Londres y Nueva York, 1898.
El perfecto wagneriano
Por George B. Shaw
Digitalizado por Verónica Noemí Gombach

 

[ El oro del RínLas walkyrias | Sigfrido | El crepúsculo de los dioses | La música del Anillo ]

 

Las walkyrias

Antes de que se descorra la cortina para ver lo que ahora sucede, veamos primero qué ha pasado desde que se corrió al final del “Oro del Rhin”. Los personajes de esta obra nos lo contarán, sin duda, pero como probablemente no conocemos el alemán, sus disertaciones nos servirán bien de poco.

Wotan impera sobre el mundo en medio de su gloria, y desde el gigantesco castillo donde mora con su esposa Fricka. Pero no está muy seguro de poder continuar su reinado puesto que Alberico procurará en cualquier momento recuperar su anillo cuya fuerza ominipotente puede manejar a su antojo por haber abjurado del amor. Esta abjuración no es posible para Wotan: el amor, aunque no es lo que necesita en primer término, es tan poderoso y tan elevado como el oro; de otra manera no sería un dios. Además, como ya lo hemos visto, su poder -el de Wotan- se ha impuesto al mundo por un sistema de leyes apoyadas en los castigos y penalidades. Y no tiene más remedio que tolerar que él mismo experimente esas penalidades, para convencerse así de que un dios que rompe sus propios juramentos y falta a sus compromisos no puede exigir que la legalidad y lo honesto sean las más altas reglas de conducta: convencimiento que será fatal para su supremacía de Pontífice y de Legislador. De aquí que no se atreverá a quitarle a Fafner el anillo por medios ilegales, pues ello podría acarrearle el tener que abjurar del amor.

En medio de esa inseguridad concibe la idea de formar un cuerpo de guardias heroicos. Y al efecto lo forma con sus hijas más queridas y que son las amazonas o las “ninfas guerreras” (walkyrias) cuyo deber consiste en limpiar los campos de batalla de los espítirus de las más valientes caídas, llevándolos lejos de Walhalla. Eso reforzado con una hueste de guerreros a los cuales ha adiestrado -con la ayuda de Loge como maestro de dialéctica- en un sistema convencional sobre la base del deber y de la ley, religión sobrenatural, el idealismo del propio sacrificio, en los cuales creen aquellos como si fueran la creencia de lo divino, pero que en realidad no es más que la maquinaria de su necesidad de poder y que es su flaqueza moral. Ese procedimiento los asegura, con fanática devoción, a aquel sistema de gobierno; pero el amo sabe perfectamente bien que tales manejos y sistemas, a despecho de sus pretensiones morales, sirven mejor a los tiranos ambiciosos y egoístas que a los déspotas benefactores y que si Alberico llegase a recobrar el anillo, tendría que salir de Walhalla o adquirirlo por medios adecuados. Así pues, el único medio de gozar de completa y perdurable seguridad es el advenimiento al mundo de un héroe que, sin ninguna excitación por parte de Wotan, destruyera a Alberico y le quitase el anillo a Fafner. Y Wotan piensa que desde ese momento no tendría que temer ya nada, pues no concibe que el Heroísmo puede ser una fuerza hostil a la Divinidad. En su ansiedad por verse completamente libre de sus temores y acechanzas, no se le ocurre que cuando el Héroe aparezca lo primero que hará será quitar de en medio a los dioses y a sus leyes y reglamentos, implantando la era de la voluntad heroica.

Lo cierto es que siente que en su propia divinidad germina un cierto heroísmo y que de sí mismo brotará el Héroe. Y se da a vagar, buscando antes que nada el amor entre Ficka y Walhalla. Acude en busca de la Madre Primitiva y le pide que de sus entrañas siempre puras y fértiles haga nacer un descendiente suyo; y así sucede, en la persona de su hija, a quien su ambición no corrompe, que desconoce todos sus manejos y está libre de sus compromisos con Fricka y Loge. Esta hija es la Walkyria Brunilda, en su misma voluntad, su propia encarnación, su alter-ego (como él lo ha pensado) y a ella le habla con palabras que no dice a nadie más, puesto que al hablarle a ella, se hablaba a sí mismo. “Was keinem is worten unausgesprochen -le dice- bleib es wig: mit ir mur rath’ich, red’ ich zu dir.” Pero de Brunilda no nacerá ningún héroe hasta que uno de la misma estirpe de Wotan no se una con ella. Wotan va más allá en su deseo y una mujer mortal le da dos mellizos: un varón y una hembra, a los cuales separa, dejando caer a la niña en manos de una horda de ladrones, quienes luego la darán como esposa al jefe de una tribu llamado Hunding. Respecto del hijo, él mismo lo lleva de la mano a través del bosque, haciéndole vivir la vida de los animales feroces y enseñándole lo único que puede enseñar un dios: a hacerlo todo, pero no a tener la felicidad. Cuando lo ha aleccionado bien en ese sentido, Wotan desaparece repentinamente, dejándolo solo y corriendo a asistir a las fiestas nupciales de su hija Sieglinda, (la que había abandonado antes) y de Hunding. Bajo la tienda con toldo azul, donde se lleva a cabo la fiesta, Wotan aparece, con el ala del sombrero caída sobre el ojo que le falta; está silencioso. En medio de la tienda se alza un árbol corpulento en el cual, sin decir una palabra, hunde hasta la empuñadura, la hoja de una espada que nadie, a no ser un héroe, podrá sacar de allí. Luego se va tan silenciosamente como había llegado y completamente ciego ante esta verdad: que ninguna de las armas que posee la Divinidad puede servir de nada al héroe humano. Ni Hunding ni ninguno de sus convidados pueden mover siquiera la espada, que se queda hundida en el tronco esperando la mano predestinada. Esta es la historia de los acontecimientos desarrollados entre el “Oro del Rhin” y “Las Walkyrias”.

Acto primero

Mientras estamos sentados, mirando la cortina, oímos no el rumor sordo que procede de las profundidades del Rhin, sino el de un copioso chaparrón, acompañado por el ruido de una tempestad que poco a poco va creciendo hasta culminar en una larga tirada de truenos estruendosos. Cuando pasa la tempestad se descorre la cortina y no tenemos ninguna duda respecto a la cabaña ante la cual nos vemos, pues en el centro, haciendo las veces de columna principal, hay un árbol de gran tamaño y el adorno general indica que allí se alberga un jefe principal de tribu, tal vez terrible e imponente. La puerta de la cabaña se abre y bajo el dintel aparece un hombre rendido, exhausto: un adepto de la escuela fatalista. Sieglinda lo encuentra echado en el suelo. El le explica que sostuvo una lucha y que sus armas no siendo tan fuertes como su brazo se rompieron y tuvo que huir. Pide que le dé de beber y que le deje descansar un rato, después de lo cual se irá; su aspecto desgraciado es tan visible que no tiene porqué encarecerlo ante aquella mujer que ha de socorrerlo. Por lo visto ella también sufre, está triste y esto hace que entre ellos nazca una mutua y fuerte simpatía. Cuando llega el esposo de esta mujer se fija no sólo en esa simpatía, sino que entre los dos hay un parecido y que en sus ojos brilla el destello de los ojos de una serpiente. Le sientan a la mesa y el forastero cuenta a sus huéspedes su desdichada historia. El es el hijo de Wotan, a quién conoce con el nombre de Wolfing, de la raza de los Velsas. Lo único que recuerda es que, volviendo de una partida de caza, hallaron su hogar destruido, que su madre había sido asesinada y que le había llevado a su hermana gemela. Todo es fue hecho por una tribu llamada de los Neidings, contra los cuales él y su padre hicieron una guerra implacable hasta el día en que su padre desapareció sin dejarle nada más que una piel de lobo que llevaba encima. Desde entonces ha estado vagando por el mundo luchando siempre contra todo, y acarreándose la enemistad de todo el mundo. Su última hazaña fue defender a una muchacha a quien sus hermanos obligaban a casarse con un hombre que ella no amaba. El resultado de esta lucha fue que los de la tribu mataron a la muchacha durante el combate y él tuvo que huir.

Su suerte en este momento está más comprometida que lo que él mismo puede suponer. Hunding, comprende, por lo que acaba de oír, que el fugitivo a quien está albergando en su propia casa, es el matador de muchos compañeros de su tribu y a los cuales, por lo tanto, tiene que vengar. Y le dice al Velsa que para el día siguiente se prepare a luchar con él, con armas o sin ellas. Después de lo cual ordena a su mujer que se retire a dormir siguiéndola él mismo, llevándose antes las armas suyas que penden de una rama del árbol.

El desdichado forastero, abandonado en el suelo, no tiene para consuelo suyo más que el recuerdo de su padre, quien le anunció que hallaría cerca de sí una espada en el momento en que más la necesite. Los últimos resplandores del fuego que se apaga en el hogar reflejan en el puño de la espada que está clavada en el tronco del árbol, pero él no se fija en ello y la cabaña queda sumida en la oscuridad. En eso, vuelve la mujer. Hunding ha quedado dormido profundamente, para lo cual ella le ha dado a beber una droga. Y le cuenta al desdichado forastero la aparición del hombre tuerto en las fiestas de su obligado matrimonio y el destello de la espada, añadiendo que siempre pensó en que un día sus males tendrían fin y que los brazos de un héroe la librarían de su cautiverio llevándosela con él. El forastero, que no ha podido dilucidar mucho sobre todo lo que le ha sucedido, no tiene la menor duda respecto a su fuerza y a su futuro destino. Y le ofrece a aquella mujer todo su afecto, abandonándose al encanto de la noche, que es una de las primeras de la Primavera. Y, por las confidencias que se hacen llegar a saber que ella es la hermana gemela que a él le arrebataron y llega a comprender el vagabundo, que la heroica raza de los Velsas no puede perecer, ni dejarse someter por ningún tirano inferior. Y en el paroxismo de su entusiasmo exclama repentinamente ¡Nothung! ¡Nothung! y arranca la espada del tronco donde está hundida y volviéndose hacia su hermana le dice: -“Esposa y hermana eres para tu hermano; surja, pues, de nosotros la sangre de los Velsas!” Y se va con ella, en la Primavera que lo trajo.

Acto segundo

Por lo visto los planes de Wotan van adelante. Aparece por las montañas llamando a la walkyria Brunilda, que le ofreció para él la Madre Primitiva, y le advierte que pronto va a trabarse la lucha entre el héroe y Hunding y que éste debe perecer. Pero resulta que Wotan no ha cumplido del todo bien con su consorte Fricka. ¿Qué no dirá ésta, que representa la Ley, de la pareja ilegal que ha añadido el incesto al adulterio? Un héroe puede desafiar la ley y aún hacer primar sobre ella su propia voluntad, pero ¿puede acaso un dios ayudar al héroe en ese trance, cuando todo el poder de los dioses puede hacerse obedecer solamente por la fuera de la Ley? Fricka, transida de horror, ultrajada en todos sus sentimientos, pide a gritos el castigo para los culpables. Wotan aduce la necesidad de estipular el heroísmo con el fin de poder conservar la guardia del Walhalla; pero todo lo que dice no tiene más resultado que el de provocar sobre él un verdadero torrente de reproches de su infidelidad a la Ley y por sus correrías por el mundo para engendrar walkyrias, lobeznos y otros seres por el estilo. Lastimosamente, tiene que rendirse a esa argumentación. Fricka tiene toda la razón cuando dice que el fin de los dioses empezó al traer Wotan al mundo el héroe-lobo, y para salvar aquellos pide y reclama una vez más que éste desaparezca. Wotan no se siente con fuerzas para rehusarse: lo que en realidad gobierna el mundo es la fuerza mecánica de Fricka (Ley) y no su propio pensamiento. Y vuelve a llamar a Brunilda a quien retira las primeras instrucciones y le dice que Hunding debe matar al Velsa.

Pero aquí surge otra dificultad: Brunilda, es la encarnación del íntimo pensar y de la voluntad de la Divinidad, la aspiración de una vida elevada hacia otra mayor elevación que es su divino elemento, y únicamente se separa de ella cuando los resortes de su dominación y sus supercherías para obtener el poder temporal le resultan falsos, de toda falsedad. Hasta ahora, Brunilda, como Walkyria, o como héroe escogido, ha cumplido con su deber de un modo brillante en el reino; que por otra parte tampoco le cuenta a Brunilda, sino a sí y, como la ama, le cuenta lo que no podía contar a Fricka -lo mismo, puesto que ésta es su propia conciencia- es decir, toda la historia de Alberico y su deseo de llegar a disponer de un héroe. Ella aprueba en un todo esta última determinación, pero cuando el relato se termina y de nuevo comprende que tiene que ayudar a Fricka y a su vasallo Hunding, para deshacer todo lo hecho y lograr que caiga el héroe, por la primera vez, vacila el aceptar tal encargo. Ante esto él se desespera y enfurece, la apostrofa con sus acentos más iracundo y la intimida con las amenazas más terribles. Y ella, se somete.

Después que ha desaparecido Wotan, llega el velsa Segismundo que trae en su compañía a su hermana-esposa que después de su huída a través de las montañas siente el horror de la vergüenza que ha acarreado sobre el héroe. Mientras permanece echada sin sentido en los brazos de aquél, aparece Brunilda y dice al héroe que tiene que dejarla allí y salir con ella. El pregunta a dónde tiene que ir. ¿Encontraré allí -pregunta- a mi padre? Sí. ¿Encontrará allí a su esposa? Sí: precisamente allí le esperan hermosas y apetecidas vírgenes. ¿Y encontrará allí, también, a su hermana? No. Entonces -dice Segismundo- no iré contigo. Ella intenta hacerle comprender que por sí solo no podrá hacer nada. Pero él, como es valiente y heroico, no se deja convencer. Además tiene la espada de su padre y no le teme a Hunding. Pero cuando ella le dice que es enviada también por su padre y que la espada de éste que es dios no sirve para nada en manos de un héroe, acepta su destino y quiere rematarlo con sus propias manos, matando primeramente a su compañera y hermana y reservándose para sí mismo el último golpe de su filo. Hecho lo cual se irá al Infierno mejor que a Walhalla.

¿Cómo puede ahora decidirse Brunilda, siendo lo que es, entre éste héroe y el vasallo de Fricka? Instintivamente, empieza por hacer caso omiso de lo que le ha encargado Wotan y exhorta a Segismundo a que se mantenga fuerte en el combate que va a sostener con Hunding, prometiéndole que lo protegerá con su escudo. Pronto se oye el cuerno de Hunding y Segismundo se estremece de impaciencia por trabarse en batalla campal con aquél. El encuentro de los dos se produce y el héroe se ve siempre resguardado por el escudo de la walkyria. Pero, cuando va a descargar la espada sobre su adversario se rompe en pedazos contra la lanza de Wotan que repentinamente hace su aparición entre los dos. Y el primogénito de la raza de los héroes, cae malherido en el pecho, por el brazo del vasallo de la Ley. Brunilda recoge los pedazos de la espada, coloca en su caballo de guerra a la mujer que está allí desfallecida y se la lleva lejos. Wotan, lleno de furor, mata a Hunding con sólo hacerle un gesto despreciativo y desaparece en persecución de su hija desobediente.

Acto tercero

En un monte escarpado, cuatro walkyrias esperan y gritan a sus compañeras. Algunas de éstas llegan a toda prisa galopando por los aires y trayendo colgados de las sillas de sus caballos los cadáveres de los héroes recogidos en el campo de batalla. Únicamente Brunilda, que llega la última, trae por todo botín una mujer viva. Cuando sus ocho hermanas se enteran de que ella ha desafiado a Wotan, no quieren socorrerla, aunque lo pide angustiosamente. Entonces Brunilda tiene que hacer a Sieglinda una suprema exhortación para que sea valerosa y afronte todas las desgracias que la acechan, pues lleva en sus entrañas el germen de un héroe único que no debe malograrse. Sieglinda, en un rapto de exaltación, coge los fragmentos de la espada y echa a correr hacia el bosque. Llega Wotan y las walkyrias desaparecen, llenas de terror, según él lo ordena. Queda solos él y Brunilda.

Henos aquí llegados al primer momento de una época, de una serie de sucesos, que Wotan no ha previsto. La Divinidad ha impuesto su dominio en el mundo gracias a una imponente Iglesia y obligando a la obediencia por medio de su aliado la Ley, con su formidable organización del Estado que comporta la fuerza de las armas y la astucia del cerebro. Se ha sometido a esa alianza con el único objeto de poder tener en su puño el poder de Plutón -alianza constituida principalmente en razón de su propio carácter y con la sola preocupación de mejorar lo más alta y elevar lo mejor- y he aquí que esa aspiración se separa de él y coopera en la labor de destruir el aliado indispensable que es el legislador o estadista, ¿Cómo desarmar al rebelde? Matarlo no está en las manos de la Divinidad, porque se trata de su propia conciencia. Pero puede ahogarlo y esconderlo en lo más recóndito y reducirlo a silencio; o de lo contrario arruinará el Estado y la Iglesia quedará indefensa. Hasta que ese rebelde no se desentienda por completo de la Divinidad y renazca como el espíritu del héroe, su obra no será más que destrucción y confusión para el orden existente. ¿Cómo se va a proteger al mundo entre tanto? Evidentemente se necesita la ayuda de Loge: en nombre de los más altos principios, hay que recurrir a la Mentira y esconder la Verdad. Dejemos pues que Loge rodee esta montaña con un fuego que parece consumirlo todo, y, en esas condiciones, ¿quién podría libertar a Brunilda? Es cierto que si un hombre, debido a su gran fuerza, llega a atravesar el fuego, verá que éste es un engaño, una ilusión, que le habrá costado un enorme esfuerzo pero que seguramente no lo vale. Esto no obstante, dejemos que ese fuego tenga una apariencia terrible, tan terrible, que sólo lo pueda atravesar con el tiempo el héroe que ha de venir a la tierra, y el problema se habrá salvado. Wotan, con el corazón destrozado se despide de Brunilda, la besa y ésta queda profundamente dormida. Luego la cubre con su escudo de guerra y llama a Loge quien aparece esta vez en la forma de una gran llamarada que rodea el picacho. Y Wotan abandona para siempre a Brunilda.

El simbolismo de esta escena no aparece muy claro para los jóvenes de nuestras clases más educadas, como lo hubiera sido, sin duda, para los jóvenes de hace cuarenta años. En aquellos tiempos, si un niño expresaba la menor duda respecto a la verdad absoluta de lo que le enseñaba la Iglesia, o preguntaba cómo Josué pudo para el sol sin dejar de moverse la tierra, o quería puntualizar si una ballena tiene las fauces tan grandes como para poder tragarse todo entero a Jonás, se le contestaba inmediatamente que si abrigaba semejantes dudas y las expresaba, malograba toda su eternidad después de la muerte, precipitándose en el Infierno, entre llamas y vapores de azufre. En nuestros días es imposible fijarse en eso sin echarse a reír, lo que no priva que millones de creyentes ignorantes sigan enseñando eso a sus hijos. Cuando el mismo Wagner era un niño, ese engaño del Infierno, con el que se le amenazaba continuamente, era un gran resorte de gobierno para contener y amansar a las masas, reteniéndolas en la esclavitud. En aquel entonces, el fuego de Loge constituía un verdadero terror para todo el mundo excepto para algunas personas de excepcional fortaleza de carácter e intrepidez de pensamiento. Después de 30 años que hace que Wagner imprimió privadamente sus versos, le encontramos excusándose de las claras negaciones que tan explícitamente hiciera de la superstición al uso, advirtiendo a sus lectores, que es capaz de volver de nuevo a ella. En Inglaterra, muchos de nuestros respetables ciudadanos vegetan en la adoración de un sombrío Satanás, cuyo más fuerte baluarte es el fuego de Loge, tanto más cuanto que ningún gobierno no ha tenido hasta ahora la conciencia, o el valor, de declarar que nuestras monstruosas leyes son una “blasfemia”.


Contáctanos