Londres y Nueva York, 1898.
El perfecto wagneriano
Por George B. Shaw
Digitalizado por Verónica Noemí Gombach

 

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Sigfrido

Sieglinda, en su huída a través de los bosques llevando en sus entrañas el germen del héroe desconocido y en sus manos los trozos de la espada de Segismundo, encuentra al fin albergue en la fragua de una enano. Allí da a luz un niño y en el alumbramiento, ella muere. Ese enano, no es otro sino Mime, el hermano de Alberico, el mismo que construyó para éste el mágico yelmo. Toda su aspiración en la vida es llegar a poseer el yelmo, el anillo y las riquezas, para con ellos adueñarse de las fuerzas de Plutón, por las cuales ha estado desviviéndose durante el breve reinado de Alberico. Mime, es un viejo miedoso y astuto, sutil, demasiado débil para pensar en poder por sí solo despojar al gigante Fafner que guarda todos aquellos tesoros en una roca, transformado en un dragón. Mime necesita, pues, la ayuda de un héroe para realizar sus ensueños. Es lo suficientemente astuto para saber que es muy posible -sobre todo por lo que hace al mundo de los mortales- que ello llegue a realizarse y que se pueda sacrificar la juventud y el valor por la avaricia senil y el deseo escondido de imperar con ellos en el mundo. Conoce la ascendencia del niño que la suerte o el destino ha dejado en sus manos y lo educa y amaestra con toda clase de cuidados, por los cuales obtiene inmejorable recompensa. El niño Sigfrido, como no tiene ningún dios que le enseñe el dolor ni la tristeza, no sabe nada de la tragedia de su padre, pero hereda de él el valor y el atrevimiento. El miedo que hacía palidecer a Segismundo y el desgraciado sino que lo hizo morir, no los conoce el hijo. El padre era crédulo y agradecido: el hijo no conoce más ley que su capricho; detesta al repugnante enano que lo ha criado; se irrita cuando éste le pide que sea más cariñoso con él que tan solícito se le manifiesta siempre, y, en una palabra, es un ser amoral, un anarquista nato, el ideal de Bakounine, un precursor del “superhombre” de Nietzsche. El tal Sigfrido es hercúleo, lleno de vida y de vigor, terriblemente irónico, salvajemente enemigo de todo lo que no le gusta y apasionado por lo que le atrae. Por fortuna lo que no le gusta es lo feo y lo que le apasiona es lo bello. En una palabra: es un mozo de las selvas, sin nada de espiritualidad, un hijo de la mañana, con el cual la raza de los héroes ha llegado a su cenit viviendo desde las negruras de los enredos de sus reales antepasados con la Ley, y de la noche en que su padre hubo de morir luchando.

Acto primero

La fragua o herrería de Mime es una cueva donde él se esconde de la luz, lo mismo que los monstruos marinos, sin ojos, de América se ocultan en sus cavernas. Antes de descorrerse la cortina, la música nos revela que andamos a tientas en medio de las tinieblas. Cuando la cortina se descorre, vemos que Mime está muy ocupado en querer construir una espada para su ahijado que ya está en la edad de plantar cara a Fafner. Mime puede forjar poderosas espadas; pero no será con la espada forjada por un enano, que el hombre-héroe podrá abrirse su propia vía por el mundo a través de las religiones, de los gobiernos, de las plutocracias y todas las demás invenciones del reino del miedo y de la cobardía. Una a una, Sigfrido Bakounine va rompiendo todas las espadas que Mime ha forjado y el muchacho furioso por esos fracasos, toma al pobre diablo por las orejas y lo brutaliza cruelmente. En el momento de descorrerse la cortina, el acto empieza con una de esas escenas domésticas. Mime ha llevado a cabo uno de sus mejores trabajos, terminando de forjar una espada que es mejor que todas las anteriores. Sigfrido regresa a la cueva con un humor raro, y trayendo atado con una cuerda un oso salvaje, lo que causa en Mime el consiguiente y profundo sobresalto. Cuando el oso se va, el mozo se fija en la espada, ya terminada, y que no tarda tampoco en saltar hecha pedazos, provocando en él el disgusto consiguiente. Como siempre, también, insulta al infeliz enano y le dice que debió haberle roto la espada en la cabeza, lo que de buena gana hubiera hecho si no hubiese temido ensuciarse las manos tocándolo.

Mime aduce su defensa de todas las veces: una larga y lastimera tirada de lamentaciones recordando todos los cuidados y desvelos que soportó para educarlo paternalmente. Sigfrido contesta ingenuamente que lo más extraño de todos esos sacrificios y cuidados que le ha dedicado, es que no haya enseñado a ser agradecido y que se sienta constantemente impulsado a echarse encima del enano para estrangularlo. Reconoce únicamente que siempre vuelve a la cueva, al lado de Mime, a pesar de que lo aborrece más que a ninguna otra cosa del bosque. Sobre esa confesión, el enano intenta edificar un teoría acerca del afecto filial, añadiendo que es el padre de Sigfrido y que por eso éste no puede pasarse sin él. Pero Sigfrido ha aprendido de sus compañeros del bosque, los pájaros, los zorros y los lobos, que las madres son tan necesarias como los padres para tener hijos. Mime viéndose cogido así, contesta que el hombre no es lo mismo que el pájaro o que el zorro y afirma que él es a la vez el padre y la madre de Sigfrido. Pero éste lo trata de embustero desvergonzado, pues también ha visto en los pájaros y entre los animales, que los hijos se parecen a los padres, lo que no sucede con él, pues él se ha visto la cara en el agua y puede afirmar que se parece tanto a Mime como un sapo a una trucha. Y con el objeto de hacerle hablar y decir todo lo que sepa, toma a Mime por el cuello y trata de ahogarlo, pidiéndole que hable. Por fin lo suelta. Cuando el enano se recobra un tanto, se siente más miedoso y cobarde, cuenta al muchacho toda la historia de su ascendencia y para comprobarlo le muestra los pedazos de la espada que Wotan rompió con su lanza. Inmediatamente, Sigfrido le ordena que recomponga esa espada bajo la pena de que si no lo hace lo dejará mullido a palos, y echa a correr al bosque lleno de alegría porque al fin ha logrado saber que no tiene ningún parentesco con Mime del cual quiere desentenderse por completo cuando tenga la espada recompuesta en su poder.

El pobre Mime se queda ahora con mayor angustia que nunca, pues descuenta que a la larga aquella espada pondrá en dura prueba a su pericia: aquel acero será rebelde a su martillo y a su fragua. En ese momento hace su aparición un Viajero, con una amplia capa azul, lanza en mano, y caída el ala del ancho sombrero sobre el ojo que le falta. Mime, que por naturaleza, no es nada hospitalario, trata de echarlo de allí, pero el Viajero le dice que le atienda, que es un hombre prudente y docto, y que, a la larga, puede contarle cosas que le interesarán mucho. Mime escucha esa proposición con marcada ojeriza porque sin duda aquel desconocido sabe mucho más que él y a su vez le anuncia algo que le otro tampoco esperaba: a saber, que salga por la puerta y que se vaya de una vez. El imperturbable Viajero contesta sentándose y proponiendo al enano un juego de adivinanzas ingeniosas y difíciles. El mismo apuesta su cabeza contra la del enano a que contestará a tres preguntas que éste le haga.

Esta sería, pues, la ocasión propicia para que Mime se pudiera ilustrar sobre lo que todavía necesita saber, ya que pretende conocerlo todo. Pero en ese momento nada le interesa, a no ser el arreglo de la espada según le han ordenado, y, sobre todo, saber cómo habrá de ingeniarse para llegar a aquél resultado. Precisamente aquel desconocido cae en ese momento oportuno ante su presencia y podría decírselo, ya que desde un principio le advirtió que puede ponerle al corriente de lo que le interese saber. Otro hombre, en su lugar, se hubiera precipitado a mostrar su ignorancia sobre tres puntos capitales para ilustrarse sobre ellos. El enano, pasándose de estúpidamente listo, piensa al fin poner a prueba la sabiduría o la ingeniosidad de su huésped y, así le hace tres preguntas sobre tres cosas que él mismo conoce perfectamente. Esas tres preguntas son: ¿Quién habita debajo de la tierra? ¿Quién habita en la superficie del globo? ¿Quién habita entre las altas nubes? El Viajero le contesta que en el fondo de la tierra moran Alberico y los enanos; en la superficie del globo, los gigantes Fasolt y Fafner y en las nubes los dioses y Wotan: es decir el mismo que habla pues ahora Mime lo reconoce con espanto.

Después, es Mime el que tiene que responder a otras tres preguntas: ¿Cuál es la raza más querida para Wotan y contra la cual, no obstante, ha reconcentrado todo su odio? Mime le contesta que conoce a los Velsas, la raza de los héroes surgida de la infidelidad de Wotan para Fricka y puede referir toda entera la historia de los dos hermanos gemelos y de su hijo, que es Sigfrido. Wotan le felicita por lo que sabe y pregunta: ¿con qué espada matará Sigfrido a Fafner? Mime le contesta que conoce al dedillo la historia de Nothung y, en efecto, la refiere. Wotan lo agobia con sus cumplimientos y alabanzas por todas las cosas que conoce y le dispara a quemarropa la última pregunta que es la misma que el enano se había hecho a sí, hace un momento: ¿Quién compondrá esa espada? Mime, fracasado todo su talento, confiesa que no lo sabe. El Viajero le da una oportuna reprimenda por su excesiva estupidez en preguntar lo que sabía demasiado bien y le anuncia que sólo el que desconozca el miedo podrá soldar la espada Nothung. Con esto, y advirtiéndole que queda empeñada su exhausta cabeza de enano, el Viajero sale de la fragua para perderse en el bosque. Mime se siente presa del mayor espanto y ansiedad. Cae en una especie de delirio, en cuyo punto álgido llega Sigfrido buscándolo imperiosamente.

Le sigue luego una curiosa y divertida conversación. Sigfrido no conoce el miedo y está impaciente por ver terminado lo que ordenó. Mime no puede con su miedo: todo el mundo es para él una verdadera pesadilla que le sume en un terror profundo. Este no nace precisamente de que pueda ser devorado por los osos del bosque, o porque se pueda quemar las manos en la fragua. Una amenaza material, por grave que sea, no hace cobarde a ningún hombre: al contrario, es el reactivo para hacer de él un hombre ingenioso y cauto. Pero en Mime el miedo no es un efecto natural del peligro: es una cualidad de su carácter que no le permite creerse seguro con nada. Es el mismo caso de un propietario de un diario que tuviese el gran cuidado de no publicar nunca la verdad por clara y sencilla que fuese, mientras no fuese obvio para él y para sus lectores. Si la publicase, nada habría de sucederle que fuese desagradable, sino que, al contrario, podría llegar a ser, persistiendo todo lo más posible en ese proceder, un mentor influyente en la opinión pública; pero no lo hace sólo porque vive en un mundo lleno de imaginarios terrores, acostumbrado a desconfiar, modesta y elegantemente de su propia fuerza e inteligencia y, por lo tanto, hecho a dudar también del valor de su propia opinión. De modo que Mime se asusta y duda de todo lo que puede serle bueno, especialmente de la luz y del aire fresco. Así también está convencido de que cualquiera que no sea lo suficiente miedoso como para precaverse contra el mismo miedo, perecerá necesariamente la primera vez que se aventure por el mundo. Y, con el propósito de evitar a Sigfrido semejante desgracia, para la que lo ve destinado, trata de enseñarle grotescamente, lo que es el miedo. Y, en efecto, hace un llamamiento a todo lo que sabe del bosque, sus lugares sombríos, impenetrables; sus nidos espantosos, sus escondidos vericuetos, sus luces y resplandores siniestros, la ansiedad y el miedo que en su seno sobrecogen al corazón.

Todo eso no tiene en Sigfrido otro efecto que el de maravillarle y llenarle de curiosidad. Para él el bosque es un lugar delicioso. Y tiene tantos deseos de conocer lo que es el miedo de Mime, como un colegial de saber lo que es una descarga eléctrica. Entonces Mime tiene la feliz idea de describirle a Fafner, como si fuera una persona capaz de producirle un verdadero y profundo espanto. Sigfrido aplaude la proposición y quiere ir a encontrarse con tal personaje inmediatamente; pide la espada y como Mime no ha podido recomponerla, declara que él mismo la compondrá. Mime mueve la cabeza, dudando de lo que dice, y le recuerda que por ser tan travieso y perezoso no quiso nunca aprender el oficio de herrero y forjador que le enseñaba él y ahora se encuentra con que no sabe cómo empezar siquiera para recomponer la espada. El procedimiento que emplea Sigfrido Bakounine es sencillo y desconcertante. Hace resaltar, en efecto, que toda la ciencia académica de Mime no sirve para hacer decentemente una espada cuando ésta se rompe fuera de los casos establecidos. Dejando, pues, a un lado todas las reglas demostrativas del escandalizado profesor, toma una lima y en pocos momentos reduce a polvo los fragmentos de la espada, haciendo un montón de limaduras. Las pone luego en un crisol que arrima al fuego y se entrega a su labor con el entusiasmo y algaraza propia del anarquista en el momento de destruir el mundo para crearlo de nuevo. Cuando el acero está fundido, derretido, lo vierte en un molde y poco después surge la hoja de una tosca espada. Mime impresionado por el éxito de aquella violación de todas las reglas de su astucia profesional, alaba y elogia a Sigfrido como al más grade de los herreros, reconociéndose él mismo no ser más que su aprendiz y dice que no es digno más que de cocinero; y, en efecto, se dispone a prepararle un brebaje para envenenarlo, pues tiene la seguridad de que lo matará a él tan pronto como haya muerto a Fafner. Entre tanto Sigfrido da forma acabada a su espada, con la lima y el martillo. La pule, la afila, y mientras trabaja entona canciones sin ningún sentido, como hacían antes las hijas del Rhin. Finalmente, con la nueva espada forjada, Nothung, pega un golpe en el yunque donde se han roto las espadas de Mime y lo parte en dos pedazos.

Acto segundo

En lo más oscuro de la hora crepuscular, nos encontramos delante de la cueva o madriguera de Fafner. Allí encontramos a Alberico que no puede hacer otra cosa más que espiar al dragón y descorazonarse ante lo imposible de su anhelo que es poseer el oro y el anillo. El infeliz Fafner que antes era un gigante honesto tiene que verse reducido a un venenoso reptil sólo por el deseo de conservar sus riquezas. ¿Por qué no vuelve a ser el honesto gigante de antes y salirse de la caverna para respirar el aire libre, dejando el oro y el anillo para quien los quiera obtener por semejante precio? -tal es la pregunta que se le ocurriría hacer a cualquiera; a cualquiera, menos a un hombre civilizado que está demasiado hecho a semejante manía para sorprenderse ante ella.

Hecha ya la noche, el Viajero llega hasta Alberico y éste reconoce enseguida en aquél al que lo despojó de todo anteriormente y lo trata de ladrón sinvergüenza, haciéndole ver el resultado desesperado a que ha venido a parar con su sonado poderío, al que se aferra y sostiene, en un miedo incontenible, en toda clase de leyes y compromisos, todo lo cual, según dice Alberico muy acertadamente, se le iría de entre las manos como al arena si lo emplease en el verdadero sentido. Wotan, que sabe muy bien que, por mantener todo ese tinglado, ha tenido que matar a su propio hijo, harto claro comprende lo que el enano quiere decir, pero ya no se preocupa por eso, pues aborrece con todas sus fuerzas su propio poder que es de todo punto artificial, y espera con ansiedad el advenimiento del héroe, no ya como antes, para que lo consolide, sino para que lo destruya. Cuando Alberico, con su inquebrantable esperanza, lo habla de que aún espera derrotar a los dioses y apoderarse de anillo para gobernar el mundo a su antojo, Wotan se queda como si tal cosa. Al contrario, le dice que el hermano Mime se acerca con un héroe, respecto del cual la Divinidad no puede hacer nada en pro ni en contra. Le advierte que tiene que medir su suerte con él, sin que en ello intervengan para nada los dioses. Sugiere, no obstante, la idea de que es posible que, si Alberico advierte del peligro a Fafner, y le promete luchar con éste contra el héroe, el gigante le dará el anillo. Puestos de acuerdo, llaman al dragón que aparece rugiendo, pero burlándose de los temores de los otros y negándose rotundamente a lo que le proponen: él no quiere abandonar la maravilla que posee: -“La tengo -dice- y con ella me quedo. Dejadme dormir”.- Wotan, con sonrisa irónica, se vuelve hacia Alberico y le dice: -“Este golpe nos ha fallado. Pero no sigas maltratándome por eso. Una cosa tengo que decirte. Todas las cosas suceden según su naturaleza y no eres tú quien puede cambiar eso”. Y con esto, lo deja allí. Alberico, se queda furioso, pensando que su eterno enemigo se ha burlado de él y con acento profético exclama que la última palabra no la dirán los dioses. Llegan los primeros resplandores de la aurora y Alberico se hace a un lado escondiéndose en la penumbra. Se acerca su hermano con Sigfrido.

Mime hace un último esfuerzo para asustar a Sigfrido hablándole del dragón en la forma más terrorífica posible, de su triple dentadura y sus fauces horribles, de su aliento venenoso, de su lengua afilada y de su cola enorme, larga, tajante como un cuchillo. A Sigfrido no le interesa nada de eso: sólo quiere saber si el dragón tiene corazón y si lo tiene donde los demás seres; sabido eso, él le clavará la espada Nothung en el mismo corazón. Como Mime le contesta afirmativamente, se queda más conforme y echa afuera al infeliz herrero. Luego, se tiende al pie de un árbol y escucha el canto de los pájaros al despuntar el día. Uno de esos parece que quisiera decirle algo, pero él no puede entenderlo. Y, después de intentar vanamente ponerse en comunicación con el pájaro con una flauta que él mismo se hace con una caña, decide entretenerse tocando en el cuerno de plata que lleva, pidiendo que le traiga una compañera amante como tienen todos los demás seres del bosque. Los sonidos del cuerno despiertan al dragón y a su vista Sigfrido se regocija por la compañera horrible que el pájaro le ha enviado. Fafner se escandaliza ante Mime; pierde aquél su continencia, lucha y, casi inmediatamente, con no poco asombro, muere a manos del mozo.

En tales hechos debemos ver el instinto de la Naturaleza dando una lección considerable. Cuando Sigfrido, sintiéndose quemar la mano por la sangre del dragón, se lleva a la boca y prueba aquella sangre, comprende repentinamente el canto de los pájaros y uno de éstos le dice donde están escondidos los tesoros que guardaba el dragón. Y desaparece, en efecto, para ir a buscar en el oscuro agujero que era la madriguera de la fiera, el oro, el anillo y el yelmo encantado. Entonces vuelve Mime y tiene un furioso altercado con Alberico a propósito del reparto del botín que no han sabido tener seguro, hasta que sale Sigfrido de la madriguera, trayendo el yelmo y el anillo, sin preocuparse mucho del montón de oro y casi disgustado porque no ha aprendido todavía lo que es el miedo.

Pero, en cambio, ha aprendido, al fin, a comprender claramente los pensamientos de un infeliz como Mime, quien pensando confundirlo con toda clase de halagos y frases elogiosas, sólo consigue confesar sus propios deseos de matar a su ahijado. Este, toma la espada Nothung y, el pobre diablo cae muerto, con gran satisfacción del otro, Alberico, ríe desde su escondrijo. Y volviendo a pensar en su ansiada compañera, se siente visiblemente preocupado. Después, vuelve a hablar con el pájaro de antes, quien le cuenta que en el pico de una montaña, rodeada de llamas, hay una mujer hermosa que será para el que no sienta miedo de nada, ni de atravesar el fuego. Sigfrido se yergue instantáneamente con todo el fuego de la primavera en sus venas y sigue el vuelo del pájaro que lo conduce hasta aquella montaña.

Acto tercero

Al pie de la montaña aparece también el Viajero, aproximándose a su ruina y destrucción. Llama en su ayuda a la Madre Primitiva que mora en lo más hondo de la tierra y le pide que le aconseje. Ella le contesta que para eso se dirija a las Parcas. Pero éstas no pueden serle útiles para nada: lo que él ansía es la presciencia en el destino de la voluntad, en su perpetua lucha con esas Parcas -que no dan lugar a esperanza alguna- que tejen las mallas de los acontecimientos por entre los cuales se enredan los pies de los hombres. Entonces, Erda le responde: -“¿Y por qué no preguntas eso a la hija que yo te dí? El le refiere todo lo que tuvo que hacer y lo que a él mismo le costó el separarse de ella, aislándola del mundo con el fuego de Loge y privándose así de su consejo. En ese caso, la Madre Primitiva no puede ayudarle: esa separación significa la primera fase de su trabajo con la energía vital del mundo, en dirección hacia una más elevada organización de todo. Y no puede indicarle ninguna salida, ninguna manera de escapar a la destrucción que él prevé. Luego el Viajero, desde lo más íntimo de su ser, prorrumpe en una sincera confesión, diciendo que se alegra de su propia destrucción y de que tenga que desaparecer con todos sus reglamentos y alianzas y con su lanza-cetro que sólo ha esgrimido para matar a sus hijos más queridos, con su reinado, su poder y su gloria, a los que en adelante abandona definitivamente para siempre. Y con eso, despide a Erda, y la envía a dormir de nuevo en el fondo de la tierra, al punto que se va aproximando el pájaro del bosque que conduce al huérfano al término de su viaje.

En algo muy grande el triunfar con la victoria sobre el nuevo orden de cosas, dejando a un lado todo lo viejo y caduco; pero si se pertenece a lo viejo y lo caduco, no se lucha menos, aunque sólo sea por la vida. Es muy posible que en el ejército inglés que tomó parte en la batalla de Waterloo no hubiese un solo inglés lo suficientemente inteligente, como para desear, por amor a su país y a su humanidad, que Napoleón derrotase a los soberanos aliados; pero ese mismo inglés hubiera matado a cualquier coracero francés, antes que dejarse matar por éste, y con tanta bravura como el más necio de los soldados que siempre está pronto para luchar exhortado todavía por la gente que sin saber nada de nada, traduce la ignorancia, la ferocidad y la locura del soldado, por patriotismo y cumplimiento del deber. La vida es también un error y entonces cae en el mal. Pero, con todo, ella reclama el derecho de matar de muerte natural y llegado el caso se opondrá con todas sus fuerzas -y en su propia defensa- contra la muerte por asesinato. Wotan se da cuenta de eso en el momento de encontrarse cara a cara con Sigfrido, que se queda parado, absorto, al pie de la montaña y echando de menos al pájaro que lo ha conducido allí y que ha ya desaparecido. Al encontrar al Viajero allí, le pregunta el camino que conduce a la montaña en la cual una mujer se halla durmiendo, rodeada de fuego. El Viajero le hace preguntas y por lo que contesta aquél conoce toda su historia, sintiendo una gran alegría paternal al oír que Sigfrido, mientras le cuenta el detalle de la refundición de la espada, manifiesta que todo lo que sabe de ese asunto es que los pedazos de la espada Nothung no le servirían de nada si con ellos no hacía otra espada que tuviera un empleo mucho mejor que al anterior. Pero el interés que en este relato muestra el Viajero, no es recíproco para Sigfrido. La majestad y la vieja y antigua dignidad de aquél, no significan nada para el joven anarquista quien, no deseando perder más tiempo en aquella charla, le pide que le enseñe el camino de la montaña, o que se calle de una vez. Estas palabras lastiman un tanto a Wotan, quien contesta: -“Hay que tener paciencia, hijo mío. A los viejos hay que tratarlos con respeto”.- “¡Magnífica lección!” -contesta Sigfrido.- “Toda mi vida -agrega- me la he pasado pegado a un vejestorio, hasta que al fin he podido quitármelo de encima. Y contigo haré lo mismo si te cruzas en mi camino. ¿Por qué llevas tan inclinada el ala de tu sombrero? ¿Qué te ha pasado en ese ojo? ¿Te lo quitaron acaso por qué te cruzaste en el camino de alguien?” A eso Wotan contesta en forma alegórica diciendo que el ojo que le falta -el ojo que le costó su casamiento con Fricka- está viendo ahora a Sigfrido sin cabeza. Sigfrido al oír esto, lo toma por un loco y renueva sus violencias de lenguaje y sus amenazas. Entonces Wotan se despoja de su máscara del Viajero, enristra la espada símbolo de su poder sobre el mundo y reconcentra todo su divino temor y su grandeza al servicio de la guarda de la montaña alrededor de cuya cresta el fuego de Loge lanza ahora rojos resplandores que realzan la majestad del dios. Pero todo eso no significa nada para Sigfrido Bakounine. -“¡Ah! -exclama al ver la lanza ante su pecho- por fin hallé al enemigo de mi padre!” y casi instantáneamente acomete con su espada y la lanza cae rota en dos pedazos, al chocar con Nothung. -“¡Sigue adelante! -exclama entonces Wotan.- No puedo detenerte” y eso diciendo desaparece eternamente de la vista del hombre. El fuego rodea por completo la montaña, pero Sigfrido se empeña en atravesarlo de la misma manera que forjó la espada y atravesó con ella el corazón del dragón; y se lanza, en efecto, a las llamas, tocando alegremente su cuerno de plata cuyos sonidos se confunden con el chisporroteo del fuego. Ni un solo cabello se quema. Esas espantosas llamas que por tantas centurias han impedido, por el miedo que producen, a la humanidad acercarse hasta la misma verdad, esas llamas no puede hacer parpadear ni a un niño. No son más que pura fantasmagoría, un procedimiento para acreditar con alto precio los resortes de gobierno empleados por Loge; pero todo eso ha desaparecido ya o desaparecerá en la eternidad del tiempo, excepto las Iglesias, que son tan pobres y tan necesitadas de fe que para sostenerse tienen que recurrir a las invenciones de los novelistas.

Volvamos a la ópera

Y ahora, ¡oh espectador nibelungo! Recóbrate. Todas las alegorías tienen un fin, cualquiera que éste sea, y el momento en que te vas a ver libre de estas disertaciones está próximo. Todo lo demás que te queda por ver es ópera y nada más que ópera. Previos algunos compases, Sigfrido y la libertada Brunilda, que adoptan ahora el papel de soprano y tenor, cantan con cadencia concertada; salen de ahí para entrar en un magnífico dúo de amor y acaban con un precipitado allegro a capella arrastrado hacia su fin por las impetuosas semicorcheas tresillos del famoso final del primer acto de “Don Giovanni”, o como la coda de la obertura de “Leonor” con un tema específico de contrapunto, points d’ orgue y un do muy alto para la soprano, todo en una pieza.

Y lo que todavía es más, la obra que sigue a ésta que comento, titulada “El Crepúsculo de los Dioses” es también una gran ópera. En ella veréis lo que hacía tanto rato que echabais de menos: el gran desfile escénico de los coros, sin contar con la intervención de la prima donna entonando su canto de muerte junto a las candilejas. Cuando el coro hace su aparición prorrumpiendo en una enérgica exclamación en do mayor, vemos que no se diferencia mucho -o en todo caso no es menos absurdo- de los coristas cortesanos de “La Favorita” o en “Per te immenso giubilo” de “Lucia”. La armonía está sin duda algo desarrollada, pues Wagner eleva las quintas a un sol agudo, donde Donizetti no hubiera podido pasar de un sol natural, sin taparse los oídos. Pero de todos modos es un coro de ópera y a la larga, con su expresión, alcanza una grandiosidad teatral, escénica, que nos recuerda a Meyerbeer y a Verdi, con sus números de conjunto para toda la hilera de actores principales, con sus vengativas inspiraciones para tríos, sus muertes románticas para una tirada de tenor, en una palabra, todos los procedimientos convencionales de la ópera.

Ahora bien, es probable que alguien haya oído decir a más de un fanático peregrino del Bayreuth que hay que considerar “El Crepúsculo de los Dioses” como el punto más elevado de una culminación épica, como la obra más Wagneriana de todas las del “Anillo” sin fijarse para nada, ni hacer alusión alguna, a aquellos llamativos atavismos que hemos señalado, especialmente cuando encontramos que los tríos de las conjuraciones son más ridículos y visibles que los discursos metafísicos de Wotan en los tres dramas musicales del “Anillo”. Por lo demás, en este no existe un verdadero proceso de atavismo. “El Crepúsculo de los Dioses” aunque sea el último de los dramas del “Anillo”, en el orden de su presentación, fue el primero en la concepción del autor y fue la fuente de la cual brotaron las otras tres.

La historia de este hecho es como sigue. Todos los trabajos de Wagner, anteriores al “Anillo”, eran óperas. La última de ellas, “Lohengrin”, es quizá la mejor conocida de entre todas. Cuando esa obra se representó en toda su integridad en Bayreuth, se vio que su carácter era mucho más de ópera que cuando se estrenó en el “Covent Garden”, porque sus procedimientos fantásticos, a la antigua usanza, especialmente los largos períodos adecuados para los primeros cantantes y para los coros (números de conjunto como los he llamado hace poco) son mucho más difíciles de ejecutar que las demás obras de Wagner más modernas y propiamente características, que por esta razón no se pudieron utilizar para preparar un resumen abreviado de su versión. Por eso “Lohengrin” se consideró, entre las mismas obras del maestro, como la que tenía un mayor alcance escénico y teatral, con relación a los anteriores modelos producidos por el mismo autor. Evidentemente, se trata de una ópera, con sus coros, números de conjunto, grandes finales y una heroína que si es cierto que no hace floreos con el obligado de la flauta, no por eso deja de ser menos “prima donna”. En todos los órdenes, y por lo tanto en lo que se refiere a la técnica musical, el cambio que se nota entre “Lohengrin” y “El Oro del Rhin” es un cambio revolucionario.

La explicación de este fenómeno está en que se proyectó “El Crepúsculo de los Dioses” en el curso en que iban apareciendo las anteriores, si bien su partitura no se condujo hasta veinte años después que se escribió la del “Oro del Rhin”, por lo cual quedó como la última obra maestra del estilo musical de Wagner. La primera idea de Wagner a propósito de esa obra “El Crepúsculo de los Dioses” fue componer una ópera titulada “La Muerte de Sigfrido”, basada en las viejas leyendas de los Nibelungos, que ofrecieron al Maestro el material para sus obras, como ocurriera con Visen. “Vikings in Helgeland” de Ibsen es, en su idea matriz, lo mismo que había sido en un principio “La Muerte de Sigfrido”. Esto es: un asunto heroico transportado a la escena, sin las complicaciones alegóricas y filosóficas del “Anillo”. No hay duda de que la tragedia esencial de la leyenda no puede calcarse, por ningún procedimiento, sobre el esquema perfectamente claro de “El Oro del Rhin”, “Las Walkyrias” y “Sigfrido”.

Sigfrido, protestante

El principal elemento filosófico que informaba el proyecto original de “La Muerte de Sigfrido”, era el concebir a Sigfrido como un tipo de hombre fuerte, sano, vigoroso, en una perfecta coincidencia de todos los impulsos de su voluntad, con una intensa y alegre vitalidad que está por encima del miedo, sin dobleces de conciencia, sin malicia alguna, sin la ayuda moral y provisoria de la ley y todo el orden que las acompaña. Un tipo así resulta muy atractivo y visible para las culpables conciencias de nuestros mandones, aunque no lo comprendan mucho. El mundo siempre se ha sentido maravillado ante los hombres que han sabido librarse de la conciencia. Este tipo humano, desde Punch y Don Juan, hasta Roberto Macaire, Jeremías Diddler y el Clown de la pantomima, siempre ha conseguido hacerse oír “in extenso”; pero hasta ahora siempre ha acabado por ser enviado al diablo en nombre del decoro. Es cierto que los castigos eternos a que se le condena son a veces juzgados tan elevadamente que se ve en ellos una lisonja hacia su manera de obrar. Cuando el último Lord Lytton, en su “Historia Extraña”, introdujo un carácter en el que personificaba la alegría de una intensa vitalidad, se vio obligado a quitarle el espíritu inmortal que en aquella época se concedía a la más modesta obra imaginativa, y aceptar en su lugar lo perverso y lo cruel, trasponiendo toda incapacidad y haciéndolo atractivo por una simpatía inevitable, consecuencia directa de su aspecto arrogante y de su robustez mental.

En una palabra: aunque los hombres encuentren un atractivo en abandonarse a la corriente de la vida y a sus impulsos, no pueden concebirlo, en su absoluta desconfianza en sí mismos, sino como dirigiéndose, fatalmente, hacia el mal, hacia la ruina universal, a no ser que uno se contenga y se mortifique con una absoluta renunciación, en aras de una obediencia a las normas sobrehumanas, o bien de un razonado sistema de moral. Cuando se convencen plenamente los más listos que no existe ninguna guía sobrenatural y que sus sistemas secularizadores tienen todo lo engañoso de la “revelación” sin su poesía, se llega fatalmente a la conclusión de que lo mejor que el hombre hizo fue someter a aquella guía toda su voluntad y sus deseos -tanto los buenos como los malos- como todo el mal que había realizado; como así mismo, que era obvio que si el progreso fuera una realidad, sus benéficos impulsos debía dirigirse contra aquella opresión. Bajo el influjo de esas ideas empezamos a oír hablar del gozo de vivir, cuando estábamos acostumbrados, de siempre, a oír hablar de la Gracia de Dios o de la Edad de la Razón. También entonces los espíritus más audaces, las inteligencias más curiosas, empezaron a provocar la cuestión entre la Iglesia y la Ley y, su acción de limitar la libertad de la voluntad del hombre, no dio más cantidad de males y desgracias que de bondades. Cuatrocientos años atrás, cuando la creencia en Dios y en la revelación en general en Europa, una corriente parecida del pensamiento humano llevó a los hombres de mayor entereza de espíritu a afirmar que la opinión privada de cada hombre y su inteligencia era la mejor manera, y la más verdadera, para interpretar a Dios, que no la revelación y la Iglesia. Esa corriente de opinión se llamó Protestantismo; y aunque los protestantes no fueran lo bastante fuertes para sostener su creencia y aunque pronto derivaron hacia la formación de una iglesia propia, no es menos cierto que ese movimiento, observado en su conjunto, ha justificado la dirección que tomó. En nuestros días el elemento sobrenatural del Protestantismo, ha perecido; y si la opinión privada de todo hombre basta para ser juzgada como la interpretación más completa y feliz de la voluntad de la Humanidad (lo que no podría significar una proposición sin más allá, como era la antigua de la voluntad de Dios), entonces el Protestantismo necesita dar un paso en sentido de avance, trocándose en Anarquismo. Lo que, por consiguiente se ha hecho, toda vez que el Anarquismo es uno de los más notables credos de entre los nuevos que han ofrecido los siglos XVIII y XIX.

El breve espacio de tiempo en el cual la experiencia descubrió la teoría anarquista, significa su nexo de unión con el progreso realizado anteriormente por el “Hombre”. No hay nada en el mundo como el Hombre: y nosotros tenemos que habérnoslas con una multitud de hombres, algunos de los cuales son grandes bribones, otros grandes estadistas, algunos ambas cosas a la vez y con una enorme mayoría capaz de llevar adelante sus propios asuntos pero que no comprende la organización social o se aferra a los innumerables problemas que su inter-asociación provoca. Si el Hombre se adapta a esa mayoría, no realiza progreso alguno: y, al contrario, el Hombre se ha resistido siempre al progreso, sin tener nunca que pagar personalmente la existencia de tales asociaciones, toda vez que siempre se le ha exigido el requisito de la moneda por “impuestos indirectos”. Esa gente, al igual que los gigantes de Wagner, necesita ser gobernada por leyes y su asentimiento a tal forma de gobierno tiene que conquistarse llenándolos de prejuicios y haciendo representaciones, ante su elemental imaginación, de una gran pompa y vanidad y asombrándoles con dignidades puramente artificiales. A la larga el gobierno se establece por el consenso de los pocos que son capaces de gobernar, aunque su mecanismo en un principio completo, sea interpretado en general por el pueblo, sin comprenderlo, -porque no es capaz de ello- y a la espera de que las gentes inteligentes lo corrijan de tiempo en tiempo cuando va demasiado lejos en el continuo avance o en las crisis de la civilización. Toda esa gente de capacidad se encuentra en la situación de Wotan y se ve forzada, como éste, a mantener como sagradas, y a someterse ellos mismos, a determinadas leyes que, en privado, reconocer ser verdaderos engaños y maldades; afectando en público poseer la mayor veneración por esas leyes, credos e ideales, de los cuales, entre ellos, se burlan con cínico escepticismo. Ningún Sigfrido -puramente individual y personal, sin ligadura alguna con los demás hombres ni con nada- podrá redimirlos de su esclavitud y de su hipocresía. En rigor de verdad, Sigfrido ha aparecido muchas veces en el mundo, sólo para verse en la alternativa de llegar a gobernar a los que no son como él, o de morir a manos de ellos. Y ese dilema persistirá hasta que la inspiración de Wotan advenga a nuestros gobernadores o gobernantes y comprendan que su deber no consiste en inventar leyes e instituciones para sostener la debilidad y la miseria del populacho y en asegurar la existencia de los incapaces, sino que consiste en propender al mayor número de hombres, cuyas energías, voluntades e inteligencias deben ser inclinadas a desarrollarse espontáneamente hacia la producción de un mayor bienestar social, contra nuestras actuales leyes, tenebrosas y despojadas por completo de dirección y de finalidad. En la actualidad, la mayor parte de los hombres en Europa no tienen nada absolutamente en qué ocuparse que les sea urgente y no realizarán ningún progreso verdadero hasta que no les obliguemos de una manera formal y definitiva a que procedan, por medios científicos, a obtener materiales humanos garantizados para ser empleados en la sociedad. En una palabra: es necesario crear una raza de hombres en los cuales predominen los impulsos libres de la vida, antes que el Nuevo Protestantismo sea políticamente practicable.

La más dramática e inevitable concepción del siglo XIX, fue, pues, la de ese héroe ingenuo que expulsa de todas partes la Religión, la Ley y el Orden, estableciendo en su lugar la libre acción de la Humanidad, en el completo usufructo de su voluntad de hacer todo lo que quiera produciendo de esa manera un orden de confusión, puesto que quiere llevar a cabo todo lo que sea necesario para el bien de su raza. Esta concepción, aunque apunta en “Prosperidad de las Naciones” de Adam Smith, debía brotar, al fin, de un gran artista para ser encarnada en una obra maestra. Es también cierto que de ocurrírsele semejante idea a un alemán, había de complacerse en describir a su héroe como el Libertador de toda Necesidad exasperando sobre manera con eso a los ingleses por su congénita incapacidad para las metafísicas.

La panacea de los cuáqueros, o sea el idealismo

Desgraciadamente la ilustración de la especie humana no se alcanza por procedimientos pacíficos sino por las reacciones de correctivos violentos, que son las que invariablemente nos desmontan y nos harían caer en el suelo por el otro lado, si la próxima reacción no nos levantase de nuevo con el mismo excesivo celo. El Eclesiasticismo y el Constitucionalismo nos llevan por un lado; el Protestantismo y el Anarquismo por otro; el Orden nos sume en un mar de confusiones y nos somete a la Tiranía; sólo la Libertad salva, pues, la situación y por el presente es lo único que se ha encontrado para entorpecer la obra del Despotismo. Una aplicación científica y equitativa de esas fuerzas, aunque en la teoría parece posible, en la práctica es incompatible con las pasiones humanas. Por lo demás, nuestro ser moral, es igual que nuestro cuerpo para la medicina, esto es, que no se puede regir con panaceas, o, como se llama en la esfera intelectual, con ideales. Una generación afirma el deber, la renunciación y el propio sacrificio, como una panacea. La generación siguiente, especialmente las mujeres, al llegar a la edad de cuarenta años descubren que han malgastado su vida en ansiar la realización de ese ideal y en venerarlo y admirarlo, y lo que es más grave todavía, que los antepasados que lo impusieron, hicieron lo mismo, agotándose en propios experimentos respecto de otros caminos. Entonces, la generación defraudada echa espumarajos de rabia en cuanto que le recuerdan el deber, y saca a relucir la panacea del amor, pensando que al haberse privado de él es la acción más indigna de su nefasto deber. Naturalmente, esa reacción se prescribe como una panacea cuyos resultados serán mayores que los de las anteriores, toda vez que no podrán comprobar ninguna identidad de ninguna de las reacciones ocurridas anteriormente. Tomad por ejemplo la manoseada historia de la austeridad del común bienestar, que fue seguida, continuada por la licencia de la Restauración. A nadie podréis convencer, por muy entusiasta que sea la preponderancia del reino moral, que acepte ese caso como una sencilla oscilación entre la acción y la reacción. Si es un Puritano, verá en la Restauración un desastre nacional; si es un Artista, verá en ella la salvación del país del reino de las tinieblas, de la adoración del demonio y del aniquilamiento de las afecciones. El Puritano está pronto para ensayar el común bienestar con algunas pocas mejoras modernas: el Aficionado, está también pronto para iniciar la Restauración con una cultura moderna. Y por eso, a la larga, los hombres del presente debemos estar contentos y satisfechos, de poder proceder por reacciones, con la esperanza de que cada una de estas podrá implantar alguna reforma práctica y beneficiosa, o algún hábito moral que sobrevivirán a la corrección de su extensión excesiva en la siguiente reacción.

El origen dramático de Wotan

Podemos distinguir ahora la especie dramática, el género drama, en el que Wotan no aparece y cuyo héroe es Sigfrido, extendido por sí mismo en un conjunto de cuatro dramas sucesivos en los cuales Wotan es el héroe. No se puede dramatizar una reacción, personificando solamente la fuerza reactiva, del mismo modo que Arquímedes no podría levantar al mundo sin apoyar una palanca en el punto de apoyo que pedía. Es necesario personificar también el poder establecido, contra el cual reacciona la nueva fuerza, y del conflicto que brota entre los dos, se ve brotar el drama, toda vez que el elemento “conflicto” es la materia prima de todo drama. Sigfrido, tomado como el héroe de “El Crepúsculo de los Dioses” no es más que el primo tenore robusto de un libreto de ópera que, después de haber sido herido en el último acto, aplaza el morir para poder cantar su amor fogoso a la heroína, exactamente como el Edgardo de la “Lucia” de Donizetti. Con el objeto de hacerlo comprensible en todo el amplio significado de su vida gozosa, sin temor alguno, y de su heroísmo inconsciente, tal como se forjó rápidamente en la imaginación de Wagner, era necesario oponerle un antagonista dramático mucho más grande, más visible, que el del villano de ópera Hagen. De ahí que Wagner se vio obligado a crear a Wotan, como si fuera el yunque donde había de descargar Sigfrido sus martillazos. Y como quiera que en un principio, Wotan no tenía ningún papel en el libreto, Wagner tuvo que retroceder en su trabajo y escribir un drama preliminar para empezar con los verdaderos principios de la sociedad humana. Y, desde luego, en esta gradación que abarca el mundo entero, era evidente que Sigfrido había de intervenir en el conflicto con energías mucho más bajas y estúpidas que las elevadas de la religión sobrenatural y del constitucionalismo político encarnadas en Wotan y su esposa Fricka. Y esos menores antagonismos tuvieron que ser dramatizados también en las personas de Alberico, Mime, Fafner, Loge y los demás. Ninguno de éstos reaparece en “El Crepúsculo de los Dioses”, excepto Alberico, cuyo fantástico coloquio con Hagen, con toda su realidad, es de todo punto escénico, teatral, como lo es la escena del espectro en “Hamlet” o la de la estatua en “Don Giovanni”. Quitad de “El Crepúsculo de los Dioses “ la reunión de las Parcas y la visita de Waltrauta a Brunilda, y sin ellas, el drama es coherente, fácilmente comprensible y completo. Retenedlo así y veréis que la obra establece su relación con los otros tres dramas musicales, gracias a los relatos de los personajes; pero esa relación no establece ninguna coherencia filosófica, ninguna identidad real entre el carácter operístico de Brunilda en el episodio de los Guibichungos -que hemos de relatar más adelante- y entre la hija de Wotan y la Madre Primitiva.

La panacea del amor

Veremos ahora de qué manera en el punto en que el “Anillo” cambia su carácter de drama musical en ópera, deja también de ser filosófico para ser didáctico. La parte filosófica es un símbolo dramático del mundo tal como Wagner lo veía. En la parte didáctica, la filosofía degenera en una prescripción o curalotodo para las dolencias humanas. Wagner, que después de todo era mortal, sucumbió a la manía de la Panacea cuando su filosofía quedó exhausta, como le sucede a cualquiera de nosotros.

En rigor de verdad, la panacea no es una cosa original desde Wagner a aquí. Antes que Wagner, en 1819, se adelantó un joven caballero del campo, de Sussex, llamado Shelley, con un trabajo de una pujanza artística extraordinaria o de gran esplendor. “Prometeo Desencadenado” es un ensayo o un intento en lengua inglesa, para producir un “Anillo”. Y cuando se piensa que su autor al escribirlo no tenía más que 27 años, mientras que Wagner, al acabar el poema del “Anillo”, tenía 40, nuestro vulgar patriotismo halla una egoísta satisfacción en insistir sobre la comparación entre esas dos obras. Los dos poemas establecen el mismo conflicto entre la humanidad y sus dioses y gobiernos, yendo a parar a la redención del hombre por la exhuberancia de su voluntad, afianzada en el propio valer y en la confianza en sí mismo y ambos acaban por caer en los procedimientos didácticos de la panacea, realzada con el Amor como un remedio para todos los males y una solución para todas las dificultades sociales.

Las diferencias existentes entre “Prometeo Desencadenado” y “El Anillo”, son tan interesantes como sus semejanzas. Shelley, sorprendido en el período más impetuoso de su juventud y en la época más impetuosa de su prodigiosa fuerza de creación artística, por el primer ataque feroz de la Nueva Reforma, no dio cuartel al antagonista de su héroe. Su Wotan que él llama Júpiter, es un espíritu maligno, demoníaco, todopoderoso, con el cual, el Dios de los ingleses ha degenerado, en el decurso de sus dos centurias, en una ignorante adoración de la Biblia y en un desvergonzado comercialismo. El encarna a Alberico, Fafner, Loge y el aspecto ambicioso de Wotan, todo resuelto en un melodramático demonio que fue al fin echado de su trono y arrojado al infierno por un espíritu que encarnaba la concepción de aquella Ley Eterna, reemplazada después por el concepto de la Evolución. Wagner, que tenía más edad y más experiencia que el Shelley de 1819, comprendió a Wotan y lo perdonó, separándolo con ternura de todas las alianzas comprometedoras en las cuales lo hundió Shelley; haciendo de la verdad y del heroísmo, que hacen caer, los hijos más amados de su corazón, y presentándolo, como suprema deliberación, trabajando afanosamente por su propia destrucción. Shelley, en sus últimos trabajos, progresa visiblemente hacia la misma tolerancia, y hacia el mismo espíritu de justicia y humildad, a medida que entra en la edad madura. Pero no hay ningún progreso, de Shelley a Wagner por lo que se refiere a la panacea, excepto la aparición final de una especie de sombra de la noche y de la muerte que llega, como no lo hay en la clara idea y opinión de que el supremo bien de la vida consiste en que él satisfaga completamente la aspiración de vivir, después de la cual la voluntad de vivir deja de atormentarnos y estamos al fin contentos por llegar a conquistar la suprema felicidad de la muerte.

Esta reducción de la panacea a lo absurdo, no era necesaria en Shelley porque el amor, cuyas obras en el sentido de ser una solución universal como aparecía en “Prometeo Desencadenado” es un sentimiento de afectuosa benevolencia que no tiene nada que ver con la pasión sexual. Y ese sentimiento podía existir y de hecho existía sin género alguno de interés sexual en ningún sentido que sea. Allí, las palabras de perdón y de benevolencia son claras y concretas como las de amor. Pero Wagner intentó siempre conectar de algún modo sus ideas con sus sentidos físicos de manera que el pueblo, la gente, no tiene que creer que existieron sólo en las novelas del siglo XVIII, sino que puede verlas en la misma escena, oírlas en la orquesta y aún sentirlas al través de la infección de una apasionada emoción. El patear del Dr. Jonson sobre las piedras para refutar a Berkeley, no está menos inclinado a despertar la común comprensión del espectador que lo que lo hace Wagner: en todas las ocasiones, éste insiste en la necesidad de que el fenómeno sensorial sirva para dar la comprensión abstracta completa manteniendo, de hecho, el sentido absoluto de la realidad. Ahora, podría Wagner aplicar ese procedimiento al amor poético solamente con seguirlo en su declarado origen, en la pasión sexual, cuyo fenómeno emocional ha expresado en la música con una franqueza y una crudeza tan reales que quizá hubiera escandalizado a Shelley. El dúo de amor en el primer acto de las “Walkyrias” está llevado a un punto tal que, llegado a él, los convencionalismos de nuestra sociedad exigen que la cortina se corra precipitadamente; de igual modo, el preludio de “Tristán e Isolda” es un asombroso traslado a la música de las emociones de dos amantes y al ver la gran popularidad que esa partitura obtiene en nuestros conciertos uno se pregunta cómo puede ser eso cuando nuestros conciertos son esencial y enteramente católicos en lo que hace referencia a la vida y a sus funciones creadoras, sino es quizá, que el público se recrea con la música sin entenderla.

Pero precisamente, son tan ofensivas e inhumanas las sensaciones que tal exhaltación de pasión material provoca en nosotros y tan escandalosas e indecorosas, que el sentido común desdeña en admitir el amor como una panacea. Aún la compasión y la benevolencia de Shelley no son muy propicias para una ley universal de buena conducta: el mismo Shelley tiene muy poco que hacer con Júpiter, Mime y Wotan; y el hecho por el cual Prometeo se salva de la destrucción de su propia obra, por la intervención de la Eternidad en la nebulosa personificación de un llamado Demogorgon, no salva en último término, la situación, porque evidentemente no existe ninguna persona como Demogorgon, y si Prometeo, por sí mismo, no puede derrumbar a Júpiter, nadie lo conseguirá. Y sería desesperante, si no fuera ridículo, el ver a todos esos poetas conduciendo de la mano a sus héroes, a través de la sangre y de la destrucción, a la conclusión a que llega el David de Browning (un David que es todo el pueblo): “Todo es Amor; pero todo es Ley”.

Ciertamente, es bastante claro que un tal amor así como Sigfrido lo sobreentiende en la primera vez que vence su aprensión y lo descubre bajo la apariencia de una mujer dormida; cuando ella se revuelve y se niega a que él la toque, al ver que su miedo va transformándose en ardor por sus entusiastas transportes de triunfo y de victoria; por la mescolanza femenina que se forma en la idea del rapto y la sensación de horror a las cuales ella se abandona a la pasión que a los dos ha sobrecogido al mismo tiempo, todo eso constituye un hecho, para la mayoría de nosotros y aún sin haberlo vivido, mucho más considerable y de mejor efecto que el de un mero espectáculo de fiesta presenciado en nuestra vida. Ese hecho no ocupa un gran espacio en la vida laboriosa de Wagner y por lo que hace al “Anillo”, sólo ocupa dos escenas. “Tristán e Isolda” que está por entero dedicada a eso, es un poema de destrucción y de muerte. “Los Maestros Cantores”, una obra llena de alegría, de comicidad y de dicha, no tiene un ápice de música de amor que pueda ser descrita como apasionada: el héroe de esta obra es un viudo que remienda zapatos, escribe versos y se contenta con contemplar la felicidad de sus amigos. En “Parsifal” se pone un punto final a todo eso. La verdad es que la panacea del amor en “El Crepúsculo de los Dioses” y en el último acto de “Sigfrido” es una reminiscencia de la primitiva concepción operística de la historia, modificada por una posterior concepción del amor -aunque no la última- de Wagner en el sentido de emplearlo para realizar nuestra voluntad de vivir y, por consiguiente, para reconciliarnos con la muerte.

La vida y no el amor

Lo único aprovechable que un discípulo razonable puede aprender en el “Anillo” no es el amor sino la vida mismo como una fuerza infatigable que arrastra hacia delante y hacia arriba, que nunca -observadlo bien- se somete ni se inclina por Das Ewig Weibliche ni ante ningún otro extremo sentimentalismo, sino engrandeciéndose contra él, ascendiendo cada vez más, gracias a sus propia e inexplicable energía, hacia más elevadas manifestaciones y formas de organización, cuyas energías y necesidades sobrepasan continuamente las instituciones que se crearon respondiendo a nuestras anteriores necesidades. Cuando nuestros Bakounines proclaman la necesidad de demoler todas esas venerables instituciones no hay que asustarse ni hacer que los metan en la cárcel, tanto más cuanto que el Parlamento está llevando a cabo exactamente lo mismo que aquellos nos comunican. Cuando nuestros Sigfridos funden las viejas espadas para hacer otras nuevas y rompen en las manos de los antepasados las esposas de los jueces, el fin del mundo no está más próximo que antes de ocurrir eso. Si el tipo humano, que es la más alta organización que ha aparecido en este planeta, degenera, en realidad, entonces la sociedad humana decaerá inevitablemente, ninguna previsión penal o restrictiva, dictada por el miedo, podrá salvarla: tendremos, como Prometeo, que esforzarnos por producir hombres nuevos, ya que sería de todo punto inútil el torturar a los antiguos con esa finalidad. Dicho con otras palabras: si la energía de la vida impulsa a la naturaleza humana hacia cumbres más altas, los más jóvenes de entre todos, chocarán con los más viejos y se burlarán y descartarán sus mejores instituciones dedicándose a cooperar en las esperanzas del mundo, en el que el aparente auge de la anarquía no es más que la medida del grado de mejoramiento a que se ha alcanzado. La historia, en todo lo que nosotros conocemos de ella (que no es mucho, por cierto), nos enseña que todo cambio producido en las primitivas organizaciones sociales, en otras más complejas y de puras agencias mecánicas hasta el mismo gobierno, ha surgido siempre algo anárquico. Fuera de duda, es muy natural que un necio cualquiera piense, que la menor evolución que implique cambiarlo todo desde arriba, será peligrosa, -con peligro de muerte- solamente por la exposición a que se arriesga. No obstante, la mayor parte de los que hoy viven en lujosas casas, nacieron no solamente sin traer a cuestas la casa sino que ni siquiera trajeron una piel o unas pieles para abrigarse.

El anarquismo no es una panacea

Una palabra, ahora, a manera de aviso para aquellos que se hayan sentido atraídos por el anarquismo de Sigfrido, -o, por si prefieren otro término más de acuerdo con las asociaciones respetables- por su neo-protestantismo. El anarquismo, como panacea, es tan poco prometedor de nada, como otra panacea cualquiera, y ello será así siempre que podamos preparar una raza de hombres buenos. Es cierto que en la esfera del pensamiento, el anarquismo es una condición inevitable de la evolución del progreso. Una nación sin librepensadores -es decir, sin anarquistas- correrá la misma suerte que China. Es cierto, también, que nuestras leyes criminales, basadas sólo en el hecho del crimen y del castigo que en realidad no es más que la práctica de la venganza y de la crueldad con un disfraz de virtud, son un continuo y abominable desorden, causa de infinidad de maldades, que al fin serán destruidas por nosotros con sólo la experiencia de su maldad y de su inutilidad. Pero no serán reemplazadas por la Anarquía. Aplicada a la moderna organización industrial y política, la Anarquía tiene que reducirse a sí misma, hasta lo absurdo. Y lo mismo, las modificaciones de la Anarquía, en las cuales se basa la civilización moderna: esto es, el abandono de la industria, en nombre de la libertad individual, para el provecho de la competencia y el enriquecimiento de capitalistas privados, todo eso, es un resultado desastroso y que incumbe, sólo por la emergencia del caso, organizar y ordenar al Socialismo. Para economizar trabajo y facilitar la comprensión racional de esto me permito aconsejar a los discípulos de Sigfrido a que echen una mirada a una publicación mía, editada por la Sociedad Fabiana de Londres que se titula “La imposibilidad del anarquismo” en donde explico porque, teniendo en cuenta las condiciones físicas del globo, la sociedad no puede organizar en realidad la producción de sus alimentos, vestidos y viviendas, ni distribuirlos equitativa y económicamente de acuerdo con ningún plan anarquista; como tampoco que sin poner de acuerdo nuestra acción social con un grado más elevado que el que ahora disfrutamos, no podremos conseguir desembarazarnos del impedimento asqueroso de unos cuantos ricos y plutócratas y de un montón de miserables que el charlatanismo político al uso dice que es nuestra prosperidad y nuestra civilización. La libertad es una cosa excelente, pero no puede empezar su existencia hasta que la sociedad no haya pagado a la Naturaleza la deuda que con ella contrajo al recibir de ella los primeros beneficios de la existencia. No existe otra libertad anterior a esa, a no ser la libertad de cada uno para vivir a sus propias expensas, según tanto se ansía en nuestros días, dado que es el criterio de los idólatras y paganos, pero que no tiene nada que ver con el punto de vista del común bienestar.

Final de Sigfrido

Volviendo ahora a las aventuras de Sigfrido ya no queda por describir más que el final de lo que hemos dicho que es una ópera. Sigfrido, que ha podido atravesar el fuego sin quemarse, despierta a Brunilda y a través de todas las ilusiones y éxtasis de un amor exaltado llega, en un dúo entusiasta, hasta la exclamación final de “leuchtende Liebe, lachender Tod!” que ha sido traducida románticamente por “¡mientras luce el amor, sonríe la muerte!” por cuanto en realidad, en él se encarna el amor que luce y la muerte que sonríe, juntándose lo uno a lo otro de tal manera que virtualmente no es más que una y la misma cosa.


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