Por Vicente Niño

La figura enigmática del desdichado rey de Baviera, ha quedado semi sepultada en los anales de la historia bajo la inmensa sombra del genial maestro de Bayreuth, y cualquier mención que sobre él se encuentra, además de una sarta de vituperios e insultos, lleva irremediablemente prendada la figura de Richard Wagner, el cual, sin embargo, no sabemos dónde habría podido llegar si los cielos no hubiesen enviado a su ángel salvador en forma de Rey Loco para apadrinarle.

Luis Otón Federico Guillermo de Baviera, vio la luz el 25 de Agosto de 1845, en Nymphenburg, hijo del rey Maximiliano II de Baviera y de María, hija del rey de Prusia que más tarde sería Kaiser alemán, Federico Guillermo I, mientras Richard Wagner en Bohemia proyectaba el plan dramático de la que sería obra preferida por su mecenas, "Lohengrin".

En su esmerada educación, como corresponde a un futuro rey, tuvieron una especial preponderancia las cuestiones artísticas, pues tanto su padre como su abuelo Luis I, eran profundos amantes del arte y la belleza, grandes mecenas de su tiempo y aprendices de poeta. Tanto es así, que su abuelo, el cual fue obligado a ceder su corona a su hijo por los escándalos de sus amores con la bailarina Lola Montes, pretendió que Munich fuese centro artístico y cultural de toda Alemania, volcándose en su cuidado y arreglo artístico como un moderno Pericles de su Atenas.

En este atento aprendizaje artístico, el joven príncipe Luis, el 25 de agosto de 1861, presenció por primera vez una obra wagneriana, precisamente "Lohengrin", y quedó tan sumamente cautivado por todo lo que había visto y oído, por lo que había sentido con esta obra y por lo que de sí mismo y de su espíritu había reconocido en aquel drama, que desde entonces su pasión wagneriana, su entusiasmo romántico y su ímpetu artístico, no conocieron límites.

Y es que ya entonces había formado el carácter plenamente romántico que le haría presa de insultos y mofas, el carácter que le valdría el apodo de Rey Loco. Era un joven príncipe dotado de un alma enfermiza y una imaginación asombrosa, inflamado de un sublime sentimiento, alto, pálido, con un espíritu turbado y melancólico, volcado en los delirios de su alma como un arquitecto de ilusiones ó un cazador de sueños. Un artista en el más profundo sentido de la palabra, con miras para todo lo hermoso y sublime que encontrase, con un espíritu elevado sólo preocupado por el sentimiento y la belleza, pero que sin embargo no había nacido para realizar y plasmar todos sus sueños, no era capaz de una verdadera actividad creadora; y en la búsqueda de esto, encontró en el Maestro Richard Wagner la figura que ponía en imágenes artísticas sublimes todos sus anhelos y sus ensoñaciones.

Con apenas 18 años sube al trono tras la muerte de su padre, ocurrida el 7 de marzo de 1864, y lo primero que hace como Rey, es mandar llamar a su lado a aquél al que se había entregado, a aquel artista que habla sido capaz de plasmar en sus magistrales obras todo el caudal de sentimientos, sueños e ilusiones que por su alma corrían y que él era incapaz de sacar a la luz; a aquel espíritu tan afín al suyo, y poner a su disposición un reino para que trabajase en su portentoso genio, sin pedir absolutamente nada a cambio, una entrega sublime de un rey amante del sentimiento, inflamado por completo por el arte y la belleza, a aquel que había plasmado en sus obras todo ese cúmulo de ilusiones y sueños que por su espíritu campaban, y el cual comprendía como en su propio ser todo lo que creaba y componía Wagner, pues no eran sino plasmaciones de su propio espíritu romántico.

Cuando el 6 de mayo recibe el Rey Luis II a Wagner en Munich, lo recibe con unas palabras que marearán toda su relación, y que ponen de manifiesto tanto esa entrega absoluta como esa afinidad de almas: «Sin que vos lo supierais, erais la cuenta de todas mis alegrías. Vos habéis sido mi mejor maestro, mi educador y un amigo que, como ningún otro, ha sabido hablar a mi corazón. Haré cuanto esté en mi mano para haceros olvidar vuestros sufrimientos, disiparé todas vuestras preocupaciones, os proporcionaré el reposo a que aspirais a fin de que desplegueis sin traba alguna, vuestro genio maravilloso. Ahora que visto la púrpura, emplearé mi poder en endulzar vuestra vida».

De Munich se traslada al castillo de Berg, a orillas del lago Stamberg en la isla de las rosas, donde proporciona a Wagner una villa cercana a su castillo para que trabaje con la tranquilidad de un creador, le dona una casa en Munich en la Briennerstrasse, paga las deudas del artista, todo está al servicio del Maestro para que trabaje y desarrolle su genio, el teatro, la orquesta, la intendencia..., otorga toda clase de favores y reconocimientos, proporciona cargos importantes a Hans von Büllow, todos los días el Rey va a visitar al Maestro o éste va al castillo... Es un período tranquilo y soñado por Wagner, no ha de preocuparse por su sustento ni por los medios con que dedicarse a su arte, algo que durante toda su vida le había rondado como un perro de presa y que al fin había conseguido dejar atrás... por ahora.

«Lo increíble se ha vuelto realidad. El cielo me ha enviado a este Rey, que es mi felicidad y mi patria... ¡Tan bello es, tan magnifico, y está tan lleno de Alma, que temo que su vida se desvanezca, en este mundo grosero, como un fugitivo ensueño de los dioses! Me ama con el intimo fervor y la fuerza del primer amor. Me conocía y sabe todo lo que se relaciona conmigo, y me comprende como mi propia alma puede comprenderme. Quiere que permanezca a su lado, que trabaje, que descanse. Me dará cuanto se necesite para la representación de mis obras. Soy su dueño absoluto. Ya no volveré a ser director de orquesta».

Tras una serie de representaciones de sus obras, -"El Holandés" a finales de 1864 y el "Tannhäuser" en febrero de 1865- se estrena en Munich, el 10 de junio de 1865 el "Tristán e Isolda" con Schnorr von Carolsfeld como Tristán y Frau Schnorr como Isolda. El Rey Luis, queda profundamente impresionado por esta obra y aún más entregado a Wagner y al ideal wagneriano si cabe que antes, y la misma noche de la representación, al acabar ésta, le escribe con profunda emoción pura y sublime, una nota llena de un exaltado sentimiento: «¡Sublime y divino amigo...! ¿No has perdido valor para nuevas creaciones? Te ruego que no renuncies a tu arte, en nombre de aquellos a quienes proporcionas dichas que sólo Dios podría dispensar. ¡Tu y Dios! Hasta la muerte, hasta el reino de las Tinieblas, sigue admirándote Luis».

Tras la representación del "Tristán" regresa al castillo de Berg acompañado por Wagner y del tenor Schnorr, donde tiene lugar una audición de todas las obras de su amigo, cantadas por el tenor y dirigidas por el Maestro. Es una época de proyectos, en que Wagner trabaja en el bosquejo de "Parsifal" y el Rey junto al arquitecto Semper y el propio Wagner, en la empresa de su abuelo de transformar Munich en una ciudad en la que se rindiese culto al arte y la belleza; se trazan los planes de un Teatro de los Nibelungos, de un nuevo Conservatorio, la remodelación de la ciudad, la creación de un periódico de los artistas... «Mi joven Rey y yo hemos resuelto crear para nosotros un mundo aparte...» escribe Wagner, un mundo aparte alejado de la necedad y la vulgaridad que les rodeaban, de un pequeño reino que no comprendía el arte del coloso de Bayreuth ni el sentimiento más puro y elevado de su Rey. Se veían a diario permaneciendo horas enteras en el pequeño salón con vistas al lago Starnberg charlando, tocando al piano las obras de Wagner o simplemente "mirándose el uno en los ojos del otro". La admiración, la unión y el espíritu de ambos hombres son perfectos, así se ve en algunas notas que Luis II escribe a Wagner y que describen perfectamente su apasionado carácter romántico, su impetuosa admiración wagneriana y su melancólico espíritu atormentado: «¡Uno y todo! ¡Síntesis de mi felicidad!... ¿Qué soy yo sin él? ¿Por qué no encuentro reposo? ¿Por qué estoy torturado siempre? ¡Oh! ¿Cómo hacer florecer para él, sobre la tierra, la tranquilidad, una paz eterna y una inmarcesible alegría? ¿por qué hay siempre tanta tristeza al lado de tanta felicidad?... Amigo mío, ¿necesito volverlo a decir? ¡Te seré fiel hasta la muerte! Eres, fuiste y serás toda mi vida, hasta el último suspiro... Te amaba antes de haberte visto. Oir una obra del Amigo es para mí una beatitud tan grande, que no puedo compararla con ninguna otra...».

Sin embargo, no todo era un mundo de rosas. Mientras Richard Wagner y el Rey creaban su mundo aparte, las intrigas palaciegas contra el Maestro habían nacido y se hablan ido desarrollando, y aunque en el primer momento la llegada de Wagner a Munich, había sido un hombre celebrado y agasajado por todos y el wagnerismo se había convertido en el último snobismo de moda entre las clases altas de Baviera, conforme se fueron dando cuenta de la inmensa personalidad del Maestro y de todo lo que el wagnerismo suponía tanto a nivel de ideología como de influencia sobre el Rey, comenzaron las hostilidades contra él. Apareció la política de por medio, los elementos más reaccionarios detestaban profundamente a Wagner por su concepción del mundo tan enfrentada a la suya, mientras que otros partidos trataban de aprovechar la influencia que tenía sobre Luis II; se cruzó también la envidia, que siempre nace en las más altas esferas de la vida, y había incluso quien miraba por el erario público ante las ayudas del Rey. La prensa, en manos de la sección reaccionaria, arremetía con saña contra él, recordando su pasado revolucionario, como en "El Mensajero del Pueblo":«Ese musicastro asalariado que hace unos años era capitán de una cuadrilla de incendiarios y asesinos, y quiso volar el Palacio Real de Dresde, ahora se propone alejar a nuestro Rey de sus amigos, aislándolo y fomentando un partido revolucionario que conducirá a la práctica de sus perversas doctrinas».

Pronto toda Baviera estuvo contra Wagner, y todas las personas alrededor del Rey Luis comenzaron a presionarle en su contra: su tío el príncipe Carlos, su madre, el secretario Pfistermeister -aquél que había ido en busca de Wagner a Stuttgart-, el consejero Luts, el presidente Von der Pfordten, exponen la situación como de un grave peligro interno para el país con múltiples amenazas organizadas por un artista, y el 6 de diciembre de 1865, el Gobierno en pleno expone su ultimátum al Rey: "Debe escoger entre el amor y la felicidad de su pueblo y la amistad de un hombre despreciado por todo lo bueno y sano del reino".

Colocado en tal situación, Luis II, no tuvo más remedio, aun en contra de su más profunda voluntad, de hacer caso al deber, y tras una desconsolada noche de insomnio, escribe a Wagner de una manera terriblemente angustiosa y desesperada: «Mi querido amigo: Con gran pesar de mi parte le ruego que acceda usted a los deseos que le expresó ayer mi secretario. Créame usted: debía obrar así. Mi afecto por usted durará lo que mi vida y con plena conciencia de mis palabras me atrevo a decirle que soy digno de usted. Sé que comprende mi profundo dolor. No dude usted nunca de la fidelidad de su mejor amigo. Suyo hasta la muerte, Luis».

El mismo Rey, el dia de la partida, el 10 de Diciembre, acompaña a Wagner en su salida de Munich hasta la misma frontera de sus dominios, despidiéndose de él con lágrimas en los ojos, reiterándole que sería "suyo hasta la muerte".

Los meses siguientes son de un profundo dolor y amargura para Luis II, pues aunque se había visto obligado por las esferas políticas de Baviera a aceptar la partida de Wagner, de ningún modo en su alma se había reducido su admiración y su profundo sentimiento hacia el Maestro y su obra, su ímpetu y su pasión no decayeron en absoluto, y su ánimo se resentía en lo más hondo de la partida, mientras Wagner se encontraba lejos, viajando por Suiza y Francia a la búsqueda de un lugar de su agrado para asentarse y continuar su trabajo. Su fidelidad no se limitó al plano artístico-ideológico de admiración y entrega de su espíritu, sino que en el plano puramente material contribuyó al sustento de Wagner y a su vida cómoda, así cuando éste decide instalarse en Triebschen, un retiro cercano a Lucerna a la orilla del lago de los Cuatro Cantones en Suiza, el Rey le concedió una crecida pensión proveniente de su tesoro particular, permitiendo que el Maestro se dedicase con holgura a la labor de creación artística.

En Triebschen Wagner goza de uno de sus mejores momentos, se dedica a "Los Maestros" durante la mañana y la noche, y por las tardes da largos paseos acompañado de su fiel perro Russ, comienza su relación con el que luego sería su enconado enemigo, Nietzsche, y al fin su situación con Cósima comienza a normalizarse. Aunque al principio Luis II se resistió a creerlo -«No puedo ni quiero creer que los lazos existentes entre Wagner y la señora Bülow sobrepasen los límites de la amistad. ¡Sería espantoso!»- pronto entendió que a los sentimientos no se le pueden poner barreras y que dos almas nacidas para estar unidas no podían detenerse ante las barreras convencionales de un mundo vulgar, aunque es cierto que siempre quedó el resquicio de ver a un hombre que él consideraba perfecto y sublime, también con sus errores humanos.

Mientras tanto, Luis II se prometió súbitamente con la princesa Sofia de Baviera, prima suya, hermana de la emperatriz Elisabeth, y aunque ésta sabía perfectamente el carácter y entrega ábsoluta del Rey a Wagner -«Tu eres la más amada de todas las mujeres, pero el dios de mi vida es, como sabes, Richard Wagner»- en otoño de 1867, rompe el compromiso, dejando sumido al Rey Luis de nuevo en su soledad, aún más profunda si cabe que antes. Es un período también en el que se ve impelido a tomar parte en las labores del estado a favor del presidente Hohenhole y del profesor Dölinger, contra la opinión de la Cámara del reino. Organiza representaciones de "Tannhäuser" y de "Lohengrin" y se dedica a preparar el estreno de "Los Maestros Cantores"; funda el Conservatorio de música tan ansiado y nombra director al propio Bülow. Cósima se convierte en su confidente alentando su espíritu wagneriano, pues como aún no estaba completamente normalizada la relación con Wagner, ésta pasaba largas temporadas con su marido y sus hijos en Munich. De esta época es la carta que Luis II le dirige: «Necesito deciros que me es totalmente imposible vivir por más tiempo separado de quien lo es todo para mí. No lo soporto. El destino nos ha creado al uno para el otro; si vivo, es por él. Cada día lo veo más claramente. Pero él no puede estar a mi lado, querida amiga mía. Os aseguro que no me comprenden, ni me comprenderán nunca. Como Rey, no puedo estar unido a él. Las estrellas no nos son favorables. Pero esto no puede, de ninguna manera, continuar así, porque me faltarían fuerzas para vivir. Sin él me siento solo y abandonado. Es preciso que nos reunamos para siempre. Amiga queridísima, os lo suplico: preparad al Bien Amado para la resolución que he tomado de renunciar a la corona. Que tenga misericordia de mí, que no me exija que soporte por más tiempo estos tormentos infernales. Mi misión divina es estar a su lado, como amigo fiel y amante... ¡Decídselo! Hacedle ver que nuestros proyectos pueden realizarse y que me moriré si tengo que vivir sin él. El amor hace milagros...»

Sin embargo, las relaciones entre Wagner y el Rey, son cada vez más delicadas, y quizás por ello no se decidió al fin a la abdicación de que habla en esa nota, y es que aunque la entrega del Rey no tiene igual, ya no es el muchacho pleno de pasión que era antes y las circunstancias de un reino totalmente opuesto a aquél que él había acogido como guía, se hacían imposibles de obviar. Cada vez ve más diferencias con su maestro y aunque no son a nivel espiritual, no sólo la relación de Wagner y Cósima se encontraba en su ánimo; le pesan mucho a nivel político, las actitudes de un Rey por obligación, eran distintas a las de un revolucionario, aunque aún persiste y siempre se encontrará en él el inmenso lazo indestructible de la obra wagneriana, y Cósima como confidente se ocupa de que no se rompa. El punto culmen de la relación del Rey con Wagner, y a partir del que sus caminos comenzarán a separarse, aunque la admiración y la entrega persistiesen de una manera casi absoluta, es en el estreno de "Los Maestros Cantores de Nuremberg", el 21 de junio de 1867, en Munich. Tras el estreno, habrían de pasar algunos años hasta que se volviesen a encontrar. El Rey Luis escribe a Cósima en la última carta que le dirige: «Cuento entre las horas más bellas de mi vida, las que he pasado al lado del Amigo querido, del más grande e inmortal Maestro, durante las representaciones de su admirable obra. No las olvidaré jamás...»

Durante el año de 1868 y de 1869, toman forma las obras finales de la que sería inmensa obra de Luis II, el castillo de Neuschwanstein sobre un picacho que dominaba la población de Hohenschwangau y los lagos Schwan y Alp. El castillo había sido proyectado por los arquitectos Dollman, Riedel y Hoffmann bajo la supervisión y la voluntad del Rey Luis, de un maravilloso estilo que recuerda a los castillos de los cuentos románticos e indudablemente creado con el mismo espíritu que Wagner creaba sus obras. Fue decorado con pinturas de temática wagneriana, así Aigner pintó en la sala de trabajo del Rey, la leyenda de Tannhäuser; Hauschild, en otras estancias, pinturas de Lohengrin; y Spiess en el dormitorio gótico, imágenes del Tristán, lo que atestigua que su espíritu wagneriano no había decaído en lo más mínimo. Fue una obra de gran coste de la que el erario público se resintió hondamente y que le costó serios disgustos con sus ministros de finanzas (1).

Son estos años el período en que Cósima y Wagner ya están plenamente unidos, y el rey volvió a intervenir de soslayo en su relación, cuando nació su hijo Siegfried en Junio de 1869, fecha que supone el divorcio legal y la renuncia sublime de Bülow a la que fuese su esposa. Tras eso Hans von Bülow decidió no seguir en Baviera y pidió la renuncia de su cargo como Director de la Orquesta Nacional de Baviera, la que aceptó Luis II no de muy buena gana, aunque al fin hubo de acceder a tales peticiones pues la realidad de la situación se hacia insoslayable.

Otro momento en que hubo un gran roce entre el Maestro y su amante discípulo, y que hizo aún más delicadas las relaciones entre ambos, fue con motivo de las primeras representaciones de "El Oro del Rhin" y de "La Walkiria", en 1869 y 1870 respectivamente. El Rey Luis había adquirido los derechos de las obras y se empeñó en la representación de éstas aún en contra de la voluntad de Wagner, el cual veía tales representaciones como un perjuicio para "El Anillo" como obra en su conjunto; además los montajes dejaban bastante que desear pues la preparación de ambos tuvo grandes dificultades por continuas dimisiones de los directos de orquesta y con los cantantes, así como eran escenificaciones deficientes, pueriles y hasta ridículas, algo que a Luis II le dio igual, y llevó acabo aún enfrentado con Wagner.

Sin embargo el afán wagneriano estaba por encima de esas cosas, y la admiración del Rey y la ayuda económica que éste aportada a Wagner, salvaron esas situaciones de más enfrentamientos. En el cincuenta y siete cumpleaños de Wagner, el 22 de mayo de 1870, tuvo un hermoso gesto Luis II, regalándole al Maestro un caballo llamado "Grane".

Durante la guerra Franco Prusiana de 1870, el Rey Luis tuvo un importante papel, y es que cuando ésta se venció y la unificación alemana como un imperio bajo el poder de Prusia se llevó a cabo, fue él quien le ofreció a su abuelo Guillermo, en nombre de los demás príncipes y como un mero acto protocolario pues estaba bastante alejado de toda política, la corona imperial que ya Bismarck había decidido para él.

Su wagnerismo y su entrega persistieron, pero ya de una forma plenamente solitaria, haciéndose representar para él las obras del maestro, y es que su soledad ya era casi absoluta, encerrado en Neuschwanstein, su palacio de ensueño, viviendo en un mundo aparte creado exclusivamente para él al son de los Dramas Wagnerianos.

Su relación con Wagner tampoco acabó a pesar de que no se veían desde hacía varios años, así tuvo una importantísima labor contribuyendo a la edificación del Festspielhaus de Bayreuth con la suma de 75.000 marcos, aunque en un principio desaprobase el proyecto de Bayreuth pues deseaba que fuese el teatro de Munich el que fue El Teatro de los Nibelungos, pero cambiando de opinión ante las necesidades del Maestro, algo que Wagner agradeció de corazón a pesar de los roces y diferencias que había podido suceder con el paso de los años, hizo su contribución personal. El día de la puesta de la primera piedra del Festspielhaus, en un brindis Wagner recordó a su solitario rey: «Es mi deber agradecer al soberano todo cuando ha hecho por mi. Cuando se me autorizó a volver a Alemania y nadie en este país, sobre todo las academias oficiales, no sabían que hacer de mi, su voz generosa me llamó y me dijo: "Cuidaré de ti porque eres un artista a quien aprecio. Es preciso que tu idea se lleve a cabo. Quiero emanciparte de toda preocupación material". Y a esa grandeza de alma se debe que yo pueda hoy realizar ante vosotros este milagro».

Cuando las aportaciones económicas fueron decayendo y el proyecto de Bayreuth peligraba, una vez más el Rey Luis acudió en ayuda de Wagner, prometiéndole en una carta de 15 de enero de 1874 su ayuda, que se manifestó en un crédito concedido a la administración de Bayreuth por valor de trescientos mil marcos.

En verano de 1875, en la noche del 5 al 6 de Agosto, volvieron a encontrarse tras 8 años sin verse el Maestro y su admirador Rey. Luis II recabó su tren a una legua de Bayreuth, para visitar a Wagner y hacerle saber que deseaba estar presente en las fiestas de inauguración, como simple espectador, declinando la invitación de permanecer en Wahnfried y permaneciendo solo en su tren. En los siguientes días, en el palco junto a Wagner, presenciaron en solitario los ensayos generales de todo "El Anillo", dejándose llenar e invadir una vez más por el espíritu y el sentimiento de las obras wagnerianas, uniendo una vez más su alma y su sueños, su entrega y su admiración a la obra de su Maestro. Pero en cuanto la última nota del "Ocaso de los Dioses" hubo sonado, de nuevo fue a refugiarse en la lejanía de sus montañas, y en los sueños de su mundo aparte, en el espíritu atormentado de su soledad romántica.

Así permaneció los siguientes años hasta el último encuentro en 1880 con Wagner, son unos años en que su soledad vital era casi absoluta, viviendo en su castillo alejado de un mundo que no le era cómodo pues no le entendía, un hombre con un espíritu y un sentimiento alejados de pleno de la normalidad del mundo, con ilusiones, anhelos y sueños completamente diferentes del resto de su reino y que, dominado por el wagnerismo que traducía su alma en arte y en idelogía, vivía encerrado en su castillo de cuento de hadas, en Neuschwanstein, reinando sobre un mundo de nubes y ensueños.

Como hemos dicho, la última vez que se vieron el Rey Luis y Wagner fue en Noviembre de 1880. Wagner regresaba de un viaje por Italia y paró en Munich para pedirle al rey una vez más su ayuda para el estreno de "Parsifal" en Bayreuth, donde deberían intervenir la orquesta y coros de Munich. Luis II aceptó y organizó una representación especial de "Lohengrin" para esa visita de Wagner. Dos días después pidió que se interpretara el preludio de "Parsifal", haciéndolo por dos veces y después el de "Lohengrin". Wagner se marchó indignado pues tras escuchar el Rey la obra cúlmen de su creación, donde su alma por completo estaba transcrita en un drama, el Rey pedía que se interpretara el preludio de una de las obras de su primera etapa. A Luis II le pasó inadvertido tal enfado y en su diario anotó de esa velada: «...el 12 de noviembre, por la tarde, he oído dos veces el admirable y maravilloso preludio de "Parsifal", dirigido por su propio autor. Profundamente significativo... Siempre he oído decir que entre Príncipes y súbditos no es posible ninguna amistad...»

La situación de soledad y de aislamiento del Rey ya le hacía hasta no darse cuenta de esas cosas y vivir por completo en su mundo distinto. En el reino tal situación hacía mucho que preocupaba pues al Rey apenas se ocupaba de cuestiones políticas y cuando intervenía era siempre para ir en contra de las decisiones de la Cámara del Reino, como en el caso del intento de censurar al ministro Pfretzner por unas críticas a la casa imperial, o su propia opinión respecto al abuso que Prusia tenía sobre el resto de reinos de Alemania y de su propio abuelo el Kaiser, al que él mismo le había ofrecido la corona imperial. La soledad y el aislamiento que éste tenía no eran vistos bien por los políticos quienes deseaban un rey normal, y tenían un Rey al que acusaban de "loco" y al que no entendían en lo más mínimo, ni su profunda sensibilidad, ni su ánimo perturbado, ni su espíritu romántico. Además era un rey derrochador, que cuanto peor se encontraba el erario público más dinero exigía para sus obras como en el castillo inacabado de Herrenschiemsee o sus ayudas al Bayreuth de Wagner y sus representaciones.

Su misantropía y su soledad eran tan absolutas que ni tan siquiera acude al estreno de "Parsifal" aunque envía como regalo a Wagner dos magníficos cisnes negros, dos como imagen de los dos hombres que habían soñado un mundo aparte, un arte nuevo y un mundo nuevo, pero que habían tomado caminos distintos, uno encerrado en su mundo de soledad buscada, de misantropía profunda y de sentimiento absoluto alejado del mundo, y otro que a su vez ha creado un mundo aparte, pero distinto y diferente al de su rey, de arte brillante y popular, para crear por su arte ese mundo diferente que anhelaba y soñaba, reflejado en su famosa frase: "Como hombre y como artista camino hacia un mundo nuevo".

Pero pese a esas diferencias, la relación entre ambos nunca se perdió, pues el lazo común a esos dos mundos era lo mas puro y profundo, lo que durante tanto tiempo los había mantenido unidos, el Arte Wagneriano.

Un mes antes de la muerte de Wagner, el Rey Luis le escribe un telegrama a Wagner el dos de enero de 1883, que seria la última carta que le enviase: «Desde lo más profundo de mi corazón, correspondo yo a sus deseos de suerte que me hicieron mucha ilusión. Me he alegrado mucho de su tan atenta carta. En las hojas recibidas hace poco he leído con el mayor interés los temas escritos y las composiciones anunciadas en noviembre».

Wagner le responde con una extensa carta muy interesante el 10 de enero que también sería la última misiva, y que acababa de esta forma: «Es así como cierro hoy el círculo de mi vida, penetrado del noble sentimiento de las bonanzas de las que he disfrutado, y en el cual yo muero, y seguiré a mi Señor y a mi amigo, para la eternidad».

La muerte de Wagner se produce el 13 de febrero de 1883 en Venecia y la desesperación de Luis II fue tan profunda que ni pudo ir al entierro de Wagner. Cuando se le comunicó la muerte de su Maestro exclamó: «¡Es horrible! ¡Espantoso» y ordenó que lo dejasen solo. Tan sólo en su soledad encontró algo de respiro, en la soledad que ya no era vida, en la soledad que lo identificaría para siempre como el Rey Loco. Ordenó que cerrasen y prohibiesen tocar los pianos de sus castillos, y exclamó lleno de tristeza, recuerdo y soledad: «El artista del cual hoy llora todo el mundo la pérdida, soy yo quien le salvó». En el coche fúnebre de Richard Wagner tan solo se permitieron colgar de los millares de coronas mortuorias que se enviaron, las dos de Luis II. El 16 de febrero escribe una carta de profundo duelo a Cósima:

«Muy distinguida Sra. y apreciada amiga: Me es imposible plasmar el profundo dolor que llena mi alma acerca de la horrorosa e insustituible pérdida que hemos padecido. ¡Qué golpe del destino más deplorable nos ha tocado a usted, a los pobres niños, a todos nosotros, los amigos y numerosos admiradores del gran e inolvidable amigo y maestro! ¡Qué lástima que nos fuera arrancado tan pronto, quien hubiera podido pensarlo!.
Esté usted segura, querida y muy apreciada amiga, que comparto en lo más profundo de mi alma con usted el amargo dolor sobre tan horroroso y precoz desenlace del querido glorificado, y me solidarizo con usted y los queridos niños, como amigo inamovible y fiel. 
Que el Todopoderoso le dé fuerza, para soportar la desgraciada prueba y le conserve a usted para sus niños, que necesitan tanto de su madre. El pobre Siegfried, como le hubiera gustado a su padre instruirle, vigilar su educación, para poder tranquilamente algún día traspasar su legado espiritual y el cuidado de sus obras inmortales. 
Por favor, dígale a todos como su pena me llega al corazón y me hago partícipe del luto. También compadezco profundamente a Liszt, que tan atado está al glorificado, siempre fiel como una roca; tan cerca le estuvo en la pena y la felicidad. 
Dios sea con ustedes! ¡El está bien, ya ha dejado de padecer! 
Como la quiero a usted por su amor fuerte y voluntarioso que le ha hecho tan inamoviblemente fiel a él, dedicado al inolvidable y le embelleció así la vida y le hizo feliz. 
Con profunda tristeza, siempre a disposición de usted y de sus queridos hijos, inamovible fiel amigo Luis».

A pesar que en los últimos años las relaciones entre el Rey y Wagner estaban alejadas y que habían existido sus roces, es la más absoluta verdad que el espíritu y la entrega wagneriana de Luis II no decayeron nunca y que la unión espiritual de dos almas nacidas para el arte y el sentimiento, no se rompió nunca mantenida por el sublime lazo de la obra wagneriana.

Los tres últimos años de vida del Rey Luis II de Baviera, fueron de esa soledad misantrópica de Neuschwanstein, viviendo en su mundo aparte, habitando un castillo en las montañas de Baviera, dominando un reino de nubes y ensueños. Un mundo diferente, hermoso, sensible y artístico, en el que el arte wagneriano gobernaba por medio de un Rey Loco, dominado por completo por el sentimiento y la soledad, por las ilusiones y las hermosuras de un espíritu romántico, atormentado y sublime.

El dia 10 de junio de 1886, su primo el Príncipe Luitpoldo tomó la regencia del reino, pues la familia de Luis II y los políticos de Baviera, juzgaron que el carácter de Luis II era fruto de una enfermedad mental que le imposibilitaba para las labores de gobierno. Así, lo sacaron de su castillo de Neuschwanstein y lo recluyeron en el castillo de Berg. Tres días después, el 13 de junio, murió ahogado en el lago Starnberg, frente al castillo que había sido su última morada prisión. Junto a su cadáver se encontró el de su médico personal, el doctor Gudden.

La versión oficial con relación a su muerte, es la del suicidio, por la que habría puesto fin a su atormentada existencia de soledad y compañía, a su vida de continua contradicción romántica, llevando consigo a su guardián y médico.

Otra posible tesis sobre esa muerte, es la que contempla lo incómodo que en Baviera y en todo el Reich era un príncipe de ese carácter, incomprendido y extraño para la política y la sociedad vulgar de su momento, que además cada vez que intervenía en las cuestiones políticas era para ir en contra de la política oficial o para criticar a la casa imperial, junto con los profundos gastos que el erario público llevaba a cabo, que pudieron arrastrarlo a ser asesinado por los poderes de Baviera o de Alemania. No es nuestra intención decantarnos por una y otra tesis, sino simplemente exponer las circunstancias extrañas de su muerte tanto si fue un suicidio como si fue asesinato.

Luis II de Baviera, el Rey Loco, fue un personaje sumamente importante en la última etapa de la vida de Richard Wagner, quien no sabremos como habría llevado sus proyectos adelante sin la ayuda de él, pero al margen de su intervención en la vida del Maestro, fijándonos en su profunda personalidad romántica, incomprendida y desdeñada por casi todos, en su entrega al arte wagneriano y en su vida atormentada y espiritual, nos encontramos ante un personaje histórico como no ha habido otro igual en la historia, ante el más incomprendido de los hombres y ante el último gran Rey de Europa. 

NOTAS:
(1) Actualmente en Baviera, los castillos creados por Luis II son una importante fuente de ingresos del país, pues por su atractivo son visitados por los turistas de una forma continua. 

FUENTE:

WAGNERIANA, n.º 29. 1998

Contáctanos