real nulidad de sus valores, fundados sobre la violencia y sobre el miedo; todas las obras que nacieron de los grandes espíritus sufrientes, son las que deberán guiarnos y pertenecemos verdaderamente, mientras las empresas de los protagonistas de la historia no pueden aparecemos de nuevo presentes y vivas sino a través de la evocación de aquéllas. Así debería estar ya cercano el tiempo de la redención de la gran Casandra de la historia del mundo, de la liberación del sortilegio, que nos ha impedido creer en sus profecías. Será entonces a nosotros a quienes aquellos sabios poetas habrán hablado verdaderamente, y volverán de nuevo a hablar.

A espíritus sin corazón y sin cerebro se les ha ocurrido, hasta hoy, a menudo, imaginar la condición del género humano, una vez libre de los sufrimientos de una vida pecaminosa, como llena de indiferencia y de aburrimiento, a cuyo propósito conviene destacar que esta gente tiene sólo en la mente el pensamiento de la liberación de las necesidades más bajas de la voluntad de la vida, mientras, como hemos dicho hace poco, la palabra de los grandes espíritus poetas y videntes no han sabido ellos entenderla jamás. Nosotros, por el contrario, nos representamos esta necesaria liberación futura de todo dolor y pena, sólo como efecto de un profundo conocimiento a cuya mirada interior, esté siempre presente el tremendo enigma del ser. Lo que en el más simple y conmovedor símbolo religioso nos une es la acción concorde del rito; lo que en las trágicas enseñanzas de los grandes espíritus nos induce a la elevación y a la compasión es el conocimiento, el cual se manifiesta en nosotros en las formas más dispares, por la necesidad de una redención. De esta redención tenemos casi el presagio cada vez que llega la hora de la gracia en la que todas las formas fugaces del mundo desaparecen a nuestros ojos, en un presentimiento de sueño: entonces no nos angustia ya la imagen del abismo sin fin y de los monstruosos caprichos del infierno, de todas las morbosas apariencias de la voluntad que incesantemente se desgarran a sí mismas, que de día - ¡ay de mí!- la historia de la humanidad nos pone delante: puro y ansioso de paz resuena entonces en nuestros oídos el lamento de la naturaleza, exento de temor, colmado de esperanza, liberador del mundo. El espíritu de la humanidad, hecho uno en este lamento, convertido en conocedor por él de su tarea redentora de toda la naturaleza que con él padece, escapa finalmente al abismo de los fenómenos, y, desembarazada de la horrible cadena de las causas del nacer y del morir, la voluntad inquieta se siente al fin reunida consigo misma, y de sí misma liberada.

En la Suecia recientemente convertida, los hijos de un párroco oyeron, en las riberas de un río, a una ninfa que, tocando el arpa, cantaba: "¡Continúa, pues, cantando -la gritaron-, de todos modos no serás feliz!". Triste, la ninfa bajó el instrumento e inclinó la cabeza; los niños la oyeron llorar, corrieron a casa y se lo contaron a su padre. Este les dijo unas palabras, mandándoles con una buena nueva a la ninfa. " ¡Hermosa, no estés ya triste -la gritaron desde lejos -, nuestro padre nos manda decir que puedes volver de nuevo a ser feliz!" Entonces se oyó todas las noches, de la parte del río, tocar y cantar cosas tan hermosas como jamás se habían oído.

A nosotros, fue el Salvador mismo quien nos dijo que cantásemos e hiciésemos resonar todas las cuerdas de nuestra sed, de nuestra fe y de nuestra esperanza. La Iglesia de Cristo nos ha transmitido su más noble herencia en el espíritu que todo sufre, todo dice, y todo canta.

Salida de los muros del templo, la santa música debería penetrar, vivificándole, todo espacio de la naturaleza, enseñando a la humanidad necesitada de salvación un nuevo lenguaje, en el cual pueda expresarse, con inequívoca claridad, lo que no conoce límites.

Pero, ¿qué pueden decir hoy al mundo incluso las obras más divinas de la música? ¿qué pueden significar las revelaciones sonoras del conocimiento puro, provenientes del mundo del sueño, para el público de los conciertos?. Quien tenga la indecible fortuna de entender con el corazón y con el espíritu en su pureza, una de las cuatro últimas sinfonías beethovenianas, trate de imaginarse de que tejido debería estar hecho todo un auditorio que verdaderamente experimentase en sí a través de la audición el efecto correspondiente a la real substancia de aquellas obras: quizá pudiese ayudarle a imaginarlo una analogía con el singular culto religioso de la secta de los Shakers de América (7), cuyos miembros, después de la solemne confirmación del voto de renuncia, se abandonan al canto y a la danza en el templo. Si, en este caso, se desencadena una alegría infantil por la reconquistada inocencia, para nosotros - que a través del conocimiento de la caída del género humano hemos alcanzado la certeza de la victoria sobre nosotros mismos, y la celebramos con el rito de la comunión del pan y del vino- sumergirnos en el elemento de aquellas revelaciones sinfónicas adquiriría el valor de un rito religioso, purificador y consagrador. Alto y sereno sube el grito de la nostalgia en el éxtasis divino. Abnest du den Schöpfer, Welt?, ("¿Sientes tu al Creador, oh mundo?") grita el poeta que, en la impotencia de sus palabras, se ve obligado a servirse de una metáfora antropomórfica, por expresar lo inexpresable. Mas allá de toda limitación del concepto, el músico vidente nos auxilia, revelando lo inexpresable; y nosotros advertimos, como en presagio, sentimos y vemos que también este mundo de la voluntad, del cual parece que uno jamás puede huir, es sólo un estado, algo que se disipa ante el Uno: Ich weiss, dass mein Erlösser lebt! (" ¡Sé que mi Redentor vive!").

IV

"¿Ha gobernado alguna vez un estado?", preguntó una vez Mendelssohn Bartholdy a Berthold Averbach, quien se había permitido hacer una crítica, probablemente no grata al célebre compositor, del gobierno prusiano. “¿Quiere acaso crear una nueva religión?" se le podría preguntar al autor de este artículo. Como tal debo declarar francamente que creo que es un tanto imposible, como creo que sería imposible que Averbach, en caso de haber obtenido mediante el apoyo de Mendelssohn un estado, hubiese estado en condiciones de regirlo. Mis pensamientos han florecido en mi mente como artista, en mis relaciones con el mundo: y me ha parecido estar sobre el camino recto, tras haber meditado sobre los motivos por los que

incluso los éxitos considerables y afortunados que me han sido concedidos me han dejado por completo insatisfecho. Una vez llegado así a la convicción de que un verdadero arte puede florecer sólo en el terreno de un verdadero hábito moral he terminado por reconocerle una misión tanto más elevada, cuanto más se me ha aparecido como perfectamente idéntica con la religión verdadera. El artista debería abstenerse de deducir el porvenir del género humano por la historia de la evolución en tanto que considere aquella historia en base al metro de la pregunta de Menndelssohn y considere al estado como una especie de rueda de molino a través de la cual pase el trigo de la humanidad, trás ser trillado en la era de la guerra.

Mientras, a lo largo del camino de las meditaciones, ha hecho presa de mí una justa repugnancia ante ese destino de la humanidad; me ha parecido un buen signo de advertencia entrever una mejor condición de la humanidad futura, una condición en la que no sólo la religión y el arte se conservan, sino que llegan por primera vez, a su única, verdadera y justa valorización, y en la que está completamente excluida la violencia, dado que la única cosa de que hay necesidad es de la energía necesaria al tranquilo desarrollo de las semillas, ya fructificadas por doquier en tomo a nosotros, si bien ahora sólo de manera defectuosa y débil.

Otra cosa se verificaría, naturalmente, si a los poderes que rigen las cosas del mundo les viniese a faltar progresivamente la sabiduría. Qué mágica fuerza pueden tener estos poderes es problema que despierta la misma maravilla que un día probó Federico el Grande, cuando respondió humorísticamente a un príncipe, que era huesped suyo, y que en un desfile le expresaba su admiración por sus soldados: "Lo más extraordinario no es esto, sino más bien que estos muchachos no disparen sobre nosotros". Afortunadamente no se puede prever en qué medida, dados los estímulos de todo género puestos en acción para los fines del honor militar, la máquina de la guerra puede corroerse por conmoción interna, y hacerse pedazos de modo que no deje, a un Federico el Grande más argumentos de maravilla. Sin embargo no puede dejar de suscitar preocupación el hecho de que los progresos militares, aparte de que sus motivos morales, se desenvuelvan cada vez más en la línea del desarrollo mecánico. Y que así las fuerzas más irracionales de la naturaleza sean puestas en juego artificialmente, y que del juego, a pesar de toda la matemática y la aritmética, puedan desencadenarse una voluntad ciega, que rompa los diques con elemental violencia. Ya monitores (8) acorazados, con los que las magníficas naves a vela no puedan ya rivalizar, avanzan con sus molduras fantasmagóricas y terribles; hombres obedientes hasta el silencio, que ya no tienen el aspecto de hombres, sirven estos monstruos, no teniendo tampoco el valor de abandonar las horribles calderas y, como en la naturaleza todo encuentra su contrario, así también el arte de la ingeniería y la balística impele en el mar a los torpedos, y deposita en tierra cargas de dinamita y similares. Es de temer que un día todo esto, junto con el arte, la ciencia, el arrojo y el honor, la vida y los honores, vuelen por los aires por una imprevista distracción. A tales grandiosos sucesos debería seguir, lenta pero infaliblemente, hecho añicos, nuestro pacífico bienestar, una general carestía, entonces estaremos de nuevo en el punto del que derivó la evolución de nuestra historia, y sería precisamente la ocasión de decir que Dios creó el mundo para que el diablo lo tomase, según la expresión derivada del dogma cristiano de nuestro gran filósofo (9).

Se tendría entonces el predominio de la voluntad en toda su plena brutalidad. ¡Felices de nosotros, que tenemos los ojos vueltos hacia los campos Elíseos de los grandes antepasados!

Bayreuther Blätter, octubre de 1880

 

NOTAS:

(1) La cita del Evangelio - observa Chamberlain- es inexacta. El "solo" fue intercalado por Gléizes para favorecer la interpretación vegetariana.

(2) Son numerosos los historiadores que afirman que Jesucristo no fue judío. Uno de los más importantes es precisamente el amigo de Wagner y conocido wagneriano Houston Stewart Chamberlain que lo menciona y analiza en su obra principal "Los Fundamentos del siglo XIX". También que mencionar: "Jesucristo y los judíos", de Howard B. Rand, "World Conquerors" de Louis Marschalsko, "Christ was not a jew" del Dr. J. E. Conner, "Der Mythus der XX Jahrhundert", de Alfred Rosenberg, "El mito del judaísmo de Cristo" de Joaquín Bochaca, etc.

(3) El autor se refiere aquí expresamente al libro "Thalysia, oder das Heil des Menschheit" (Talysia o la Salud de la Humanidad) de A. Gleizés, espléndidamente traducido del fráncés y elaborado Por. Robert Springer. (Berlin 1873, Verlag von Otto Janke). Sin un preciso conocimiento de los datos reunidos en este libro, fruto de esmeradas investigaciones, que parecen haber ocupado la vida entera de uno de los más amables y profundos hombres de pensamiento franceses, es difícil obtener una aprobación del lector par los conceptos de esta obra sacados y aquí expuestos, encaminados a sacar las ilaciones sobre las posibilidades existentes de la importante regeneración del género humano.

(4) Resultarán claras, para el lector advertido, las referencias a Bismarck y Moltke, de los que Wagner era fanático, y aquí y allá a las vicisitudes de la unificación germánica ocurridas cuando la victoria de 1870.

(5) Entiéndase que al referirse al socialismo lo hace en cuanto al sentido de la palabra se refiere y no a su utilización política puesto que él en la práctica propugnaba un socialismo nacional mientras que los grupos aludidos eran de un socialismo tipo internacional. Mas adelante queda aclarado este extremo.

(6) La cita, concerniente al diablo, está extraída del "Faust" de Goethe, y es célebre, entre

las citaciones goethianas.

(7) En cuanto a la secta de los Shakers o cuáqueros, fue llamada así (exactamente Shakers Shaking Quakers , porque los adeptos golpeaban las manos, y hacían estrépito en sus ritos religiosos, consistentes sobre todo en éxtasis provocados por una clase de danzas. Fue fundada por Anna Lee hacia 1747, en Manchester, y llevada posteriormente a América, donde quedan aún algunos miles de seguidores.

(8) Los monitores eran barcos de guerra fuertemente acorazados, de tonelaje medio, armados de uno o dos cañones de grueso calibre: el primero de este tipo fue construido por J. Ericsson en 1861.

(9) Cuando menciona a "nuestro gran filósofo" se refiere a Schopenhauer.


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